sábado, septiembre 20, 2014

El Emperador




Como cada mañana durante los últimos cinco años, se levantó y entró a la ducha. Diez minutos exactos, ni más ni menos para su aseo necesario. Después se afeitó y cepilló los dientes; otros 10 minutos. La ropa para ese día ya la tenía separada, así que no uso más de 5 minutos en vestirse. Salió de su departamento con tiempo suficiente como para tomar el ascensor, caminar las dos cuadras que lo separaban de la estación y comprar su café matutino mientras esperaba el tren.
Cinco días a la semana repetía sagradamente ese ritual. Era tan metódico en ello que podría decirse que sabía exactamente el número de pasos que gastaba en cada uno de sus movimientos. Todo calculado para estar a la hora, puntualmente, en su trabajo. Sabía que sus compañeros de oficina le llamaban bicho raro por su obsesión con la exactitud, pero esto no le importaba, pues tampoco era que sus compañeros le cayeran muy bien.
No obstante, esa mañana ocurrió lo imposible, lo único capaz de aniquilar su rutina perfecta. Un problema en las vías había producido que el tren demorara a lo menos unos 30 minutos en llegar a la estación, lo cual le hizo sentir un hormigueo molesto en el estómago y frío es su columna.
¡No podía ser! Jamás, ni en ese u otro trabajo anterior había faltado o siquiera llegado tarde. Incluso cuando se resfriaba asistía a trabajar y las vacaciones las tomaba porque sus jefes le obligaban a hacerlo. Así que, con el café a medio tomar en su mano derecha, comenzó a mirar a todos lados, desesperado, en busca de una rápida solución a su predicamento, pero no había nada. Intentó reclamar al funcionario que dio la información, pero sus quejas chocaron con su cara de piedra. No había nada que hacer.
Pensó en tomar el bus que salía solo a unas manzanas de ahí, pero no era tan rápido como el tren, además de que no sabía los horarios o si debía hacer alguna combinación. Definitivamente estaba todo perdido para él.
Salió a las afueras de la estación, con la mirada llena de angustia recorrió el lugar en busca de algo, aunque no sabía muy bien qué. Entonces, haciendo de tripas corazón, tomó el celular y llamó a su jefe avisando que estaba atrasado. Se desvivió en explicaciones y disculpas, aunque desde el principio el jefe le hizo ver no había problema, que si deseaba podía tomarse el día si era necesario. No obstante, estaba tan descorazonado por la situación que al final llegaron al acuerdo de que, en cuanto el servicio de tren se normalizara, el emprendería su viaje a la oficina.
Así, debía esperar a que el tren atrasado llegara, lo cual sólo se estimaba que demoraría media hora, cosa que le ponía los nervios de punta. Se acercó nuevamente al carrito del vendedor de café y pidió algo dulce para compensar su nivel de azúcar, cosa que le deparaba más sorpresas, pues el vendedor conocía su nombre, aunque hubieran cruzado solo un frío saludo cada día en que le compró el mismo tipo de café.
- Por lo visto el tren tuvo problemas – Comentó el vendedor, queriendo romper el hielo, aunque fuera una obviedad. Él, por su lado, sólo le hizo una mueca incómoda que pretendió ser una sonrisa, cosa que no logró ni por lejos.
En ese momento, en que se comenzaba a insinuar un silencio incómodo, fue que apareció él en gloria y majestad. Por un momento no pudo decidir si lo que venía traqueteando calle arriba era una visión real o sólo producto de su imaginación, pero el ruido infernal de las ruedas sin aceitar del carrito de supermercado era demasiado real. Definir como estrambótico al personaje que empujaba ese carrito era quedar corto en palabras. Si uno comenzaba a subir la mirada desde sus pies, lo primero que encontraba eran unas pantuflas con forma de patas de tigre desteñidas y sin garras. Después, unos pantalones a rayas amarillas y verdes, con varias tallas más de las necesarias y afirmadas a su cintura con un cordón. En el torso una camiseta con la bandera de Inglaterra pintada, pero con el azul y el rojo transformados en morado y rosa por el paso del tiempo. En las manos guantes de cabritilla que se usan para trabajos manuales y en la cabeza un sombrero de copa a mal traer, pero con una suntuosa pluma que en su base era azul oscura y se iba aclarando hasta llegar a una tonalidad verde en la punta.
En ese momento no le pareció extraño, porque con la impresión de lo que había visto, la verdad es que fijarse en sus facciones no era prioritario, pero luego, cuando lo intentó, no pudo recordarlas de manera concreta. Sabía que era viejo y que llevaba barba, pero solo eso, como si un velo cubriera esa parte de su imagen en su memoria.
No obstante,  no era precisamente el personaje lo que le impresionó, sino la reacción de todas las personas a su paso. Todo el mundo le saludaba con respeto, haciendo reverencias y descubriendo sus cabezas, cosa a la que el mamarracho respondía con la dignidad de un gran señor. De pronto se preguntó si todo el mundo se había vuelto loco o era una broma colectiva de la que nadie le había advertido.
El sujeto avanzó por la calle hasta llegar a la pequeña plazoleta que estaba en la entrada de la estación de trenes. Ahí, el vendedor de café preparó uno grande con mucha crema, sacó un par de sándwich y salió al encuentro del hombre del carro. Con una reverencia le entregó el vaso y la bolsa con el pan, a lo que el hombre le agradeció dándole la mano como un gran señor que recibe tributo de unos de sus súbditos.
El vendedor volvió a su puesto con una gran sonrisa en sus labios, cosa que le dio pie a él para poder consultar de qué venía todo esto:
- ¿No lo conoce? Es el Emperador, siempre anda por acá – dijo el vendedor con naturalidad.
- ¿Emperador? ¿Qué clase de Emperador? – consultó algo serio, dando a entender que no estaba para bromas.
- El Emperador del Mundo, o por lo menos eso dice él. Nadie sabe de dónde salió, pero lleva varios años rondando por acá. Estamos claros que algo no le funciona bien en la azotea, pero no es peligroso. Por el contrario, ayuda a la gente, da buenos consejos y todo el mundo le sigue el juego porque es nuestro loco local.
- ¿Pero nadie sabe su nombre? ¿Sólo es el Emperador?.
- Hay historias, pero nunca he sabido si son ciertas o no. Dicen que era un doctor famoso y que unos ladrones se metieron a su casa y mataron a su hija y esposa. Otros varían la historia y dicen que fue un asalto en la calle, pero todos dicen que tuvo familia y que era alguien educado. De hecho, si habla con él se dará cuenta de ese detalle.
Con estos datos su interés por ese tipo aumentó y se le quedó mirando por un buen rato. Se había sentado en el borde de una pileta, estacionó su carro al lado suyo y sacó una pequeña radio cassette a pilas, poniendo música de Elvis Presley. En ese momento, una pareja de policías se acercó al lugar, seguramente haciendo su ronda de rigor. Al pasar al lado del “Emperador”, ambos le hicieron un saludo militar y cruzaron un par de amables palabras con él. Cuando se retiraban, el sujeto, con una voz aguardentosa les pidió que cuidaran muy bien de sus súbditos y no fueran excesivamente severos con los que se portan mal.
Por lo visto, a todo el mundo le caía en gracia ese loco, por lo que no debía ser ni molesto o peligroso, así que no entendía porque llamaba tanto su atención. Además, justo en ese instante, uno de los encargados de la estación avisó que el servicio de trenes se reanudaba así que por fin podía irse a su trabajo, aunque ya el atraso era irrecuperable y eso le removía las tripas. Así, apuró el último trago del café que ya estaba frío, tomó su portafolio y se dispuso a abordar. Cuando iba por la mitad de la escalera de la entrada de la estación, escucho de nueva la voz del loco, pero ahora le gritaba a alguien:
- ¡Señor! ¡Usted! ¡El señor de traje marrón y portafolio!
Miró a los lados con la vana esperanza de que alguien más se ajustara a esa descripción, pero no tuvo suerte. Rojo como un tomate, giró sobre sus talones y miró al supuesto Emperador con la cabeza casi empotrada entre sus hombros. El tipo le sonrió, mostrando que aún tenía todos sus dientes, y luego le dijo:
- Éramos 36 los ocultos, pero ahora quedamos menos. El único que se dio a conocer fue Norton, un buen hombre. Pero lo más importante de todo: yo sé por qué despiertas en la noche sobresaltado.
Los cabellos de la nuca se le erizaron y sintió de pronto que todo el mundo le miraba como si fuera un bicho raro. No es que fuera una sensación extraña para él, pues todos en su trabajo murmuraban a sus espaldas, pero con el tiempo uno se acostumbra. Sin embargo, en ese momento volvieron a su cabeza las risas de sus compañeros de clases debido a su aspecto magro y desaliñado. Entonces miró a su alrededor como un animal acorralado, pero nadie le prestaba atención en absoluto, todo era producto de sus miedos. Así, desconcertado, se abrazó a su maletín y apretó el paso al carro de tren que le esperaba en el andén.
Se dejó caer en uno de los asientos del carro y miró por la ventana para saber si ese loco le había seguido. No entendía casi nada de lo que le había dicho, pero lo último le había calado tan hondo que en ese momento se dio cuenta que su frente estaba perlada por un sudor frío ¿Cómo podía saberlo? ¡Era imposible!
Durante todo el viaje le dio vueltas, especulando y trazando teorías que no terminaron de convencerlo. Incluso, cuando llegó al trabajo, se olvidó de pasar a la oficina del jefe a dar explicaciones y sólo se atrincheró en su cubículo como si fuera un soldado a la espera de que se desatara una enorme ofensiva enemiga. Sus compañeros vieron que se comportaba de manera rara, pero nadie le preguntó qué le pasaba, pues no había amistad con él, nunca asistía a las fiestas de la oficina o a tomar una copa después del trabajo; su relación con ellos se remitía a un frío saludo cada día.
En su escritorio comenzó a ordenar sus papeles y encendió el computador para concentrarse en el trabajo y olvidar las palabras del loco. Debía de ser sólo una coincidencia que acertara sobre sus problemas de sueño, porque, al fin y al cabo, es algo muy normal. No obstante, ese razonamiento no servía de nada y se dio  cuenta de que sus manos se deslizaban trémulas sobre el teclado de su computador.  “Éramos 36”… “Norton” ¿Qué sentido tenía esa parte de lo que le dijo? Con la misma sutileza de un ladrón primerizo, abrió el buscador de internet de su computador mirando a todos lados por si alguien le atrapaba. Todo el mundo en la oficina usaba el internet para cosas personales, pero para él era la primera vez y no le acomodaba.
Los resultados del treinta seis fueron del todo inútiles. Número atómico del kriptón, código telefónico de Hungría, el cuadrado de seis, etc. En cuanto a “Norton” lo primero que apareció fue el antivirus, pero buscando un poco más, descubrió algo interesante. Joshua Abraham Norton (1815-1880) fue un excéntrico ciudadano de San Francisco, Estados Unidos, que un buen día se proclamó Emperador del país. La gente de la ciudad le tenía cariño y le siguió el juego hasta su muerte, siendo enterrado con los más altos honores.
Obviamente ese era el Norton adecuado, pues las coincidencias con su Emperador eran evidentes, cosa que indicaba que su locura estaba inspirada en la de este sujeto, pero ¿dónde cuadraba eso de los treinta seis ocultos?… cuando recordó la frase completa probó nuevamente y lo que encontró le pareció que calzaba con toda esta locura. Se trataba de una antigua leyenda del Talmud que decía que había 36 Tzadikim Nistarim o “Justos Ocultos” que eran los verdaderos reyes de este mundo y que con sus acciones evitaban que todo se fuera al carajo.
Pero ninguno de esos datos le ayuda a dilucidar lo que realmente le importaba ¿Cómo sabía de sus problemas de sueño?
El día pasó lento en el trabajo y no lograba concentrarse realmente en ello. Sencillamente le daba vueltas una y otra vez a lo del Emperador loco. Así, se saltó la hora de almuerzo para seguir investigando, a ver si encontraba alguna referencia de ese sujeto y de su verdadera historia, pero era exactamente igual como cualquier otro pordiosero; nadie sabía absolutamente nada de él.
No supo cómo llegó al final de la jornada, pero en ese día apenas hubo avance en sus quehaceres cotidianos, cosa que le incomodaba en demasía, pues durante años el premio a mejor empleado siempre había sido suyo sin que nadie tuviera armas para disputárselo. Enfadado por esta situación, se levantó de su escritorio de mala gana, tomó sus cosas y, sin siquiera despedirse, salió de la oficina tirando chispas por los ojos en busca del tren que le llevaría de vuelta a casa.
Se fue todo el viaje refunfuñando entre dientes, cosa que le ayudó a que nadie se sentara junto a él. Simplemente no entendía cómo una situación tan trivial le había causado tanto sobresalto como para sacarlo del estricto régimen de vida que se había auto impuesto. Sencillamente era algo inconcebible. Cuando llegó a la estación cercana a su casa pudo mirar su reflejo en los vidrios de la puerta corrediza y no se reconoció. Parecía demacrado y sucio, aunque su ropa continuaba impoluta; sencillamente era algo en su actitud que le hacía verse así.
Con su maletín bajo el brazo pasó por la plazoleta de la estación sin mirar a nadie y enfiló rumbo al edificio de apartamentos en el cual vivía. A esas alturas ya no deseaba pensar en locos de ahora o del siglo XIX, sólo quería comer algo y tirarse en la cama para dormir… y anhelar no despertar en medio de la noche con esa maldita sensación.
- Te dije que yo sé por qué despiertas por las noches.
La voz sonó justo tras de él, cavernosa y gutural, lo cual le hizo sobresaltarse de tal manera que dejó caer su maletín, abriéndose este de par en par y dejando su contenido de papeles desperdigado por la calle. Como un obseso, comenzó a recoger sus cosas antes de ser atacado… aunque no tenía claro qué o quién lo haría. Entonces le vio por el rabillo del ojo con su carro de supermercado, agachado como él recogiendo papeles y útiles de oficina.
- Creo que esto es todo hijo, toma – le dijo, extendiéndole las cosas que había juntado. Por su lado, él se las arrebató de las manos y de inmediato puso una distancia prudente entre ambos. No obstante, antes que cualquier cosa, sacó de su billetera dinero y se lo ofreció al hombre para que le deje en paz. El sujeto miró el ofrecimiento, sonrió y lo tomó, contó los billetes y le dijo:
- Gracias por pagar tus impuestos atrasados, muchacho. Ahora, con esto, te puedo invitar a comer algo mientras hablamos.
Se quedó de una pieza al escuchar estas palabras, pues creía haber zafado de su molesta compañía, pero de inmediato su sistema de autodefensa reaccionó haciendo uso de su último recurso: ser desagradable. Le espetó que no debía molestarlo, ya que él era un ciudadano respetable en contraparte suya, que se trataba de un loco de atar. Le dijo que si lo seguía molestando llamaría a la policía y hablaría con las autoridades para que le encerraran. Al final de su monólogo, pensó que el tipo se había asustado, pues le miraba con la boca abierta. No obstante, rápido como un rayo, el loco lo tomó de la corbata y acercó su cara a la suya. Pudo sentir su aroma, casi animal, aunque no necesariamente desagradable, y sus ojos parecían traspasarlo como cuchillas y sus palabras sonaron atronadoras en su cabeza:
- ¿Crees que de verdad me asustas? ¿Tú, que pareces una rata acorralada, te transpiran las manos y estas a punto de llorar porque un mendigo anciano te toma del cuello? Eres un pobre y patético hombrecillo, preocupado de que su tediosa vida siga siendo exactamente igual día tras día, deseando en este momento poder escapar de aquí y subir a tu apartamento gris y frío, sentarte frente al televisor con esa comida de mierda pre preparada hasta que te de sueño. Pero ahí está el problema, porque te despiertas por las noches con un grito ahogado en la garganta. Hay una pregunta en tu cabeza que te atormenta, pero no te atreves a realizarla porque también te da miedo la respuesta, por ello llenas tu vida de rituales vacuos que te ayuden a olvidar tu terror.
Entonces lo soltó y cayó como un saco inerte sobre el pavimento, con los ojos muy abiertos y respirando como un pescado fuera del agua. Por su lado el Emperador se quedó mirándole por largo rato mientras se reponía como quien mira a un microbio por un microscopio. Entonces, cuando se sintió con fuerzas, se sentó en el suelo, miró nuevamente al anciano loco con miedo y, con un hilo de voz, le preguntó:
- ¿Cómo sabe lo de mis problemas para dormir?
El Emperador le sonrió y volvió a parecer un viejo lelo pero afable. Luego le dijo que le siguiera y le diría todo lo que necesitaba saber.
Como un perro apaleado, siguió al sujeto por las calles, aún sin tener ninguna seguridad de que fuera una buena idea. Mientras caminaban, el Emperador sacó su radio y ahora puso un cassette de los Beatles, como si la situación no fuera ya lo suficientemente surrealista para él. Lo otro que llamó su atención fue que constantemente estaba tosiendo, por lo que dedujo que su salud no era para nada buena.
Al final, fueron a parar a uno de esos camiones que venden todo tipo de sándwich. Ahí el Emperador se acercó y fue recibido como toda una celebridad por quienes atendían. Pidió dos enormes panes con una infinidad de cosas metidas entre ellos, carne, cebolla frita, una lamina de queso, jamón, tocino, huevo frito y pepinillos. Ver esas dos torres de comida implicaba repugnancia y fascinación a la vez. Nunca comía comida rápida de la calle, ya que siempre pensó que las medidas de higiene eran precarias en el mejor de los casos, pero no podía negar que el aroma de la fritanga producía algo en la parte más primitiva de su cerebro, abriendo un apetito que no tenía desde que era un niño.
Le intentaron dar gratis los dos sándwich al Emperador, pero él insistió en pagar y ellos no pudieron negarse. Al rato, ambos estaban sentados en la banca de una plaza cercana a su edificio y tenía cada uno esa enorme cosa que no sabía cómo comer. Con cara de idiota, se quedó mirando un buen rato la torre que tenía frente a él hasta que el Emperador le dijo:
- No sabe tan bien si se enfría, así que apúrate con eso.
Miró por un momento el sándwich con desconfianza, pero se decidió y le dio un buen mordisco. La verdad es que el sabor lo llevó por un momento al cielo. No era un hombre que se permitiera o que supiera mucho de placeres, por lo que eso le pareció algo realmente una maravilla de otro mundo. Comió como hace años no lo hacía, con ganas y chupando los restos que quedaban en sus dedos, siempre ante la atenta mirada y apacible sonrisa del Emperador, que fue mucho más delicado al momento de comer.
Luego del atracón vino un silencio incómodo, en el que nuevamente comenzó a preguntarse qué mierda estaba haciendo con ese loco sentado en una plaza a esas horas. Entonces, mientras le extendía una lata de Coca-Cola, el Emperador le dijo:
- ¿Ya descubriste lo de los treinta y seis y Norton?
- ¿Una leyenda judía y un loco que se creía Emperador de Estados Unidos?
- No era un loco, sino un gran hombre – le objetó, molesto - ¿Cuántos pueden decirse Emperadores y no tener sus manos manchadas de sangre? A su funeral asistieron 30.000 personas que realmente sintieron su perdida, algo que pocos gobernantes pueden esperar ¿Acaso un loco idearía algo tan grande y duradero como el Puente Golden Gate?
No había estudiado tan a fondo a ese personaje, sólo buscó las conexiones con el loco que estaba sentado a su lado. No obstante, eso de los “Sabios Ocultos” era simplemente una idea peregrina que apoyaba la total locura del Emperador.
- ¿Y si no fuera sólo una leyenda? – Le rebatió el loco Emperador cuando le hizo ver sus opiniones - ¿Si en verdad el mundo fuera la responsabilidad de un grupo de gente buena que vela por todos?
- ¿Santos ocultos? Mira a tu alrededor, anciano. Es un mundo de mierda con gente egoísta que prefiere mirar al piso antes que hacerlo a tus ojos. Se roban y matan entre ellos sólo porque no hay conciencia de comunidad, sino que siempre está el interés personal por sobre todo. Si eres uno de esos tzadikim, no haces muy bien tu trabajo.
El hombre le miró con infinita pena, lo cual hizo que al final sus palabras perdieran vehemencia. Luego, con la misma actitud que asumió cuando le tomó del cuello, le dijo:
- Hablas del mundo desde afuera, de ellos y de aquellos ¿Acaso no eres uno más de esos egoístas?.
Él solo se removió en el asiento y no le respondió.
Volvieron a quedar en silencio por un largo rato, mirando las luces de la gran ciudad a lo lejos, muy lejos desde los suburbios. No obstante, el Emperador fue nuevamente el que habló:
- Yo sé por qué despiertas en la noche, por qué el sudor frío empapa tus sabanas y pareciera que no puedes respirar. Lo sé perfectamente, porque lo he vivido hace mucho tiempo. De seguro te contaron alguna historia sobre mí, acerca de lo que fui antes de ser Emperador y de algo terrible que le pasó a mi familia, pero sólo son versiones estrambóticas de la realidad. Sí, fui médico, tenía una esposa y una hija y era exitoso, a lo menos para tus cánones. Luego vino la enfermedad de mi mujer, y a pesar que siempre la amé, no podía ver como el cáncer la consumía, así que me atrincheré en mi trabajo y la dejé sola. Se enfrentó a la muerte con más ayuda de la morfina que del hombre que amaba y eso sólo porque era un cobarde. De paso, mi hija creó un resentimiento en mi contra por mi distanciamiento, así que no hemos vuelto a hablar desde el funeral de mi esposa.
“Entonces, sólo como nunca antes había estado, me sumergí aún más en lo que hacía, pero no por amor a mi profesión, sino como escapatoria a mi dolor, lo cual corrompía cualquiera de mis logros. Dormía mal, a saltos, despertando con un grito ahogado en la garganta y con la misma pregunta que tú tienes en la cabeza ¿Qué sentido tiene? ¿Cómo lleno el vacío?.
Por un momento su mente intentó poner objeciones a lo que ese Emperador loco le decía, pero la verdad en sus palabras era como un muro de roca contra el cual su cinismo simplemente no podía lidiar. Nunca se había atrevido a pensar en ello, en que su vida carecía de sentido, que toda esa obsesión por la rutina simplemente era una forma de llenar un vacío insondable. Pero muy en el fondo, siempre lo había sabido y sencillamente optaba por ignorarlo y seguir recorriendo el círculo vicioso de la mediocridad. Pero ¿Qué hacer al respecto? ¿Cómo enmendar un camino que a la larga se vuelve cómodo?
Se quedó mirando al Emperador, como si éste pudiera leerle la mente. No obstante, su compañero de banca en la plaza lo miró sin captar lo que él esperaba. Fue una situación algo chistosa, porque se miraban con intencionalidad a pesar de que no hablaban ni se entendían. Al final, aburrido de eso, fue capaz de preguntar:
- ¿Qué debo hacer?
- La verdad es que no tengo idea – le dejó caer a bocajarro, dejándole totalmente desconsolado - ¿Cómo voy a saberlo? Es tu vida y nadie puede decirte cómo vivirla. Mira, yo te dije que conocía ese vacío que no te deja descansar en paz, pero la forma en que enmendé mi vida sólo funciona para mí; nunca te pediría que lo dejaras todo para ser un Emperador. Lo que debes preguntar es ¿Qué quiero realmente de mi vida?
Y sin más, el Emperador se puso de pie, le hizo un gracioso ademán a forma de despedida y volvió a tomar su carro. Mientras traqueteaba por una de las tantas calles con dirección a quién sabe dónde, volvió a cambiar el cassette de su radio y ahora los acordes sensuales de Led Zeppelin inundaron los recovecos de las calles desiertas.
Por su lado, él vio cómo el hombre se retiraba, con la extraña sensación de que, muy a su pesar, ese loco al final tenía algo de razón en sus desvaríos. Si bien estaba claro que algo en su cabeza funcionaba totalmente al revés que en el resto de las personas, en verdad no estaba totalmente abstraído de la realidad. Sencillamente estaba haciendo lo que le gustaba, vivía exactamente como deseaba, sin preocuparse por subvertir ciertos parámetros de comportamiento y era feliz. Si era menester estar loco para disfrutar de esa libertad, bien valía la pena perder la razón.
Su viaje al departamento fue como un paseo. Por primera vez en todo el tiempo que llevaba viviendo en los suburbios de dio cuenta de lo acogedor que era el lugar y caminó sin apuro, disfrutando de los aromas distintos que los arboles desprendían gracias a la caricia de una briza nocturna algo tibia. Subió por el ascensor admirando cada detalle, por nimio que fuera. Leyó las especificaciones técnicas del elevador, examinó minuciosamente cada uno de los botones luminosos de la consola e, incluso, el sonido de campana que indicó que llegaba a su piso le pareció fascinante.
Cuando abrió la puerta, vio el lugar que consideraba su hogar, pero era tan gris que por un momento le desanimó. No obstante, pensó en hacer algunos cambios, quizá los muebles o algunas plantas… podía pedirle la opinión a esa chica del piso de abajo que siempre le saludaba con una sonrisa cuando se topaban.
Con mariposas en el estómago y un café en su mano derecha, se sentó en su escritorio y encendió la lámpara. Rebuscó entre los papeles uno que estuviera en blanco y no le importó dejar todo desordenado al hacerlo. Luego tomó una pluma y la posó sobre la hoja, disfrutando del vértigo de no saber que saldría de eso. Con parsimonia escribió la primera palabra y el resto salió como si un río de tinta fluyera de su mano.

En los salones de un palacio emplazado en lo más profundo de un sueño compartido, grandes señores se reunían. Un eunuco hijra y Rajá del Indo, una cuidadora de jardín infantil que regía toda Europa, un jubilado vietnamita que extendía su protectorado por el Extremo Oriente, una chica huérfana etíope que vagaba por las calles de Abis Abeba y que velaba por Medio Oriente y el norte de África, un aborigen pitjantjantjara australiano que reina sobre su isla y las circundantes, un barrendero de ciudad del cabo y rey del África Subsahariana y nuestro Emperador, regente del Nuevo mundo y cabeza de sus hermanos.
Se sentaron en sus tronos hechos de nubes y luz, dando lugar al consejo. No se habían reunido desde hace mucho, y en el salón aún estaban los puestos desocupados de cuando eran muchos más que ahora, de cuando su número llegaba a treinta y seis. El primero en hablar con un timbre femenino que no era propio fue el hijra, quien consultó al Emperador por su salud.
- Quizá me quede un año o un poco más. Reconozco los síntomas y son los mismos que presentó mi esposa – contestó él, sin un ápice de miedo en su voz.
- Lo sentimos mucho, hermano. Has sido un gran líder para todos nosotros – acotó sinceramente el pitjantjantjara.
- Todo acaba en algún momento, mi amigo – fue la respuesta del Emperador.
Se quedaron callados por un rato, aunque el tiempo en los sueños siempre es relativo. No obstante, el jubilado tocó el tema que les pasaba a todos por la cabeza.
- Ese posible candidato a sucederte ¿Logrará sobreponerse a las ilusiones mundanas?.
- Ha dado su primer paso, y le queda mucho por recorrer, pero tengo fe en que lo logre – les dijo el Emperador, tratando de infundirles ánimo.
- Esperemos que así sea, hermano. Somos demasiado pocos y no deseamos que tu trono quede definitivamente vacío.
Y era cierto, porque si cada uno no encontraba a su sucesor a tiempo, el puesto quedaba vació, repartiéndose el poder entre los que quedaban. Ninguno de ellos deseaba más autoridad que la que ya tenían, pues no eran como los reyes mundanos, sino los Santos Ocultos, los Señores que llevan sobre sus hombros el bienestar del mundo.
Sin  más que hablar, se despidieron cariñosamente y dejaron el sueño que les unía. Cada uno por su lado, despertó en su rincón del mundo para seguir con su tarea silenciosa.






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