jueves, enero 22, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto VII)

La Travesía del Dragón Negro

Chia se enfundó su nuevo abrigo y se puso sus gafas frente al espejo. Las chicas que pusieron a su servicio dormían plácidamente en la cama… después de una noche muy activa. Antes de salir, arregló meticulosamente sus cabellos, sujetándoles con un cordón a una cola de caballo; tomó el bolso de viajero, contó el dinero que le habían entregado, tanto en divisas chinas como en libras esterlinas. Al final se puso sus lentes oscuros y salió de ahí sin mirar atrás.

Afuera la esperaba el mismo eunuco que la había asistido el día anterior para entregarle las últimas instrucciones del Emperador. Viajaría por tren a Shanghái, ahí se encontraría con un contacto que la acompañaría en la travesía en barco hasta Inglaterra. Si bien no se le dio ninguna seña para reconocer a su contacto, se le entregó un papel con un juego de palabras que consiguió sacarle una sonrisa a la mujer, el cual sería la contraseña para reconocerlo. Por último, el eunuco le entregó un documento con el sello del Hijo del Cielo, escrito en chino y en ingles, detallando su misión y demostrando que era enviada por Él. Sin más que tratar, Chia salió por las puertas de la Ciudad Prohibida sin siquiera despedirse del eunuco o mirar atrás.
Para alguien tan vieja como Chia era bastante difícil acostumbrarse a los nuevos medios de transporte que los bárbaros habían traído a Zhōnghuá, en especial esos que funcionaba por la quema incesante de carbón. El nauseabundo hedor del humo que vomitaban por sus chimeneas le parecía a Chía insoportable y manchaba todo con hollín. No obstante, debía reconocer que era mucho más rápido que viajar a pie o en carruaje, por lo que no le quedó más que subirse a ese armatoste que se le antojaba como un gusano de metal oscuro y esperar llegar sin el estómago demasiado revuelto a Shanghái.
Mientras el tren recorría los campos donde aún se cultivaba el arroz tal cual como hace 1000 años, Chia miró las caras de quienes trabajaban y leyó insatisfacción. Nadie estaba contento con la invasión de estos bárbaros de ojos redondos que venían hablando sus dialectos horribles y escupían saliva al hacerlo, exigiendo comercio, en especial de opio. Era una vergüenza verlos caminar por las calles , mirando todo con aire de superioridad, cuando hace solo un par de siglos sus antepasados comían carne cruda y quemaban en hogueras a sus sabios. De hecho, lo único que le pareció interesante a Chia era las occidentales, quienes eran atractivas, aunque de una forma poco refinaba y torva, pero tenían su encanto.

Shanghái 1899

Shanghái era la ciudad de toda Zhōnghuá con más occidentales y japoneses (los cuales eran peores que los anteriores), por lo que caminar por sus calles le permitía a Chia acostumbrarse un poco a lo que se encontraría en Londres. Fue en ese momento cuando se encontró en la calle con un grupo de esos extraños cristianos, quienes predicaban la superioridad de su dios frente a todos los otros, cantando unos himnos tan horribles que no se podía entender cómo pretendían convertir gente a su fe. Estaba divertida con estos ridículos europeos cuando una voz femenina le dijo a sus espaldas:
- Soy Sun Wukong y busco al hombre santo para acompañarlo al oeste.
Chía volteó y vio que se trataba de una chica que rondaba la medianía de la veintena, con un hermoso rostro redondo de pómulos altos y ojos muy pequeños que, unidos a su indumentaria, denotaban su origen mongol. Por su lado, Chia le contestó:
- Yo soy el monje Xuanzang y busco a alguien que me acompañe al oeste.
La chica mongola le sonrió y con un ademán muy discreto la invitó a seguirle, cosa que Chia hizo con gusto. Cuando se alejaron un poco, el Dragón Negro pudo preguntar:
- Sé que esa era la contraseña para reconocernos, pero estoy completamente segura de que no eres Sun Wukong… te faltan pelos.
La chica mongola le respondió con otra hermosa sonrisa y le dijo:
- Mi nombre es Kâramanéh y te acompañaré hasta Londres, Chia Dragón Negro. Mi misión es ayudarte en todo lo que necesites.
Eso de “necesites” le pareció a Chia demasiado sugerente, mas prefirió ser precavida y no complicar las cosas innecesariamente.
Se dirigieron rápidamente al puerto donde debían tomar el vapor que las llevaría Londres. Ahí Chia se encontró con otra sorpresa, pues Kâramanéh no viajaba sola. Por el contrario, en el muelle unos sirvientes la esperaban con su equipaje y un anciano extremadamente viejo sentado en una silla de ruedas. Con largos cabellos grises, la piel marchita y unos extraños ojos de color jade perdidos en la nada, ese anciano respondía (apenas) al nombre de Akhmad Nastan y fue presentado como el abuelo de Kâramanéh.
El abordaje al barco fue rápido, aunque debían viajar en segunda clase, pues los occidentales ricos no soportaban viajar con chinos que no fueran sus sirvientes. A Chia le importaba esto un carajo, pues había viajado en peores condiciones; aunque ver a esos occidentales pavoneándose igual le descomponía el estómago… y lo peor es que todavía le quedaban varios meses por delante de toda esa mierda.
Un largo viaje…
Eran casi un par de meses por mar, así que el barco fue haciendo escalas en todos los puertos entre Shanghái e Inglaterra. En cada una de esas paradas, Kâramanéh se contactaba con algún agente del gobierno chino, quien la ponía al día de lo que estaba ocurriendo en Europa. Debido a esto se enteró de que los occidentales estaban movilizándose por algo en especial, no siendo sólo los ingleses en esta ocasión, sino que también contaban con otras naciones… la pregunta que no tenía respuesta es qué era tan peligroso como para inspirar esta alianza
Cuando vio la ciudad de la que los Británicos hablaban como el centro del mundo civilizado, Chia no pudo evitar soltar un bufido de desprecio. Fría, sucia, llena de gente desagradable y con las heridas aún visibles de la invasión de las estrellas que la asoló hace unos meses, Londres se le antojaba al Dragón Negro más fea que el arrabal más inmundo de su natal China. Esos blancos estaban locos al sentirse orgullosos por esto.
Ya en los muelles del lado este de Londres, Chia esperaba a que Kâramanéh le indicara cuales serían los siguientes pasos en la ciudad, pero para su sorpresa la chica le informó que seguiría sóla desde ahí, pues ella debía ir con su abuelo al barrio chino de Limehouse. El Dragón Negro, gracias a sus sentidos sobrehumanos, se da cuenta de que la Kâramanéh le oculta algo, y hubiera indagado más a no ser de que se veía impelida por la falta de tiempo a ir en busca de esa susodicha liga de gente extraordinaria.
La última ayuda que le presta Kâramanéh es un papel con una dirección y un nombre, seguramente obtenida del último informe que recibió de sus contactos en Gibraltar. Sin más, Chia se despide de la chica y se adentra en la neblina de Londres.

Londres 1899

Aunque sea una inmortal mitad demonio con milenios de experiencia, llegar a una ciudad que no conoce es lo mismo para ella que para cualquier palurdo actual, por lo que no le quedó otra que pedir ayuda a los transeúntes con los que se cruzó en esa ciudad. Siempre hubo desconfianza hacia ella y, en varias ocasiones, insultos por ser “una perra amarilla que venía a infectar a los buenos cristianos de Inglaterra”. Gustosa se encargó de propinarles un buen susto a aquellos que no fueron capaces de limitarse a darle las señas de cómo llegar a su destino.
Cuando dio con el lugar se percató de que se trataba de un barrio relativamente acomodado de la ciudad, aunque no por ello menos feo y gris que el resto. Vio la casa a la que debía dirigirse y a que un grupo de gente estaba abandonándola, por lo que apuró el paso. Sin embargo, mientras se acercaba, los sentidos preternaturales de Chia se encendieron debido a dos de los sujetos. Uno parecía tener una fuerza vital enorme, más allá de los límites de un humano común y corriente, mientras que el otro era un cadáver animado, sin que el chi fluyera por su ser como es normal. En verdad había personas extraordinarias en ese grupo.
Se acercó con todas las prevenciones del caso, pero quedó más sorprendida cuando uno de esos sujetos sacó una escopeta y le apuntó. Se trataba del que tenía ese chi tan poderoso, quien le preguntó de manera no muy amable acerca de sus intenciones y de un niño raptado. Ella, por su lado, obviando lo anterior, le explicó acerca de quién era y por qué estaba ahí, cosa que esos idiotas occidentales parecieron no entender. Solo la intervención de una mujer guapa disipó un poco la tensión del momento:
- Buenas noches – dijo la mujer, bajando con su mano el arma de su compañero – mi nombre es Wilhenmina Murray. Dígame, Chia ¿por qué el Emperador de China la ha enviado a pedir ayuda? En estos momentos tenemos urgentes asuntos que atender y que no puedes esperar. Compatriotas suyos han raptado a un amigo muy querido y a mi pequeño hijo y yo…
La entereza que Mina había mostrado en un principio se quebró en el momento de mencionar la condición de su hijo, un pobre chico en manos de maleantes chinos. Chia supo al instante que esa mujer le decía la verdad, pues el dolor era demasiado evidente en sus ojos; además, conocía a la perfección el funcionamiento de los tongs y triadas de su tierra natal, no teniendo ninguna conmiseración por niños. Eso era algo que ella no podía dejar pasar.
- Me han enviado porque hay una organización delictual de mi país llamada el Si-Fan que amenaza la seguridad de China y el embajador inglés le dijo al Emperador que los ingleses tenían un grupo especial que ya había luchado en contra de ellos.
El sujeto de la escopeta, algo más tranquilo, pero con desconfianza, le contesta:
- Somos el grupo del cual hablas. Me disculparás, pero tu aparición en este momento es del todo sospechosa.
El Dragón Negro podía entender la posición de ese occidental, por lo que recurrió a la carta que le habían entregado. Siempre  llevaba consigo ese papel, aunque pensaba que era una estupidez, pues ¿qué podía importarle a esos bárbaros el sello de Wan Sui Ye? Lo más probable es que ni siquiera lo reconocieran. No obstante, Pendragon tomó el papel y, para sorpresa de Chia, leyó el original en chino. Se dio cuenta de ello porque musitaba lo que leía en perfecto mandarín.
- Conozco el sello de tu Emperador y creo en tu palabra, Chia Cânglóng. Es un honor poder ayudarte – dijo el occidental llamado Jack, haciendo una reverencia.
No obstante, a Chia le importaba un carajo que de entre todos esos bárbaros encontrara uno que supiera algo de modales. Incluso los perros pueden aprender un par de trucos, lo cual no hace su inteligencia comparable a la humana. Lo que a ella le preocupaba en ese momento era lo que estaba pasando con esa mujer que había perdido a su hijo.
- No te preocupes. Haré todo lo que esté en mis manos para que esta misma noche consigas tener a tu pequeño en tus brazos.
Mina agradeció el gesto de esa extraña mujer china y volvió su mirada a Jack, quien, se suponía, sabía dónde podían empezar a buscar.
- Vamos a Whitechapel. Conozco a un policía que puede darnos algo de ayuda.
El nombre de Whitechapel sonó ominoso en los oídos de Mina y de Strogoff, quienes habían leído acerca de los crímenes sin resolver de hace diez años. Que Jack, con el nombre que ostentaba, tuviera relaciones en Whitechapel sonaba a una broma siniestra y de muy mal gusto.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario