viernes, septiembre 05, 2014

La Emperatriz


En una de las muchas casas de una de las muchas ciudades, en la actualidad.
Volvió como cada tarde, colgó sus llaves en el mismo clavo de la pared, le dejó comida en el plato a su gato siempre ausente y fue al refrigerador por algo de beber. Con una gaseosa en la mano, se sentó en su cómodo sofá y bebió lentamente, como si deseara saborear una a una las burbujas de la bebida. Estaba frente al televisor, pero no lo encendió, pues hace mucho que no encontraba algo realmente interesante que ver. Prefirió sacarse esos infernales zapatos, echar la cabeza para atrás y mirar las formas sinuosas de las manchas en el techo que cumplen la misma función que las nubes. Al rato ya estaba viendo gatos, perros, dragones y todo lo que diera su imaginación.
San Petersburgo, agosto de 1764.
Sophie se puso su camisón de dormir y se sentó frente al peinador para que una de sus ayudas de cámara le cepillara el cabello. Esa noche sólo quería algo normal, pues no estaba de ánimo para recibir ninguna compañía masculina. Cuando quedó lista, despidió a la doncella y decidió no ir de inmediato a dormir. Tenía mucha correspondencia sin leer, en especial de Voltaire y Diderot.  Se acercó a su escritorio y comenzó a leer con la tinta, la pluma y el papel listo para escribir la respuesta a su querido amigo Voltaire. En ella le habló de las aspiraciones que tenía para Rusia y cómo esperaba que los ideales del pensamiento racional sacaran a la nación de su estado cuasi medieval. Al final de la carta estuvo a punto de escribir la “S” de Sophie al firmar, pero pronto se rectificó y terminó escribiendo: “Ekaterina Alekséyevna, Emperatriz y Autócrata de Todas las Rusias”.

A muchos años luz, octubre de 2085
El orbe verde violeta que se extendía a sus pies tenía la mitad del diámetro ecuatorial terrestre, su rotación duraba 10 hrs, 13 minutos y 4.56 segundos en torno a un eje inclinado 16 grados con respecto a la normal al plano de la elíptica; la atmósfera tiene un 0.01% extra de oxigeno a costa del nitrógeno en comparación a la Tierra y hay un mar de agua salada casi idéntico al nuestro, sólo que con una sobrepoblación de una microalga con clorofila que le da un tono verde y lo llena de un bullente ecosistema.
Ella tomó nuevamente las lecturas de radiación ultravioleta y temperatura, los cuales indicaban que abajo era un lugar idílico, como un Jardín del Edén alienígeno. Ya con el trabajo rutinario listo, lanzó las 13 pequeñas sondas suborbitales que le permitían observar los detalles del planeta: vida animal, flora y actividades de alienígenas inteligentes. Esta era la parte donde se transformaba en voyeur y podía observar a esos extraños seres, desperdigados por la superficie del planeta, con sus pequeñas tribus, algunas que recién estaban descubriendo los secretos de la agricultura, mientras que otras aún eran de cazadores que recorrían grandes extensiones de terreno en busca de presas. No eran primates como nosotros, sino anfibios, por lo que algunos aun pululaban por los mares. Los machos poseían una bolsa marsupial en la cual las hembras depositaban el único huevo que ponían cada 10 años planetarios (12 años terrestres).
Esos seres, de piel coloreada de verde, azul y rojo, con ojos enormes y expresivos, se habían transformado en casi su única compañía. Y el casi era por él, quien nuevamente estaba parado ahí, mirándola con esa sonrisa burlona y su delgada y espigada silueta dibujada perfectamente por ese traje de lycra negra. Con su voz suave como el terciopelo, le dijo:
- ¿Encontraste algo interesante en esos sapos?

Sophie se paró de golpe cuando le vio apoyado al barandal de su balcón, mirando los jardines de más abajo. Le ha visto varias veces, casi siempre por el rabillo del ojo, entre los cortesanos y aduladores que suelen rodearla a casi toda hora del día; siempre sonriente y con su impecable traje negro. Ahora estaba ahí, con su tricornio y capa oscuros, como si fuera uno de esos vampyr de los cuentos locales. Fue tal su conmoción que por un momento olvidó dónde estaba y le preguntó atropelladamente en su alemán natal acerca de cómo había pasado la guardia para llegar ahí. Él sonrió, caminó con total propiedad por su habitación y se sentó frente al fuego de la chimenea. Luego se echó hacia atrás y miró con descaro a la Emperatriz, contestándole en perfecto alemán:
- Entré contigo hace un rato, Sophie. Como vi que esta noche no trajiste a ninguno de tus amantes a acompañarte, me atreví a aparecer.

Al terminar su gaseosa, ella se paró del sillón y fue a su dormitorio en busca de una toalla para darse un baño. Cuando entró en su habitación le vio acostado en su cama jugando con sus peluches. Estaba vestido de negro, con una bufanda del mismo color anudada a su cuello. Por un momento, deseó apretar el nudo de esa bufanda para que la cara se le pusiera azul, pero se contuvo, aunque todo esto era evidente en su mirada. No obstante, no pudo evitar ser ácida en su comentario:
- Supongo que ya te has probado mi ropa interior, por lo que ahora te entretienes con mis muñecos.
Con irritante naturalidad, él rió de buena gana ante sus palabras y le dijo:
- De hecho hice pelotas con tus calcetines para llenar los sostenes, pero no me resultó. No te preocupes, te dejé todo ordenado, tal cual te gusta.
Ella solo bufó y se fue a la cómoda en busca de la toalla, aunque igual echó una mirada disimulada a su ropa interior. No sabía por qué estaba ahí, pero llevaba alrededor de un mes rondando su casa, apareciendo en los momentos más inoportunos. La primera vez llamó a la policía porque un extraño se había colado en su casa, pero cuando llegaron y ella les indicó el sujeto en su sofá, ellos la miraron como si estuviera loca, lo que era del todo cierto si ves personas que no están ahí. Quiso ir al psiquiatra, pero le daba miedo que la encerraran, así que decidió hacer como el matemático loco de la película e ignorarlo… quizá ella también a la larga ganaría el Novel.
No obstante, tenía un tipo guapo en la casa, merodeando por ahí, así que al final la interacción fue inevitable.

Al ver a ese sujeto nuevamente, se dio cuenta de que no lo había soñado. Sabía que el largo periodo en soledad de las expediciones implica gran estrés mental, lo cual en algunos producía delirios y cosas por el estilo. No obstante, estos casos son de uno en mil, o quizás menos ¿Cómo podía ser ella uno de esos astronautas locos? Corrió a la gaveta médica y buscó la ampolla con droga neuroléptica, viendo de reojo la pequeña capsula de veneno que le entregaban a todos para situaciones desesperadas. No obstante, cuando preparaba el inhalador para aplicarse el medicamento, él la detuvo y le dijo:
- ¿En verdad crees que soy producto de una psicosis debido al aislamiento? Y si lo fuera ¿Preferirías que te deje sola en esta nave mirando a tus sapos?
- ¡No son sapos, se llaman Anurus Sapiens!... o el nombre que ellos mismos se dan y que estoy biológicamente impedida de pronunciar.
Él rió de buena gana y ella se sorprendió de que en esa situación le quedara sentido del humor como para hacer un comentario chistoso. Luego dejó nuevamente el inhalador en su lugar y se acercó con cuidado a ese sujeto. Ella andaba medio desnuda por la nave, pues estaba completamente sola, así que no es que importara mucho, pero igual sintió cierto pudor en su presencia. Sin embargo, él no le dio importancia a ese detalle y se quedó mirando las imágenes de los proyectores holográficos.

Aunque alguien de su posición debía de sentirse amenazada por esa presencia inesperada, Sophie estaba calmada, más que nada llena de curiosidad por ese hombre que atizaba los leños de la chimenea. Al final, decidió sentarse con mucho cuidado frente de él, a lo que éste respondió con una amplia sonrisa y un guiño. Entonces ella, tratando de guardar la distancia con el extraño, le dijo:
- No tienes derecho a tratarme con tanta familiaridad. Soy la Emperatriz Catalina de todas las Rusias, así que debes dirigirte a mí como Majestad o Mi Señora.
Una sonora carcajada, casi musical, fue lo primero que recibió por respuestas. Luego, con punzante descaro, él le acotó:
- ¡Por favor, Sophie! Te pones quisquillosa conmigo cuando hace un par de noches, en esa misma cama, el conde Orlov te comparaba románticamente con una yegua en celo y no parecía molestarte en absoluto.
De inmediato ella sintió como un calor violento le llenaba la cara y no sólo por la vergüenza, sino también por la ira de saberse espiada por ese extraño en su intimidad. Por ello se puso de pie como impulsada por un resorte e intentó descargar un golpe sobre la cara de ese insolente. No obstante, sin alcanzar a entender cómo, su mano término abanicando el aire, pues el extraño ya no estaba sentado frente al fuego. Entonces  su voz sonó casi pegada a su oreja, con el tono seductor que usa un amante:
- No estoy acá para malgastar el tiempo peleando.

Por dos horas estuvieron mirando los monitores, viendo cómo se desarrollaban las vidas de esos seres inteligentes tan diferentes a los humanos. Disfrutaron de su cotidianidad y cómo empezaban a tener nociones de religión y una organización tribal algo más sofisticada. En todo este tiempo, él no paró de preguntarle cosas acerca del planeta y el funcionamiento de la nave en que se encontraban. Eso a ella le hizo gracia, pues si era producto de su mente debería saber todo lo que ella sabía.
- En efecto no es así – interrumpió él sus pensamientos, dejándola desconcertada por unos momentos hasta que le aclaró – Tú eres la astronauta, yo solo soy un entrometido y no sé nada acerca de estas cosas.
- ¿Pero eres capaz de leer mi mente?
- Quizás… aunque también soy bueno interpretando tus reacciones.
La sonrisa en su rostro era como una muralla contra la que chocaba de forma estéril toda su desconfianza. Sí, era encantador, y eso le agradaba y al mismo tiempo la frustraba, pues era sólo una ilusión, un truco que su mente había creado para sobrellevar la soledad del espacio.
- ¿Y si no estuviera en tu cabeza? ¿Si fuera real?
- ¿Qué? ¿Una especie de inteligencia extraterrestre que toma forma humana para comunicarse conmigo?… además ¡Deja de contestar a lo que estoy pensando! ¡Eso me aterra!

Se quedó un buen rato bajo la ducha, intentando calmar su mente. Ese sujeto en algunas ocasiones resultaba realmente odioso y le ponía los nervios de punta. Al terminar, se paró frente al espejo, secó su cabello y, casi sin darse cuenta, comenzó a probar peinados que parecieran casuales pero con los que se viera bien. Cuando salió con la toalla enrollada en su torso él estaba aún sentado a los pies de la cama. Al verla le sonrió y le dijo:
- ¡Qué guapa! ¿Esperas a alguien especial?
No pudo evitar ponerse roja, aunque sólo le contestó con una mirada asesina. Luego comenzó a buscar entre los cajones su pijama, siempre seguida por su atenta mirada, lo cual le puso los pelos de punta.
- ¿No piensas dejar que me cambie en privado? Esto no es un show de desnudistas.
- Si quieres me desaparezco… pero que no me veas no quiere decir que no estoy.

Aunque habló a su oído, al instante estaba en su cama, con las piernas cruzadas y las manos tras de su cabeza. Sophie le miró ahora con terror y le dijo:
- ¿Eres un fantasma?… ¿O un demonio?
Temía la respuesta, aunque su actitud burlona siguió irritándole.
- ¿Crees que vengo como un alma en pena? Quizá sea tu difunto marido que viene a atormentarte por haberle mandado a matar… o un demonio que quiere negociar por tu alma; pero tú no crees en verdad en esas cosas. Además, soy demasiado familiar para ti.
Y era cierto, aunque no lo quisiera aceptar, tenía la sensación de conocerlo de toda la vida. Quizá por ello no había llamado a los guardias para que le metieran en un calabozo. Así, con más calma, se sentó a los pies de la cama y le preguntó nuevamente quién era.
- ¿Nombre?... la verdad es que nunca me he preocupado por elegir uno, pero puedes usar el que más te agrade. Puedo ser Sergei, Charles, Stanislaw… o mejor Grigori; no puedes negarme que tienes debilidad por ese nombre.
- Deja de burlarte. Sabes que no te pregunto por nombres.
Entonces él se sentó en la cama para mirarla fijamente a los ojos y le dijo:
- Sabes muy bien quién soy. Te he acompañado desde pequeña, cuando te perdías en la biblioteca de tu padre en Stettin. En el silencio era yo quien te cuidaba.

- ¿Debo entender que no eres una ilusión de mi mente? ¿Qué viniste sólo porque te caigo bien?
La sonrisa llena de afabilidad del extraño sólo lograba que ella se sintiera más desorientada en una situación que desde el principio era inverosímil. Sin embargo, él no estaba dispuesto a hacérselo fácil:
-¿Y si fuera algo sólo en tu mente, importaría? Todo lo que percibes está en verdad en tu cabeza. Tu mente interpreta un tamizado de lo que en verdad es la realidad, traduciendo lo que captan los receptores de tu sistema nervioso y dándole una forma que te es comprensible. Por ello, al final todo está siempre exclusivamente en tu cabeza.
Algo de sentido debía de tener esa perorata, pero que lo dijera una posible alucinación no ayudaba a darle el peso necesario como para convencerla. No era el momento para una conversación tan elevada, así que decidió cortar el tema.
Se quedaron un rato más mirando a los hombres sapos de abajo, pero ya no parecía tan interesantes como hace un rato. En la cabeza de ella todo bullía sobre el significado de la realidad ¿Podía ser todo este viaje a miles de años luz del Sistema Solar sólo un desvarío de su mente?

La dejó ponerse el pijama tranquila, mientras el curioseaba por los manuscritos que poblaban su mesa de trabajo; todos en cuadernos cuidadosamente catalogados por fecha y género, ya fuera poesía o prosa. Él se entretuvo leyendo varios en silencio con mucha concentración y esto la puso más nerviosa que si la hubiera visto mientras se ponía el pijama. Esos textos eran mucho más íntimos que su desnudez, pues estaban implícitas en ellos sus ilusiones, deseos y temores; cosas que necesitaba expresar de alguna manera, aunque nunca se atrevió a hacerlas públicas.
- Eres muy buena escritora. Deberías publicar alguno de estos cuentos.
Se puso roja como un tomate, y rápidamente le quitó de las manos sus cuadernos y los devolvió a su lugar. Balbuceó una especie de justificación a su actitud, pero sus palabras podrían confundirse con el ruido de un animal. Lo que en verdad ocurría era que hablaba de cosas tan suyas en sus escritos que le aterraba hacerlos públicos.
Luego de dejar sus cuadernos ordenados  se dio la vuelta para decirle que no se metiera con sus cosas, pero él ya no estaba a su lado, sino en su cama, acostado de lo más cómodo. Viendo su cara de sorpresa, le sonrió y dio un golpecito con la mano en el espacio al lado suyo, como una invitación para que se acostara a su lado.

Sophie le miró largamente a los ojos, perdiéndose por un momento en la profundidad de estos. Estaba como hipnotizada, pero con gran esfuerzo parpadeó varias veces para volver a la realidad, dándose cuenta de que lagrimas corrían por sus mejillas. Rápidamente enjugó su llanto y volvió a mirarlo mientras un nombre, o más bien un concepto venía a sus labios, pero no fue capaz de expresarlo en palabras. Él aún sonreía con cordialidad y tomó sus manos entre las suyas como queriendo reconfortarla. Este gesto la ayudó a tranquilizarse, pudiendo preguntar con la voz aún vacilante:
- ¿Por qué me has elegido?
- No funciona así, pequeña Sophie. No nos elegimos… o por lo menos yo nunca lo hago. Las circunstancias son las que hicieron que nuestros caminos se cruzaran.
- ¿La triste vida de un Soberano?
En ese momento él le acaricio la cara y mostró mucho más cariño con ese gesto que en todas las lisonjas  que le prodigaban sus amantes. Entonces le dijo:
- ¡No es para tanto! Si bien no es una vida tranquila, tampoco es aburrida. Podrías ser una dama de alta sociedad típica, espoliando la ambición de tu marido mientras acallas los requerimientos de tu pasión con algún amante joven y mejor dotado para ese menester que tu esposo; viviendo a la sombra de un hombre estúpido, como ya lo hiciste con el difunto Pedro. No, tú no sirves para eso. No fuiste hecha para andar un paso detrás de ningún hombre, sino que estás acá para escandalizar a los pusilánimes, para debatir con las mentes más brillantes de esta época, para cambiar el curso de la historia y dejar una huella que será recordada por los muchos siglos que están por venir… pero todo eso tiene un precio.
Mientras escuchaba estas palabras, Sophie tenía la mirada fija en el fuego, como si fuera ajena a lo que le decía. No obstante, cuando él volvió tomar sus manos ella salió de su ensimismamiento y con una sonrisa le preguntó:
- ¿Te quedarás conmigo esta noche?
- Me quedaré a tu lado hasta el final, Majestad.

Dejaron de observar a los Anurus Sapiens y se dirigieron al dispensador de alimento para comer algo semejante a una cena. La máquina proveía una pasta ricamente nutritiva que contaba con todo lo que el cuerpo de un astronauta podía necesitar para subsistir. Ambos se sentaron uno frente al otro y comenzaron a comer esa cosa. Mientras lo hacían, ella le explicaba:
- Básicamente esta pasta tiene siempre la misma fórmula química, siendo el alimento más completo creado alguna vez por el hombre. El dispensador sólo le adiciona el sabor que tu desees, sea cual sea el antojo que tengas. El problema es que el pollo sabe a pescado, el pescado a cerdo, el cerdo a habichuelas y las habichuelas a mierda.
Él dejó escapar una carcajada explosiva ante su comentario, lo que hizo que disparara lo que aún tenía en la boca a todas direcciones. Esto produjo a su vez que ella se riera y la algarabía de los dos duró un par de minutos. Luego vino un silencio pesado, algo incómodo, sólo roto en el momento en que ella le dijo:
- Estoy loca ¿Cierto?... Me refiero a que tú no estás aquí, que en este momento estoy hablando sola y cuando los controladores de la misión vean estas imágenes activarán el sistema de regreso automático de emergencia a la Tierra.
Él  levantó la vista de su comida y la fijó en la cámara del techo que registraba cada movimiento en la nave y transmitía esos datos a la Tierra, sonriéndole con picardía. Luego aclaró:
- La cámara sólo te grava a ti comiendo, como lo haces todos los días. Nuestra conversación ocurre en tu mente.
- ¡Entonces si estoy loca y tú únicamente estás acá adentro!.
- Creo que ya hablamos acerca de que ser inquilino de tu cabeza no me hace menos real para ti… y como estás absolutamente sola en esta nave, al final eso importa un verdadero carajo.
Hubo otro silencio entre ellos, pero luego ella le miró con cara pícara y le dijo:
- Gracias por estar aquí. Llevar tanto tiempo sola me estaba volviendo loca.
Nuevamente estallaron en risas hasta que les dolieron los músculos del estómago.
Después de comer volvieron al puente a seguir con el trabajo. Mientras ella tomaba nuevamente lecturas acerca de parámetros atmosféricos y otras características planetarias, él miraba muy concentrado la superficie verde y purpura del planeta de abajo. Estuvo así un buen rato hasta que preguntó:
- ¿Cómo han llamado al planeta?
- NR-84579 según el código de nomenclatura de planetas habitados por razas inteligentes – le contesto ella.
- ¡Es un nombre horrible! Creo que sería más apropiado ponerle tu nombre – Ella lo miró como si le tomara el pelo, pero él continuó - ¿Por qué no? Eres una mujer valiente como pocas que se adentró en el espacio a explorar movida por su sed de conocimiento.
- Exageras –le rebatió ella, con las mejillas rojas – sólo soy una chica perdida en el medio de la nada que habla todo el día con su amigo imaginario.
Él le obsequió una media sonrisa y una mirada que no ocultaba su admiración, pero no quiso insistir con el tema.
- ¿Y tu nave tiene un nombre tan feo como el pobre planeta de allá abajo?
- No, este cacharro es el “Catalina la Grande”… creo que fue una reina de Rusia o algo así.
- ¿Una reina de Rusia o algo así? Déjame que te cuente quién fue Catalina… o Sophie, como solía llamarla.

Miles de ideas se le pasaron por su cabeza ante el familiar gesto de invitación a acostarse a su lado, pareciendo algunas bastante agradables para su pesar. No obstante, aunque el rubor le llenaba las mejillas, le hizo caso, aunque dejó un espacio de unos 20 centímetros entre ambos, como si hubiera una barrera imaginaria.
- ¿Has pensado en que, si soy producto de tu imaginación, puedo saber lo que estás pensando?
Ella le dio la espalda para que no viera la expresión de terror que se le dibujó en su cara ante su pregunta. Podía ser cierto eso de que le leía la mente, pero no verlo a la cara le tranquilizaba un poco más.
- No te pongas así. Era sólo una broma – le dijo él, tratando de salir de esa situación tensa en que se habían empantanado.
Pero ella no estaba realmente enojada, sino triste. Esconderlo era una estupidez, teniendo en cuanta que podía leer sus pensamientos, o al menos eso creía. Entonces todos los mitos que le habían inculcado acerca de cómo debía ser le empezaron a rondar la cabeza. Veía a su madre que le decía que nunca era bueno para una mujer vivir sola, escuchaba las muchas voces que decían la palabra solterona como si fuera un insulto y el peso de cumplir con las expectativas que se tenían de ella de pronto la estaban aplastando contra su colchón.
- Deja un momento eso, o te dará un aneurisma.
Si no fuera porque él le habló nunca se hubiera dado cuenta de que no estaba respirando, abstraída en sus pensamientos. Por su parte, el hizo que se diera vuelta, pasó su brazo por debajo de su cabeza y la obligó a acurrucarse en su pecho. No es que fuera algo que la hiciera sentir incómoda en demasía, pero es más fácil sentirse miserable cuando se está sola.
- No le des tantas vueltas. La vida es cómo es.
- La mía es patética.
Él le acariciaba la cabeza mientras a ella, muy a su pesar, le corrieron lágrimas por sus mejillas. Así estuvieron por mucho rato, en silencio, sólo dejando pasar el tiempo. Eso produjo que ella se adormilara en sus brazos, pero no lo suficiente como para no escucharlo cuando le dijo:
- Te concentras en cosas superfluas y no en lo realmente deberías. Debes ser realmente honesta contigo misma y decir si en verdad te importan las opiniones que el resto tienen de tu vida. Créeme, he conocido a cada una de las personas que ha pisado este planeta y sólo aquellas que se atreven a ser diferentes son las que valen la pena.
- Eres una fantasía erótica muy inteligente – dijo ella con voz amodorrada.
- ¿Así que una fantasía erótica? Entonces ¿Por qué me imaginas con ropa?
- Porque hasta para eso soy complicada.
Ambos rieron y siguieron abrazados por un rato más en silencio.
- Entre tus cosas leí el esbozo de un cuento sobre una chica astronauta sola en el espacio…
- ¿El de los hombres sapo espaciales? Es una estupidez. Sólo escribí un par de cosas y lo dejé por ahí.
- ¡Para nada es estúpido! Yo conocí a esa astronauta y me pareció una mujer muy interesante.
En ese momento ella se enderezó para mirarlo fijamente, pues su tono no era el típico de cuando decía una broma. Él, al darse cuenta de que ella le miraba, le dijo:
- ¿Qué? Cuando lees algo los personajes se vuelven reales en tu cabeza, como yo lo soy en este momento para ti… o como ambos lo somos para quien lee sobre nosotros en este momento.
Su sonrisa se volvió enigmática y parecía traspasarla con la mirada, como si pudiera ver algo que estaba mucho más allá de ella, de su habitación y del mismo universo.
- Debo recordar no preguntar sobre ese tipo de cosas. Termino sintiéndome como un pez en una pecera – dijo la chica, mientras volvía a apoyar la cabeza en su pecho, intentando no pensar en lo recién ocurrido.
Al final, ella comenzó a zozobrar entre la vigilia y el sueño profundo debido a lo cómoda que se encontraba, arrullada por la calmada respiración de su extraño amigo. Ya cuando se quedaba totalmente dormida, él comenzó a contarle una historia casi susurrándola a su oído:
- Había una vez una princesa de un pequeño país en lo que hoy es Alemania, su nombre era Sophie…
Ella dio forma a sus palabras en sus sueños, de cómo fue llevada a Rusia para casarse con un idiota, de cómo aprendió a ser fuerte en la adversidad y se preparó día a día para ser la mujer más poderosa de su época.

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