lunes, agosto 25, 2014

La Sacerdotisa





A Hipatia...

Los pasillos del edificio serpenteaban, doblaban y se quebraban en ángulos que a cualquier arquitecto le hubiera causado un dolor de cabeza. Un Laberinto; eso fue lo que estaba en las mentes de quienes construyeron ese lugar ya en tiempos que nadie recuerda, pues visto desde la corta perspectiva de los actuales asiduos a esa mole, estuvo siempre ahí, como las montañas, los árboles o las rocas a la vera del camino.
No obstante, en los tiempos de los abuelos de los abuelos de los abuelos de los abuelos de quienes hoy caminaban por esa tierra, los muros de la mole estaban cubiertos de intrincados diseños geométricos dorados y con formas que en la mente de quien las miraba parecían tener sentido, pero que luego era imposible de expresar con palabras, pues ¿alguien puede describir el color rojo, el sabor salado o el frio? Los conceptos absolutos son los que se autodefinen a sí mismo, los elementos básicos del pensamiento, los ladrillos con que se construyen las ideas más complejas. Eso es lo que los constructores tenían en sus cabezas cuando levantaron ese lugar: ideas madres que generaban algo más grande, un Laberinto y templo al Saber.
¿Y quién guardaba ese lugar? Pues una mujer, la de mente más inquieta, la que no quiso quedarse con las explicaciones simples, la que era capaz de componer música y poesía, escudriñar las estrellas y que no tenía miedo de mirar a en su interior para entender las verdades del alma. Una muchacha o una anciana, bella o fea, delgada o gorda, no importaba, sólo siendo común la impronta de dignidad humilde de quienes fueron elegidas como Sacerdotisas. Sólo una en un mismo tiempo, con sólo una aprendiz a su cuidado para tomar la posta. Célibes y, algunas veces, vírgenes, pero no por algún dogma mojigato, sino por razones prácticas. Muy pocos hombres son capaces de acompañar a una mujer que brilla por sí sola.
Grandes personajes, desde reyes, generales victoriosos, hombres con intereses intelectuales o artísticos visitaban el Laberinto y hablaban con la guardiana. Algunos salían enriquecidos de este encuentro, otros avergonzados, los menos con odio en el corazón, pero nadie era inmune al influjo del lugar y de la Sacerdotisa. No habían puertas que impidieran el paso u horas en las cuales poder entrar, sólo había que desear saber.
La vida de una Sacerdotisa es algo árida, aunque en la mayoría de los casos apacible, a menos que ocurra algo que todas esperan con temor, pero que cuando ocurre es inevitable. Le ha sucedido a unas cuantas de ellas, y hay detalles que son comunes. Siempre hay una turba de fanáticos con los ojos encendidos  por su fe, uno que les azuza (tanto o más fanático que la turba), y uno o muchos dioses que apoyaban la acción tácitamente.
Esta vez llegaron de noche, gritando y entonando cánticos llenos de devoción por sus dioses. Llevaban armas rústicas, nada más que azadones y picas, además de las infaltables antorchas. Aunque el fanatismo les daba cierto valor, no era suficiente como para hollar con sus pies el suelo del Laberinto. Por ello, con su destino ya asumido, fue la Sacerdotisa la que salió a su encuentro envuelta con su manto blanco, sin ningún ornamento más que un anillo de plata en su anular derecho.
Un silencio cayó sobre los energúmenos de afuera cuando la vieron aparecer, seguramente por el miedo a los extraños poderes que se le achacaban. No obstante, el que los encabezaba, un mago-sacerdote-chamán, gordo de manera inmoral, vestido de púrpura y blanco, con mucho oro y piedras preciosas en sus adornos, le salió al paso. La forma en que ese hombre caminaba era chistosa, como lo haría un sapo si fuera de tamaño humano y lo intentara hacer sobre sus dos extremidades inferiores. El contrapunto hecho entre la grácil y etérea Sacerdotisa y el chaparro anciano enjoyado era evidente; más  aún cuando hizo sonar su voz aflautada, casi como la de un eunuco:
- ¡He aquí la bruja a la que tanto temen, inofensiva gracias al poder con que nuestros dioses nos asisten!.
Ella sólo dejó escapar un suspiro, como quien debe soportar una perorata estúpida que ha escuchado una y otra vez.
- ¡Se te acusa de negar la existencia de los dioses, mujer! ¡Cómo te defiendes de esto! – prosiguió con sus gritos el mago-sacerdote-chamán, quien escupía saliva cada vez que profería alguno de sus rebuznos.
La Sacerdotisa esperó a que los aullidos que las palabras del líder desataron entre la turba se acallaran. Luego, con un rictus indefinible, media sonrisa, media mueca de asco, habló:
- No conozco a tus dioses, por lo que nunca he hablado en su contra. Yo sólo salvaguardo lo que hay en el interior del Laberinto, nada más.
Fue medida en sus palabras, humilde sin humillarse, no mostrando miedo o rencor, solo hastío. Pero lo que dijo fue recibido como los mayores insultos que alguien podía propinarles. Como si el ánimo de la turba las alimentaran, las teas brillaron más rojas, cosa que también enervó al mago-sacerdote-chamán, quien haciendo grandes aspavientos, declamó:
- ¡Eres una bruja irredenta! ¡Cómo osas poner en duda la existencia de nuestros dioses! ¡Ellos que crearon y son señores de todo lo que se ve!.
Entonces hizo señas y, desde atrás del grueso de la muchedumbre, se abrieron paso unos carromatos tirados por bueyes. Eran tres en total, y cada uno de ellos traía una estatua esculpida en piedra de manera rústica. Al verlas, los estultos miembros de la turba hicieron reverencia y elevaron oraciones, lo que produjo que la Sacerdotisa les mirara con una profunda pena. Luego, el mago-sacerdote-chamán con teatralidad le indicó las estatuas y le dijo:
- ¡Póstrate ante los verdaderos dioses, creadores y padres de todos! ¡Ellos son la respuesta a todo en vez de tu impío conocimiento! ¡El hombre no necesita saber nada aparte de que los dioses le darán lo necesario si son justos ante sus ojos, o les castigarán si desobedecen sus voluntades!.
La Sacerdotisa miró fijamente las estatuas, feas en su hechura, dignas de manos bárbaras, y agregó:
- No sé nada de estos dioses y sólo tengo ante mí unas estatuas de piedra. Yo únicamente guardo el saber que nace de la razón, por lo que tus creencias me son ajenas. No sé qué derecho creen tener para venir aquí y amenazarme, pero como guardiana del Laberinto les pido que, si no son buscadores de conocimiento, se retiren.
Eran tan serenas las palabras de la Sacerdotisa que enfervorizaron más  a los energúmenos presentes, pues les hizo sentir inferiores a ella de una forma indefinible. Esto produjo que las cosas se precipitaran y que esos palurdos cayeran sobre la mujer, cargándola de cadenas, escupiéndole, rasgando sus ropas y dejándola en medio de turba, rodeada por ellos; salvajes que miraban su desnudez con una lascivia asesina.
 Entonces, ahora sentado sobre una especie de trono de decoración chabacana, recargado de alhajas y oro, que seguramente traían también en un carromato, el mago-sacerdote-chamán pretendió parecer un digno e imparcial juez, porque su rostro trataba de contener de manera poco o nada efectiva esa bilis negra que envenenaba su sangre con odio.
Aún en tono chillón, pero sin gritar esta vez, el mago-sacerdote-chamán habló:
- Se te acusa de subvertir nuestras creencias con los conocimientos heréticos que compartes. Declaramos tu saber impío pues niega a los dioses y su divina voluntad, nos coloca en un lugar nimio dentro de la creación, despojándonos de nuestra condición de creaciones de los dioses. Tu saber sólo trae incertidumbres y anhelos que nunca serán saciados, alejándonos de la verdadera felicidad.
Sólo por un momento por los ojos de la Sacerdotisa pasó algo semejante al odio, pero ella sí sabía contenerse y, aún desnuda y cargada de cadenas, se mantuvo digna cuando respondió:
- El saber no busca la felicidad ni la satisfacción, pues sólo los intrépidos e inconformistas se ven impulsados a buscarlo y son dignos de él. La felicidad que tú pregonas nace de la ignorancia y la cobardía, de auto engañarse con cuentos que reducen la maravilla del mundo que nos rodea a una imagen pueril hecha a la medida de las cortas mentes de esta gente. Tus ritos son risibles; supercherías vacuas para impresionar a los asnos que rebuznan pidiendo bendiciones de tus dioses de piedra. No eres mejor que un charlatán que hace juegos de manos en la calle para ganar dinero fácil, y estos que te siguen son peores que los bueyes que tiran de sus carretas, con las mentes castradas por una fe febril y sin sentido.
Sus palabras finales se perdieron en el griterío que se desencadenó entre la turba. El mago-sacerdote-chamán se puso de pie y levantó las manos como si conjurara el poder de sus dioses para que acallaran a la Sacerdotisa; pero como era obvio, nada pasó. Así, ellos serían las manos ejecutoras de sus dioses y saltaron como una jauría de perros sobre su presa. Con sus rústicas armas, hechas para trabajar la tierra, despedazaron a la mujer sin ninguna conmiseración. No escucharon sus gritos, pues los de ellos los ahogaron por completo, sólo al final de un momento que duró un parpadeo quedó un montón de pedazos de cuerpo sanguinolentos. Entonces prendieron una fogata y echaron en ella los restos, entonando cánticos y alabanzas a sus dioses hasta que todo se redujo a cenizas.
Cuando sólo quedaban ascuas, el mago-sacerdote-chamán-asesino bendijo a la turba, diciéndoles que habían realizado una tarea sagrada. Luego se volvió a las cenizas y escupió, profiriendo una maldición póstuma a esa mujer.
Se fueron en procesión de vuelta a su aldea, no atreviéndose en ningún momento a entrar en el Laberinto, ya que esto les causaba más pavor que cualquier otra cosa. Detestaban ese armatoste, pero no tenían los medios para destruirlo, así que lo dejaron ahí, para que la maleza lo cubriera ahora que nadie cuidaría de él.
En el momento en que los cánticos eran apagados por la quietud de la noche, del interior del Laberinto salió una figura vacilante que se acercó con mucho cuidado a las cenizas. Quien mirara de lejos podía confundirla con una alimaña buscando comida, pero era una chica que apenas había pasado la primera década de su vida. La Sacerdotisa la recogió hace un par de años y le enseñó a leer los signos que le ayudarían a encontrar las verdades ocultas en el Laberinto. Con los dedos ennegrecidos escarbó y escarbó hasta que encontró lo que su maestra le había encomendado. Era el anillo de plata y lo puso con cuidado en su anular derecho. Le quedaba grande, pero ella crecería y en el futuro se amoldaría perfectamente a su dedo.  Antes de irse, hizo una reverencia frente a la fogata, en nada ostentosa, sólo una muestra de respeto. Después entró nuevamente al Laberinto que sería su solitario hogar, pues ahora ella era la Sacerdotisa.

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