jueves, agosto 07, 2014

Y el Diablo metió la cola (Parte 1)



Si hablamos de monstruos y entes malignos en nuestra literatura, el padre de todos es el Diablo (aunque algunas criaturas lovecraftnianas pueden jactarse de ser más poderosas, grandes y feas).




Obviamente, no es mi intención hablar sobre discusiones teológicas acerca del origen del mal, o gastarme en sofismos acerca de la existencia o no del Diablo. Para mí este ente es tan real como Drácula (el de Stoker, no el voivoda) o el Joker de Batman, sencillamente un personaje que del mito saltó a la literatura y de ahí a nuestros medios más modernos. Teniendo claro esto, continuemos.
Muchos creen que el personaje nació en las páginas del Antiguo Testamento de la Biblia, pero esto es solo verdad a medias. En la Tora de los judíos, que se trata de una compilación de diferentes tradiciones en las que se cuenta La Creación del Mundo, el Diluvio Universal y el origen de los hebreos, lo más cercano a un ente maligno que podemos encontrar es una serpiente parlanchina que convence a Eva para que se coma la fruta prohibida. Los sabios estudiosos del talmud luego postularían que esa serpiente era un demonio llamado Samael. No obstante, la fe de Moisés originalmente no concebía la existencia de un adversario a Yahveh, sino tanto bien como mal respondían a la voluntad del Todopoderoso. La creencia en ángeles y demonios fue exportada de Mesopotamia.


El antiguo testamento está plagado de menciones indirectas a demonios y entes malignos, pero en ningún caso se habla realmente de un contendiente igual a Dios. Es en este contexto que aparece Satán o Satanás (no confundir con el bigotón de Dragon Ball Z), que no es precisamente el Diablo, sino un ángel cuya misión es ser una especie de fiscal ante Dios; alguien encargado de acusar las faltas de los humanos y pedir el castigo merecido. En el libro de Job nos cuenta cómo Yahveh se vanagloria de su siervo Job y cómo Satán le dice que este sólo le adora porque le ha dado un buen pasar por la vida. Entonces hacen una apuesta y Dios le permite a Satán quitarle todo a Job, excepto su vida. Este juego cruel en que se ve envuelto ese pobre sujeto solo termina cuando está cubierto de llagas supurantes, yaciente en la calle, rodeado de mierda, y aún así no es capaz de maldecir a Dios por su mala estrella. Dios gana su apuesta y le devuelve todo a Job, quien no recibe ni una puta disculpa por las penurias que le hicieron pasar solo para demostrar quien la tenía más grande.


Solo con la llegada del cristianismo el diablo comienza a tomar la forma de un contendiente del bien. Influidos por ideas dualistas venidas de Persia y por las doctrinas de la secta judía de los Esenios, los evangelios nos presentan a un Diablo que intenta tentar a Jesús para que se pase al lado oscuro. Le ofreció de todo, menos mujeres (por eso falló), pero el carpintero se aguantó.


También en los evangelios aparecen multitud de casos de posesión demoniacas, lo cual será uno de los tópicos más exitosos del terror en el siglo XX.  Algunos de estos relatos son casi hilarantes en sus diálogos entre el Mesías y los supuestos demonios, incluyendo un episodio de intercambio de cuerpo de un pobre sujeto que vivía en un basural con una piara de cerdos (¿dónde estaban los animalistas en el siglo primero?)
Ahora, el Diablo bíblico no tenía patas de cabra o cuernos. De hecho, hay sólo una descripción en el Apocalipsis de Juan, donde lo muestra como un dragón rojo de siete cabezas, diez cuernos con coronas y gusto por comer mujeres embarazadas. La representación de sátiro viene de la satanización de los dioses paganos, en especial aquellos que presentaban una naturaleza salvaje, como Pan de los griegos y Cernunnos de los celtas.


Por otro lado, y para sorpresa de muchos, Lucifer, que hoy es solo otro nombre para el Diablos, en realidad no tenía nada que ver con él. Lucifer es una de esas deidades siderales muy comunes en la mitología romana. El nombre proviene de las palabras latinas “Lux” (luz) y “Fero” (llevar), esto debido a que era la representación del lucero de la mañana (el planeta Venus), quien se encargaba de preceder a la diosa Aurora, la que abría el camino de Helios (el Sol) por el cielo. 


Como se ve, era casi imposible asociar a la deidad Lucifer con ese tentador oscuro y algo torpe en el que creían los cristianos, pero una pobre traducción lo logró. En la versión de Jerónimo de Estridón de los textos en hebreo del Antiguo Testamento y de los griegos del Nuevo al latín, conocida como la Vulgata, toma un texto del libro de Isaías en el que habla de un lucero que cae del cielo como alegoría al castigo de los soberbios. La palabra lucero en la traducción latina fue Lucifer y ese es el punto real de nacimiento del diablo moderno.


Los doctores de Teología de los primeros tiempos de la iglesia comienzan a buscar información y, juntando textos sueltos a lo largo de toda la biblia y que de seguro se referían a cosas totalmente inconexas, crean el mito: Lucifer, el ángel más hermoso y sabio (mezcla de supermodelo y Einstein), siente que puede hacer mejor el trabajo que su jefe, por lo que se junta con unos compinches e intenta hacer un golpe de estado (algo muy al estilo América Latina). Como solo contaba con un tercio de los ángeles, le patearon el culo tan fuerte que del impulso llegó al infierno, donde se volvió feo, con cuernos, patas de chivo y tetas, creando su propio reino de malos malosos, con juegos de azar y mujerzuelas. Después se le apareció a Eva y le dio a comer de su fruta (todos saben a qué me refiero) y ha conspirado desde entonces en contra del hombre y Dios.


Pero en los primeros tiempos el Diablo no es un personaje tan central para los autores cristianos como podía esperarse. Si bien algunos doctores de la Iglesia intentaban satanizar las religiones politeistas, transformando los antiguos dioses en demonios, había cultos paganos muy respetables y modelos de virtud, por lo que mostrarlos como fuerzas del mal era hasta de mal gusto. No obstante, hubo una leyenda de pacto con el Diablo que escondía una intensión antisemita.
Teófilo de Adana era un monje probo que no llega a ser elegido obispo de su ciudad porque su contendor le gana en la elección usando sus influencias indebidamente. Entonces aparece el siniestro judío nigromante que le ofrece hacer un pacto con el Diablo para llegar al obispado. Al final, ya como obispo, Teófilo se arrepiente de su pecado y le ruega a la Virgen que le ayude para salvar su alma, cosa que la madre de Jesús hace y dejan al Diablo con un contrato que vale una mierda.


La leyenda de Teófilo fue escrita por primera vez en el siglo VI por un tal Eutychianus, teniendo un sinnúmero de versiones a lo largo de toda la edad media. Es notoria la doble intención del texto, ya que por un lado busca demostrar que un real arrepentimiento puede hacer que el alma se salve de una condenación seguro, mientras que por el otro asocia a los judíos con el Diablo, cosa muy común en los cristianos, quienes fueron los inventores de antisemitismo.
Otra leyenda que se ha perpetuado tanto en la literatura, pero más que nada en lo pictórico es la de San Antonio. Antonius Abad, considerado santo, fue el fundador del movimiento eremita. Cuando joven, regaló todo lo que tenía (era un hombre rico) y se fue a vivir de la oración en el desierto. Ahí le sigue el Diablos, quien primero le tienta con el disfraz de una hermosa mujer (otro poder del Diablo es travestirse), pero Antonio aguanta. Así que al final, con la ayuda de otros demonios, el Diablo ataca al ermitaño como una marabunta de monstruos. Este ataque ha sido tomado por un sinnúmero de pintores, desde el Bosco a Salvador Dalí.


Pero llega una obra de inspiración religiosa que se hermana con la fantasía  y es también uno de las más grandes de la literatura universal. El poeta italiano Dante Alighieri, inspirado por la muerte de la mujer que había amado toda su vida (pero a la cual nunca le había hablado), se decidió a escribir un extenso poema en el que relataba su viaje místico a través del Infierno, Purgatorio y Cielo. En el primer cantica, llamado Infierno, en lo más profundo de la oquedad que se abre en el centro de la tierra, Dante se encuentra con el Diablo, en el lugar destinado para los traidores. El Diablo de Dante es un gigante de tres caras, sumergido en un lago congelado hasta la cintura. Es un demonio impotente, que no tiene ningún poder en ese infierno (que para Dante es gobernado por el rey cretense Minos) y que solo se dedica a llorar y a mordisquear en cada una de sus bocas a los tres traidores más grandes de la historia según el vate. Se trata de Judas Iscariote, quien vendió a Jesús, y de los romanos Casius y Brutus, los que conspiraron para matar a Julio Cesar.


Hasta este momento, el Diablo que nos presenta la literatura no es para nada el súper villano que nos han vendido las religiones. Más bien se trata de un embaucador que se cree mucho más listo de lo que en verdad es, pues siempre sale mal parado cuando intenta meterse con hombres santos. Pero un traspié político y militar obliga a cambiar de foco, transformando al gigante llorón de Dante en un Enemigo astuto con un plan secreto para conquistar el mundo.

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