jueves, junio 26, 2014

El Loco


Cuando caminas por la calle no le reconoces a menos que te concentres mucho en ese brillo psicótico en sus ojos. Gris como todos y de caminar con pasos cortos, a penas audibles, como si fuera un roedor que desea pasar desapercibido; se mueve por delante de tu campo visual, pero apenas le adviertes, demasiado insignificante y genérico.
Por su lado, con esa especie de don casi sobrenatural para no ser advertido, ese extraño hombre se desliza entre la muchedumbre para poder alejarse de ese maremágnum de caras vacías en que se mezclaban seres con cuerpos insectoides, llenos de apéndices bulbosos y que exudan aromas incitantes y pútridos, mezcla de feromonas y humores verdosos que tanto pueden producir un deseo arrobador como la repugnancia más sobrecogedora.
No todo el que se cruzaba en su camino era uno de esos monstruos furtivos que intentaban pasar por humanos, pero algunos estaban mejor disfrazados que otros, por lo que debía mirar dos veces para traspasar esa ilusión de normalidad. Ese era su don y maldición, el cual le acompañaba desde la adolescencia, cuando el vello comenzó a sombrear tanto su barbilla como pubis. Ahora todo ese pelo se había plagado de canas y su lucha contra los infiltrados (así les bautizó) continuaba.
Su casa era grande, heredada de sus padres muertos hace ya más de una década, con varios dormitorios. Era un lugar donde hubiera podido cobijar a una esposa y muchos hijos, pero su cruzada silenciosa no le permitía ese tipo de relaciones. Ni amantes o amigos tenían cabida en su vida, pues él era como uno de esos caballeros ermitaños medievales que guardan su castidad para que Dios les bendiga en su lucha, y él se había guardado de la lujuria de la carne durante toda su vida.
Sólo la fachada de su trabajo, necesaria para no levantar sospechas, y la televisión le abstraían de su misión sagrada. Aunque las horas que ocupaba sentado ante la luz parpadeante del monitor de televisión no eran únicamente por razones de ocio, sino que también estaban ahí, infiltrados a todo nivel. El presentador, la periodista, el sujeto del tiempo, el ministro, el cura que daba mensajes en el noticiero, todos monstruos disfrazados.
También se concentraba en cualquier programa que hablara de conspiraciones en busca de alguna pista, de si acaso alguien más se había dado cuenta de lo que ocurría. Sin embargo, nunca se decía algo, sólo extrañas teorías acerca de reptiles humanoides que nada tenían que ver con sus monstruos. De seguro ellos se encargaban de ocultar su existencia a los medios y no se atrevía a buscar información en internet, pues temía que pudieran también monitorear las búsquedas en la red.
Es por ello que comenzó su investigación independiente de la única forma posible: cazarlos y estudiarlos a fondo. La primera vez fue difícil, pues no sabía cómo elegir al infiltrado que sería su espécimen de estudio. Tardó un par de meses en encontrarlo y luego atreverse a atraparlo. Pero estaba convencido de que su misión era vital y una noche, cuando esa cosa volvía a casa, lo abordó con un pañuelo impregnado en cloroformo en el bolsillo. Como el monstruo vivía en un lugar de pocos transeúntes, no le fue difícil meterlo al maletero de su viejo auto de marca americana. En menos de media hora lo tenía en el cuarto contigua al patio de su casa, atado a esa mesa de metal que su padre usaba para trabajar con sus herramientas de carpintería, listo para ser estudiado.
Desde eso ha pasado año y medio, con cuatro especímenes más a su haber. Nunca pudo sacarles información acerca de sus intenciones, incluso cuando les mentía diciendo que si cooperaban él les liberaría. Ni el miedo les hizo hablar, aunque él se desprendió de cualquier escrúpulo y recurrió a medidas extremas para conseguir lo que deseaba. A veces, cuando laceraba su piel con cuchillos o les aplicaba un hierro al rojo, el truco que usaban para disfrazarse de humanos lograba colarse en su cerebro y por momentos veía a una chica veinteañera, un muchacho gordo y con la cara llena de espinillas, un hombre de pelo cano y mirada torva, una dueña de casa con el cabello teñido de un tono chillón o a un niño a punto de asomarse a la pubertad. Dudaba por unos segundos cuando esto ocurría, pero luego ese ser nuevamente se presentaba a sus ojos tal cual era en verdad, con indecible fealdad, por lo que continuaba con su tarea.
A todos los viviseccionó para conocer cómo eran sus funciones físicas, tomando nota de cada uno de sus descubrimientos en un cuaderno con hojas cuadriculadas, haciendo dibujos detallados de su apariencia, tanto exterior como interior. Pasó horas enfrascado en esto, siendo siempre el principio más difícil, pero una vez que la criatura moría todo se simplificaba. Aunque debía reconocer que el olor a veces se volvía más intenso y le impregnaba completamente debido a su sangre viscosa. Entonces su cuerpo se estremecía, tanto por el asco como por la excitación a partes iguales, no quedándole otra que dejar momentáneamente su trabajo y ducharse con una desesperación compulsiva. En muchas ocasiones el olor castigaba de tal manera su mente y su cuerpo, que le era imposible aguantar la punción de su carne, a la que por tanto tiempo había privado de los placeres que subyugaban a quienes no estaban totalmente entregados como él a una misión sagrada. No le quedaba más remedió que satisfacerse a sí mismo, traicionando sus votos hasta que el éxtasis le calmaba, dando paso al asco más insoportable que le hacía vaciar sus entrañas invariablemente.
Sí, no era para nada una tarea agradable, pero él tenía el don de descubrir a esos monstruos y no podía zafarse del deber que esto implicaba.
Cuando llevaba un par de días siguiendo a su sexto espécimen de estudio, la policía echó abajo la puerta de su casa y entraron apuntándole y gritando órdenes de tirarse al suelo y levantar las manos, exactamente como se ve en la televisión. Supo en ese mismo momento que los infiltrados se habían dado cuenta de sus acciones y habían movido los hilos para que las autoridades le capturaran. No obstante, se sorprendió aún más cuando los policías, con la cara descompuesta por el asco y/o congestionada por la furia, se decían los unos a los otros que había restos humanos enterrados en el patio. Tenía la esperanza de que una vez muertos esos monstruos se mostraran ante todos como en realidad eran, pero se dio cuenta de que se equivocaba.
Luego todo se volvió nebuloso. Luces de cámaras y flashes cuando lo sacaron de su casa, largos interrogatorios de policías que le miraban como si fuera él el monstruo, o psiquiatras intentando conocer detalles acerca de su vida personal. Ninguno consiguió nada de él, ni ese abogaducho de traje barato que le fue asignado para defenderle y que pretendía hacerse famoso a su costa, ni el fiscal con voz neutra y monótona que pedía para él las penas del infierno, o el juez anodino que le declaró demente mientras los supuestos familiares de esos monstruos le insultaban. Todo eso era una farsa que buscaba sacarlo del camino.
Ahora está encerrado en una cárcel para locos, de seguro a la espera de que pase suficiente tiempo como para matarle y decir que fue por causas naturales o que se había suicidado. Sabe que un par de doctores y el enfermero que le trae las medicinas son infiltrados, por lo que no toma ninguna de las pastillas y espera. Algún día alguien prestará atención a su cuaderno de investigaciones y todos sabrán que no es un loco, sino un héroe que intentaba proteger a la humanidad y le recordarán con admiración.
Pero aquello ocurrirá a su tiempo. En el presente lo que le interesaba era planear cómo lograría dejar fuera del combate al enfermero. Quizá aún podía descubrir algo de esos monstruos, pero debía actuar con cuidado. Debía afinar sus planes.

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