viernes, octubre 17, 2014

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto IV)



El Engendro del Hielo

Al norte del Círculo Polar Ártico. Septiembre de 1795 / Junio de 1899. 

El barco daba la vuelta, enfilando la proa hacia el sur, cosa que trajo un suspiro de alivio que barrió toda la cubierta. El capitán Walton había tomado una sabia decisión. No obstante, para él no había alivio, sólo el frío del gélido norte. En ese momento, con sus ojos de diferente color miró el blanco paisaje y luego a la pira en la cual se encontraban los restos calcinados de su mayor enemigo, su padre.
Con paciencia y sus propias manos, cortó trozos grandes de hielo y construyó un túmulo digno del genio de su padre y para el descanso final de su mayor creación: él. Cuando estuvo listo, cinceló el nombre de su padre en uno de los bloques. Luego se sentó a la espera de que el frío hiciera lo suyo.
No fue nada dramático, sólo se quedó ahí hasta que sus articulaciones se pusieron rígidas, su piel se agrietó y poco a poco su cerebro se fue adormilando. Un humano normal tardaría unas cuantas horas antes en morir en ese frío, pero él tuvo que esperar días antes que el sueño definitivo llegara… algo parecido a la muerte, aunque no fuera lo mismo.
Varias estaciones pasaron y él se transformó en parte constituyente de ese lugar. A veces como una momia en la época del deshielo, otras como una estatua de escarcha. Incluso los lapones que pasaban por ahí comenzaron hablar del cadáver del hielo y la maldición que pesaba sobre la tumba que guardaba. Esas leyendas llegaron a oídos de alguien que recordaba el relato que hizo el capitán Walton cuando volvió a Inglaterra, y los investigadores no se hicieron esperar.
Con trineos de perros llegaron al principio del verano, guiados por los lapones que se quedaron a distancia por temor a la maldición. El líder de la expedición, un británico, se acercó al bloque de hielo que hacía de lápida y leyó: “Viktor Frankenstein de Ginebra”. Entonces dio instrucciones para que sacaran al monstruo del hielo.

Monstruos
 
Castillo de Bamburgh, Inglaterra. Agosto de1899.

Mina a penas durmió una cuantas horas, pues a eso de las tres de la mañana tuvo que levantarse, ya que debían salir de inmediato hacia el norte. Era una ventaja contar con el transporte del Albatross, aunque no por eso levantarse tan de madrugada le pareció agradable a Mina.
En los campos de Heathrow, donde la nave de Robur los esperaba, se les unió Bond y un coronel del ejército ruso llamado Mikhail Strogoff. Se trataba de un hombre maduro, quizá rondando los cincuenta, de sonrisa afable, modales corteses y un inglés correcto pero de marcado acento. Cuando se elevaron sobre el suelo, el ruso se sorprendió como cualquiera lo haría, pero mantuvo la serenidad y disfrutó de buena gana del viaje.
No obstante, el que parecía extrañamente irritable era Pendragon, quien siquiera le dirigía la mirada a Bond. En contrapunto, este último se veía extrañamente complacido, aunque no había razón aparente para que ninguna de los dos se comportara cómo lo estaban haciendo.
A eso de las cinco de la madrugada se acercaron a un antiguo castillo que se elevaba en un promontorio con una vista envidiable al Mar del Norte, seguramente para avistar velas vikingas en su época. Había luces encendidas en la fortaleza y guardias armados alrededor, por lo que todos de inmediato supieron que ahí era dónde se dirigían. Por su lado, Campion Bond, teatral en extremo, les dijo:
- Este es el castillo de Bamburgh, aunque no siempre se llamó así. Mucho tiempo antes era conocido como el Castillo de la Guardia Gozosa, el lugar donde Sir Lancelot y la Reina Guinevere consumaron su amor.

Castillo de Bamburgh

Jack miraba hacia afuera como si ignorara a Bond, aunque éste parecía estarle hablando directamente a él. No obstante, con cierto tono de hastío, rebatió:
- La fortaleza fue construida en el siglo X. No queda casi nada de la construcción original del siglo V.
No eran un grupo de turistas como para que Bond les diera esas clases de historia, por lo cual había una secreta disputa entre el gordo agente y Pendragon que ninguno alcanzaba a atisbar. Aunque pudiera haber una conexión entre el agente americano y el rey legendario, molestarse por estar en el castillo en que le pusieron los cuernos a su supuesto antepasado era exagerado.
El Albatross se posó cerca de la entrada del castillo y todos bajaron. Como ya se dijo, el lugar estaba vigilado por guardias militares de cara adusta, arropados con abrigos debido al frío de la mañana, justo antes de despuntar el sol. Pero hubo algo que hizo que la sangre de Mina se helara, trayendo a su mente recuerdos de pasadas pesadillas. Desde su posición podía ver el patio del castillo, lleno de maquinas extrañas que no supo cuál era su utilidad, pero eso no fue lo que produjo su sobresalto. Caminando torpes, como quienes a penas están aprendiendo a usar sus cuartos posteriores, les vio: Osos, ciervos, tigres, sapos, cuervos y un largo etcétera; todos de naturaleza mestiza con la humana. Los había visto antes, durante la guerra con los marcianos, pero no por eso la sensación de rechazo era menos intensa. Entonces fue que también vio al padre de todo el horror, parado en la puerta del castillo con su usual expresión carente de emoción. Cuando se acercaron, el mismo sujeto se adelantó para presentarse con un nasal acento francés:
- Bienvenidos, caballeros, soy el doctor Alphonse Moreau… Madeimoselle Murray, es un placer volverla a ver.
Mina apenas contestó al saludo, porque ese hombre le parecía más monstruoso que sus híbridos. Por su lado, el doctor y Bond los condujeron al patio del castillo, donde estaban todas esas maquinas raras que chirreaban y despedían chispas y arcos eléctricos. Todo estaba dispuesto alrededor de una camilla donde había un cuerpo cubiertos por una sábana blanca. Campion Bond, al ver que todo estaba dispuesto, explicó por fin:
- Una de expedición británica encontró este cadáver muy al norte, cerca de Laponia. Estaba cuidando una tumba que decía en la lápida ser la Viktor Frankenstein. Para los que no lo sepan, les hablo de un científico de Ginebra que experimentó con la reanimación de cuerpos muertos. Se pensaba que no había conseguido nada, pero acá tenemos el monstruo que creó y, basados en las anotaciones de su diario, podemos devolverlo a la vida.
Teatralmente, hacía el final de la explicación de Bond, Moreau descubrió el cuerpo sobre la camilla, hecho de distintas partes de cadáveres, con la piel cenicienta y unas impúdicas costuras en las uniones de los distintos órganos. Mina apretó la mandíbula y los puños, mientras Strogoff dejaba escapar una expresión de sorpresa en ruso y Jack seguía en hermético silencio.
No hubo oportunidad para más consultas, porque el tiempo apremiaba a Moreau, quien les pidió alejarse de la camilla para que él pudiera trabajar. Ninguno de ellos quería participar de esos experimentos contra natura, así que sin objeciones se hicieron a un lado.
Los híbridos de Moreau comenzaron a poner todo a punto mientras el doctor les daba instrucciones. Las máquinas comenzaron a chirrear más fuerte y la estática del ambiente hizo que a todos se les erizaran los pelos. Mina, sintiéndose mal por lo que ocurría, vio una de las puertas de la fortaleza y huyó por ella.
Sin querer, la señorita Murray había entrado en la capilla de la fortaleza, con vitrales por los que entraba la claridad de la madrugada. No era muy grande, completa de piedra y una cruz celta en el altar. No obstante, lo que más le llamó la tención fue una tumba con la efigie del muerto esculpida en la tapa. Se trataba de un caballero de semblante hermoso, largos cabellos ondulados y un leve bigote. Llevaba armadura completa y una espada en la mano en cuya hoja se había cincelado “Lancelot du Lac”. Mina pasó su mano por sobre el mármol esculpido, como si deseara conectarse con el héroe del pasado.
- En realidad él no era así.
La voz que la sacó de su ensimismamiento era la de Jack Pendragon, quien la miraba desde la entrada. A pesar de parecer una buena persona, a Mina había algo en ese hombre que le impedía confiar plenamente. Era un brillo en sus ojos que expresaban más edad de la que deberían tener, lo cual le recordaba otros ojos vistos hace ya un tiempo por ella.
En ese instante, un grito en el exterior rompió el incomodo silencio que había caído entre ambos, así que salieron raudos a ver qué pasaba.
Afuera de pronto se había desatado el caos. Los monstruos de Moreau estaban alborotados, haciendo todos los ruidos animales posibles, mientras los guardias apuntaban indecisos para todos lados. Por su parte, Bond gritaba como un energúmeno tratando de tranquilizarlos a todos y desde el suelo, con una herida en la frente que le goteaba sangre por toda la derecha de su cara, Moreau parecía estar histérico mientras gritaba: “¡Es un Adán! ¡Un nuevo Adán! ¡Est vivant! ¡Est vivant!”. Pero la criatura no estaba por ninguna parte.
Todos parecían haber enloquecido, pero una persona sabía perfectamente cómo reaccionar. Strogoff fue donde uno de los guardias, le arrebató el rifle y revisó la recámara para ver si estaba cargado. Después les dijo a Pendragon y Mina:
- Cuando despertó la criatura atacó a ese francés loco y salió corriendo. Subió por una de las escaleras externas a lo alto de la fortaleza. Vamos antes de que mate a alguien.
Pendragon sacó un revólver de dentro de su chaqueta y fue tras de Strogoff, aunque antes le pidió a Mina que les esperara ahí. Por su lado, ella le miró con desprecio, pero decidió quedarse a esperar a que los “machos” hicieran su trabajo.
Mina los siguió con la mirada hasta que doblaron en una esquina. Se sentía enojada por todo lo que ocurría y porque ese hombre la tratara como una damisela a la que hay que proteger, cuando ella había participado en eventos bastante más peligrosos que ese como para tener que quedarse ahí, esperando. Al final, ya no quiso aguardar y decidió subir tras de ellos, pero cuando pisó el primer escalón, un bulto calló secamente a poca distancia de ella.
Venía desde lo alto de la fortaleza y de inmediato supo que era alguien y no algo, pues el sonido de los huesos y la carne cuando golpean el suelo es escalofriantemente característico. Se trataba de Pendragon, hecho añicos contra el empedrado del patio del castillo. Mina quizá debió sentir pena, o por lo menos eso hubiera pasado con la chica dulce que alguna vez fue, pero lo que se le vino a la mente fue pensar que ese hombre era un estúpido al dejarse matar tan fácilmente.
Nuevamente Mina se dispuso a subir por la escalera, cuando un ruido horrible la detuvo. Miró el supuesto cadáver de Jack y se dio cuenta de que se estaba moviendo. Si verlo caer no le había causado casi nada, ver como ese hombre se recomponía, poniendo los huesos en su lugar, igual como si fuera un muñeco articulado, le aterró. Cuando Jack se le quedó mirando con cara de circunstancia, vio como los moretones desaparecían y las heridas se cerraban. Al final él le dijo:
- Créame. Se siente peor de lo que se ve.
Él no le dio tiempo a Mina para que exteriorizara su estupor. Con un sencillo “Luego le explico” volvió a subir, pero esta vez ella fue tras él.
Mientras ascendían, Mina llevaba los ojos clavados en la espalda de ese “hombre” que caminaba delante de ella, sin poder entender qué clase de fuerza animaba su vida antinatural. Entonces entendió los incontables años que se leían en su mirada, cosa que no la tranquilizó, sino sólo la hizo imaginarse rodeada de monstruos que se disfrazaban de personas normales.
Cuando llegaron a lo alto de la torre el sol despuntaba sobre las nubes que cubrían el Mar del Norte, iluminando con sus primeros rayos la silueta de ese ser grotesco. Acostado en la cama no pudieron apreciar lo alto que era, pero se empinaba sobre los 2 metros, con ojos de distintos colores y expresión de desesperación. A un lado, se encontraba Strogoff, tirado en el piso, lo que puso en alerta a Mina; pero vio su pecho alzarse, por lo que respiraba.
- ¡Por qué me han despertado, malditos idiotas! ¡Soy un monstruo!.
El monstruo hablaba inglés con un acento a alemán algo marcado, pero sonaba como una persona normal que se encuentra en una situación desesperada. Por ello, Mina se atrevió a hablarle y tratar de entrar en razón con él.
- Mi nombre es Wilhelmina Murray… señor. Trabajo para la inteligencia británica. Si le hemos sacado de su letargo es por algo muy importante. Mucha gente está en peligro, el mundo en su totalidad. Necesitamos de sus habilidades especiales para evitarlo.
La mirada del engendro, de color azul y marrón, se fijó en los ojos de Mina, examinándola. Ella también hizo lo mismo; tenía experiencia con monstruo y se dio cuenta de que estaba frente a alguien que tenía miedo sincero, y los monstruos no lo sienten.
- Yo he hecho cosas horribles… ¿Cómo podría serles de ayuda?... no soy más que un monstruos hecho con partes de cadáveres, un insulto a Dios.
La mujer sintió pena por esa criatura, puesta en esa situación sólo por la obsesión irresponsable de un científico que jugaba a ser Dios. Por eso, enganchándose de sus palabras, le dice:
- Si has hecho cosas tan terribles como dices, entonces esta es tu posibilidad de enmendarlas. Únete a nosotros y salva las vidas que te permitirán redimirte de tus faltas. Veo que en tu interior no eres un monstruo.
La criatura miró a la chica por largo rato mientras Pendragon esperaba tenso cualquier movimiento de la bestia en contra de Mina. Pero la criatura se relajó, se acercó a Mina levantando las manos para que viera que no era una amenaza y le dijo:
- Les ayudaré, pero cuando todo terminé volveré al norte a cuidar la tumba de mi padre.
La señorita Murray, a manera de cerrar el acuerdo, le tendió la mano a la criatura, gesto que este observó desconcertado. Luego estrechó la mano de Mina algo descolocado porque alguien haya querido tener ese tipo de contacto físico con él.
Cuando todo se calmó, Pendragon fue ver a Strogoff, quien sólo se había golpeado en la cabeza al ser empujado por la criatura; cosa que Jack no podía decir, pues salió volando por la cornisa. No obstante, olvidando el mal rato, Pendragon tranquilizó a la gente de abajo y pidió que le trajeran ropa a la criatura. Luego se presentó y le presentó al militar ruso. No obstante, cuando quiso saber el nombre de la bestia, esta le dijo:
- Mi padre no me dio ninguno.
- Bueno, si el doctor se apellidaba Frankenstein, ese es también tu apellido, así que espero que no te moleste que te llamemos así. Ahora ven, te daremos un buen desayuno pues seguro que tienes mucha hambre.
El ahora llamado Frankenstein agradeció el gesto y se dejó conducir por uno de los soldados, quien también le trajo ropas. Mientras bajaba, Pendragon se acercó a Mina y le dijo:
- Le pido disculpas. Quise protegerla pero al final fue usted quien salvó la situación.
Mina, fría como siempre, contesto:
- No son necesarias sus disculpas, señor Pendragon. Lo que necesito de usted son respuestas acerca del aterrador espectáculo que presencié.
Jack la miró pensativo, luego una sonrisa triste se dibujó en sus labios y finalmente le dijo:
- Hay distintas formas de engañar a la muerta, Miss Murray. Algunos lo buscan en la magia, otros en la ciencia… otros quitándole vida a inocentes para alimentar la propia, como usted bien sabe. Lo único que le puedo decir por ahora es que yo bebí de una copa especial… de lo cual me he arrepentido durante muchos años.
Él no dijo nada más y la dejó ahí. Por su lado, la mente de Mina comenzó a trabajar a toda máquina atando cabos, pero las conclusiones que sacó le parecieron demasiado alocadas.

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