jueves, octubre 02, 2014

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto II)



Una mujer con Pasado

Escocia, Agosto de 1899
La diligencia era el único medio de transporte para llegar a la comunidad femenina de Coradine. Por ello Bond estaba más molesto de lo normal, pues no podía entender cómo un pueblo en Gran Bretaña no tuviera una estación de tren. Por su lado, Jack miraba a su obeso acompañante con una sonrisa socarrona mientras volvía a releer el expediente de Wilhelmina Murray:
- Es increíble las cosas que ha tenido que enfrentar esta mujer a tan corta edad. Cuando me habló de una profesora de música, me imaginé a una chica frágil y atildada – dijo Jack, quien ya no era el prisionero mugriento de hace algunas semanas, sino un elegante caballero de sonrisa fácil y traje azul oscuro.
- Ni frágil ni atildada. Esa mujer es algo masculina para mi gusto… seguramente por eso su marido se divorció de ella – comenta Bond con un tono de marcado desprecio.
- Bueno, al lado de usted cualquier mujer parece masculina, señor Bond – dijo Jack, fijando la mirada en las manos llenas de anillos y con prolija manicura de su acompañante.
A poca distancia, en el porche de una hermosa casa rural, Wilhelmina Murray mira con rabia el camino que viene del sur, mientras aprieta en su mano derecha un papel arrugado. Se trataba de un telegrama llegado el día anterior anunciando que  Campion Bond venía a hablar con ella sobre un tema importante. Ya el hecho de tener que hablar con ese cerdo desagradable era suficiente para agriarle la bilis, pero de seguro venía para embarcarla de nuevo en una de esas misiones suicidas del Servicio Secreto. Ella ya llevaba demasiado tiempo metida en esas cosas, con vampiros, genios criminales y marcianos, mientras que tenía un hijo al que no podía ver debido al odio enconado de su ex marido.
Eran las 10:15 de la mañana cuando la diligencia se detuvo frente al porche. El primero en bajar fue Bond, tan altanero como siempre, pero detrás de él venía un sujeto delgado y alto, cercano a los cuarenta y guapo. No obstante, con su aire de superioridad, Bond fue el primero en hablar con fingido tono cordial:
- Miss Murray, es un placer volver a verla.
- Sáltese el protocolo, señor Bond y vayamos al grano. Sé que lo que tiene que decirme no me va a gustar, así que no perdamos tiempo en nimiedades.
Un rictus de desagrado se dibujó en el labio del Campion Bond, pero el tiempo apremiaba y debía obviar el desdén de la mujer:
- Pues es simple, Miss Murray, su nación nuevamente requiere de sus servicios. Tenemos un problema de dimensiones inimaginables ante nosotros y usted tiene las habilidades que necesitamos en este momento.
Mina miraba con tal desagrado a Bond, que Jack pensó que de un momento a otro le golpearía. No obstante, cuando terminó de hablar, sólo levantó la ceja y paseó la mirada por ambos hombres. Luego dijo:
- Ya he tenido suficiente del espionaje. Quiero rehacer mi vida aquí de manera normal y poder pedir acceso a mi hijo en el futuro. Como una agente de la inteligencia no tengo muchas opciones a eso.
A pesar de que no quiso ser él mismo, un tigre no puede evitar tener rayas. Con su tono más desagradable, Bond le rebatió:
- Me parece que no entiende bien su situación. Luego de la invasión marciana le permitimos tomarse un descanso, pero en ningún momento hemos prescindido de sus servicios. No es que tenga posibilidad de negarse, agente Murray, sino que vengo a entregarle sus nuevas órdenes. Además, tenga en cuenta que nosotros podemos ayudarla a que tenga acceso a su hijo… o evitar que lo consiga.
- ¡Como se atreve…! – espetó Mina entre dientes y con las manos crispadas por el enojo.
- Nadie la obligará a nada, Miss Murray – intervino por fin Jack -. Mi nombre es Jack Pendragon, agente del gobierno de Estados Unidos. Leí su expediente y sé por todo lo que ha pasado, así como conozco de sus habilidades. En verdad me sería de mucha ayuda contar con usted en esta misión.
El sujeto era agradable, con un acento indefinible, quizás escocés o galés, pero no americano. No obstante, la mala leche de Mina no se había calmado, así que con acides le dijo:
- ¿Pendragon?... ¿En verdad es ese su apellido?
Jack sonrió, lo cual molestó aún más a la mujer, y le dijo:
- Es un poco pomposo, pero era el apellido que ostentaba mi pobre padre con orgullo – Luego, cambiando rápido a un gesto serio, Jack sacó una carta de su bolsillo y se la extendió a Mina.
La chica pasó con cuidado la yema de su índice por sobre las letras del sobre. Era la caligrafía de Allan Quatermain y mostraba su nombre como destinataria. Olvidándose de todo, Mina abrió el sobre y leyó:
“Mi querida Mina:
Si es que estas leyendo estas líneas es porque ya me he marchado de este mundo o estaré cerca de hacerlo. Sólo quiero que sepas que has sido la luz que iluminó el ocaso de mi vida, y que si he vuelto a hundirme en mi miseria es por mi cobardía personal.
Tuyo hasta el final,
Allan Quatermain”
Una lágrima rodó por la mejilla de Mina, traicionando el aire frío que había mantenido hasta ese momento. Allan Quatermain fue primero su héroe de infancia y luego su amante. Le había dejado, pues él era parte de esa vida de la que ella deseaba alejarse, pero no por eso sentía menos cariño por él.
- ¿Él ha… muerto? – consultó Mina con la voz temblorosa.
Pendragon sacó un pañuelo de su bolsillo pero ella no lo tomó. Obviando esto, él le explico:
- No, Miss Murray, el señor Quatermain se encuentra vivo apenas. Luego de que ustedes se separaran en Londres, el volvió a caer en el vicio del opio y el servicio secreto inglés le perdió el rastro. Cuando me metí en este embrollo me dediqué a buscarlo y lo encontré en un fumadero de opio. Había montado tanto al dragón que no reaccionaba, así que lo llevé al médico. Tuvo un derrame cerebral que le dejó vegetal, pero aún vive.
Mina pudo soltar el aliento ante las palabras de Jack. Si bien las noticias no eran halagüeñas, Allan seguía vivo. Por su lado, Jack siguió diciendo:
- Como le dije, no está obligada a participar de esta misión, pero sería excelente que lo hiciera. No obstante, me he hecho cargo del cuidado del señor Quatermain y sería bueno que usted pudiera verle.
Por un momento la chica vio un brillo astuto en la mirada de Pendragon, aunque no podía asegurar que ese hombre la estuviera manipulando o sólo era su natural desconfianza. Al final, sabía que no tenía más opciones que volver a su trabajo para Su Majestad, aunque no por ello se sintiera cómoda con la situación.
- Iré a arreglar mis cosas y volveré con ustedes a Londres. Si tomamos el tren que sale medio día de la estación más cercana, de seguro que llegaremos mañana temprano.
La verdad es que Mina tenía todo listo de la noche anterior, pues ya sabía que no podía decir no a un llamado del servicio secreto, por lo que dejó a esos hombres esperando sólo por darse un gusto. Ambos sujetos estuvieron una hora en el porche sin cruzar palabras entre ellos. Cuando consideró que estaba lista, Wilhelmina Murray se colocó un sombrero, se percató de que las marcas de su cuello quedaran perfectamente ocultas bajo su bufanda de seda, y salió a reunirse con ellos.
Bond subió a la diligencia y Pendragon, más galante que su compañero, le ofreció la mano a Mina para que subiera y la ayudó con su equipaje. Luego cerró la puerta del carruaje y, ante la extrañeza de Mina, quien pensaba que Jack les acompañaría, aclaró:
- Debo quedarme en Escocia a atender algunos asuntos. Para esta tarde usted estará en Londres y alguien la recibirá en mi representación.
La chica levantó la ceja con incredulidad, pues en tren se demoraba casi un día completo ¿Cómo harían para llegar durante la tarde? Ahora bien, Mina ya llevaba suficiente tiempo viendo cosas sorprendentes como para que le extrañasen las afirmaciones de Jack.
Al ponerse en marcha la diligencia un pesado silencio cayó sobre Mina y Bond, aunque era preferible eso para la mujer a tener que cruzar palabras con el obeso personaje. No obstante, lo bueno no dura para siempre, y al final Bond le dijo:
- Le aconsejaré que no le entregue su confianza a ese sujeto, Pendragon. Es un enemigo declarado de Inglaterra, un anarquista, tiene relaciones con fenianos y fue amigo de ese judío proletario, Karl Marx.
Mina miraba al gordo agente con un gesto indescifrable, sin mover ni un musculo de la cara. Luego fijó sus ojos afuera con descuido y le dijo:
- Los problemas que usted tenga con el señor Pendragon no son asunto mío… Además ¿No es demasiado joven para haber sido cercano a Marx?
Bond dibujó una media sonrisa y sacó un cigarro de su lujosa cigarrera de oro con incrustaciones de piedras preciosas. Sencillamente jugaba al misterioso.
Al final, e inesperadamente, la diligencia se detuvo al borde de un risco, uno de esos tan típicos lugares de la geografía escocesa golpeados por el oleaje del Mar del Norte. Por un momento se le pasó por la mente a Mina que habían vuelto a contactar a Nemo y viajarían en el Nautilus a Londres. No obstante, ese lugar era demasiado escarpado como para abordar cualquier tipo de navío marino, así que tuvo que esperar para ver que se proponía Bond con todo esto.
Por su lado, Campion Bond saca su reloj de bolsillo y se queja de la impuntualidad de los americanos, mirando un punto indefinido en el horizonte. Mina también dirigió su atención al cielo cubierto de nubes grises, sin saber a ciencia cierta qué estaban esperando hasta que vio una forma sinuosa e indefinible que se adivinaba entre el gris.
Cuando lo observó en toda su magnificencia, le fue imposible a Mina no exteriorizar su sorpresa en la cara. Se movía tal cual como un barco en el cielo, pero por velas tenía un sinnúmero de hélices que zumbaban  bajo a la distancia. Por su lado, con satisfacción por la reacción de Mina, Bond le dice:
- Es el Albatross. Los americanos accedieron a liberar a su inventor, un ingeniero llamado John Robur… muy similar a la historia de nuestro querido capitán Nemo.
Mina había leído en los diarios que hace algunos años esa nave había sido avistada en los cielos de Estados Unidos, pero no tenían nada claro acerca de su origen. Sin embargo, eso no era lo que se le pasó por la mente a Mina en ese momento, pues miró a Bond y le dijo:
- ¿Qué es tan grave como para necesitar estos recursos, señor Bond?
Bond miró a Mina y fue una de esas extrañas ocasiones en que el miedo salió a la superficie. Campion no le contestó, sólo sacó otro cigarro y lo fumó con cierta ansiedad. 



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