miércoles, noviembre 05, 2014

Fantasmas: Buuuuuuuuh! (Parte 1)



El fin de semana pasado fue una de las fiestas que más disfruto del año, Halloween. Así que para estar a tono (algo atrasado), revisaremos la historia de un ser del imaginario de terror que nos acecha desde muchos años ya.


Espectros, fantasmas o larbæs son algunos de los diferentes nombres que han tomado las almas en pena en nuestro imaginario. Una de las criaturas fantásticas más antiguas deben de ser las almas sin reposo de los que han dejado este mundo, representando nuestro miedo atávico a lo que está después de la muerte. Para los pueblos primitivos el mundo que les rodeaba debía de estar estratificado de alguna manera, por lo que asignaron el lejano cielo, por donde navega el sol, la luna y las estrellas, como el hogar de los espíritus superiores, los cuales se transformarían en dioses con los años. Luego estaba la tierra, que obviamente era el lugar del hombre y las bestias que le acompañaban. Por último, en una oscura oquedad justo bajo el suelo, se extendía el reino de las sombras en que los muertos pasaban la eternidad. No obstante, en algunas ocasiones es posible que estas almas puedan escapar de este reino para molestar a los vivos.


Aunque para los egipcios que lo redactaron era algo totalmente real, como relato de fantasía, “El libro de los Muertos” es muy interesante.  Titulado realmente “Libro de la Emergencia a la Luz”, se trata de un manual de cómo debe comportarse el alma de un muerto en el mundo subterráneo o Duat. Lo más importante de todo es que nos habla acerca de lo que les espera a los fantasmas egipcios en la otra vida. Es interesante que los redactores crearan un concepto bastante novedoso, como lo es el de que según nos comportemos en la vida, tendremos una recompensa en el otro mundo. Los fantasmas egipcios debían poner su corazón en una balanza para ser comparado su peso con una pluma de las alas de la diosa Maat, símbolo del equilibrio. Anubis y Thot, quienes eran los encargados de hacer la prueba, dejaban pasar a los de buen corazón a las tierras de descanso llamadas Aaru, mientras que los malos eran devorados por un monstruo con cabeza de cocodrilo, cuartos delanteros de leopardo y traseros de hipopótamo llamado Ammyt.


Otra historia recurrente es el descenso de una diosa a la Tierra de los Muertos para rescatar a su amante. La leyenda nace en Sumeria, con la diosa Inanna y su consorte Dumuzi, luego paso a los fenicios con Astarte y Tammuz y al final la versión más conocida es de los griegos con Afrodita y Adonis. Por lo general es la diosa del amor quien se enamora de un pastor, pero este muere y se va al inframundo, lugar en que la diosa del Infierno (Ereshkigal para mesopotámicos y Perséfone para los griegos) también se enamora de él. La diosa del amor entonces debe bajar a los infiernos para recuperar a su amor. Estas leyendas fueron la base de los cultos mistéricos en honor a Adonis.


Una variación de la leyenda y que dio origen a otro culto místico fue la de Orfeo. Hijo del dios Apolo, Orfeo era el músico y cantante más maravilloso que haya existido, quien se enamora de una hermosa mujer llamada Eurídice, la que muere repentinamente. Orfeo decide entonces bajar al Inframundo para poder convencer  a Hades de que le deje volver con él. Para llegar al Inframundo debe pasar por muchos peligros, pero al final llega hasta el implacable Hades, al cual le presenta su caso en un canto tan lleno de amo y de pena que enternece su duro corazón. Le deja partir con su mujer, pero le dice que en todo momento ella irá caminando tras de él, pero que él no podía voltearse a ver al espectro de su mujer hasta que salieran al mundo de los vivos. El problema es que unos metros antes de salir, Orfeo duda y voltea, produciendo que su mujer fuera arrastrada nuevamente al Infierno.


Otro que viaja al Mundo de los muertos es el héroe favorito de Homero. En su segundo poema, en el cual nos cuenta las aventuras de Odiseo en su largo viaje de regreso a su casa en Ítaca, se habla de un encuentro con los muertos del inframundo. En el canto XI de la Odisea, el héroe trotamundos baja al Averno para hablar con el espectro del famoso vidente Tiresias, quien era el único capaz de mostrarle el camino para volver a su casa.


Estos cuentos de héroes o diosas bajando al Inframundo son muy comunes en la literatura de la antigüedad y se conocen como Catábasis. La influencia de esas historias llegó hasta el cristianismo y la historia apócrifa del Descenso de Cristo a los Infiernos.
Otro arquetipo del género se estableció en la antigüedad, aunque pensemos que es algo más moderno. En una de las cartas de Plinio el Joven (S. I D.C.) se cuenta la historia de una casa en Atenas donde se veía un alma en pena cargada con cadenas. Según el erudito romano, el espíritu pudo descansar cuando fue descubierto su cadáver enterrado dentro de la casa y se le hicieron los funerales de manera correcta.


No obstante, el tema de las casa embrujadas (especialmente recurrente en relatos de fantasmas) ya era común dos siglos antes de Plinio. El dramaturgo romano Plauto habla de una falsa casa embrujada en su obra Mostellaria. Un hijo hace una gran fiesta en su casa mientras su padre, un importante mercader de Atenas, está ausente. Cuando el patriarca llega, para no ser descubiertos, los invitados se encierran y tratan de hacer creer al comerciante que la casa está embrujada.


La tradición pagana es algo bipolar en cuanto a sus muertos, pues hay un miedo casi patológico a las almas de quienes partieron, incluso de aquellos queridos en vida, pero también una veneración que lleva a realizar grandes celebraciones anuales, casi todas en invierno. Cuando los cristianos desplazaron a los paganos, no fueron capaces de erradicar estas prácticas, teniendo que adaptar estas fiestas a la nueva mentalidad religiosa imperante.


Luego, con la llegada de la Edad Media, el foco fantástico de los relatos cambió, siendo más congruentes con la visión del mundo de las nuevas autoridades religiosas. Para la mayoría de los teólogos cristianos, los fantasmas eran sencillamente demonios que tomaban la apariencia de una persona muerta para confundir a los hombres. No obstante, como el destino de ir al cielo o al infierno era demasiado drástico, se inventó un estado intermedio en que los que no habían sido viles o piadosos en vida podían expiar sus almas para llegar al cielo. Se le llamó Purgatorio a este estado y la Iglesia Católica recibió cuantiosas sumas de quienes deseaban que las oraciones de los sacerdotes ayudaran a sus familiares a pasar más rápidamente por ese lugar.


En consonancia con esas nuevas ideas, las almas en pena volvieron a ponerse de moda, claro que confinadas a un lugar en específico. Esto se hace evidente en una de las obras más importantes de la historia de la humanidad, conocida hoy como La Divina Comedia. Escrita por el poeta italiano Dante Alighieri, relata el ficticio viaje que hace el vate a través de los nueve círculos del Infierno, las nueve cornisas del Purgatorio y los nueve círculos del cielo. En su trayecto, que en un principio es guiado por el poeta romano Virgilio y luego por el amor de su vida, Beatriz, Dante se encuentra con distintos personajes de la historia, haciendo un juicio histórico de sus acciones según la parte en que los ponga. Sin embargo, las imágenes de almas sufrientes en el Infierno y el Purgatorio son dignas de cualquier historia de terror. Aún en la actualidad hay reminiscencias de Dante cuando se desea representar el terrible destino de las almas impías.


El fantasma no volvería a ser personaje activo dentro de al narrativa hasta que otro maestro lo trajo nuevamente del más allá. Las apariciones espectrales son comunes en las piezas de teatro de William Shakespeare, pero el más conocido de todos es el Rey Hamlet, padre del príncipe homónimo, quien pena en su castillo debido a que fue asesinado por su hermano para quedarse con su trono y su mujer. El alma en pena del rey le pide a su hijo que vengue su muerte y esto desatará una de las tragedias más memorable de la literatura universal.


Luego de esto, los fantasmas no tienen un protagonismo claro en la literatura. Tendría que aparecer lo que conocemos como novela gótica para que los antiguos monstruos se pusieran un nuevo traje. La literatura gótica apareció a finales del siglo XVIII y estaba plagada de castillos embrujados, villanos siniestros y fantasmas. Uno de los exponentes de esta corriente literaria es el americano Washington Irving, quien publicó en 1820 un relato corto llamado “La Leyenda de Sleepy Hollow”. En ella se habla de una zona rural cerca de asentamiento de holandés de Tarry Town en el que un terrible fantasma persigue a inocentes en las noches. Se trata del espectro de un soldado que perdió la cabeza durante la Guerra de Independencia Americana y ahora recorre los páramos con la intención de recuperar su cabeza quitándola a los inocentes que se aventuren a sus dominios.


También el más famoso de los cultores del estilo gótico tuvo cierto acercamiento al mito del fantasma. Edgar Alan Poe escribió principalmente cuentos y poemas macabros, con gente enterrada viva y otras más truculentas. Principalmente Poe parece obsesionado con la culpa, encontrando la forma de representarla de alguna manera alegórica y aterradora. En “La Máscara de la Muerta Roja” habla de un reino donde se desata una epidemia conocida como la muerte roja. Mientras la gente pobre muere miserablemente, el Rey y su corte se encierran en el castillo y disfrutan de una suntuosa fiesta de mascaras. Pero un extraño espectro atormenta al Rey, disfrazado con una máscara roja; un fantasma que tiene siniestras intenciones para los presentas en la fiesta.


Otro de los grandes escritores del siglo XIX, y quizás uno de los más grandes de su época, es el León de las letras británicas, Charles Dickens. Sus obras son conocidas por su crítica social a la miseria que sufría la gente en plena revolución industrial en su natal Inglaterra, cosa que se ve patente en cada una de sus obras. En “Christmas Carol” de 1843 Dickens critica  la clase adinerada que se estaba haciendo rica con la usura a través del famoso tacaño Ebenezer Scrooge, quien representa una de las caras más detestable del capitalismo de la época. Para salvar el alma de este despreciable anciano, se le aparece el espectro de su antiguo socio (cargado con cadenas, como los fantasmas de la antigüedad) y le dice que esa noche se le aparecerán tres espectros que le enseñaran el significado de la navidad. Los fantasmas de las navidades de Dickens están llenos de simbolismo, el luminoso espíritu del pasado, el alegre y vivas de las navidades presente y el silencioso y siniestro del futuro. Acá los fantasmas no asustan (bueno, el de las navidades futuras sí), sino con dan lecciones sobre moralidad, humanidad y de cómo aprovechar las segundas oportunidades.


Pero hay una novela de fantasmas por antonomasia que puede compararse con obras basales para otros sobrenaturales, como lo son “Drácula” y “El Hombre Lobo de París”. Hablo de “Otra Vuelta de Tuerca” o “The Turn of the Screw” del escritor Henry James, publicada en 1898. Se trata de la historia de una institutriz que llega a hacerse cargo del cuidado de un par de niños. El problema es que hay un secreto oscuro que tiene que ver con la institutriz anterior y uno de los criados de la casa, los cuales murieron en extrañas circunstancias y cuyos fantasmas parecen querer atormentar a la protagonista.


La influencia de “Otra Vuelta de Tuerca” en el subgénero de fantasmas ha llegado hasta nuestros días. Es una pena que muy pocos conozcan esta obra.
Con el siglo XX llegó el cine, y los fantasmas se volvieron más espectaculares, pero esto lo veremos luego.

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