domingo, mayo 31, 2015

El Carro


Dedicado humildemente al viejo H. P. L.

Era la superficie calcinada del desierto lo único que se podía ver a su alrededor. La refracción de la luz debido al aire caliente a ras de piso hacía serpentear las imágenes, mostrando también lagos a lo lejos que nunca estuvieron ahí. “¡Agua!” pensó “cuánto daría en este momento porque esos espejismos fueran reales”. Y la lengua se le pegó al paladar mientras su garganta ardía por la necesidad del vital líquido.
Con el morral donde llevaba sus pocas pertenencias personales al hombro, caminaba penosamente por el sendero terroso con pasos lánguidos y desiguales. Las suelas de sus zapatos se habían calentado y el sudor de su piel evaporado, dejando sólo una delgada costra de sal. Era como en sus pesadillas, cuando soñaba que el planeta moría y él era el último que quedaba vivo.
Estaba pensando en ello, cuando a lo lejos vio una estela de polvo que dibujaba el avance del un vehículo. Lo bueno que tenía el desierto es que puedes saber a mucha distancia que algo viene, y lo que se aproximaba corría por esa ruta a mucha velocidad. Por precaución se puso a un lado del camino a la espera de que eso pasara a su lado, pues con un poco de suerte ganaría un aventón al pueblo más cercano. Pero lo que vio acercarse por el camino casi le hizo pensar que el sol le había quemado el cerebro y estaba sufriendo de alucinaciones. Era una especie de diligencia tirada por seis caballos de color negro, con fosas nasales dilatadas y que cabalgaban imprimiendo rabia en cada pisotón que daban al suelo. Cuando pasaron a su lado lo cubrieron de polvo y por largo rato no pudo ver nada a su alrededor más que la nube café en la que estaba inmerso.
Por un momento se le vino a la mente la tonta idea de que se quedaría para siempre perdido en ese limbo de polvo, pero una briza cálida sopló y se llevó la arena, permitiéndole ver que el vehículo que había causado todo aquello se encontraba parado un poco más adelante. Contento de que igual se detuvieran, corrió y, a medida que se acercaba, se daba cuenta de que sus primeras apreciaciones fueron un tanto exageradas. No era una diligencia, sino un enorme carromato de casi siete metros de largo, con la pintura negra descascarada y desteñida por el sol. “Milagroso Dr. Dexter” se leía con cuidada caligrafía escarlata, acompañado esto por rústicos dibujos de estrellas, lunas y soles con cara y signos arcanos. Además, los briosos corceles sólo eran unas mulas de un gris muy oscuro que tenían el pelaje cubierto de polvo, las cuales jadeaban por el esfuerzo hecho y el calor reinante. No obstante, lo que jamás esperó el viajero fue ver en las riendas de ese carromato a un chino con traje de seda amarillo, trenza y bigotes caídos en sus extremos.
Se quedaron mirando por un rato, él con ojos de sorpresa y el chino con un aire inescrutable en sus ojos rasgados. Esto se interrumpió cuando desde el interior del carromato se escuchó:
- ¿Por qué has detenido la marcha Zheng?.
La voz que sonó era profunda, pero al mismo tiempo cálida, con tonos aterciopelados. Esto se hizo más patente al contraponerla con la vocecilla chillona del chino cuando le contestó algo en su lengua. Entonces se abrió una ventana al lado del carromato y alguien se asomó con curiosidad. Se trataba de un hombre de edad madura, sin ser un anciano, con la piel blanca, facciones angulosas, cabello negro lustroso peinado hacia atrás, canas en las sienes, un bigote fino sobre sus labios delgados y una perilla puntiaguda, lo cual le hacía evocar los dibujos que hacen del diablo. Al ver al viajero, el sujeto sonrió y mostró una perfecta dentadura, para luego decir:
- ¡Ah! Un peregrino que se aventura a estas amplias llanuras áridas como los antiguos profetas en busca de su dios… ¿Puedo ayudarle en algo?
- La verdad es que sí, señor. Voy caminando al pueblo que está derecho por este camino. Si pudiera ahorrarme la caminata larga le estaría muy agradecido. Puedo ir sentado en la parte de atrás de su carro para no ser una molestia.
Automáticamente el hombre le dijo que no sería ninguna molestia llevarlo, así que le indicó que diera la vuelta y subiera por la puerta que se encontraba en la parte de atrás, cosa que hizo con prontitud feliz de que por fin su suerte le sonreía.
Sus ojos se demoraron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra del interior, pero cuando lo logró se sorprendió de lo que vio. El hombre  que le invitó a entrar estaba parado al otro extremo del carromato, llevaba una bata de seda con decoraciones doradas, un fez a juego (cosa que no notó desde el exterior), pantalones negros, camisa blanca y sandalias; como cualquier señor de alta sociedad se vestiría en su casa para leer el periódico. No obstante, eso no fue lo que más le impresionó, pues el lugar parecía ser un estudio-laboratorio, lleno de alambiques, francos de vidrio y porcelana, libros viejos y extraños esquemas dibujados en hojas amarillentas pegados a la pared.
El hombre, con la misma sonrisa afable le invitó a tomar asiento en un cómodo sillón al mismo tiempo que le decía:
- Perdone el desorden, pero no recibo muchas visitas ¿Y a qué se debe que se haya aventurado a los caminos de estos desiertos inclementes?.
Era una pregunta lanzada al aire, como por descuido, pero a él le pareció extrañamente incisiva, en especial teniendo en cuenta que deseaba mantener ocultas muchas cosas de su pasado, especialmente el por qué tuvo que partir del último pueblo en que estuvo. Por eso, sus respuestas fueron escurridizas, cosa que pareció divertir a ese sujeto.
- Es interesante todo lo que tiene en este lugar ¿A qué se dedica exactamente? – dijo el viajero, intentando cambiar el foco de la conversación.
Su anfitrión miró con desgano todo el aparataje que se bamboleaba y amenazaba con desatar un estropicio debido a los saltos del carromato al pasar por los baches del camino. Luego, sacó un cigarro de una hermosa cajita de madera y le ofreció uno al viajero, cosa que no aceptó. Por su parte, el encendió el suyo con parsimonia, caló la primera bocanada y soltó el humo que comenzó a formar sinuosas imágenes, como serpientes de gas arremolinándose alrededor de la figura de ese hombre. Entonces por fin dijo:
- Soy el famoso doctor Ambrose Dexter, creador de maravillosos elíxires capaces de curar las enfermedades del cuerpo y el alma… ¿no había escuchado de mí antes?
Él se disculpó por su ignorancia, pero ese hombre no le dio importancia. No obstante, al escuchar esa rimbombante presentación el viajero pensó de inmediato en todos esos estafadores que rondaban los pueblos mineros del desierto aprovechándose de la ignorancia de los proletarios para venderles todo tipo de mierdas sin valor. Remedios milagrosos, reliquias de santos a bajo precio, semillas de árboles frutales capaces de crecer en esa tierra seca y un largo etcétera eran las porquerías que esa gente embrutecida compraba con el poco dinero que recibían a cambio de su trabajo cuasi de esclavos para los grandes dueños del mineral.
- Pero no sólo a eso me dedico. También he desentrañado los secretos del la más antigua de las Artes Místicas conocidas. Soy alquimista.
Como el viajero estaba mucho más instruido que el común de las personas de esos parajes, sabía de lo que estaba hablando: brujos locos que pretendían transformar el plomo en oro y encontrar el secreto de la vida eterna. Por ello no pudo evitar reír al escuchar eso, cosa que fue imitada por el doctor Dexter, con su rostro velado por el humo del cigarro. Después, llevándose la mano a uno de los bolsillos de su bata, sacó algo y se lo arrojó con un tintineo al viajero. Éste atrapó el objeto en el aire con la mano derecha y al verlo se dio cuenta que se trataba de una moneda grande, con símbolos extraños por ambos lados y que, al exponerla a los rayos de sol que se colaban por las rendijas del carromato, soltaba destellos dorados.
- ¿Oro? – preguntó con aire incrédulo al mismo tiempo que lanzaba la moneda al aire para atraparla con la misma mano.
- Lo creé yo mismo gracias a los principios del Arte – Contestó Dexter, sin haber en ello dejo alguno de presunción. Por su lado, el viajero sabía perfectamente que no todo lo que tenía un brillo amarillo era oro, en especial con el desierto plagado de pirita, un mineral de hermoso color dorado, pero llamado despectivamente “oro de tontos”. No obstante, no quiso ser descortés con ese sujeto que le estaba ahorrando una larga caminata a pleno sol y le devolvió la moneda sin agregar nada, cosa a la que el doctor se negó, diciendo que se trataba de un regalo de su parte.
En ese momento, desde afuera, el chino que conducía el carromato gritó algo al interior en su extraño idioma, cosa que pareció ser entendida por Dexter, quien le informó al viajero:
- Zheng dice que ya se puede divisar el pueblo más cercano. Disculpe que no se exprese en su idioma, pero a pesar que lo entiende a la perfección y de seguro puede hablarlo, se niega a hacerlo pues lo considera una lengua bárbara e incivilizada. Lo que ocurre es que antes de estar a mi servicio, Qin Zheng fue Emperador de China, así que aún se cree superior a otros mortales.
El viajero rió de buena gana frente a la ocurrencia de ese sujeto. Se notaba que era un tipo imaginativo – de hecho, todos los estafadores lo eran – y esto hacía que le cayera en gracia. De seguro un Emperador de un país que quedaba cruzando un océano se vendría a trabajar de cochero de un charlatán itinerante en esos desiertos del carajo.
El interior del carromato se había llenado de las sinuosas volutas de humo del cigarro del doctor, lo cual debía sofocarlo, pero se sentía calmo, con la cabeza algo embotada, lo que le hizo pensar que posiblemente no era sólo tabaco lo que Dexter fumaba. No obstante, antes de que pudiera preguntar, el carromato se detuvo de golpe y se escucharon unas voces que le exigían al chino que se identificara y que entregara sus papeles. Esto llamó la atención de Dexter, quien abrió de nuevo la ventana por la cual el viajero le vio asomarse y ver qué pasaba. Afuera estaba una patrulla de dos militares montados, reconocibles por sus chaquetas azules, gorras y pantalones rojos y carabina colgando de sus espaldas. Dexter les habló con tono cordial y sacó unos documentos desde el interior de uno de sus cajones, extendiéndoselos a los soldados, quienes se los arrebataron de las manos de mala manera y los leyeron. Por su lado, el viajero se quedó petrificado, como le ocurría cada vez que se encontraba con un militar, pues su mente se llenaba de los recuerdos de la escuela, de sus padres siendo acribillados y de los asesinos uniformados que los masacraban a tiros mientras él los miraba desde su escondite.
Le devolvieron los papeles a Dexter, indicándole que podía pasar con un gesto de mano. En tanto, al viajero le corría un sudor frío por todo el cuerpo y sus músculos estaban atenazados y rígidos. Dexter, cuando volvió a sentarse, le miró con aire preocupado y le dijo:
- Tranquilo. Esos militares sólo están acá porque el dueño del yacimiento pensó que los trabajadores harían una huelga… no creo que ocurra de nuevo una matanza como la de la escuela.
Al principio le costó entender las palabras dichas por Dexter, haciendo tardíamente la conexión obvia. Pero esto solo lo llenó de más pavor, pues ¿Cómo podía saber él el origen de su miedo? ¿Cómo supo que era un sobreviviente de la matanza? No, no podía, era ilógico. De seguro lo dijo porque todos aún recuerdan lo ocurrido en la escuela y resultó que coincidió con su presencia en el carromato.
Al final, el vehículo se detuvo y el chino volvió a gritar algo al interior. Habían llegado.
Aún perturbado, el viajero le dio las gracias Dexter e intentó nuevamente devolverle la supuesta moneda de oro, pero este le insistió que era un regalo y que cuando la viera se acordaría del agradable viaje que tuvieron en compañía el uno del otro.
El pueblo era como muchos que plagaban el desierto, adosados a un yacimiento minero y a la planta que procesaba lo que extraían del interior de la tierra; se trataba de un montón de casas con paredes de adobe blanqueadas a la cal, piso de tierra y baños comunes para toda la manzana. Una plaza en el centro con algarrobos y pimientos llenos de polvo pero vivos – siendo estos los únicos arboles lo suficientemente resistente al sol del desierto – era el eje alrededor del que giraba toda la vida de ese lugar. Era evidente en las caras de la gente que pululaba por ahí que las cosas no andaban bien, que eran explotados y que la rabia les carcomía el interior, pero tenían que tragársela, porque los militares estaban ahí, en cada esquina, malhumorados por el calor, armados y dispuestos a defender a sangre y fuego los intereses del patrón.
Empeñado a no meterse de nuevo en problemas que lo dejaran otra vez en medio de la nada y sólo con lo puesto, el viajero se dirigió a la oficina de contratación de personal, rogando que sus antecedentes no le hayan precedido. Ahí, un antipático burócrata con camisa percudida y protectores negros en los brazos para no ensuciarse las mangas con tinta le tomó los datos y le entregó una libreta con un número, diciendo que fuera al hospital para que le revisaran y, si pasaba los exámenes, volviera y sería designado para una labor en la mina.
Como tenía que cruzar la plaza para llegar al pequeño hospital, vio a Dexter montando su show, con un elegante traje negro y sombrero de copa, sacando del carromato una mesita y colocando un montón de frascos sobre ella mientras los niños del pueblo le seguían con la mirada, curiosos. El viajero no se detuvo mucho y siguió su camino, tratando de evitar a toda costa los militares que estaban por todos lados. Así, una vez en el hospital, un doctor extranjero acompañado por una enfermera de su mismo origen lo revisaron a él y a otros que querían trabajar ahí. Como si fueran ganado, les examinaron los dientes, los genitales por si tenían enfermedades venéreas, la existencia de piojos o sarna, y los pulmones en busca de tuberculosis u otra enfermedad contagiosa. Al final, si no se les encontraba nada, se timbraba la libreta del sujeto y eran devueltos a la oficina de personal.
En su camino de regreso, volvió a mirar lo que sucedía y pudo ver como Dexter ya estaba rodeado por la gente del pueblo, principalmente mujeres con sus hijos, muy interesados en lo que les estaba ofreciendo. Entonces una mujer pasó frente a él con uno de los frascos de vidrio café de Dexter en las manos y le preguntó cuánto le había costado. La sorpresa no pudo ser mayor cuando recibió por respuesta:
- Nada. El doctor dijo que lo único que le interesaba era nuestro bienestar, así que le regaló a todo el que quisiera un frasco de su tónico.
Le pidió a la mujer poder ver el frasco, a lo que ella accedió. Decía en la etiqueta “Tónico del Dr. Dexter. Cura males del cuerpo y del alma”. Luego le devolvió el recipiente sin entender qué pasaba. Si era un charlatán ¿Dónde estaba la trampa? Porque nadie entregaría un supuesto remedio mágico a la gente por nada. Incluso, si eso frascos estuvieran llenos de agua, a lo menos buscaría recuperar el costo del vidrio del embace.
Estaba pensando en estas cosas cuando sus ojos de dirigieron sin querer a Dexter, quien también le miraba y le obsequió una sonrisa. El viajero, nervioso sin saber exactamente por qué, sólo asintió con la cabeza y siguió con sus asuntos.
Para mitad de la tarde, cuando el sol ya se acercaba al horizonte, él había terminado los trámites de admisión, firmado el contrato de trabajo y le habían asignado a una tarea en la mina, debiendo presentarse a trabajar a primera hora el día siguiente. Ahora iría a dejar sus pocas pertenencias a la habitación de soltero que le habían asignado y trataría de comer algo.
Buscando alguna cocinería, consulta a los transeúntes que le dan las señas de dónde ir. Luego pasó nuevamente por el lugar en que se encuentra el carromato de Dexter en la plaza, el cual sigue repleto de curiosos y gente que hace cola para recibir uno de esos frascos con el brebaje milagroso. Se quedó un rato escuchando lo que pregonaba el doctor desde lo alto con la secreta intención de saber cuál era la trampa tras todo eso.
- La fórmula de mi tónico refuerza los huesos, elimina la posibilidad de contraer enfermedades como la polio y la difteria. Renovará el brillo del cabello, combate los problemas estomacales y de los riñones, pero recuerden que si quieren que los efectos sean óptimos deben tomarlo antes de ir a dormir.
Y seguía repartiendo el elixir milagroso a esa gente ante la avidez de estos por hacerse por uno de esos embaces, cosa que ponía algo nervioso a los militares que estaban muy atentos a cualquier movimiento raro que ocurriera en la plaza. El viajero, ante esto y nuevamente asaltado por los recuerdos de la matanza, decide ir a dejar sus pocas pertenencias a su habitación y comer.
Hizo estas cosas como una autómata, no sintiendo ni siquiera el sabor del caldo que le sirvieron en el comedor. Sin embargo, mientras estaba en ello, sacó de su bolcillo la supuesta moneda de oro que le regaló el doctor y la miró por un largo rato, tratando de saber si esa cosa realmente estaba hecha del amarillo metal. Le dio una mordida y pudo notar su consistencia blanda, delatando que de verdad se trataba de oro, lo cual le siguió llenando de desconcierto. Ese tipo le regalaba a todo el mundo botellas con su tónico milagroso y a él una moneda de oro puro que podía valer varios meses de salario… algo no le cuadraba para nada.
Por eso, con la excusa de devolver ese regalo tan costoso, pero realmente con la esperanza de descubrir qué pasaba, se dirigió a la plaza, encontrándose en el camino con los últimos rezagados que venían felices de haber conseguido sus frascos con el tónico milagroso. No obstante, cuando llegó a la plaza, se dio cuanta con desazón de que el carromato había reiniciado su marcha y ya se enfilaba por la vía de salida de la ciudad.
"¿Qué clase de charlatán es ese que sale de un pueblo sin nada en los bolsillos?" El viajero no lo podía entender y pensó que le explotaría el cerebro si lo intentaba.
No sabía por qué le estaba obsesionando saber qué había detrás de todo esto, pero en verdad sentía como si hubiera una voz en la cabeza que le advertía que algo malo estaba sucediendo. Sin embargo, ya no quedaba tiempo para nada, porque los militares avisaban a viva voz que el toque de queda comenzaría en menos de una hora, por lo que todo el que no tuviera salvoconducto y se encontrara en la calle de noche sería detenido.
Intranquilo se retiró a su dormitorio, mascullando todas sus dudas y con imágenes de su memoria que odiaba volver a rememorar. Cuando llega al dormitorio – que contaba con una cama de metal, un velador, un lavatorio y nada más – se acuesta sin sacarse la ropa ni los zapatos, cayendo a los pocos instantes en un profundo sueño.
Y en sus sueños volvió nuevamente a repasar los hechos que marcaron su vida desde la infancia: la larga marcha hasta el puerto para solicitar mejoras a los patrones, los días se hospedaron en la escuela a la espera de una respuesta, el momento en que llegaron los militares y cómo su madre lo escondió por miedo a lo que podía pasar. Luego vinieron los balazos, los gritos y la sangre.
Fue entonces cuando despertó, todo en penumbras a su alrededor y con los balazos aún sonando en sus oídos. Se refregó los ojos con fuerza, tratando de espantar las pesadillas, pero se dio cuenta que los disparos que escuchaba eran de verdad y provenían de un lugar de allá afuera. Rápidamente, con miedo a que sus pesadillas volvieran a hacerse realidad en las calles de ese pueblito, salió al patio principal del complejo en el que estaban las habitaciones de solteros. Ahí pudo ver que no había nadie en el lugar, ni siquiera el guardia que evitaba que metieran alcohol o putas de contrabando, pero también escuchó con más claridad los disparos y gritos de afuera.
Con cuidado se asomó al exterior, dirigiendo su mirada a la plaza, donde vio ir un pelotón de militares con sus carabinas y bayonetas caladas. Sabía que esto sólo significaba que la gente se había alzado y que la sangre de los trabajadores correría, por lo que no se quedaría ahí para ser una víctima del matadero. Se adentró en una de las calles y buscó llegar a las murallas que circundaban el pueblito para escapar lo antes posible de los militares, pues pronto comenzarían a buscar más gente a la cual matar.
Pero todos los planes en que se afanaba su mente se fueron al carajo cuando, al virar en una esquina, se encontró con algo aterrador. El soldado estaba en el suelo, con los ojos muy abiertos y las facciones contraídas por el terror mientras la bestia aún se cebaba de su garganta destrozada. Por un momento pensó que se trataba de un perro cubierto con una tela blanca, pero cuando se dio cuenta de qué era eso que gruñía, quiso escapar con todas sus fuerzas pero sus piernas le fallaron. La mujer se irguió y le miro con los ojos blancos, como velados por una sustancia lechosa, los cabellos greñudos y sangre manchando su boca y el camisón blanco que cubría su cuerpo. El viajero supo al instante que quería hacerle lo mismo que al soldado, así que se afianzó bien en su lugar listo para enfrentarla. Pero cuando se levantó siseando entre dientes, con las manos engarfiadas y los músculos del cuello tensos, algo la detuvo. No supo que fue, pero parecía reconocerlo, o algo así, relajándose y dejando su postura animalesca. Luego se dirigió a la plaza del pueblo caminando como si lo hiciera dormida.
En ese momento el camino le quedaba libre para el escape, estaba a sólo una manzana del muro y no era tan alto como para no saltarlo con facilidad, pero se quedó ahí, dudando sin saber por qué. Algo le estaba reteniendo, como una cadena que no le permitía moverse ni un paso más. Tras de él aún se escuchaba un caos hecho de disparos, gritos de terror y gruñidos animales; algo de lo que cualquiera escaparía de inmediato, pero a lo que él se veía atraído estúpidamente.
Al rato, maldiciendo lo que fuera que lo impulsaba, el viajero se movía como una rata precavida por las calles, saltando de escondrijo a escondrijo para no ser visto. Esa mujer que se encontró le aterraba, pero puede que se tratara sólo de una enferma mental peligrosa que se liberó de la tutela de sus familiares. Sin embargo, mientras caminaba, a veces escuchaba gruñidos que le ponían los pelos de punta, como si muchos animales se hubieran soltado; pero nuevamente su mente racional se imponía diciéndole que en esos pueblos solían haber porquerizas y los cerdos se habrían liberado.
Pero su racionalidad se fue al carajo cuando al llegar a una encrucijada de calles vio a un grupo de personas en la misma actitud que la mujer de hace un rato, peleándose como perros los despojos de soldados muertos. Eran hombres, mujeres y niños, con las bocas manchadas por la sangre y los ojos con el mismo velo lechoso que vio antes, comportándose como animales que estaban de caza, siendo los soldados sus presas. Pero quizá los tipos con uniforme no fuera lo único que se encontraba en el menú para ese día, pues de pronto las miradas blanquecinas de esas bestias humanas se fijaron en donde él estaba, siseando todos y lanzándose en pos suya como una jauría furiosa.
Cualquiera en su posición se hubiera puesto a correr como alma que se la lleva el diablo, pero nuevamente sintió esas cadenas invisibles que le impedían siquiera voltearse. Entregado a la suerte de una muerte horrible a manos de esos animales, se quedó ahí, pensando en lo surrealista de esa situación, deseando despertar lo antes posible de esa pesadilla. No obstante, como la vez anterior, esos monstruos con cuerpo de humano no le tocaron ni un pelo, sólo le pasaron por el lado, ignorándole. Intrigado, se dio vuelta y miró a sus espaldas que ocurría, dándose cuenta que otra era la presa. Un soldado con su carabina y bayoneta se defendió desesperadamente, pero sólo logró repeler a dos de esos energúmenos antes de que el resto lo destrozara ante la mirada impotente y aterrorizada del viajero.
El militar fue desmembrado aún vivo por esos seres enloquecidos que en algún momento debieron de ser gente normal, pero ahora no eran más que monstruos envilecidos y salvajes, quienes trituraron huesos y desgarraron carne hasta que ya no hubo más que una masa sanguinolenta repartida por toda la calle.
Entonces, en medio de ese horror, a lo lejos, el viajero escuchó una música, como de una flauta o de muchas – no pudo precisar – pero dulce e intrincada; como si no fuera más que una cacofonía de notas ejecutadas al azar que terminaban teniendo musicalidad sólo por obra de la casualidad. Casi pensó que esa melodía estaba únicamente en su cabeza cuando vio que los humanos-bestia también la escuchaban, alzando sus cabezas como si se tratara de un llamado. Así, exactamente como en su encuentro anterior, esa gente se puso de pie y comenzó a caminar como sonámbulos.
El viajero miró a todos lados, buscando una respuesta, encontrando que mucha gente caminaba por la calle con paso cansino, los brazos caídos a los lados y moviendo los labios como si recitaron un mantra imperceptible. Por su lado, ahora sintiéndose capaz de moverse a voluntad, el viajero se acercó a la gente con cuidado, pues aún no estaba seguro de que lo seguirían ignorando eternamente.
Cuando llegó a la plaza junto con el grupo, pudo darse cuenta de que casi todos en el pueblo se encontraban en el mismo estado, como muertos que caminan. También vio con horror que todos los militares fueron masacrados de forma horrible, así como otras personas del pueblo, entre las que reconoció al doctor y la enfermera que lo examinaron en aquella tarde; pero habiendo también otros adultos que no conocía, niños y ancianos con los que no se tuvo ninguna conmiseración.
Horrorizado por ese panorama, buscó nuevamente una explicación para esa locura, pero sólo vio a esos sonámbulos susurradores en que se habían transformado los habitantes del pueblo. Sin embargo, un detalle le dio una pista, pues uno de ellos dejó caer algo de su mano mientras caminaba y no sonó como el pedazo de carne de una de sus víctimas. Corrió en pos de esa cosa y cuando la levantó del piso se dio cuenta de que se trataba de una botella del tónico del doctor Dexter. Con cuidado olió el interior y un aroma nauseabundo inundó su nariz, teniendo que alejar de inmediato esa cosa para no vomitar. Después dejó caer algo del líquido al suelo y vio que se trataba de algo oleoso y pegajoso, pero se negó a intentar imaginar qué era.
Entonces entendió que el famoso doctor que le trajo al pueblo tenía que ver con todo esta mierda… ¿habría puesto una droga en su tónico? Y de ser así ¿para qué? Además ¿por qué los sonámbulos susurradores se dirigían al mismo lugar? Quizá si los seguía podría tener respuestas.
Todos esos pequeños poblados mineros que proliferaban en el desierto podían reconocerse a lo lejos por los acopios de material estéril que crecían a su lado. Debido a su forma, que era la de un cerro de material endurecido, con base circular y trunca su parte superior, la gente solía referirse a ellos como “torta”, por su semejanza a un pastel de un solo piso. Para el viajero fue de especial sorpresa cuando se dio cuenta de que todos los sonámbulos estaban escalando a lo alto del acopio, dándose cuenta de que arriba podía verse una luz verdosa extraña, porque ningún foco que el conociera produce ese tipo de luminiscencia.
Así, aferrándose con las manos desnudas a la dura costra de la ladera del acopio, el viajero subió los casi siete metros que lo separaban de la parte superior, tratando de mantener distancia de los sonámbulos y descubrir qué o quién estaba detrás de esto.
La parte superior de esa “torta” era una explanada enorme, quizá de un kilómetro de diámetro, con pequeñas posas de agua salina y formaciones parecidas a estalagmitas de sal. Sabiendo de escondites que salvan la vida, el viajero se ocultó tras una de estas formas y se puso a mirar qué pasaba más allá.
En medio de la planicie del cerro se encontraba el carromato de Dexter, rodeado por unas antorchas clavadas en el suelo que estaban encendidas con un fuego verde, de seguro producido por la combustión de algún elemento químico. También estaban las mulas… aunque por la distancia o la luminosidad se veían diferentes, como abotagadas y moviéndose de forma rara, haciendo círculos alrededor del carromato de su amo. Parado al frente se encontraba Zheng, muy pálido y con un enorme libro entre las manos, leyendo algo en voz alta que no sonaba para nada al idioma que había hablado antes, sino más enrevesado y con palabras que le parecieron imposibles de repetir.
Entonces la gente sonámbula empezó a contestar a las palabras de Zheng, como si fuera una letanía religiosa, y a balancearse al compás de la alocada música de flauta de la que aún no podía precisar su origen, como si viniera de todos lados al mismo tiempo. Entonces, del interior del carromato bajó Dexter, con una especie de túnica roja y una máscara de color blanco que cubría completamente su cara, aunque seguía siendo reconocible por su porte y maneras de moverse.
Dexter levantó las manos y todo, la música y las letanías, se acallaron, a la espera de que él hablara. Sus palabras reverberaron en esa noche sin luna del desierto como truenos, mientras pronunciaba nombres horribles que sonaban en la mente del viajero y le encogían el corazón en una mezcla de angustia y pavor; como si de pronto se diera cuenta de su insignificancia, aunque no entendía por qué.
Después, cuando el doctor terminó esa especie de invocación, la música volvió, más  estridente y enloquecedora, pero ahora los sonámbulos no susurraron, sino que empezaron a danzar. Era como esas películas bíblicas en que los judíos se entregan a los festejos junto al becerro de oro mientras Moisés está en la montaña, con un baile frenético, histérico, profano e inmoral. Las mulas de Dextar eran participe de este paroxismo, siendo tratadas como un objeto de adoración lasciva por parte de los sonámbulos, que en ese momento parecían más despiertos y salvajes que nunca. Y entonces, ante los ojos incrédulos del viajero, esos energúmenos comenzaron a arrancar a tirones la piel de las mulas, descubriendo algo que se escondía debajo de ella; pues otra clase de criaturas estaban contenidas en el interior de esos cuadrúpedos, seres de pesadilla con fauces babeantes, colas flageladas y nudosas, con espinas óseas  en el lomo, del cual también salían alas cartilaginosas negras, semejantes en su forma a las de una mariposa. La piel correosa, llena de pústulas luminiscentes fue limpiada con esmero por los sonámbulos, que dejaron partir a esos corceles infernales, los cuales se elevaron en el cielo y comenzaron a dibujar círculos como moscas o buitres.
Entonces, cuando el viajero ya no sabía qué creer de lo que estaba viendo, el ritual profano que observaba llegó a su punto cúlmine, pues esas bestias con cuerpo de humanos se entregaron a sus instintos más viles y bajos. Incluso esos relatos de aquelarre de la Edad Media parecieron cuentos de niños ante lo que tenía en frente, con actos en que el asesinato, la depravación sexual y el canibalismo inenarrables.
Asqueado y tambaleante, el viajero no siguió mirando y sólo buscó la forma de alejarse lo más posible de ese lugar, aunque nuevamente sintió la sensación que algo ajeno a su voluntad le detenía. Entonces, como saliendo de las tinieblas, ante él apareció Zheng, tal cual como lo había visto esa mañana, pero con la piel pálida y los ojos hundidos. Por un momento se miraron, sin hacer nada, pero los ojos de Zheng se encendieron con rabia y se lanza sobre él gritando. Esta vez no hubo dudas y el viajero respondió al ataque con todas sus fuerzas, lanzando al chino contra el suelo y tomando una roca grande que tenía a mano para golpearle en la cabeza y dejarle fuera de combate. No obstante, cuando estaba listo para descargar el golpe, observó con pánico como el chino se iba secando y pudriendo ante sus ojos. Catapultado por el asco, el viajero se echó hacia atrás sacándose los gusanos que se habían quedado pegados en su ropa que le salían por todos lados al chino.
Ahora no hubo cadena invisible que pudiera contra su miedo, así que corrió despavorido sin tener idea a donde se dirigía, sólo deseaba estar muy lejos de ese lugar. No obstante, atrás, escuchaba la atronadora voz de Dexter gritarle:
- ¡Te lo dije, mi querido amigo! ¡Esto sería muy diferente a aquella vez en la escuela!
Pero a él le importaba un carajo eso, únicamente interesado en alejarse de la locura encarnada ahí atrás. Además, para espoliar más su miedo, escuchó un aleteo y el crujir del piso debido a unas pesuñas que quebraban la costra calcaría del suelo tras de sí, por lo que supo que esas criaturas aladas estaban tras sus pasos y desesperó más. No volteó en ningún momento, pero le pareció sentir el respirar de los monstruos en su nuca, acompañado de un hedor nauseabundo y frío como la muerte.
Pero el pánico que sentía le hizo perder la orientación y la oscuridad no ayudó a la seguridad de sus pasos, por lo que al final se encontró con el borde de la explanada de golpe y no pudo evitar caer por la empinada ladera del acopio. Mientras rodaba, por una fracción de segundos miró al cielo y le pareció ver la silueta de algo gigantesco que se alzaba contra las estrellas, una especie de gigante, sin cabeza pero con una enorme lengua en su lugar en forma de látigo que chasqueaba con la fuerza del trueno mientras los corceles infernales revoloteaban a su alrededor. Después sintió un golpe en la nuca y se hundió en un oscuro pozo.
Fue la luz del sol lo que le despertó a la mañana siguiente, entrando esta a raudales por la ventana de su habitación de soltero. Con un grito de terror estrangulado en la garganta se sentó en la cama, tardando unos segundo en darse cuenta donde estaba. “Fue un sueño” pensó incrédulo, con las imágenes demasiado vividas en su memoria aún. Pero darse cuenta de que fue una pesadilla implicaba otra cosa más terrenal: se había quedado dormido en su primer día de trabajo. Por ello impulsado como por un resorte, se puso de pie, lavó su cara y tomó sus cosas para salir volando a la mina.
Cuando estuvo en la calle iba a emprender la carrera a la portería de las faenas cuando se dio cuenta de un detalle. Miró a un lado y al otro, agudizando mucho el oído, pero no hubo nada. Por la posición del sol, debían de ser alrededor de las diez de la mañana, pero la calle estaba desierta y no se escuchaba absolutamente ningún ruido. Caminó pálido como un ánima por las calles durante mucho rato y nada, sólo el viento soplando y el sol. Incluso se atrevió a forzar una de las puertas, entrando intempestivamente a una de las casas, encontrando polvo y nada más.
Entonces algo se quebró en su mente y salió corriendo y aullando a todo lo que le daba la garganta hasta llegar a la plaza, donde lo esperaban árboles resecos. Su mirada angustiada recorrió todo su alrededor, dándose cuenta de que se trataba sólo un pueblo fantasma, sin ningún vestigio de que  ayer ahí había trabajadores y un contingente de soldados. No pudo más y sintió el deseo imperioso de salir de ese lugar maldito, caminando a tropezones a la salida.
Antes de irse definitivamente, se atrevió a echar una mirada final al lugar, como esperando que por arte de magia desapareciera como un espejismo del desierto. Sin embargo, su atención se fijó en el cartel en que estuvo escrito el nombre del pueblo, totalmente borrado por el tiempo, pero sobre el cual alguien había tallado una palabra con un cuchillo. Paso sus manos por sobre los cortes en la superficie del letrero y le pareció que, más que un cuchillo, fueron garras las que escribieron ese extraño nombre que le parecía demasiado familiar a pesar de estar seguro de nunca haberlo escuchado. En el letrero decía “NYARLATHOTEP”.
Como si su alma hubiera abandonado su cuerpo y caminara por inercia, el viajero anduvo durante horas por el camino del desierto repitiendo el mismo mantra una y otra vez: “No estoy loco. Fue sólo un sueño, fue sólo un sueño”. El problema de esto es que a esas alturas ya no podía decir qué parte de lo vivido era sueño y qué real.
Cuando llegó a un promontorio del camino se paró para mirar alrededor. Tenía los labios partidos y la lengua pegada al paladar por la sed, pero más que nada tenía seco el corazón y el espíritu. Entonces lo vio, a los lejos, viniendo en sentido contrario al suyo. Era una estela de polvo que anunciaba que un vehículo se acercaba, lo cual le pareció dolorosamente familiar. Pero esto también le ayudó a recordar otra cosa, por lo que llevó la mano a su bolsillo frenético; de él sacó una moneda de oro con extrañas inscripciones, lo cual hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas y que de su boca saliera el susurro de un nombre: “Nyarlathotep”.

2 comentarios:

  1. muy bueno, me encantó el ritmo de la lectura con, quizás, unas pequeñas excepciones: Hay ciertos lugares en la narración donde cambias el tiempo verbal u unas pequeñas faltas den ortografía que... se notan. Yo quería otro final y, eso me gustó, no me diste en el gusto. :) Gracias.

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    1. Gracias por los comentarios. Revisaré los errores y los arreglaré.

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