miércoles, febrero 11, 2015

Los Amantes



Para Luthien


Las calles estaban llenas de gente, todos felices, empapados por una sensualidad casi húmeda que flotaba en la atmósfera. Amparados por las máscaras de carnaval, todos dejaban de lado sus inhibiciones y se entregaban alegremente a la danza y el coqueteo indiscriminado. La verdad, era imposible abstraerse del ambiente de celebración, con alegres gritos y canciones por doquier.
Por su lado, él caminaba entre la multitud danzante como si todos ellos orbitaran a su alrededor. Llevaba ropa sencilla, una camisa blanca, pantalones de mezclilla y sandalias, ocultando su cara tras una máscara de porcelana liza pintada con esmalte rojo fuego. Parecía siempre más alto que los hombres que se paraban a su lado, aunque en realidad no lo fuera, tratándose de un efecto de prestancia; una actitud semejante a la de un tigre paseando por la selva, magnífico y peligroso.
A una calle de distancia, en una plaza abarrotada de gente que danzaba y lanzaba confeti por todos lados, ella jugueteaba plácidamente los dedos de su mano en el agua de una pileta pública. Las miradas tanto de mujeres como de hombres se dirigían al menos una vez a ella, pues era un primor. Generoso en curvas, su cuerpo aún así parecía grácil y etéreo, rodeada de un nimbo que hacía que la luz se disolviera en sutiles facetas. No era una presencia sobrenatural entre los alegres celebrantes, sino que para quien la mirara se trataba de una hermosa mujer con un encanto especial; aunque instintivamente, en ellos nacía un deseo que se anidaba en el lado más animal de la psique, ya fueran hombre o mujer. Era una sensación de hambre carnal que duraba un momento, intenso y ardiente, pero luego todo volvía a la normalidad, pues la mente consciente tiraba de la correa del animal y, los pusilánimes, se sonrojaban por sus pensamientos.
Era inevitable el encuentro de ambos, pues cada cierto tiempo esto ocurría. Y ni siquiera era necesario que se buscaran, porque se presentían, como fuentes de fuerzas opuestas que inevitablemente se atraían y conducían el sentido de las danzas de esa fiesta debido a su gravedad. Por ello, cuando por una calle lateral él llegó a la plaza, todos supieron que ese joven apuesto venía por la chica guapa de la pileta.
Moviéndose como un cazador tras su presa entre los celebrantes del carnaval, él caminó los cincuenta metros que le separaban de ella. Por su lado, la chica le ignoraba a propósito, pues le entretenía eso de ser la inocente gacela que toma agua mientras avanza el lobo en pos de ella. No obstante, cuando él llegó a su lado, ella levantó los ojos y sonriendo con alegría dijo:
- Te ves bien a pesar del tiempo. Esas ropas y el corte de pelo te asientan.
Él no contestó, solo le tendió la mano y la invitó a ponerse de pie. Quienes los miraban parados ahí pensaban que eran la pareja más bonita que habían visto en sus vidas; perfectos en todo sentido el uno para el otro, bellos como los amantes de los cuentos. Pero si eras más observador, podías notar detalles algo perturbadores, ciertas semejanzas en los rasgos que le daba un carácter endogámico a la relación entre ambos.
Sin decir más, se tomaron de la mano y caminaron entre la gente que inconscientemente les dejaban paso libre. Por su lado, ellos no decían ni pensaban nada en especial, sólo tácitamente iban en busca de un lugar menos atestado donde poder hablar.
Caminaron por las calles estrechas y empedradas, siempre de la mano, como si fueran novios, bajando en dirección del mar, pues se trataba de una ciudad costera. Así, rápidamente, llegaron a unas terrazas con vista a la costa desde donde se podía apreciar el romper de la ola, que formaba montones de espuma plateada debido a la luz de la luna llena. Una briza tibia alborotó el pelo rojo de ella, que pareció brillar como si estuviera hecho de fuego. Entonces, sacándose la máscara, él dijo al fin:
- Me gusta ese color de cabello… me recuerda al Jardín.
Una sombra se dibujó en el rostro de la mujer, mostrando que el recuerdo traído por él a colación no era feliz. Él, alertado, se comenzó a disculpar, pero ella le tomó de la mano y dijo:
- Hemos pasado por muchos momentos, algunos buenos y otros malos. No te preocupes.
Para hacerle ver que no estaba enojada le abrazó y buscó su boca para besarlo, fundiéndose el uno con el otro mientras los festejos continuaban en la plaza de la ciudad y los alrededores. No obstante, ese beso liberó algo, como una onda expansiva invisible de calor que se extendió por todo la ciudad. No era  perceptible con los sentidos, pero el ambiente, ya de por sí festivo, se empapó de un erotismo que poco a poco comenzó a embargar a todos. La gente no sabía si era el aire cálido, pero de pronto todos en los alrededores sintieron la urgencia del deseo en sus cuerpos, no importando quienes fueran. Incluso animales entraron en celo de forma inesperada y las flores comenzaron a polinizar.
Ellos, indiferentes a lo que provocaban, continuaron besándose con pasión, como una pareja de amantes alejada por demasiado tiempo. Luego ella le preguntó:
- ¿Tienes preparado nuestro altar, hermano y amante?
Se lo dijo en una lengua antigua, desconocida para cualquiera que la pudiera escuchar en la actualidad, de forma que sólo él entendiera. Entonces, como si se tratara de una letanía, el hombre le dio la respuesta esperada:
- He encontrado un lugar para nuestra Unión, hermana y amante.
Entonces él la condujo nuevamente por las calles hasta que llegaron a un pequeño hostal. El hombre que estaba en la recepción era un anciano que ya superaba los setenta, y mostraba en su cara incomodidad y algo de sorpresa. Luego, cuando se paró a buscar las llaves y vieron un bulto en su pantalón entendieron la razón de ello. Luego de atenderlos con rapidez les dijo que no estaría por el resto de la noche, así que, si salían, por favor se llevaran las llaves. Ellos sonrieron y lo imaginaron ir con urgencia a donde su mujer por la necesidad de apagar el fuego que se escondía en su bajo vientre.
Subieron raudos por las escaleras de madera y se dirigieron a una de las habitaciones. Él la había rentado cuando llegó al pueblo hace un par de días, presintiendo que se encontraría nuevamente con su compañera en ese lugar. Pensó en un principio prepararlo y decorarlo, pero no estaba en su naturaleza preocuparse de esas minucias, aún cuando era una fuerza de la creación. Se trataba de una habitación común y corriente, con una cama,  un velador, closet y baño adjunto. Ella miró el lugar divertida y le dijo:
- No es un templo o un idílico paraje del bosque, pero creo que funcionará.
Era una broma, pero escondía cierto sutil tono de amargura. Él lo captó, y le contestó:
- El mundo ha cambiado y ya la gente no recuerda la importancia de esto. Estamos en una época en que todo es trivial y carente de sentido.
Pero espantando la pesadumbre que afectaba a su compañero, ella soltó los tirantes de su vestido y lo dejó caer al suelo, quedando totalmente desnuda. Después se le acercó de una forma provocadora, con movimientos felinos, y pegó su cuerpo al de él, mientras le susurraba muy quedo:
- No es el lugar el que le da trascendencia a los actos, sino el hecho en sí.
Y volvieron a besarse con más pasión, desatando nuevamente esa energía primigenia que nacía de ellos y que en ese momento se volvía casi palpable.
Si la primera fue una onda que hizo que las pasiones de todo ser vivo en el pueblo despertaran, lo que en ese momento liberaron fue una energía sexual que golpeó a todos como un torrente; una avalancha de calor y humedad que cubrió toda la ciudad, haciendo que los barreras impuestas por el pudor y la moral saltaran en pedazos.
Así, en una gris casona familiar, una santurrona solterona que iba a misa todos los domingos siente por primera vez en muchos años un picor entre sus piernas que ningún ave maría o padrenuestro puede aplacar. En la planta baja del hotel, el anciano de la recepción se llevaba a su esposa a la habitación y como si fueran muchachos comenzaban a sacarse la ropa con desesperación. Perros, gatos y las múltiples especias animales entraron en una especie de paroxismo sexual, apareándose con la desesperación que demanda el impulso de preservar la especie. Al mismo tiempo, el festivo carnaval se transforma en una orgía plena y alegre, siendo la plaza un mar ondulante de carne humana que se mese al ritmo de gemidos de placer.
Y mientras esto sucede, en el centro del huracán están ellos, el macho y la hembra absolutos, enfrascados en una cópula con la fuerza del choque de galaxias. El sudor de ambos era salado como el mar y de aroma dulzón como prados repletos de flores silvestres; sus movimientos estaban acompasados por declaraciones de amor en la lengua de los dioses antiguos y gritos de placer desgarrador. Eran los eternos masculino y femenino, conceptos abstractos hechos carne. Se les llamó Metatrón y Shekinah antes de que el Yahvé asexuado y colérico les desterrara; fueron padre y madre de toda la humanidad en el Jardín, a quienes engendraron a la sombra del Árbol de la Vida; y como Urano y Gea unieron el cielo y la tierra, creando gigantes, titanes y criaturas formidables en la noche del caos al principio.
En la plenitud de ese exaltación de placer, la santurrona solterona ha puesto todos los santos, vírgenes y crucifijos que adornan su habitación mirando a la pared mientras ella calma su ansia con sus propias manos. El anciano del hotel y su mujer se sienten increíblemente revitalizados, como si volvieran a ser los novios que fueron de jóvenes, perdonándose mutuamente con la estrecha unión de sus cuerpos todas las faltas que a lo largo de los años habían juntado el uno contra el otro. Por su lado, los perros jadeaban en los callejones, los gatos maullaban en los techos, las aves hacían sus cantos de cortejo en los árboles y las ratas chillaban en sus enjambres copulantes. En tanto, la plaza y los alrededores se habían transformado en un Kamasutra viviente; como esos templos hindúes con multitud de estatuas en poses sexuales, tan variadas en su forma que parecían salidas de la mente del pornógrafo más avezado.
Y ellos seguían la lucha en la habitación del hotel, algunas veces venciendo y en otras dejándose vencer. Era como al principio, los dos incorpóreos y libres, fuerzas de la naturaleza que se oponían y complementaban al mismo tiempo, enfrascados en la misma danza de la cual nació todo. Fueron el principio del tao, él la bandera que flamea al viento Yang y ella la cara oculta de la montaña Yin. Ambos, con cada roce y caricia, estaban renovando el ciclo, dándole continuidad al universo y repitiendo el acto sagrado de más pura creación.
Al final, el pueblo era un caldero y en la habitación del hotel el calor de mil estrellas emanaba de los cuerpos de esos amantes. Siguieron durante una eternidad en su dulce tarea, pues el tiempo se curvaba a su alrededor, y a todos los que estuvieran cerca les parecía que la delicia era interminable y enervante. Pero la presión en todos comienza a subir, y debe ser liberada como una explosión.
El orgasmo es una de las pocas experiencias que pueden ser sublimes y terrenales a la vez, y ninguno cumplió tan bien con esto como la exhalación de placer que barrió las calles de esa pequeña ciudad al lado del mar. Se trató de un movimiento sísmico que removió a cada uno, sacando de sus gargantas alaridos de placer que, a coro, sonaban como una melodía. La solterona santurrona berreaba y maldecía mientras con una mano se pellizcaba un pezón y con la otra manoseaba su entrepierna. Los ancianos del hotel, más cercanos al epicentro, se desmallan debido al esfuerzo y las descargas de de sensaciones que azotan sus cuerpos. En las calles, personas y animales son llevados casi a la histeria, cayendo todos exhaustos en el mismo lugar en donde fueron arrobados por ese gozo colectivo.
Y en el centro, Ella y Él eran transfigurados por un instante a sus verdaderos semblantes y se fundían en una sola entidad, omnisciente y etérea, conteniendo en sí toda la vida del universo, la que fue, es y será. Eran una partícula de luz en el vacía que explota, dando inicio a todo.
Al día siguiente nadie dijo nada, ya sea por vergüenza o porque no creían que aquello pudiera haber ocurrido en verdad. No obstante, hubo detalles que alertaron acerca de la realidad del episodio, como el explosivo aumento de la población animal de la zona, o la tasa de embarazos, que se quintuplicó. Por su lado, los ancianos dueños del hotel de la ciudad parecían haber reavivado el amor en su matrimonio, siendo la delicia de quienes miraban cómo paseaban por las calles como novios adolescentes. No obstante, la más rara era la solterona santurrona del pueblo, quien ahora pasaba más tiempo en la iglesia, siempre con su rosario rezando, como si estuviera pagando penitencia por un pecado inconfesable.
De la pareja de amantes poco se supo. La chica pelirroja desapareció como si nunca hubiera estado ahí, mientras que ese extraño hombre guapo dejó su habitación al día siguiente sin decir a dónde se dirigiría ahora. Ambos se transformaron a la larga sólo en una anécdota apenas recordada en la vida de todos, así como la noche de lujuria de ese carnaval se volvió un secreto incómodo que era mejor callar y pretender que nunca había ocurrido. No obstante, en esas noches en que el calor es sofocante y afiebra nuestros subconscientes, la gente de ese pueblo tenia sueños húmedos, en ellos las mujeres eran una pelirroja diosa plena de feminidad y los hombres un gallardo y viril dios, quienes hacían el amor para renovar la fuerza del mismo universo.

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