martes, octubre 28, 2014

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto V)



Los Deseos del Hijo del Cielo
Zijin Cheng [Ciudad Prohibida), Beijing, Año de Jĭ-hài [Cerdo de Tierra Yin], mediados de primavera (finales de mayo de 1899).


Los reinos son como las personas y su flujo de Chi puede cambiar, perdiendo el balance y mandando todo al carajo. Los sabios en Feng Shui podían determinar estas perturbaciones a través de sus estudios, pero Chia sólo necesitaba de sus sentidos para saberlo. Lo venía sintiendo desde las malditas guerras con los bárbaros por el opio y de que se les entregaran puertos como enclaves. Lo veía en las caras de la gente, llenas de odio y enojo. Pronto toda China explotaría y no sabía qué consecuencias conllevaría esto.
Ahora, después de muchos años vagabundeando por aquí y por allá, sin llamar la atención de la autoridades y con la esperanza de que se hubieran olvidado de ella, Chia vuelve a estar a punto de ver a un Hijo del Cielo.
A los ojos de Chia, las cosas eran las mismas en la Ciudad Prohibida que la primera vez que vino. Eunucos, nobles lame culos, damas guapas – lo que más llamaba su atención – y guardias de cara adusta. El eunuco que la acompañaba en ese momento no paraba de hablarle acerca de cómo comportarse ante el Emperador, como si ella necesitara que le explicaran qué hacer frente a un mortal endiosado.
Se movieron por pasillos interminables y salas hermosamente decoradas hasta llegar a una puerta con dragones dorados esculpidos y el eunuco le dice que espere. No se encuentra sola, sino que hay muchos cortesanos y funcionarios. Algunos miran su roída indumentaria con desprecio, aunque otros parecen interesados por lo peculiar de su presencia. Ella los mira tras sus gafas ahumadas, sonriendo con descaro.
Las puertas se abrieron de par en par al rato y, entre murmullos, ella entró a los aposentos privados del Emperador; un honor que pocos podían siquiera soñar con tener.
La estancia era espaciosa, con grandes ventanas que daban a jardines preciosas, con flores de colores vivos y un perfume delicioso. Pero no fue eso lo que llamó la atención de Chia, sino un extraño artilugio mecánico que estaba posado sobre el borde de la boca de un hermoso jarrón. Se parecía a ruiseñor, y cantaba como tal, pero estaba hecho de metal reluciente, con incrustaciones de plata y oro, ribetes de jade en las alas y dos zafiros por ojos. Chia se quedó por un rato contemplando ese autómata, sorprendida por su magia y por el hecho de que encontrara algo que realmente llamara su interés.
En ese momento el eunuco que la acompañaba carraspeó, pues todos los presentes en la sala estaban atentos a lo que ella estaba haciendo. En ese lugar, además de ella y el eunuco se encontraban dos castrados más, tres sujetos vestidos con ropas occidentales -  aunque sólo dos de ellos lo eran -, tres escribanos listos para tomar nota, cuatro guardias y El Hijo del Cielo. 


Guangxu era un joven que rondaba la veintena, delgado y de movimientos suaves. Vestía un traje de seda roja, con decorados dorados y un birrete de los mismos colores. Miraba fijamente  a Chia como si esperara algo, lo que ella no alcanzaba a entender, aunque en su mente comenzó a sonar nuevamente la voz aflautada del eunuco con sus consejos acerca de comportamiento ante el Emperador, así que al final hizo una reverencia algo torpe.
El eunuco la presentó oficialmente ante el Hijo del Cielo, quien le pidió que se acercara, que tuviera confianza y que no deseaba tanto protocolo. La voz del hombre denotaba cierta timidez e incomodidad, cosa que a Chia le podía significar una ventaja. No obstante, los otros tres hombres presentes tenían ese brillo astuto del embaucador en los ojos, por lo que ellos eran de los que tenía que cuidarse.
Los dos occidentales presentes eran William Bidulph, plenipotenciario americano ante el Emperador, y Sir Arthur Robinson, Embajador de Gran Bretaña, mientras que el oriental con ropas de bárbaro se llamaba Ishiro Omura, embajador de Japón. Ninguno de estos hombres le agradaban a Chia, pues sabía que eran una mezcla de estafadores y mercaderes. Americanos e ingleses que exigían la apertura de los puertos para que vendieran sus chucherías de mal gusto y japoneses que querían ahora ser occidentales, aunque seguían sintiendo desprecio por ellos.
Guangxu la invitó a tomar asiento, pero ella declinó la invitación, cosa que él sí hizo en un taburete. Es menester nunca hablar entes que el Huangdi [Sabio Rey Dios], por lo que ella esperó a lo que tenía que decir:
- Estoy complacido de tenerte ante mí, Chia Dragón Negro. Mis sabios tienen registros de tu presencia desde hace siglos, pero por un momento pensé que eras una leyenda. Tengo curiosidad acerca de algo ¿Puedes sacarte las gafas?
Chia se sintió incómoda, y si cualquier otro se lo hubiera pedido habría dicho que no, pero el Emperador era lo más cercano a un dios.
- Como usted desee, Wan Sui [Diez Mil Años].
Se quitó sus gafas oscuras y dejó que Guangxu le mirara fijamente a los ojos. No era apreciable a simple vista, pero si uno fijaba la vista por suficiente tiempo, en el fondo de los carbones de sus pupilas podía verse un brillo rojo demoniaco, marca de su origen mestizo.
- Entonces es cierto – dijo asombrado, Guangxu -. Has caminado por el Reino Medio desde antes que hubiera un Emperador.
- Muchos años he caminado por el mundo, Wan Sui.
El Emperador le sonrió satisfecho y le dijo que podía volver a colocarse las gafas. Luego hizo señas a uno de los eunucos y este dice:
- Dangjin Huangshang [Su Majestad Imperial actual] ordenó tu presencia porque tenemos una misión que encargarte, Dragón Negro. Sabrás que Su Santa Majestad ha decidido hacer reformas que permitan al Imperio abrirse al mundo moderno, pero algunos en su ignorancia sólo quieren quedarse en el pasado, por lo que esto ha hecho pasto para quienes desean sacar provecho del descontento. Los autoproclamados Puños de la Rectitud y la Armonía atacan a extranjeros y a quienes son sus amigos, y esto sólo nos traerá desgracias mayores a futuro.
Chia no pudo evitar bostezar ante un relato que ya conocía a la perfección, Ella no estaba encerrada en esa ciudadela, por lo que sabía exactamente lo que pasaba en las calles, y la gente ahí se sentía cada vez más humillada por los bárbaros que venían a imponer sus costumbres con aires de superioridad.
El eunuco levantó una ceja ante la descortesía de la mujer, pero no dijo nada y fue al grano:
- Pero esos no son nuestros únicos problemas. Hay otros que desean precipitar un enfrentamiento con occidente llevando la guerra a su propio país. Existe un grupo de criminales llamados Si-Fan, quienes tomaron el control de los fumaderos de opio de Londres y realizan otras acciones delictivas. El líder de esta banda es un antiguo mandarín de la corte conocido como Fu-Manchú, de profesión médico. No obstante, hace poco los británicos lograron desbaratar uno de los planes de Fu-Manchú y el Si-Fan tuvo que comenzar a reorganizarse.
Chia ya estaba bastante aburrida de todo ese cuento, pues los asuntos de la mafia la traían sin cuidado. Si esos tipos del Si-Fan querían ahogar a esos malditos ingleses en humo de opio, bien merecido se lo tenían.
- No es sólo el problema del Si-Fan y Fu-Manchú por lo que mandé a traerte ante mí, Chia – Intervino esta vez Guangxu – Hay algo que descubrieron hace poco mis espías y es que alguien peculiar trabaja para  el Si-Fan y su nombre es Nyak.
Sólo en ese momento ellos contaron con toda la atención de Chia, pues ese nombre era demasiado familiar para ella. En los albores de los tiempo, cuando los humanos aún no dominaban las tierras del Reino Medio, una joven llamada Chi fue violada por un demonio conocido como Glak y de esa unión nacieron Chia y su gemelo Nyak. Chia renegó del legado de su padre, aunque nunca ha podido escapar de él, mientras que su hermano busca aumentar el poder impío que heredó.
Chia sabía a la perfección que si su hermano estaba metido en los planes del Si-Fan, muchos sufrirían y morirían. Aunque estaba dispuesta en un principio a zafar de cualquier petición que le hiciera el Emperador, en este momento se veía en la obligación de acudir a su llamado.
- Supongo que necesitan que vaya a dar caza a Nyak antes de que uno de sus descalabros haga que los occidentales se vuelvan en nuestra contra.
Guangxu esbozó una tímida sonrisa al escuchar las deducciones de Chia, mientras los embajadores cruzaron miradas de incomodidad al tratar un tema tan delicado con tan poco tacto. No obstante, Guangxu no deseaba que Chia trabajara gratis.
- No te enviaré a esta misión sin que consigas algo a cambio, Dragón Negro. He sabido por las crónicas que tu lado demoniaco es una inmensa carga de la que te has intentado librar en varias ocasiones. Mis alquimistas y cazadores de demonios han conseguido refinar un elixir que consumiría tu parte demoniaca, dejándote sólo como una humana, cosa que pensamos hacer también con tu hermano para que deje de ser una amenaza.
Era un ofrecimiento demasiado atractivo para despreciarlo… o para ser cierto. Si algo había aprendido Chia con los largos siglos que llevaba a cuestas era que todos los humanos son embaucadores, desde el campesino más insignificante al elevado Emperador Hijo del Cielo. No estaba dispuesta que le vieran la cara por ningún motivo.
- Entendemos tu desconfianza, Chia – contestó Guangxu al Dragón Negro –, pero puedo asegurarte por el Trono de Jade que mis sabios consiguieron crear ese elixir a partir de una fórmula creada por un médico inglés que buscaba separar las naturalezas benigna y malvada de su personalidad. Sus experimentos tuvieron un fallo debido a la imperfección y miopía de la ciencia occidental, pero nuestros sabios lograron mejorarla.
El inglés que estaba presente dio fe de lo que el Huangdi decía, aunque esto no terminaba de convencer a Chia, quien pidió a Guangxu que le dé un carácter oficial al ofrecimiento. Los eunucos dirigieron miradas airadas al Dragón Negro, pero el Huangdi no se lo tomó a mal y le hizo seña a sus tres escribanos para que redactaran un shèng zhĭ [decreto sagrado] en que estipulaba claramente cuál sería el pago a sus servicios. Luego sello las tres copias y le entregó una a Chia.
En ese momento, el embajador británico, un sujeto delgado, de bigote fino y modales impecables, le dijo en perfecto mandarín.
- El gobierno de Su Majestad tiene un grupo especial de gente con… aptitudes extraordinarias que enfrentaron antes esta amenaza. He tratado de comunicarme por telégrafo con nuestros encargados de inteligencia para que le presten ayuda en Londres, pero no tengo aún una respuesta. Es menester para la buena convivencia de nuestras dos naciones que los conflictos que se viven en China no sean trasladados a las calles de Londres.
Chia miró al inglés como el tigre que observa a una alimaña que no le sirve ni siquiera como miserable tentempié. Luego, en perfecto inglés, le contestó:
- Sinceramente no tengo interés en preservar la paz de su capital, señor Embajador. Incluso, conociendo la forma de pensar de los occidentales y de algunos de nuestros vecinos – miró de soslayo al japonés -, será inevitable que las tropas de los imperios foraneos vuelvan a invadir China. Sin embargo, sé de lo que es capaz mi hermano y no me quedaré con eso en la consciencia.
Tanto el americano como el inglés se sorprendieron de que ella hablara tan bien su idioma. Si supieran que lo aprendió mientras compartía la cama de la hija de un pastor escocés que venía a predicar el amor de Cristo, no tardarían en ponerse rojos. El hombre santo nunca se imagino que su preciosa hija – una diablilla de cabellos de fuego – pretendía que no era pecado acostarse con otra mujer porque no implicaba perder su virginidad antes del matrimonio. Chia tuvo cuidado de no romper accidentalmente el velo de su virginidad, así la hija del pastor calmaba su lujuria sin pecar ante su dios.
Ajeno a lo que Chia habló con el inglés, Guangxu le dijo:
- Si te parece, mañana mismo saldrás al puerto de Shanghái. Ahí te esperaré un contacto que te dará más información acerca de lo que ocurre en Londres y tomarás un barco con escala en la India y Egipto.
Chia no puso reparo a nada. Sólo deseaba que le permitieran descansar en un lugar cómodo y que le dieran algo de dinero para sus gastos.
- No hay problema para eso, Hēilóng [Dragón Negro], se te entregará dinero en monedas de oro y papel ingles. Además, hoy eres mi huésped.
Chia agradeció el gesto del Emperador de dejarla quedarse en el palacio y se dispuso a retirarse acompañada del mismo eunuco.
Afuera de las estancias imperiales todos quedaron en silencio, mientras una dama de mucha importancia, rodeada de un corro de aduladores, la miraba fijamente con cara de pocos amigos, aunque Chia prefirió no consultar nada hasta que salieron de ahí acerca de quién era. Afuera, cuando se percató que ya nadie les podía escuchar, el eunuco le dijo que se trataba de la Emperatriz Madre Cixi, aunque en realidad era la tía del Hijo del Cielo, quien está en contra de la cercanía de Guangxu con los occidentales y se sospecha que ayuda a los Puños de la Recta Armonía. Saben que es peligrosa y tiene oídos y ojos en todos lados, así que debían andar con cuidado incluso en el palacio.
El eunuco dirigió a Chia nuevamente por innumerables pasillos y salas. Incluso pasaron cerca de las estancias de las esposas y concubinas de Guangxu. Chia sólo alcanzó a mirar de lejos a las mujeres dedicándose a las labores del día. La verdad es que ella no podía imaginarse como ese joven atildado y tímido podía disfrutar de esas frescas jovencitas cada noche, pero algunos tenían una suerte inmerecida.
Al final llegaron al lugar que le habían asignado; un poco alejado, pero cómodo. Había dos sirvientas a la espera de lo que ella deseara, comida en abundancia, ropa nueva y una cama muy cómoda. Ahora, la ropa no era de su estilo, así que le pidió al eunuco que le buscara ropa semejante a la que llevaba, en lo posible igual.
El eunuco la dejó con las dos sirvientas, de seguro esclavas compradas por su belleza. Las dos chicas, exquisitamente sensuales y recatadas en el trato, la llevaron a la sala de baño donde tenían todo preparado, con una bañera con agua caliente y pétalos de rosa. Las chicas, con risas entre tímidas y coquetas, desvistieron a Chia y luego ellas hicieron lo mismo, metiéndose las tres en la enorme bañera. Mientras Chia se dejaba enjabonar por ellas, pensaba que la atención del Emperador a sus visitas no estaba nada de mal… luego se acercó y besó a una de las chicas en los labios y esta le respondió… nada de mal.

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