martes, julio 01, 2014

Tara



Tara en este texto ha de tomarse en el sentido de un defecto que afecta el intelecto de una persona, de ahí la palabra tarado. Pero no es cualquier tara la que trataré, sino una que nos afecta en varios niveles y esta es el racismo, el cual nos hace parecer más tarados de lo normal.

En nuestro mundo actual, donde la ciencia ha demostrado que la especie humana en su totalidad tiene su origen  en las sabanas africanas y que las diferencias entre los distintos grupos étnicos son más culturales que verdaderamente genéticas. Por lo tanto, el racismo es un insulto a toda lógica, estando más cerca de la superstición más abyecta que del trasfondo científico que algunos desean darle.
Ahora, el estereotipo del nórdico de ojos furibundos que defiende la pureza de su raza aria es solo la punta de un iceberg pútrido. Recuerden las matanzas de tribus rivales en Ruanda, ambas formadas de hombres de raza africana y sin ninguna diferencia real más allá de asuntos tan impresentables como que el antepasado de unos miró feo al de otros y por eso se han pelado durante siglos. También está Japón, que desde la eliminación del Shogunato en el siglo XIX sufrió una occidentalización feroz, pero donde se siente un profundo desprecio por los gaijin (extranjeros) del oeste. Es tan así que descendientes de japoneses que emigraron a otros países son tratados como “sangre sucia” por los naturales de la isla.
Y la lista suma y sigue. España es un crisol de culturas que va de los antiguos celtiberos, los cartagineses, romanos, visigodos, moros y quién sabe qué otra pueblo tan respetable como los ya mencionados. Sin embargo, hay unos pocos imbéciles que creen que son parte de “las naciones arias” y hablan de forma despectiva de los inmigrantes rumanos y de los sudamericanos, a los que llaman sudaca (palabras injuriosa que, por desgracia, se ha colado al lenguaje del español común y corriente).
Pero al otro lado del Atlántico las cosas no mejoran, pues en nuestra “América Morena”, donde muchos se obsesionan en demostrar su pura raza europea, los pueblos originarios aún luchan por recuperar una mínima parte de lo que les despojó la colonización europea. Sin ir más lejos, todavía hay quienes arrugan la nariz frente al Presidente de Bolivia, Evo Morales, pero no por sus convicciones políticas, sino por la sencilla razón de ser un indígena. Un dato para contrastar a esto es que en América Latina más o menos el 80% de la población es mestiza, siendo el resto descendientes de los indígenas autóctonos o elites endogámicas obsesionadas en mantener pura su sangre europea.
El caso de los judíos es una paradoja sin lógica alguna. Víctimas y victimarios, los judíos sufren aún de la antipatía de muchos basada en mitos que se han perpetuado de generación en generación y son dignos de mentalidades medievales. Ese famoso complot judío para conquistar el mundo es, a lo menos, risible, con capítulos tan ridículos como la creación de un estado judío en la Patagonia o la conspiración de los sabios de Sion, detallada en un libro de principios del siglo XX y que de vez en cuando es esgrimido por algún afiebrado antisemita. Todo lo anterior está basado en el supuesto erróneo de que los judíos son una raza, cuando< son en realidad una religión que no responde a un origen étnico, habiendo judíos caucásicos, africanos y semitas.
Pero la moneda tiene otra cara con el Estado de Israel, laico solo de nombre, ya que su propia formación responde a mitos bíblicos sin base histórica (cosa que vale la pena tratar en otro artículo). No obstante, con el Libro como soporte, Israel avasalla a sus vecinos palestinos sencillamente porque Dios le legó esa tierra a su antepasado Abraham. No obstante, los descubrimientos científicos han demostrado que ni Abraham, Moisés o David pueden ser considerados personajes reales y que el pueblo palestino es autóctono de esa región por milenios.
Se podrían enumerar otro montón de ejemplos de nuestra propia estupidez, como el trato que se da a la gente de color o a los gitanos, pero solo sería repetir una y otra vez lo ya conocido.  
A lo que quiero llegar realmente es al hecho de que el racismo no es únicamente execrable cuando genera genocidios, sino también en la vida diaria, con esas frases que se repiten de boca en boca y que perpetúan la idiotez. Achacar los males personales a los inmigrantes, decir que se es mejor que los vecinos cuando la única diferencia con ellos es el acento o generalizar el trato de putas a las extranjeras y de delincuentes a sus contrapartidas masculinas es sencillamente la muestra de nuestra tara, la prueba última de qué tan tarados somos.

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