jueves, junio 12, 2014

De cómo los Vampiros se transformaron en Esferas de Disco (Parte 1)


Desde muy niño me interesó el mito de los vampiros. De hecho recuerdo que las primeras películas que me aterraron fueron las de Hammer con Christopher Lee actuando como el Conde Drácula. Cuando ya fui mayor me aboqué a leer todo cuanto llegaba a mis manos acerca de estos muertos chupasangre.
Sólo para mencionarlo, ya que no es mi intención explicar el mito del cual provienen, sino su periplo cultural, hay testimonios de muertos que se levantan de sus tumbas para beber la sangre de los vivos en casi todas las culturas humanas. De hecho, la plaga de peste bubónica que asoló a Europa ya casi al final de la Edad Media fue tierra fértil para las historias de no muertos. En esa época los vampiros son más cercanos a nuestros zombis modernos que a cualquier otra cosa, portadores de la enfermedad que mataban a sus seres queridos para que ellos también se levantaran de entre los muertos y continuaran con su tétrico ciclo de no vida.



Otro detalle importante de mencionar es que estos espectros ni siquiera eran llamados vampiros. Según la zona de Europa, se podían escuchar los nombres de empusa, vrykolakas, strigoi, nosferatu, draugr, vrolok y un montón más, pero el vampyr (del eslavo arcaico oper) sólo se hizo popular hasta el siglo XVIII, justo a tiempo para la aparición de las primeras novelas que tomaron a los muertos vivientes como protagonistas.
A finales del mil setecientos aparecieron muchos tratados sobre vampirismo en Europa, especialmente en Alemania, pero su debut en la ficción sólo llega con el nuevo siglo. En el poema de Goethe “La Novia de Corinto” la protagonista muere y su fantasmas muestra ciertas características vampíricas, pero el verdadero nacimiento del personaje literario sería al mismo tiempo que otro monstruo. En 1816, en una villa a las orillas del lago Ginebra, Suiza, Lord Byron y un grupo de sus amigos se aburren durante las noches de tormenta y deciden apostar para ver quién podía escribir la mejor novela de terror. Mary Wollstonecraft Sheley escribe una historia escalofriante sobre un científico loco que crea un monstruo con partes de diferentes cadáveres llamada “El Moderno Prometeo” pero que hasta nuestros días es más conocida como “Frankenstein”. Por su lado, el doctor John William Polidori escribe “The Vampyre” (El Vampiro), la primera obra de ficción acerca de los no muertos. Mucha gente no entiende la importancia de ese concurso literario entre amigos, pero es capital en la literatura fantástica moderna, pues Frankenstein es el comienzo de la ciencia ficción como tal y El Vampiro de la novela de vampiros.


Ahora, los personajes nunca nacen desarrollados del todo. El Vampiro de Polidori se llamaba Lord Ruthven y es la primera encarnación del aristócrata inmortal, elegantemente perverso y seductor, dejando atrás la imagen del cadáver a medio podrir que se levanta de la tumba a beber sangre. No obstante, los tópicos más comunes del género aún no existen. Cruces, estacas y la aversión al sol no serán establecidas hasta mucho después.
Luego de este primer intento, se escriben varios cuentos inspirados en el anterior e incluso hay una ópera que es adaptación directa de la obra de Polidori, pero no hay nada digno de mención hasta la aparición de Sir Francis Varney en 1845. Publicada como un folletín (historias entregadas por capítulos que son en parte antepasadas del comic) “Varney el Vampiro” o “El Festín de Sangre”, que suele atribuírse a James Malcolm Rymer (aunque no se tiene la seguridad de ello), fue muy popular entre los lectores de la Inglaterra Victoriana. Si bien la historia está llena de incongruencias y el personaje es algo ambiguo y desdibujado en un principio, con el tiempo retoma el arquetipo del aristócrata, pero agrega el hecho de que no esté contento con su condición de no muerto, cosa que se retomará varias veces por otros autores en los años venideros.


No obstante, quien fuera más lejos en cuanto a las implicancias sexuales del vampiro fue Joseph Sheridan Le Fanu, autor de “Carmilla” o “Nuestra Señora de los Condenados”. En esta obra nos cuenta cómo una hermosa condesa y vampiresa, Carmilla, seduce a otra joven noble de nombre Laura con los Alpes Austriacos como fondo para el idilio. Si bien para nuestros ojos es sumamente sutil, el erotismo lésbico que agrega Le Fanu al vampiro literario es muy osado para una época tan mojigata como la victoriana. Desde ese momento la sexualidad y el vampiro son conceptos enlazados inevitablemente.


Pero la obra cúlmine llega en 1897, cuando el actor Henry Irving reta a su asistente personal a escribir una novela de terror mejor que las de Edgar Allan Poe. Este asistente era el irlandés Bram Stoker y escribió Drácula. En esta novela se toma la imagen de un noble valaco famoso por su crueldad y se la adereza con todas las supersticiones de la Europa del este, estableciendo el mito literario del vampiro. Cruces, estacas, la luz del sol, el ajo, los espejos, la tierra de sus tumbas, el mesmerismo y la capacidad de transformarse en animales o niebla son conocidas y aceptadas gracias a Stoker. No obstante, la imagen del conde impecable y seductor no es propia de la novela, sino del cine. El conde de Stoker es un aristócrata, pero hay algo repulsivo en él que tiene un eco de los chupasangres de las primeras épocas. Las que sí son voluptuosas, seductoras y descaradamente sexuales son las vampiresas de la obra, quienes tientan a los virtuosos caballeros victorianos a caer en las tentaciones de la carne.


La connotación sexual que hay en Drácula es más que obvia, en especial en una época donde el sexo es tan “mal visto” como para dar origen a un género hasta entonces inexistente: la pornografía. Pero como dije, el conde es más un violador que un seductor y vuelve a estar asociado a la enfermedad, aunque ya no es la peste negra. Los hospitales de la época victoriana están repletos de dementes que sufren el estado terminal de la sífilis, una epidemia que afecta desde la gente más humilde hasta las grandes esferas de poder, como el caso del  Príncipe Albert Víctor, duque de Clarence y nieto de la misma Reina Victoria o, aunque nunca se ha demostrado, al mismo Presidente Abraham Lincoln.


Enfermo de Sífilis
Stoker nos muestra cómo la placentera mordida del vampiro (sublimación literaria del coito) nos lleva irremediablemente a infectarnos con la maldición de la no vida (la sífilis). Cosa que es más evidente en el caso del personaje de Renfield, el demente que adora a Drácula como a un dios y que muestra exactamente los síntomas de  la condición final de la sífilis.
Otro hecho soterrado en la novela es el profundo machismo y racismo que hay en ella. Los héroes son hombres intachables (aunque Jonathan Harker haya caído en las redes de las novias de Drácula, lo cual se le puede perdonar a un caballero) que representan lo mejor de la sociedad victoriana, abogados y doctores, enfrentados a un extranjero venido del este, como muchos en esa época, con extrañas costumbres y la intención corromper a las apacibles y dulces mujeres inglesas. Esas mujeres, sumisas y casi virginales, se vuelven peligrosas al ser transformadas en no muertas. Son descaradas y sexualmente provocativas, su actitud es dominante frente a los hombres y pierden ese instinto natural por la maternidad que la sociedad conservadora de la época imponía a las mujeres. Bram Stoker era un misógino, como muchos de su época, aunque algunos teorizan que esto se vio acentuado por haberse casado con una hermosa mujer a la que nunca amó sólo para esconder su homosexualidad. Además, estaban las ligas de mujeres sufragistas pidiendo acceso al derecho a voto, cuyas miembros eran encarceladas, torturadas  y vilipendiadas en diarios y folletines, cosa que seguramente permeó el pensamiento del autor hacia las mujeres.


En cuanto al racismo, el East End de Londres, lugar donde ocurrieron los crímenes de Jack El destripador 10 años antes de que se publicara la novela, estaba lleno de inmigrantes judíos, rusos, alemanes, noruegos, húngaros, etc. Cosa que ponía nerviosos a los ingleses, quienes se creían el pueblo más civilizado de occidente. Como ejemplo, cuando Jack destripó prostitutas en Whitechapel, las autoridades mantuvieron siempre la teoría de que el culpable era un extranjero, pues un inglés temeroso de Dios no era capaz de tal salvajismo. Stoker debió compartir parte o la totalidad de estos prejuicios.


Por último, hay algo que muchas veces se pasa por alto. Drácula se transforma en animales no sólo porque lo digan leyendas antiguas, sino que representa un miedo arraigado profundamente en la época. En 1859 Charles Darwin publicó “El Origen de las Especies” en que plantea por primera vez los hechos científicos de la evolución y selección natural. De pronto, el hombre, la obra culminante de la Creación de Dios, pasa a ser una especie animal como las otras que desciende de unos antepasados primates, los cuales se adaptaron a su entorno hasta llegar a lo que somos en la actualidad. En la época fue una idea extremadamente controvertida, y lo sigue siendo. El vampiro de apariencia humana que tiene ciertas actitudes bestiales (como en la parte donde Harker ve al conde bajar reptando por los muros de su castillo), o que se puede transformar en murciélago o lobo es sencillamente la representación del miedo a que las teorías de Darwin terminaran reduciendo al humano a una condición animal.


Drácula fue adaptada al teatro, estando en carteleras durante décadas, pero el éxito del vampiro literario en el siglo XX sería gracias a un invento que vio la luz dos años antes de la publicación de la novela. El cine se alimenta de la literatura y viceversa, pero esta nueva etapa en la historia del vampiro la contaré en otra oportunidad.

Leer parte 2.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario