martes, agosto 12, 2014

Y el Diablo metió la cola (Parte 2)



El cristianismo (por lo menos la mayoría de las facciones que han sobrevivido hasta la actualidad) tiene una forma curiosa de causar cohesión entre sus fieles, siendo ésta el miedo a un enemigo que amenaza con destruirlos. Todo comienza con el Apocalipsis de Juan y su Anticristo, el enemigo declarado de los fieles que es una persona y una colectividad al mismo tiempo. Es obvio para cualquier lector culto que el Anticristo es solo una representación alegórica del Imperio Romano. No obstante, esta bestia con siete cabezas y apariencia de felino ha servido para personificar a cualquier enemigo del status quo que la Iglesia intenta salvaguardar.



Primero fueron los paganos romanos y los cristianos que fueron declarados herejes cuando Constantino estableció el pensamiento ortodoxo dentro de la religión de Jesús. Luego, cuando las religiones paganas comenzaron a desaparecer y los herejes se remitieron cada vez más a cultos marginales, la ya establecida Iglesia Católica encuentra un nuevo Anticristo: el Islam. So pretexto de recuperar la Tierra en que vivió Jesús de las manos de los infieles, la iglesia en complicidad con los nobles europeos organizan ocho expediciones militares que serán conocidas como Cruzadas. Viéndolas globalmente, las cruzadas fueron un fracaso militar y político, solo ayudando a que los barbaros caballeros francos tuvieran contacto con una cultura más refinada. Entonces la cúpula clerical se encuentra con que los sarracenos no son buenos enemigos, pues no se dejan vencer, por lo que hay que crear uno nuevo para seguir coaccionando a la población.



Así, las nuevas órdenes de frailes que imperan en la iglesia (principalmente franciscanos y dominicos) inventan el cuento de que hay una conspiración  para destruir el orden cristiano en el que están inmiscuidas personas que pretenden parecer gente pía, pero que han entregado sus almas al mal. Se trata de un complot organizado por el mismo Diablo y ayudado por un ejército de brujas y hechiceros.



Acá es cuando el diablo, de un sinvergüenza que intenta comprar almas engañando a sus vendedores, se transforma en el enemigo más temible del género humano, que ha conseguido infiltrar todos los estratos de la sociedad medieval. Entonces, la Inquisición que fue creada para perseguir herejes y judíos, comienza a perseguir a cualquiera del que se sospeche practicante de la brujería.



Con esta histeria estúpida nacen también los manuales de persecución de la brujería, siendo el más “completo” de ellos el infame “Malleus Malificarum”. Escrito por dos frailes dominicos alemanes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, es una compilación de información ya aparecida en otros manuales, pero que se transformó en el canon al que se refieren los inquisidores medievales y renacentistas. Este “Martillo de las Brujas” es comparable con una historia de terror de serie B, llena de misoginia e ideas estúpidas tomadas como cierta por curas ignorantes y fanáticos.



Pero lo que más impresiona son los detalles escabrosos con que ambos autores describen los supuestos aquelarres en que las brujas le rendían culto al diablo. Como si fueran dos pornógrafos actuales, esos santos dominicos (quienes seguramente escribían sus relatos lamentándose por las erecciones que estos les provocaban) cuentan como el Diablo, en forma de macho cabrío, se aparecía ante sus adoradores para que le rindieran culto en una orgía salvaje. Las fornicaciones entre el Diablo y sus seguidoras/es son detalladas hasta en lo más mínimo, por lo que hoy sabemos que el pene de Satanás es largo y frío, armado con escamas duras que se erizaban para provocar dolor a sus amantes, o que en ocasiones vibraba para producir más placer (¿tendría diferentes velocidades como los dildos modernos?). También se habla de cómo las brujas se untaban el cuerpo con ungüentos hechos a base de grasa de recién nacido para poder volar sobre escobas, cómo robaban hostias consagradas para metérselas en la vagina y así profanarlas en el momento en que fueran penetradas por el Diablo, otro demonio menor, por uno de sus compañeros hechiceros o por algún animal invitado a la fiesta; y cómo Lucifer bendecía a sus adoradores meando sobre ellos en una parodia a lo que realiza el sacerdote con el agua bendita.



Pero el libro no terminaba con lo anterior, sino que enseñaba cómo torturar a las presuntas brujas y dónde buscar las señales con que el Diablo marcaba a sus concubinas. No es de extrañarse que las marcas estuvieran principalmente en senos, genitales y anos de esas mujeres, cosa muy conveniente para que esos probos sacerdotes pudieran liberar su sexualidad reprimida de la forma más retorcida posible. 


El problema no es que el libro esté lleno de estupideces y desvaríos calenturientos de sujetos con castración intelectual; el verdadero problema es que la gente creyó por muchos años los cuentos chinos de Kramer y Sprenger, lo que llevó a un montón de inocentes a morir en la hoguera. Solo la llegada de Iluminismo en el siglo XVIII y el laicismo que devino de la Revolución Francesa fue capaz de desterrar las ideas del Malleus Malificarum a dónde siempre debieron pertenecer: Al ámbito de la estupidez humana.
Pero no todo lo que se escribió acerca del Diablo durante el Renacimiento es tan execrable. Por esos años, a partir de la vida de un personaje real que vivió en Alemania y fue contemporáneo de Martín Lutero, se compuso una leyenda de pacto con el Diablo. La historia cuenta de un erudito llamado Fausto, quien ya ha aprendido todos los conocimientos que un hombre de su época puede acumular. Cuando ya nada quedaba para él, recurre a las artes oscuras para pactar con el demonio a cambio de todo lo que su imaginación pudiera desear. Aquí el Diablo se metamorfosea nuevamente en ser siniestro, pero distinguido, con cejas barba puntiaguda, frente amplia y nariz aguileña. Es Mefistófeles, el tentador cuya imagen es plagiada una y mil veces hasta nuestros días.


El final de la aventura del Doctor Fausto no es de consenso para los autores. Algunos postulan que después de una vida llena de placeres se arrepintió de vender su alma y recibió la ayuda divina para zafar, pero en la mayoría de las versiones Fausto es arrastrado al Infierno sin ninguna conmiseración.
Las primeras versiones de la leyenda de Fausto fueron compuestas en Alemania, pero la más famosa es del poeta Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare, que fue editada en 1604. Otra versión que es digna de mencionar es la del gran escritor del romanticismo alemán Johann Wolfgang von Goethe de 1806.



Tiempo después de Marlowe y Shakespeare, la literatura inglesa nos entrega otra visión totalmente diferente de Lucifer. En el poema titulado “El Paraíso Perdido” el escritor John Milton cuenta nuevamente la historia del Génesis bíblico, pero ahora en clave de poema épico. Acá Lucifer se metamorfosea en un oscuro héroe del infierno enfrentado a un Dios caprichoso y egoísta que se impone cual dictadorcillo moderno. Se puede hacer un paralelismo entre este Lucifer con el Che Guevara, pues puede que no compartas las razones de su lucha, pero el poder de su carisma hace que todos sienta empatía hacia su persona.


Es raro, pero a pesar de que Milton hace patente que la intención de su poema es ensalzar la imagen de Dios y representar el drama de la caída del hombre, lo que nos deja es un Lucifer heroico que se enfrenta a la tiranía del Cielo. “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo” es una frase citada una y mil veces pero que pocos saben que es de Milton.



Con la llegada del Iluminismo la imagen del Diablo no era muy apropiada para tiempos donde la razón gobernaría cada ámbito de nuestra cultura. Solo la llegada del romanticismo y la novela gótica nos traerían de nuevo al rey de los demonios.
Ya hablé del Fausto de Goethe, pero hay otras obras del S. XIX que tocan el tema del diablo. El pacto sigue siendo un tema central, aunque la presencia del  Demonio es mucho más sutil que la de Mefistófeles. Una muestra de esto es la novela del irlandés Charles Maturin llamada “Melmoth el Vagabundo”  de 1820, donde se estudia más la psicología de Melmoth, un hombre que ha vendido su alma al Diablo para vivir por siglos pero que puede salvarla consiguiendo que otro tome su lugar. Otros casos que pueden emparentarse con el pacto demoniaco son los que relatan “La piel de Zapa” de Honoré de Balzac y en “El Retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde.



Al otro lado del Atlántico también se creaban historias el Diablo como protagonistas. Washington Irving, quien es más conocido por sus historias  sobre el jinete sin cabeza  de Sleepy Hollow, también habla de un pacto con el diablo en su cuento “El Diablo y Tom Walker” que repite nuevamente el cuento de Fausto y Mefistófeles, pero esta vez el vendedor de su alma es un hombre común y corriente de Estados Unidos. Es más que nada una historia moralista acerca del real costo de aquellas cosas que se consiguen fácilmente y de mala manera.



A finales del XIX, en pleno apogeo de la Edad Victoriana, por toda Europa surgen hermandades místicas de corte Masón, como el Amanecer Dorado, por poner un ejemplo. Muchos de estos clubes de caballeros toman la imagen de Lucifer y le quitan su carga negativa para transformarlo en un héroe civilizador. Muchos ocultistas victorianos tomaron el nombre de luciferinos pues defendían la idea de que Lucifer le entregó el don del conocimiento a los humanos en oposición a Dios, que los quería ignorantes como animales. 

 Aleister Crowley. Famoso ocultista de fines del S.XIX y principios del S. XX

Aunque la anterior idea acerca del demonio fue muy influyente en círculos “cultos”, para el resto del vulgo Satanás siguió siendo un engendro del mal. Pero lo que a nadie se le ocurrió el 1 de enero de 1900 es que, en el siglo que empezaba, Lucifer se transformaría en una superestrella de los medios de comunicación.

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