sábado, junio 28, 2014

El Mago




Era un domingo como cualquier otro y fue el sol entrando al dormitorio por la ventana lo que la despertó. Esperaba verlo durmiendo a su lado y tener que despertarlo para que fueran por el desayuno, pero para su sorpresa él ya estaba consciente y la mirada con una extraña expresión en su cara. Antes que ella pudiera decirle algo, él selló sus labios con un beso lleno de amor y pasión, como si no se besaran a diario. De todas maneras, ella no se quejaría por el trato y sencillamente se dejó llevar.
Estuvieron hasta pasado el mediodía jugando entre las sábanas, prodigándose cariño como hace mucho no lo hacían. Luego decidieron levantarse y darse una ducha juntos para luego almorzar, ya que a esa hora el desayuno era inadecuado. Ella pensaba preparar algo rápido para luego dedicarse a la casa durante la tarde, pero él le propuso salir a comer afuera, y fue tan insistente que al final no le quedó otra que aceptar.
Como si fueran una pareja de adolescentes, caminaron de la mano por la calle, cosa que a ella le divirtió mucho. Llevaban varios años juntos y con el tiempo esos detalles van quedando en el pasado.
Comieron en su lugar favorito y hablaron mucho, en especial ella, que en eso no tenía problemas. No obstante, él parecía poner mucha más atención que la habitual, cosa que les permitió tocar esos temas que a menudo quedan relegados debido al trajín del día a día.
Después de comer, y para placer de ella, fueron de paseo. La llevó al cine, de compras y a su cafetería preferida. Luego, antes de volver a casa, fueron a comprar para la cena y él eligió todo pues le prepararía una sorpresa.
Estuvo trasteando un buen rato en la cocina mientras ella lo miraba con una mezcla de sorpresa y diversión. Cuando terminó, le puso delante un plato especial que no supo de dónde había conseguido la receta. Él, jugando al misterioso, no contestó ninguna de sus preguntas y sólo sonrió. El cuadro lo completó con velas y un vino ad hoc.
Con lo del ambiente romántico y el alcohol, después de la cena terminaron nuevamente en el dormitorio, haciendo el amor con mucha más pasión aún que en aquella mañana. Era como si él nunca más volvería a tocarla y quisiera disfrutar al máximo cada momento de ese encuentro.
Ya más calmos y abrazados el uno al otro, ella comenzó a preguntarse el por qué de todo aquello. Además, ahora una sombra de pena cubrió los ojos de él y eso la puso en alerta. Directa como siempre solía ser, le consultó acerca de que si algo malo le sucedía, con miedo a que le dijera que tenía una enfermedad terminal o algo por el estilo. Él sonrió, la besó con ternura y le dijo que no era nada. Sencillamente quería que ese día fuera especial, que ya mañana sería lunes y todo volvería a la normalidad.
A pesar de su natural desconfianza, terminó creyendo sus justificaciones. Ya cansada se acurrucó a su lado y se dejó deslizar hacía un sueño profundo y tranquilo. No obstante, cuando se encontraba flotando en ese sopor que existe a medio camino entre la conciencia y las tierras oníricas, él le deseo un buen descansó y la llamó cariñosamente de una manera que sólo otra persona había usado con ella. Entonces su memoria vagó hacia el recuerdo de alguien que creía olvidado hace mucho y eso le creó cierta incomodidad. Luego pensó que era nada más que una coincidencia y el cansancio terminó por vencerla.
Por su lado, él estuvo casi dos horas mirando como dormía, poniendo atención en cada detalle, por más mínimo que fuera, de su semblante. Pero supo que eso no duraría para siempre, aunque lo deseaba con todo su corazón, así que le dio un beso en la frente y se durmió mientras dos lágrimas cruzaban sus mejillas.
A un mundo de distancia, otro hombre despierta de su trance cubierto de sudor. Mira sus manos y las abre y cierra como si no se convenciera de que fueran las suyas. Está sentado dentro de ese círculo, lleno de signos arcanos y platos con hierbas aromáticas que aún desprendían su olor.
Con esfuerzo se puso de pie y, trastabillando, fue al baño para lavarse la cara. Enfrentado al espejo del lavabo recorrió con lastimera atención cada detalle de su rostro demacrado, su piel cenicienta y la barba entrecana que le hacían parecer un anciano. Sólo entonces cayó en cuenta de que esa estupidez había resultado. Por una única vez le había robado un día a la vida de otra persona sólo para poder estar con ella.
Cuando se le ocurrió hacer esa locura supo que era como venderle el alma al Diablo, pero ella valía la pena. Conocer sólo por un día aquello que más añoraba pero que jamás sería suyo era sencillamente pasar un día en el Cielo y la eternidad en el Infierno. Y las reglas que regían esa extraña magia eran draconianas y sólo una vez podía en su vida recurrir a ese truco.
Como si fuera un muerto caminante se desvistió y entró en la ducha, esperando que el agua caliente le hiciera más soportable el dolor. Sin embargo, era tal el cúmulo de cosas que se albergaba en su pecho, que no fue capaz de mantenerse en pie. De rodillas, abrió mucho la boca como si fuera a gritar, pero ningún sonido salió de su garganta. Encogido, se quedó ahí, con el agua corriendo sobre su cuerpo. Un  mago aplastado por la miseria de la realidad.

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