viernes, septiembre 26, 2014

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto I)



Dos cosas antes de empezar con esto. Primero: Esta historia está basada en el universo de La Liga de Caballeros Extraordinarios creado por Alan Moore; no en la película de 2003 que es un asco y no le hace ninguna justicia a la obra de este gran escritor. Obviamente no es mi intención vulnerar derechos de autor tanto de la obra mencionada como de otras que son abordadas en esta historia.
La segunda, y más importante, es que esta historia no es mía, sino que la desarrollamos con un grupo de jugadores de rol. Por ello, esto está dedicado a ellos, quienes son sus verdaderos protagonistas y el alma tras los personajes… 
Espero que, por alguna casualidad, algún día lleguen a leerlo.


El Prisionero de la Torre

Londres, Agosto de 1899.

La sala del Club Diógenes no contaba con su habitual concurrencia de caballeros que discutían acerca de los  devenires del Imperio Británico acompañados de una copa y un cigarrillo. En esta ocasión sólo un pequeño grupo de cinco hombres se miran con incomodidad, como si todos prefirieran estar en otro lugar en ese mismo momento. El primero en romper el incómodo silencio fue M, conocido por todo el que no supiera de su importante cargo como Mycroft Holmes,  quien carraspeó desde su cómodo asiento de respaldo alto. Uno de los americanos presentes, el de más edad y que miraba con atención las llamas de la chimenea, salió de su ensimismamiento y prestó atención a lo que tenía que decirle Holmes:
- Entenderá, señor Secretario, que la petición de su Presidente no puede ser aceptada por el Gobierno de Su Majestad. El hombre que nos pide que liberemos es un reconocido enemigo del Imperio.
George Hazard, Secretario de Defensa de Estados Unidos y veterano de la Guerra Civil, no entendía por qué debía negociar con gente tan melindrosa y estirada como esos malditos ingleses. No obstante, la orden del Presidente era perentoria y quería a ese hombre en esa misión.
- Entiendo sus razones, señor Holmes, pero el Presidente McKinley no aceptará un no por respuesta. Ese hombre es un héroe de la Guerra contra el Sur y lo quiere en el equipo.
Holmes era un tipo astuto, o de lo contrario nunca hubiera llegado a estar a cargo de la Inteligencia del Imperio, por ello sabía que necesitaría a los americanos para enfrentar la grave situación que se les venía encima. La invasión marciana del año anterior había dejado a Inglaterra débil y sin las otras naciones no tenían la fuerza para enfrentar esta amenaza. No obstante, Holmes no daría su brazo a torcer tan rápido, en especial teniendo en mente al sujeto del que estaban hablando.
Pero no fue M quien volvió a contrariar a Secretario Hazard, sino el dueño de una voluminosa silueta que se mantenía en las sombras, a penas iluminado por la candela roja de su cigarro. Se trataba de Campion Bond, miembro de una familia que ha estado vinculada con el Servicio Secreto de Inglaterra desde hace siglos, quien acotó:
- No sé qué tan ciertas sean las historias sobre ese sujeto, pues acá también se cuentan algunas y siempre me han parecido demasiado fantasiosas. Además, es sabido que mantuvo relaciones muy cordiales con simpatizantes de la causa sudista… quizá su lealtad estaba dividida.
George Hazard clavó con tal malestar su mirada en Bond, que hasta el flemático Holmes puso cara de preocupado. No obstante, el Secretario sólo aclaró:
- Fue una guerra civil, caballeros, y todos teníamos a alguien cercano en el bando contrario. Yo mismo tuve que enfrentarme a mi mejor amigo, Orry Main, que era el caballero más honorable de Carolina del Sur… Además, si mal no recuerdo, vuestra Reina también sentía especial simpatía por los Confederados.
Los ingleses presentes se le quedaron mirando atónitos por la falta de diplomacia de Hazard, sólo el agente del Servicio Secreto Americano que le acompañaba esbozó una sonrisa. No obstante, obviando la reacción de los ingleses, Hazard les dijo:
- Mi vapor sale hacia Nueva York en una hora y quiero telegrafiar al Presidente acerca de vuestra decisión antes de abordar ¿Qué he de informarle?.
Holmes pensó un momento sólo porque no quería ceder tan fácilmente ante ese yanqui. Se había entrevistado con la Reina y el Primer Ministro y le habían autorizado a liberar al sujeto, aunque siempre y cuando tomara los resguardos necesarios. Al final M informó:
- El prisionero será puesto en libertad siempre que acceda a participar en la misión. Mandaremos telegramas a Francia y Rusia para avisarles de que el plan está en marcha.
Hazard agradeció la decisión de Mycroft Holmes con una leve inclinación de cabeza y agregó:
- Dejaré al agente Artemius Gordon aquí para que hable en nombre del Gobierno de los Estados Unidos.
Sin nada más que hablar, el Secretario se despidió de los hombres reunidos. No obstante, antes de retirarse, le expresó a Mycroft Holmes las condolencias de él y del pueblo americano por la tragedia de las Cascadas de Reichenbach. “El genio de su hermano era famoso hasta en nuestra tierra” fue lo que dijo Hazard y que generó el incómodo agradecimiento de Holmes, a la vez que hizo que al tercer inglés, que no había participado de la conversación, pero la siguió con mucha atención, se le ensombreciera el gesto.

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Un carruaje avanza por las calles de Londres en una noche típica, llena de niebla, mezcla de humedad condensada y el hollín que sale de las chimeneas de casas y fábricas. La reconstrucción ha sido lenta luego de las batallas con los trípodes marcianos, y aún quedaban algunos de esos feos armatostes tirados por ahí, siendo usados por los mendigos como refugio para capear el frío.
Dentro del carruaje, sus cuatro ocupantes no cruzaban palabra alguna. Mycroft Holmes, actual M de la Inteligencia de Su Majestad, el agente Campion Bond, el doctor John Watson y el representante americano Artemius Gordon prefieren mirar hacia afuera en vez de entablar conversación alguna con sus compañeros. Cuando vieron que la sombría silueta de la Torre de Londres se recortó contra el cielo nocturno matizado de rojo, el ambiente tenso se distendió un poco pues ya estaban casi en el lugar al que se dirigían.
Un guardia con el colorido uniforme que usan quienes desempeñan esa función en la Torre les abre la puerta. Con tan sólo ver el compás y la escuadra que aparecen dibujados en la puerta del carruaje, la guardia completa sabe que es alguien importante quien viene, y esto tiene que ver con el único inquilino de la fortaleza.
Los cuatro hombres de trajes impolutos se dirigieron al ala oeste del viejo torreón medieval  hasta que llagan al sector de los calabozos. Ahí ya tenían preparada una silla en medio de una sala repleta de antiguas y polvorientas maquinas de tortura. Era una puesta en escena exagerada para esos flemáticos ingleses, por lo menos según el punto de vista del agente Gordon, pero prefirió esperar a que trajeran al hombre con el que deseaban entrevistarse.
Al rato, los guardias traen a un sujeto descalzo, con traje a rayas, greñudo, cargado de cadenas y de mirada torva. El hombre fue sentado en la silla dispuesta y miró a los presentes de manera sombría, con los ojos semi ocultos por el cabello que caía sobre su cara. El silencio se extendió por unos minutos que parecieron eternos hasta que el hombre, con una voz rasposa, les dice:
- Si han venido a mirarme como estúpidos, mejor sacamos los hierros candentes y el potro.
Holmes, Bond y Watson no movieron ni un músculo, pero Gordon estuvo a punto de reír. No obstante, M se paró frente al sujeto, quien le miró con descaro. Por un momento parecía que sus voluntades luchaban en silencio, hasta que Holmes le dijo:
-  No estamos acá para escuchar sus bromas, señor, sino para hablar de negocios. Estamos dispuestos a dejarlo en libertad si se muestra abierto a cooperar con nosotros.
El hombre se quedó en silencio por un momento, como si deseara pillar la trampa en las palabras de M. Luego agrego:
- Es muy amable de su parte ofrecerme este trato, señor Holmes – le contesto, mientras Mycroft no pudo esconder su estupor, pues era la primera vez que se veían – No se sorprenda. Vi en los diarios las noticias de la muerte de su hermano… ahí también vi fotos del caballero que está parado ahí. El doctor Watson, supongo.
Watson solamente se quitó el sombrero e hizo una leve reverencia a modo de saludo, pero no dijo más.  Por su lado, aburrido de esos ingleses y sus juegos dialécticos, el agente Gordon intervino:
- Verá, soy el agente Artemius Gordon del Servicio Secreto Americano y traigo una petición especial de ayuda por parte del Presidente William McKinley para su persona, señor… ¿Disculpe, no sé qué nombre está usando ahora?.
- Jack – contestó el sujeto – Es por una broma que tengo con los guardias. Ellos creen que soy un miembro bastardo de la Familia Real y que fui el que destajó mujeres en Whitechapel. Si les dijera la verdadera razón por la que me tienen encerrado acá, no me lo creerían.
Bond y Holmes dirigieron una mirada amenazante a los guardias presentes, pues de seguro estaba prohibido cualquier contacto con el prisionero, así que esas bromas con él estaban fuera de lugar. No obstante, luego habría tiempo para castigos, pues ahora la urgencia era otra. Watson, como siempre en silencio, sacó una carpeta de su maletín y se la extendió  a Jack, quien la abrió y leyó por un momento en silencio.
- Esto ha de ser una broma – Dijo al fin, mirando con incredulidad a esos hombres.
- ¿Cree que bromearíamos con algo de dicha gravedad? – Le contestó Holmes.
Jack intentaba entender cómo esas personas pudieron dejar que las cosas se pusieran así de feas, pero también sabía acerca de lo estúpido que podían ser los hombres de esa época. Al final, el prisionero de la Torre les preguntó qué era exactamente lo que tenían en mente.
- Estados Unidos, Rusia, Francia y el Imperio Británico están dispuesto a formar un equipo de personas con habilidades extraordinarias para que se encarguen de ese problema – le contestó Holmes.
El prisionero se puso de pie, lo que alertó a los guardias, quienes intentaron reducirlo. Sin embargo, un gesto de Bond los detuvo; sencillamente Jack deseaba caminar un poco para pensar. Por su lado Gordon, que le había visto encorvado y le pareció  incluso un hombre viejo, se dio cuenta de que era alto y de complexión fuerte. Luego, con desconfianza en la mirada, Jack les consultó acerca de quiénes serían los miembros del grupo, entonces Watson le entregó otra carpeta que el prisionero hojeo rápidamente:
- Quatermain ya debe de tener casi 60… pero quién soy yo para hablar de edad. En cuanto a la profesora de música no sé qué pinta en esto y el monstruo… ¿No se supone que era un mito?.
Bond, que hasta ese momento se había mantenido aparte de la charla le dijo que todos los agentes británicos habían demostrado gran eficacia enfrentando la invasión marciana del año anterior y que la criatura de la cual hablaban fue encontrada hace unos meses cerca del Círculo Polar Ártico. Por otro lado, los americanos aportarían el medio de transporte, además que Francia y Rusia enviarían agentes.
- ¿Y usted quién es? – le espeta Jack con aire despectivo a Bond.
- Soy Bond, Campion Bond – contestó el gordo agente, enarcando una ceja mientras encendía un cigarro.
- Bonito apellido, pero su nombre es ridículo. La verdad es que no suena bien – Contestó el prisionero con ladino tono y ese acento duro e indefinible, mezcla de escocés y galés.
Obviamente el agente Bond se sulfuró por la tomadura de pelo, pero su jefe le detuvo con un gesto. Holmes al final dijo:
- Y bien, “Jack” ¿Nos ayudará o sencillamente se remitirá a demostrarnos su dudoso ingenio para hacer bromas?
El sujeto paseó la mirada por cada uno de los presentes y ninguno pudo evitar ponerse incómodo ante la expresión de esos ojos viejos y acerados. Después dijo:
- Tengo algunas condiciones. Quiero la reposición de todos mis bienes y propiedades en suelo inglés.
Con aire de ofendido, Holmes le contestó:
- El gobierno de Su Majestad no ha tocado ni un penique de su dinero. Todos sus bienes siguen bajo la administración de la firma Scrooge & Cratchit.
Jack sonrió socarronamente y acotó:
- No han tocado un penique, pero saben muy bien donde están… ¡Bien! Trabajaré con ustedes, pero como agente de los americanos. Esto no me ata de ninguna forma al gobierno inglés ni a su servicio secreto.
Holmes y Bond asintieron al unísono, pues no podían estar más de acuerdo en esa condición.
- Por último, quiero agua caliente, jabón, un corte de pelo y barba… ¡Ah! Me gustaría un buen traje a la medida, aunque el color lo decidiré luego, y una cena contundente, perp nada de esas mierdas asquerosas que ustedes los ingleses llaman comida típica.
Sólo Gordon sonreía. Los ingleses estaban seguros que ese maldito pondría toda su voluntad en transformarse en un dolor de bolas para ellos.

 

2 comentarios:

  1. Si publicas un libro sobre esta partida yo quiero un ejemplar firmado y al menos, una cena pagada o algo... :)

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  2. Lo siento. Soy una organización sin fines de lucro y no creo que llegue a ganar dinero con esto XP

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