miércoles, octubre 08, 2014

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto III)



El Señor de los Cielos

Cárcel de Shawshank, Maine, EEUU. Julio de 1899.

La cárcel de Shawshank fue pensada exactamente para hacerte sentir miserable. No es que fuera un lugar especialmente sucio o desagradable, sino que gris, inhóspito y carente de cualquier calor humano. Exactamente un lugar en que el encierro puede volverte loco.

Artemius Gordon, agente del Servicio Secreto Americano e inventor aficionado, se sentía angustiado en ese lugar y sólo llevaba un cuarto de hora allí. Había pasado por cada uno de los controles de la cárcel, todo gracias al salvoconducto que le entrego el alcaide. Las miradas de los guardias se volvían cada vez menos amistosas en tanto más se acercaba a la parte de máxima seguridad.
Al final llegó a una celda más allá de cualquier alcance de la luz del sol, sólo iluminada por lámparas de gas. El hombre con el que debía entrevistarse estaba sentado a un escritorio lleno de papeles con diagramas, los cuales también llenaban las paredes y mostraban las ideas de una mente ingenieril adelantada en varios años a esa época. Gordon sabía de esas cosas y no pudo evitar sentir envidia de esa cerebro prodigioso ¡Cuánto no hubiera hecho él con por el bien de la humanidad con esas ideas! No obstante, con seriedad le informó exactamente lo que el secretario Hazard le había ordenado, el ofrecimiento de amnistía a cambio de sus servicios y la grave situación que enfrentaban, pero en ningún momento logró llamar la atención del hombre.
- Se le devolverá su nave voladora, aunque tomaremos resguardos para nuestra seguridad.
Sólo en ese momento John Robur dejó el lápiz sobre la mesa y se giró para mirar fijamente a Artemius. No hubo palabras, sólo la fría mirada de Robur, quien hizo sentir a Gordon como un microbio bajo el lente del microscopio.

 Shawshank 1899

El Correo de Zar

San Petersburgo, principios de Agosto de 1899 (finales de Julio en el calendario Juliano)

Mikhail se siente algo incómodo con su anticuado uniforme de coronel. Además, el viaje había sido largo y agotador, aunque el tren transiberiano cuanta con comodidades que muchos en Rusia si quiera imaginan que existen. San Petersburgo en verano es mucho más agradable que su fría dacha de los Urales, aunque hubiera preferido mil veces estar ahí en ese momento, con su mujer e hijos, que en el Palacio de Invierno, esperando ser recibido por el Primer Ministro.
Al cabo de un rato, un chambelán le anunció a Mikhail que el Primer Ministro lo recibiría en ese preciso momento. Sentado tras un lujoso escritorio y vigilado por un enorme retrato del Zar a sus espaldas, Alekséi Aleksándrovich Karenin revisaba unos papeles. Con sólo mirarlo, Mikhail pudo hacerse a la idea de la clase de hombre que era: duro, intransigente, aunque honorable. Ha escuchado historias acerca de una tórrida historia acerca de su difunta esposa, pero en esas historias se dice que Karenin fue siempre noble en su actuar.
- Es un honor poder conocerlo, Mikhail Petróvich Strogoff. Por favor tome asiento – Le dijo el ministro en tono sincero.
Mikhail agradeció el saludo y se sentó a la espera de lo que Karenin le dijera. El ministro primero le aduló, diciendo que había escuchado las historias acerca de sus aventuras y los grandes servicios que había realizado para con La Madre Rusia. También le dijo que son pocos los hombres que pueden decir que han salvado a su nación ellos solos, por lo cual,  ahora que Rusia necesita de un héroe, a la mente del Zar sólo le vino el nombre de Mikhail Petróvich Strogoff. Luego de las lisonjas, le explicó que Rusia se ha acercado al gobierno de Francia en busca de aliados, al mismo tiempo que estos últimos tienen relaciones corteses con Inglaterra y Estados Unidos, lo cual ha propiciado una alianza entre esas naciones debido a una grave situación que se estaba gestando.
Strogoff no movió ni un músculo mientras Karenin le contaba todo esto. Era un hombre criado bajo los rigores de la vida en los Urales, formado por el ejército en el cumplimiento del deber y el amor a La Madre Rusia, así que no era necesaria tanta palabrería del ministro.
- Perdón, Alekséi Aleksándrovich, pero no necesito tantas explicaciones. Estoy a total disposición para lo que el Zar y la Madre Rusia requieran de mí.
Karenin sonrió satisfecho y miró a Mikhail por encima de la montura dorada de sus gafas. Luego, sacó un mapa del mundo y comenzó a explicarle a Strogoff lo que pasaba. A medida que el ministro hablaba, Mikhail comenzó a sentirse pequeño, como si fuera una hormiga a la que se le encomienda mover una roca. Aún así, el coronel Strogoff no dijo nada, sólo comenzó a repasar mentalmente su manejo de la lengua inglesa.


 San Petersburgo 1899

La Decisión de Miss Murray

Como se lo prometió Pendragon, el viaje de Mina a Londres sólo duro un par de horas. Desde el puente de esa especie de barco volador podía ver con todo detalle la geografía de su isla natal de una forma que jamás imaginó, lo que la transformó por un momento en una niña entusiasta. Contó con las explicaciones técnicas del capitán e inventor del Albatross, el ingeniero americano John Robur, quien en todo momento se mostró afable con ella, aunque se le notaba algo distante con su tripulación.
Tocaron tierra en los campos de Heathrow, al oeste de Londres. Ahí, esperaban por Mina y Bond dos hombres. El primero era conocido de Mina por los periódicos, siendo éste el doctor John Watson, gran amigo del famoso hermano de Microft Holmes; pero el otro sólo era un señor de cara bonachona que cargaba el peso de su cuerpo en un bastón que tomaba con su mano derecha. El hombres del bastón fue el primero en saludarla, diciéndose llamar Timothy Cratchit, de la firma de abogados e inversores Scrooge & Cratchit, encargados de asistirla a ella en todo lo que fuera necesario por indicaciones de Mr. Pendragon.
Wilhelmina, debido a las malas experiencias con su ex marido, sentía ciertos resquemores hacia los abogados, pero el señor Cratchit era tan encantador y dulce que al final terminó sintiéndose del todo cómoda en su compañía.
Tomaron un carruaje que los llevó de vuelta a Londres, lo cual trajo a la mente de Mina un torrente de recuerdos, los cuales no hicieron más que ponerla ansiosa. Al final, llegaron a una hermosa casa en el barrio de Bloomsbury, donde bajó ella, Cratchit y Watson, continuando Bond en el coche solo a un lugar que el resto no conocía ni les importaba.
La servidumbre de la casa ya estaba en aviso acerca del arribo de Mina, por lo que se hicieron cargo de su equipaje y le dijeron que sy recamara estaba preparada. No obstante, lo que en verdad deseaba Mina era ver a Allan Quatermain, cosa de la que se encargo Watson, indicándole que le siguiera.
Allan Quatermain le pareció irreconocible en esa cama. Tenía la piel cenicienta, los ojos hundidos, rodeados de una coloración morada y se veía extremadamente delgado. Respiraba acompasadamente, como si los fuelles de sus pulmones estuvieran descontando las últimas contracciones de su vital tarea, cosa que clavó una dolorosa espada en medio del corazón de Mina. Ella, rebasada por los sentimientos que embargaban su corazón, sólo atinó a sentarse al lado de la cama y tomar la mano de Allan, mientras el doctor Watson le daba una explicación acerca del estado del paciente que no escuchó, perdida en la estampa dolorosamente demacrada de Allan.
Sabiendo que estaba de más, Watson revisó los signos vitales del paciente y luego dejó a Mina a solas junto a Quatermain. Ella no le dijo nada, porque no era una tonta y sabía que no la escucharía; sólo se quedó ahí, aferrada a su mano, dejando que sus lágrimas corrieran libres por sus mejillas.
Estuvo acompañando a Quatermain por largo rato, quizá un par de horas, sólo saliendo de su ensimismamiento cuando una de las sirvientas llamó a su puerta anunciando que la esperaban para cenar. Mina, con mucho cuidado, besó la frente de Allan y fue al comedor.
La cena estuvo bien y pudo distenderse con la amena conversación del señor Cratchit. Se enteró de que el señor Scrooge había fallecido hace muchos años sin descendencia, aunque fue como un segundo padre para Cratchit, por lo que la firma todavía llevaba su nombre. Por su lado,  ella de niña había escuchado relatos acerca de las obras de caridad que había realizado Ebenezer Scrooge, un gran hombre que fue llorado por todo Londres el día de su muerte.
Luego de la cena se fueron a la sala a disfrutar de una copa de coñac y algo de tabaco, tocándole ahora al doctor Watson contar historias acerca de sus aventuras junto al gran detective Sherlock Holmes. El pobre doctor se emocionó en algunos pasajes al recordar a su gran amigo, lo que trajo a la mente de Mina algunos comentarios mal intencionados que circulaban por ahí acerca de la verdadera relación de esos dos hombres, cosa que decidió dejar en el olvido.
Cuando Mina estaba a punto de decirles a esos hombres que deseaba retirarse para poder descansar, otra criada entró y le informó que el señor Pendragon había llegado a la casa y la esperaba en su estudio. Algo fastidiada, Wilhelmina fue al encuentro de su anfitrión.
El estudio de Pendragon era un lugar por lo demás pintoresco, lleno de antigüedades y cosas extrañas traídas desde lugares que Mina solo conocía de libros. Jack estaba sentado en su escritorio, con la vista muy fija en algo que estaba sobre el umbral de la puerta que la mujer traspaso. Ella miró intrigada y vio una trenza de ajo clavada sobre el dintel de la puerta. Mina, entre confundida y molesta, miró a Pendragon a la espera de una respuesta:
- Leí en su expediente y sé lo de Drácula, Miss Murray. Solo quería estar seguro.
Los ojos de Mina ardieron como dos brazas llenos de ira, pero se contuvo y agregó con acidez:
- Aprecio que no haya optado por probar con estacas y fuego.
Jack entendía la molestia de la chica, pero el también tenía sus razones para actuar así:
- Entienda, Miss Murray, que debía estar completamente seguro de que no esté infectada con el vampirismo. Usted estuvo a un paso de ser una no muerta y sé por experiencia que una verdadera estupidez asociarse con esas malditas sanguijuelas.
Había un profundo desprecio por los vampiros en las palabras de Pendragon, cosa que hizo que Mina se llevara a inconscientemente la mano al cuello, palpando la bufanda de seda que ocultaban las marcas de los colmillos. Odiaba recordar su experiencia con Drácula, porque le traía a la mente sensaciones ambivalentes, totalmente impropias.
- ¿Ha pensado acerca de unirse a nuestra misión, Miss Murray? Mañana arriba a Londres el enviado del Imperio Ruso y junto a él y Robur viajaremos al norte por otro elemento del equipo ¿Nos acompañará?
Mientras Jack hablaba, Mina intentaba controlar el malestar que sentía en ese momento. Al final, ese hombre agradable era igual que el resto y buscaba algo de ella. Por eso, ante las pregunta de Pendragon, dijo con desdén:
- La verdad es que, como me lo han planteado hasta ahora, no es que tenga muchas opciones.
Pendragon no parecía cómodo por la actitud de Mina, por lo que se acercó a un viejo mapamundi que colgaba de una de las paredes. Con la mano derecha le indicó las tierras al norte del Círculo Polar Ártico y le explica exactamente lo que debían enfrentar. Al final de ello, a Mina no le quedó duda de que debía participar en esa misión.

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