jueves, noviembre 27, 2014

El Hierofante


El anillo en su mano derecha soltó un destello debido al rayo de luz que penetró por la ventana. Sus manos temblorosas acariciaban un libro que nunca esperó tener que usar, pero que lo tenía en ese momento posado sobre el escritorio de su estudio.  La cubierta era de terciopelo rojo y las letras doradas escritas con una tipología gótica muy cuidada decían sencillamente “Rituale Romanum”. En él estaban las especificaciones de todos los detalles acerca de cómo aplicar los rituales sancionados por la Iglesia Católica, pero lo que en realidad le interesaba era el apartado acerca de exorcismos.
Alguien que ha llegado a un puesto de tanta importancia en la Iglesia por lo general no se encargaba de estos menesteres. De hecho, la mayoría de los sacerdotes jamás en sus vidas se enfrentaban a la aterradora experiencia de combatir al demonio directamente, pero las noticias del caso en cuestión eran preocupantes y necesitaban de su atención inmediata.
Sobre el pequeño altar que estaba a un costado de su estudio, su secretario había dejado los atavíos necesarios para la ceremonia; la estola morada, un vial de agua bendita, un crucifijo de plata y los santos óleos. Todo lo anterior eran sólo una manera de canalizar la verdadera arma que posee el exorcista en contra del maligno: la fe. Sin embargo, en ese momento los ojos del obispo se desviaron instintivamente a un cajón cerrado con llave, donde guardaba algo que esperaba no usar en esta ocasión.
Afuera lo esperaba el sacerdote que vino a contarle de esta situación; un buen hombre, quien tenía a la Iglesia como primera prioridad ante todo. Al ver al obispo, el sacerdote se arrodillo y besó su anillo, mostrando una sumisión casi perruna, cosa que el obispo evitó por pudor. Ahora ambos, con sus ropas sacramentales, emprendieron la marcha en procesión hasta las habitaciones superiores de la casona, donde habían llevado a la persona que era la razón para realizar el ritual.
Mientras subían por las escaleras de madera, las monjas encargadas de la mantención de la residencia del obispo salieron a mirarlos pasar y comenzaron a entonar un cántico que le dio más dramatismo a la escena, casi sacramental. Todos los que se encontraban en ese lugar a esas horas de la mañana (sólo en las películas los exorcismos son de noche) salieron a ver el paso de esos dos hombres que, como guerreros de Dios, marchaban a la batalla con el más maligno enemigo. Sólo faltaron las exclamaciones de admiración para completar el cuadro; y hubieran salido de las gargantas de los presentes, de no ser por un ruido que comenzó bajo, como una vibración casi inaudible que estremecía los huesos, pero siguió elevándose hasta que la misma casona parecía temblar por su potencia. Nada en este mundo podía hacer ese sonido,  semejante a que muchos animales se pusieran a proferir un agónico alarido en un mismo instante, logrando que la cacofonía tuviera cierta coherencia siniestra.
Todos los presentes miraron al obispo con miedo, pues sabían que el ruido venia de la habitación del poseído. El hombre de Dios, con pía serenidad, esbozó una media sonrisa y les dirigió una mirada reconfortante, logrando que la entereza se impuciera, aunque no lo suficiente como para que pudieran volver a entonar el himno de alabanza.
Cuando llegaron al piso superior donde les esperaba el demonio, el silencio fue peor que el alarido de antes, pues establecía una sensación de asechanza; como si un montón de ojos ávidos les estuvieran observando en silencio. Para contraponerse a esta atmósfera, el obispo comenzó a recitar las letanías a los santos y su compañero sacerdote le siguió en empeño.
En la puerta de la habitación guardaba una monja con gesto adusto, ojeras y un rosario entre los dedos que repasaba una y otra vez. Ella apenas miró a los dos hombres cuando se acercaron y sólo abrió la puerta, sin atreverse a ver la cosa que les esperaba en el interior.
Lo primero que sintieron fue un vaho frio y hediondo que les golpeó como si hubieran abierto un frigorífico repleto de carne podrida. No era momento para acobardarse, pues sabían perfectamente que el diablo usaba un montón de trucos para poner incómodos a los exorcistas; pero era la fe lo que les sostenía y eso era algo que no podía flaquear por un mal olor. Por ello, decididos, entraron a la habitación y la monja cerró la puerta a sus espaldas con un sonido frío y amenazador.
Las películas están llenas de hechos establecidos que, cuando son confrontados con la realidad, nos parecen hasta pueriles en su concepción. Como ya se dijo antes, no era de noche, sino una hermosa mañana de sábado, con pájaros cantando en las afueras y gente en las calles. Tampoco estaban en una habitación oscura y siniestra, sino que por los ventanales entraba la luz a raudales, aunque esto no disipara el frío ni el nauseabundo hedor del lugar.
Y sobre la cama estaba el endemoniado. No se trataba de una chica con la cara verde, un camisón sucio y ojos malignos. Lo que tenía en frente era un hombre joven; a penas por sobre la veintena, con una incipiente barba que ensombrecía su mentón y el cabello húmedo cayendo sobre sus ojos. Una camisa de fuerza evitaba sus movimientos, a la vez que unas cintas de tela gruesa le ataban a la cama, lo cual sólo permitía que moviera el cuello con libertad.
Por lo que había leído en el informe que le entregaron del caso, el obispo sabía que se trataba de un joven seminarista que hace algunos meses comenzó a mostrar comportamientos extraños, manías repulsivas, cambios incomprensibles de humor y palabras blasfemas. Después, llegaron los ataques de furia que sólo podían ser contenidos por varios de sus hermanos; manifestaciones satánicas a su alrededor, como ruidos extraños, sensaciones desagradables, cosas que eran lanzadas por los aires, etc. Al final, el cambio de personalidad fue definitivo, con voz diferente, contorsiones corporales imposibles y una constante aversión a lo que es sagrado.
En ese momento, lo que el obispo tenía en frente era sólo un muchacho ensimismado, más semejante a un enfermo mental que a un poseso; pero había pasado por todas las pruebas necesarias para demostrar un verdadero caso de posesión, por lo que la ciencia se declaró incompetente y esto estaba en los parámetros de la intervención divina. Así, seguro de que Dios estaba de su parte, el obispo comenzó con el ritual asperjando agua bendita por todos lados. La reacción fue inmediata.
Todo comenzó con un zumbido, algo bajo, como si hubiera miles de abejas furiosas encerradas bajo el piso, a la espera de ser liberadas. Esa vibración insana envolvía todo el lugar, haciendo que el frío fuera más intenso y el hedor más sofocante. Entonces el endemoniado reaccionó, su cuerpo se puso tenso, echó la cabeza hacia atrás e infló la garganta como si fuera un sapo, dejando salir un grito de muchas voces, pero por sobre todas ellas algo horrible, inhumano y perverso.
Ya advertidos por los textos acerca de los trucos del demonio para hacerles perder entereza, ambos sacerdotes siguieron con las oraciones de rigor, invocando la ayuda de Dios, de la Virgen y todos los santos para ayudar a ese pobre siervo atormentado por las fuerzas del maligno. Entonces, en consonancia con lo que se esperaba, la cama empezó a temblar tan fuerte que se levantaba varios centímetros del suelo, golpeando con violencia la cabecera contra el muro.
Estuvieron rezando con fervor durante varios minutos, ignorando los movimientos y ruidos extraños que hacía el poseso, hasta que vinieron los escupitajos. Con una puntería que ya se quisiera cualquier francotirador, el muchacho expulsó por la boca esputos amarillentos que fueron a parar a sus exorcistas, manchando sus sotanas y estolas para luego reír entre dientes.
Los sacerdotes obviaron este oprobio, cerraron los ojos y siguieron con las invocaciones, esperando que su fe fuera suficiente como para doblegar a esa malvada entidad. Entonces le escucharon reír más fuerte, y eso fue peor que todo lo anterior, porque era una carcajada cruel, llena de odio, sin un rastro de lo que hace a la risa signo de alegría; tan fuerte como para ahogar los rezos de esos dos hombres de fe. Pero fue peor aún, pues esa cosa también podía hablar:
- ¡Aaaaaargh! ¡Putas con sotana! ¡Maricas chupa vergas! ¿Creen que pueden expulsarnos de este bastardo? ¡Te hicimos venir a enfrentarnos, chamán de mierda! ¡Haz tus hechizos baratos, mago hijo de ramera! ¡Nosotros estamos acá por ti, sacerdote hereje!
Las palabras, más que pronunciadas, fueron escupidas de la boca del poseso; soltando nuevamente una carcajada al final de los insultos. Su cara, a pesar de no cambiar consistentemente en nada, se volvió una máscara de malignidad, tan sólo por la torsión de los gestos y un brillo en los ojos, como si de brasas dentro de un pozo se tratara. No eran los efectos de maquillaje para aparentar piel reseca, ni lentillas de contactos para que los ojos se vuelvan amarillo malvado, sino simplemente la marca del genio perverso en la cara lo que volvía aterrador al muchacho.
Ahí, cuando ya las cosas no podían ser peores para ese par de hombres que empuñaban su fe para luchar con el Diablo, el ataque se volvió más personal. El endemoniado abrió la boca hasta casi hacer un círculo y de ella salió un ruido truncado, mezcla entre animal y persona; el grito de alguien que está siendo desgarrado por un horrible dolor, pero no puede expresarlo con la voz; algo desesperante. Pero detrás de eso, y de la misma boca del poseso, salió otra voz, jadeante, gimiendo de placer contenido. Entonces a manera de burla, el demonio alternaba un gesto de dolor y vergüenza con otro de placer insano en su cara.
Esto fue demasiado para el obispo, quien con los ojos abiertos como platos dejó caer su libro de oraciones y se dio vuelta para poder escapar de ese ser, emprendiendo la huida de manera tan precipitada como para rodar por el piso debido a un tropiezo con el borde de una alfombra que se levantó debido al movimiento de la cama. No obstante, aún en el suelo, el obispo siguió reptando hasta que la pared le impidió continuar, quedándose ahí con los ojos llenos de pavor y jadeante.
Preocupado por la reacción del obispo, el otro sacerdote dejó las oraciones y fue en su auxilio. Se le quedó mirando un rato, viendo si su estado correspondía a un ataque de histeria y pánico o algo más siniestro, pues es sabido que el demonio o los demonios buscan hacerse con el cuerpo de los exorcistas para poseerlos. No obstante, en este caso era sólo miedo, pero uno tan profundo que le costaba sobreponerse a ello, por lo que le dijo:
- ¡Monseñor, cálmese! Debemos seguir con el ritual, hay que salvar a esta pobre alma de las garr…
No pudo terminar la frase.
Mientras estaban descuidados, el ruido del desgarro de telas les pasó desapercibido. Por eso, no pudieron advertir que una banda de color blanco se enrolló alrededor del cuello del sacerdote y haló de él con tanta fuerza que se elevó, chocó su cabeza con el techo y fue a parar en contra de uno de los muros, con un ruido de huesos y de vertebras rotas.
El obispo tardó un instante en reaccionar, agarrotados músculos y mente debido al terror. Ese pobre cura había muerto con el cuello roto y le miraba desde un rincón con los ojos vacíos, un rictus de pavor y dolor en los labios y la cara en sentido contrario al resto del cuerpo, como si de un muñeco se tratara. Había sido un buen hombre, aunque le conoció sólo en el momento en que le presentaron el caso para que aprobara la realización del exorcismo. Luego vino a contarle las terribles cosas que el endemoniado decía durante las sesiones del ritual, por lo cual el obispo se decidió a intervenir en ese exorcismo.
Entonces, sintiendo como un sudor frío empapaba totalmente su cuerpo, el obispo se atrevió a mirar lo que estaba sobre la cama. Parado con los brazos caídos a cada lado, los hombros bajos, la cabeza oscilando de un lado al otro, como si lo hiciera al ritmo de una música sólo audible para él. Pero lo peor, y lo que demostraba la presencia demoniaca, eran las gruesas cintas de tela que hace un rato aprisionaban al poseso a la cama y las mangas de la camisa de fuerza: ondulaban como si se tratara de tentáculos, dando latigazos ocasionales que hicieron que el obispo se erizara como un gato atrapado.
El obispo intentó reaccionar, hacer acopio de su fe y enfrentar a ese demonio con la cruz que pendía de su cuello. Con rezos susurrados a la rápida, el hombre de Dios alzó el símbolo de su Dios en contra de la cosa, pero no logró doblegarle en lo más mínimo. Por el contrario, otra carcajada de muchas voces, con una resonancia metálica que la hacía más enervante, salió de la garganta del poseso. Luego, violentamente, uno de las bandas silbó al cortar el aire con rapidez y golpear la mano del obispo, haciendo que soltara su crucifijo.
Dándose cuenta de que la fe no era suficiente en ese momento, el obispo intentó moverse a la puerta para escapar, pero los látigos de tela le impidieron hacerlo, chasqueando delante de él para que no pudiera pasar.
- ¿Quieres dejarnos, monseñor? ¿Ahora no te agrada nuestra compañía? – dijo el monstruo.
El obispo sintió como un escalofrío le recorría la espalda e instintivamente comenzó a palpar debajo de su sotana en busca de lo que había sacado del cajón cerrado con llave en su estudio. No obstante, como si supiera que pasaba por su mente, el poseso sonrió con malignidad y comenzó a hacer un gesto obsceno con sus caderas, como si estuviera copulando con el aire. Estuvo moviéndose frenético y reía por un rato ante la vista asqueada del obispo. Luego se le quedó mirando y le dijo:
- No te ves muy contento, monseñor… antes estas actividades te parecían más entretenidas.
- ¿Quién eres, demonio? ¡Te exijo en Nombre de Nuestro Señor que me digas quién eres!
El obispo seguía con el guión de exorcismo, ordenando al demonio identificarse, aunque a esas alturas el procedimiento estipulado se había ido al carajo.
- ¿Quieres saber nuestro nombre? – el poseso dio un salto de la cama y se acercó tanto al obispo como para que éste pudiera oler el asqueroso aroma de su aliento cuando volvió a hablar – Somos legión, porque somos muchos… 34 para ser exactos.
El obispo se aplastó contra la pared para evitar el contacto con el poseso, pero cuando escuchó la insidiosa insinuación casi se desmayó. Esa cosa sabía algo que él había intentado enterrar en lo más profundo de su memoria, pero ahora lo usaba en su contra, sólo para confundirle y evitar que cumpla su misión como pastor de la iglesia.
La cosa que ocupaba el cuerpo de ese pobre seminarista se sentó al borde de la cama con una expresión casi humana; las tiras de tela cayeron a su lado, aunque siguieron serpenteando de una manera casi sensual mientras el sol seguía entrando a raudales por el ventanal que estaba a su espalda, enmarcando la oscura sombra del endemoniado. Entonces, con las muchas voces que salían de su garganta, le dijo:
- Lo sé todo, pequeño granuja; conozco tu secretito. El hogar San Francisco de Sales para niños sordomudos… un incendio terrible… todos esos pequeños muertos y tú, constreñido frente a las cámaras por tus niños, monseñor.
El monseñor se puso de pie como impulsado por un resorte y comenzó a buscar lo que llevaba bajo la sotana de forma frenética, mientras el demonio reía tan fuerte que los vidrios vibraban. Entonces, como si no supiera las intenciones del obispo, el demonio continuó:
- Hace no mucho tiempo, en esta misma ciudad, había un sacerdote abnegado que se encargada de dirigir un pequeño hogar para niños sordomudos. Toda la congregación se sentía inspirada por su dedicación a los niños, siempre con ellos, enseñándoles a los chicos a sobrellevar su discapacidad… ¡Pobres! La mayoría sin hogar, sin familias que se preocuparan por ellos y sin poder decir lo que les sucedía. Porque el sacerdote no era tan bueno como parecía, pues deseos oscuros lo atormentaban. Nos llevaba a la sacristía, o en su habitación, en las duchas, en los salones de clases e, incluso, en algún lugar oscuro de la nave del templo, él nos tocaba, nos forzaba a darle la espalda y nos producía mucho dolor atrás con algo duro y caliente. Queríamos gritar, pedir ayuda, pero no podíamos, mientras el jadeaba y gemía a nuestras espaldas como animal enfermo.
El obispo por fin pudo sacar lo que buscaba entre sus ropas. Se trataba de un revolver.
Hace una semana el sacerdote había venido a hablar con él debido a que el demonio que poseía al joven seminarista profería acusaciones de mucha gravedad; cosas del todo falsas, viniendo de un demonio, pero que oídas por personas impresionables podían ser tomadas por verdad y llegar a hacerse públicas, creando otro gran daño a la Madre Iglesia. Por ello el obispo hizo traer al poseso a su propia residencia y quiso él mismo proseguir con el ritual para expulsar al demonio.
Ahora tenía al endemoniado a menos de tres metros, lo cual hacía imposible fallar el tiro, pero su mano derecha temblaba y el sudor caía sobre sus ojos, cegándole. Sin embargo, la cosa no se dio por aludida y rió nuevamente entre dientes, siguiendo con su relato:
- Pero llegó otro sacerdote, uno joven que había estudiado psicología y educación de niños sordomudos y él supo de nuestro sufrimiento, de los abusos, la vergüenza y la rabia de las que no podíamos hablar. El sacerdote bueno encaró al otro y le dijo que lo denunciaría a las autoridades, por lo que el otro cura se vio cercado, con la posibilidad de que todo aquello que había forjado durante años se fuera a la mierda. Rápidamente, movido por la desesperación, el puto bastardo libidinoso buscó la forma de zafar de la debacle. El sacerdote bueno se fue a dormir en la habitación contigua al dormitorio de los niños para que el otro no pudiera llegar a sus víctimas, por lo que el hijo de puta planeó todo para eliminar las pruebas de su concupiscencia. Una fuga en el sistema de gas, un corto circuito en las instalaciones eléctricas y todo ardió una noche. Treintaicuatro niños sordomudos murieron abrasados junto al sacerdote que intentaba protegerlos del monstruo que les consumía en su lujuria.
El obispo, con los ojos inyectados en sangre, los músculos  del cuello tensos y las venas de las sienes palpitando e hinchadas, apunto el arma justo a los ojos del poseso y, con la entereza que da el instinto de supervivencia, le encara:
- No vas a arruinar todo lo que he logrado. Eran sólo unos pequeños bastardos que no le importaban a nadie… ¡Yo les cuidaba!... ¡Los amé como si fueran míos!… es sólo que ellos me incitaban, alimentaban mi deseo… ¡No soy un mal hombre! ¡Soy el pastor del rebaño!
El obispo fue un idiota, porque perdió tiempo en justificarse en vez de disparar en el acto. Mientras hablaba, una de las bandas de tela fue enrollándose suavemente alrededor de uno de sus pies. Cuando fue necesario, la tira apretó el tobillo y haló de él, provocando que cayera al suelo y perdiera el arma.
El obispo se golpeó duro en la cabeza, por lo que la vista se le nubló por un momento. Entonces comenzó a sentir ese maldito olor, el mismo que había al otro día del incendio, cuando los bomberos lograron controlar el fuego y comenzaron a rescatar los cuerpos carbonizados de las víctimas. Entonces algo extraño sucedió con los vidrios por donde entraba la luz del sol: comenzaron a ponerse negros, como cuando se ahúman en un incendio. Fue muy rápido, ya que el obispo no alcanzó a despabilarse antes de que todo se pusiera oscuro. Inmerso en esas tinieblas, sintió como las bandas de tela gruesa se enrollaban en sus extremidades, inmovilizándolo; para luego sentir el peso del cuerpo del poseso quien se restregó impúdicamente contra él. Luego comenzó a ver destellos rojos, como los que despiden los rescoldos de un incendio; además, desapareció el frío y fue reemplazado por un calor sofocante.
Entonces vio la cara del poseso, transformada en una máscara de monstruo debido a la tenue luz roja, tan cerca de él que sus narices casi se tocaban. El aliento pútrido le dio nauseas y se removió frenético para poder soltarse, pero las amarras estaban demasiado férreas como para poder resistirse a ese contacto. Luego, susurrando con sus muchas voces, el demonio le dijo:
- El cura habló ante las cámaras de televisión y dio entrevistas a los periódicos, lamentando el horrible accidente que truncó la vida de esos pobres niños y de uno de sus hermanos de vocación. Eso lo puso en mayor estima delante de sus superiores, quienes lo pusieron en cargos más importantes hasta que logró ser nombrado obispo. Siguió sintiendo sus apetitos carnales, pero siempre hay quienes pueden proporcionarle esos servicios por un buen precio y mantienen silencio, aunque nunca son tan dulces como tus niños del San Francisco de Sales.
El obispo tuvo que cerrar los ojos cuando el endemoniado pasó la lengua por su cara y rozó con fuerza su miembro enhiesto contra el suyo. Luego, obligándole a voltear la cabeza, el poseso le dijo al oído:
- No somos un demonio salido del infierno, sino los que no teníamos voz para decirte que no nos tocaras, que nos dolía y nos sentíamos sucios… exactamente como tú te sientes ahora. Nacimos de las cenizas de ese incendio y vagamos hasta que encontramos un camino hacia ti a través del humo. Hayamos este vehículo que nos trajo a ti.
El obispo, mientras el demonio le hablaba al oído, sentía un sinnúmero de pequeñas manos toqueteándole por todos lados, como si fueran insectos gordos y húmedos reptando encima de él. Entonces, de repente, la tensión de las bandas de tela que lo inmovilizaban desapareció y podía moverse, cosa que coincidió con un salto que dio el poseso para volver a la cama y alejarse de él. Como era de esperarse, el obispo se puso de pie en el acto pero, antes de que pudiera emprender la huida, uno de las tiras-tentáculos le entregaba el revólver mansamente.
- Haz lo que tenías pensado, monseñor. Acaba con este recipiente y libéranos para que podamos estar contigo. Seremos uno contigo y habrá paz. Llenaremos el vacío de tu alma enferma y lograremos que nuestro dolor se aplaque; tan sólo tira del gatillo y estarás con nosotros para siempre.
El obispo miró el arma, absorto, mientras las palabras de esa cosa sonaban en su cabeza. Era como si el diablo le estuviera ofreciendo un precio nimio por su alma, como si intentara estafarlo por bagatelas. Entonces comenzó a rezar el Padre Nuestro, sin ningún fervor, más como una fórmula mnemotécnica. Cuando llegó a la parte de “Líbranos del mal”, llevó el cañón a su boca y dijo algo que parecía un “Amén”. El último pensamiento que pasó por su mente fue un recuerdo de él mismo, de niño, siendo llevado por su madre a la iglesia y viendo extasiado cada uno de los ademanes del sacerdote, tan ceremoniosos y significativos que supo ese día que deseaba entregar su vida al servicio de Dios. El recuerdo se vio desgarrado irremediablemente por la bala que atravesó su cerebro.
Cuando las monjas que intentaban forzar la puerta debido a los horribles ruidos que se escuchaban en el interior lograron entrar, no pudieron ver nada debido a los vidrios ahumados de las ventanas. No obstante, sintieron el calor sofocante y un aroma que casi les hace devolver sus desayunos; mezcla de podrido y madera quemada. Tuvieron que encender la luz para ver lo que había ocurrido y algunas se desmayaron de la impresión de ver a los dos sacerdotes muertos de manera horrible. Pero lo que las hizo casi correr despavoridas fue el monstruo que estaba en la cama, con las bandas de tela ondeando como si fueran tentáculos y tarareando una canción de cuna. Luego, miró a las monjas y les sonrió al mismo tiempo que se llevaba un dedo a los labios y les decía:

- ¡Shhhhhht! No hagan ruido para que ustedes también puedan dormir, hermanas.

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