viernes, mayo 01, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto IX)

Rescate

Mina caminaba por las neblinosas calles de Londres sin estar convencida de que el plan que idearon funcione y con el alma en vilo por la suerte que podría sufrir su pequeño. A su lado iban Chia y Frankenstein y estaban siendo guiados por ese extraño agente secreto de Scotland Yard llamado Denis Nayland Smith; un sujeto áspero y de mal gesto que no parecía para nada entusiasmando con el papel que le tocó jugar en este rescate. La cosa era simple, ellos cuatro se meterían a la fábrica de fuegos pirotécnicos en que estaba el hijo de Mina, mientras Strogoff y Jack se dirigían a los fumaderos de opio para hacer lo mismo con Quatermain.

Esos barrios de Londres no eran para nada los más seguros, llenos de beodos sin trabajo pero que siempre tenían dinero para una pinta de alcohol, mujeres que llevadas por la necesidad vendían sus cuerpos en uno de los tantos callejones mugrientos por unos pocos peniques y de niños descalzos que lo único que esperaban era encontrar un lugar donde poder pasar la noche sin morir congelados. En medio de toda esta miseria ellos se movían, llamando la atención de los cabrones, carteristas y delincuentes de todo tipo, quienes, viendo el gesto adusto y el porte de Frankenstein, preferían dejar paso libre.


Se acercaron a la zona de los muelles y el olor a podredumbre, mierda y comida frita era tan fuerte que producía mareo y nauseas. No obstante, no todos los del grupo se sentían embotados por la mezcla de aromas; Frankenstein, con sus sentidos antinaturalmente más agudo, huele hace rato la fragancia de un perfume fino, demasiado caro para ser usado por cualquiera de esas personas pobres. 
- Alguien nos sigue. Huele a aguamarina – dice por fin Frankenstein, cosa que pone al resto en alerta. Por su lado, Chia, quien también podía hacer uso de habilidades especiales, se concentra, descubriendo que se trata de una mujer.
Al instante, una silueta se dibuja entre la niebla. Nayland Smith saca un revolver y le ordena que se acerque lentamente y que no intente ninguna estupidez. La sorpresa de todos fue grande cuando vieron que se trataba de Katty Butler, la chica que habían conocido junto a su madre hace sólo un rato en la taberna de los fenianos.
- ¡Tranquilos! Yo sólo vengo a ayudar – dice la chica, algo asustada.
Chia, con una sonrisa maliciosa, camina alrededor de ella y dice:
- Quizá pueda ser de alguna utilidad… yo podría encontrarle una.
La mirada de la oriental recorrió descaradamente la anotomía de la chica, quien era bastante atractiva. No obstante, Katty, hasta ese momento semejante a un gatito asustado, echó hacia atrás la capa que la cubría y mostró que llevaba un cinturón con dos revólveres. Con la misma habilidad de los vaqueros que recorrían el mundo en el circo de Bufallo Bill, Katty desenfundó uno de los revólveres y lo hizo girar en su mano hasta que le apuntó a Chia y dijo:
- ¿Crees que soy útil ahora?.
Chia no se amilanó, sino que le guiñó un ojo a la chica. No obstante, cortando con este estéril pavoneo, Mina les dijo:
- ¡Ya es suficiente! Si viene a ayudarme con el problema de mi hijo, se lo agradezco, pero estamos perdiendo demasiado tiempo conversando aquí.
Ambas mujeres atendieron a lo dicho por Mina y dejaron ese juego para otro momento.
Ahora sólo les separaba una de calle del destino que buscaban. Desde la seguridad de una esquina discreta, miraron con curiosidad el vetusto edificio que se alzaba a un lado de los muelles. No supo por qué, pero por un momento Mina sintió un escalofrío de miedo, pues esa armatoste roída, con los muros ennegrecidos por el hollín y que se elevaba alto sobre la rasante del piso le recordó la ignominiosa fortaleza del paso Borgo, donde había enfrentado esos hechos tan terribles hace cinco años atrás.
Obviamente, lo primero era entrar al edificio, a lo que Nayland Smith tenía una respuesta:
- Las alcantarillas que dan al rio son perfectas para que nosotros entremos... por lo menos los que medimos la talla de un humano - mira a Frankenstein - Eso sí, tendremos que tratar de no ser vistos por los que estén en el barco que está cargando... Eso es muy raro, ese barco tiene bandera americana. Los chinos no comercian con los americanos.
En efecto, un vapor de bandera americana se encontraba cargando cajas y cajas que eran sacadas del interior de la fábrica. No obstante, en ese momento los intereses del grupo distaban mucho de saber qué hacía ese barco ahí.
Mina, con la decisión que le proveía su instinto maternal, obvió el comentario de Nayland Smith acerca de Frankenstein y apuró al grupo para que buscaran la entrada a las alcantarillas.
No fue en realidad tan complicado, porque dieron un rodeo por los muelles, lo suficientemente lejos de la fábrica como para no ser vistos cuando bajaran a las riveras del Támesis. Una vez ahí, se acercaron  nuevamente a la guarida de los chinos amparados en la oscuridad. Desde abajo, con el agua del río hasta los talones, pudieron ver claramente cómo Fah-Lo-Sue supervisando el carguío de cajas al barco, el cual tenía escrito en su proa “North Polar Practical Association”.


Justo debajo del muelle por el que estaban cargando se encontraba la entrada a las alcantarillas, por lo que raudos se internaron, aunque en un principio la oscuridad no les permitía avanzar con seguridad. Fue entonces que Frankenstein se puso adelante y les guió, ya que su vista podía funcionar hasta con la mínima iluminación. Avanzaron por ese túnel caluroso y con un olor extraño que sofocaba; no se trataba del desagradable aroma a desperdicios humanos, sino algo químico que amenazaba con hacerles devolver la cena.
Al final del túnel ven una luz rojiza muy tenue y el calor se hizo más intenso. Se trataba de una sala de calderas caliente como el infierno. Como Frankenstein era el único que veía claramente, comenzó a buscar una salida, lo cual no fue necesario, pues una de las puertas se abrió y la figura de una mujer apareció en ella; lo cual puso en alerta a todos, excepto a Chia. Ella, con el sentido que le permitían percibir la energía vital de las personas, había notado desde el principio una impronta familiar y cuando vio a la mujer en la puerta, se adelantó a sus compañeros y dijo:
- Karamaneh… que sorpresa encontrarte aquí.
La chica que acompañó a Chia desde China sólo hizo una pequeña reverencia con la cabeza y le apuró para que la siguieran. Obviamente, todos miraron a Chia a la espera de que ella dijera algo, a lo que contestó con un gesto de cabeza para que se movieran. 
Así, salieron a unos almacenes llenos de cajas etiquetadas en chino.  Mientras avanzaban, Karamaneh les decía:
- Suponíamos que tarde o temprano vendrían, en especial cuando Fah-Lo-Sue trajo al niño. Si suben por las escaleras llegaran a un lugar decorado con estilo mandarín. Hay un pasillo con unas estatuas doradas de Buda y al final una puerta roja, esos son los aposentos privados de Fah-Lo-Sue y ahí encontrarán al niño. Les advierto que el lugar está vigilado por varios matones.
Una vez que vio que no parecía tratarse de una emboscada, Chia tomó del brazo a Karamaneh y le espetó:
- Creo que es hora de que me expliques qué haces en este lugar, Karemaneh ¡Y cuida tus palabras! Soy buena descubriendo mentiras y no tengo mucha paciencia hacia ellas.
Chia fue especialmente amenazante, bajando sus lentes de sol y mostrando un extraño brillo rojizo que emanaba de sus ojos. No obstante, Karamaneh levantó una ceja y le obsequió una media sonrisa, agregando:
- No tengo por qué darte explicaciones, mujer demonio. Yo y mi tío venimos en nombre de Su Divina Majestad, El Señor de los Diez mil Años, igual que tú. Él quiere que tú sepas lo que necesitas y nada más. Si siguen mis instrucciones, llegarán al pequeño que buscan. Ahora, si desean crear una distracción pueden ir a la bodega que se encuentra en el ala este del edificio y volar los fuegos artificiales.
El aire se había vuelto tenso, pero aunque fuera una trampa, a Mina lo que le importaba era llegar con su pequeño, así que sacó de entre sus ropas el revólver que llevaba y tácitamente dijo: “Voy por Quincey”. Por su lado, Chia, que no estaba para nada convencida con lo que Karamaneh le dijo, igual dio su brazo a torcer a medias.
- Tienes razón, no me debes explicaciones por ahora, y no queremos perder más tiempo, pero si es una trampa...- Chia no acabó la frase, tan solo sonrió maliciosamente a Karameneh. Luego se dio media vuelta y dijo- Ya sabemos el camino, aunque estoy segura que si volamos los fuegos artificiales, no pasará mucho tiempo hasta que Fah-Lo-Sue se dirija a sus aposentos con un buen número de guardaespaldas, deberíamos separarnos para actuar mas rápido; unos que vuelen los fuegos y otros que cojan al niño, luego que cada grupo salga por su cuenta.
Por su lado, Nayland Smith parece estar aburriéndose de tanta palabrería, así que les dice:
- Yo voy por esos juegos de artificio, el resto que vaya con la señorita Murray  para que saquen al mocoso. Deben de ser muchos los chinos que están vigilando... - entonces miró a Chia y a Karameneh y dice - Estos malditos amarillos salen hasta de debajo de la piedras.
Todos se miraron, porque igual era peligroso lo que ese sujeto pensaba hacer, pero a ninguno le agradaba tanto como para acompañarlo. Al final, Karamaneh entornó los ojos y salió tras de él.
Así el grupo siguió su camino atendiendo las instrucciones de Karamaneh. Las estancias superiores eran bastantes lujosas para el deplorable aspecto que mostraba el edificio por fuera, lleno de exquisitos jarrones, pinturas y esculturas de jade venidas del oriente lejano. Pero no era el momento para apreciar el buen gusto de esos mafiosos, sino para rescatar al pequeño de Mina, por lo que al final llegaron al pasillo de los Budas dorados.
Eran aproximadamente una quincena de sujetos orientales, con armas típicas de su país, pero también con pistolas y fusiles. Con cuidado, el grupo se acercó a la entrada del pasillo y observó la situación. Obviamente estaban en desventaja numérica, pero la sorpresa estaba de su lado. Sin embargo, justo en ese momento se siente una tremenda explosión que hizo que todo se remeciera, por lo que supieron que Nayland Smith había conseguido su cometido. 
Viendo que el factor sorpresa se había ido al carajo, Katty desenfundó sus dos pistola y cruzó de una esquina a otra de la entrada del pasillo disparando. Al ver esto, Mina se unió a ella disparando desde su lugar y pensando en que todos esos americanos eran unos locos.
Obviamente, los chinos optaron por ponerse a cubierto y responder el fuego, pero no contaban con una montaña de más de dos metros de puro musculo que se les venía encima. Frankenstein, rugiendo furioso, se abalanzó sobre los guardias; empeño en el cual fue secundado por Chia, quien con movimientos felinos se enfrascó en una lucha cuerpo a cuerpo con varios de sus compatriotas.
Así, desde sus puestos, Mina y Katty trataban de cubrir a sus compañeros mientras Chia y Frankenstein repartían tortazos por doquier. La situación se mantuvo más o menos pareja hasta que Frankenstein esquiva el golpe de espada de un chino, el cual se contorsionó en el aire para alejarse del monstruo, pero éste lo logra asir de una pierna y dar un tirón fuerte para estrellarlo contra uno de los budas dorados. Después, con el mismo chino que había reventado, comenzó a golpear a los otros como si fuera una cachiporra, desatando toda su bárbara furia.
No queriendo ser menos, Chía, quien se batía en un duelo de artes marciales con uno de los guardias, logra tomarlo del cuello y acerca la cara del sujeto a la suya como si lo fuera a besar. En ese momento el rostro de la mujer china se transforma, mostrando un aspecto demoniaco y encendiendo sus ojos con una luz roja. A pesar de que comenzó a patalear con pánico, el matón no pudo escapar de Chia, quien comenzó a absorber su energía vital, que salió de la boca y ojos del guardia como una luz dorada para entrar en el cuerpo de Chia. Después de eso, el desdichado chino cayó muerto sobre el piso; su cuerpo estaba seco, como una momia de muchos siglos.
Por la pura fuerza de Frankenstein, los poderes de Chia y la puntería tanto de Mina como de Katty, al rato habían logrado imponerse a los guardias y el pasillo estaba lleno de cadáveres o sujetos mal heridos. En ese mismo instante, viendo el camino abierto, Mina salió corriendo para abrir la puerta y poder por fin reunirse con su retoño. Lo que encontró en ese lugar fue una habitación lujosamente alhajada, con unos hombres que la miraban aterrorizados parados al lado de una cama. En ese instante escucha una vocecilla familiar y musical, devolviéndole el alma al cuerpo:
- ¿Mami? ¿Eres tú?.
El pequeño Quincey saltó de la cama y fue corriendo a los brazos de su madre, quien lo recibió entre sollozos y risas nerviosas.
En la puerta de la habitación, los compañeros de Mina miraban con satisfacción cómo ella volvía a reunirse con su pequeño. No obstante, comenzó a llegarles el olor a humo que seguramente venía del incendio consecuente de las explosiones ocasionadas por Nayland Smith y Karemaneh. Chia le pregunta algo a los eunucos presentes en mandarín, cosa que estos le contestan aterrados. Luego la mujer les indica el panel de uno de los muros a sus compañeros y le dice:
- Hay una salida de emergencia ahí, pero los eunucos no saben cómo abrirla.
Pero ellos no necesitaban nada más que la fuerza bruta de Frankenstein para abrirla. Como una locomotora desbocada, el monstruo atravesó la muralla sin siquiera hacerse algún rasguño.
Nuevamente tenían un pasillo delante de ellos, pero este con las paredes desnudas y luces de gas iluminándolo. Corrieron a toda prisa hacia la salida, Mina llevando a su pequeño en los brazos; pero lo que se encontraron afuera hizo que sus esperanzas de escape se fueran al tacho de la basura. Una vez que salvaron la puerta que daba al exterior, se encontraron con aproximadamente un centenar de chinos armados hasta los dientes.


Todos calcularon rápidamente las posibilidades, pues los poderes de Chia y la fuerza de Frankenstein quizá les permita abrir alguna vía de escape, pero con el pequeño Quincey con ellos era todo mucho más complicado, y Mina no estaba dispuesta a exponer a su pequeño a un tiroteo.
No obstante, la situación se vuelve aún peor cuando de entre la multitud de chinos aparece Fah-Lo-Sue, quien trae consigo a alguien que no esperaban ver. Se trata del señor Pendragon, quien viene custodiado por un chino que le apunta con su arma en la sien. Fah-Lo-Sue mira con satisfacción  al grupo de Mina y dice:
- Me alegra verla nuevamente, señorita Murray. No esperaba menos de usted que un intento de rescate, aunque me temo que sea estéril al final. Creo que llegó la hora de rendirse o mató aquí y ahora al señor Péndragon.
Muchas sensaciones pasaron en ese momento por la cabeza de Mina, pero lo principal en ese momento era la seguridad de su pequeño.
- Sólo me querías a mí – dice Mina -, ellos no tienen ninguna culpa. Deja que se vayan y se lleven a mi pequeño y quédate conmigo, que es lo que estabas buscando ¿no?.
Fah-Lo-Sue escucha con detención la propuesta de Mina y parece sopesar lo que implica aceptarla; mas al final se ríe cruelmente de ella y agrega:
- ¿No entiende el concepto de la venganza, señorita Murray? La idea es hacer que sufra la persona de la que queremos desquitarnos. Si la hago mi prisionera podría aplicar todos mis conocimientos de tortura en usted, pero aún le quedaría el consuelo de que quienes ama estén a salvo. No, Señorita Murray, creo que el trato no me satisface. El niño se queda conmigo, al igual que el grupo de caballeros y señoritas que han intentado ayudarla. Usted puede irse sin más a llorara su casa a sabiendas de que ellos sufrirán por su culpa.
Pero en ese momento Péndragon se pone a reír. Fah lo mira extrañada y él le dice:
- Crees que me dejaría atrapar tan fácilmente ¿Acaso no había otro hombre con nosotros?... ¿te suena el nombre Mikhail Strogoff?
En ese momento se escucha un disparo y la cabeza de uno de los chinos estalla, lo cual hace que los chinos abran fuego sin tener un blanco al que darle.
Al final, la pelea fue inevitable, así que Chia, Katty y Frankenstein se lanzaron a luchar mientras Mina se tiraba al suelo cubriendo con su cuerpo el de su pequeño. No obstante, alguien alza Mina del de los cabellos con fuerza, dándole seguidamente un golpe en el pecho que la deja sin aliento, la hace chocar con uno de los muros y provoca que se desplome en el suelo sin conocimiento. Esto es provechado por el chino que la ataco para tomar al pequeño Quincey que se ha quedado llorando en el piso.
Mientras eso ocurre, Péndragon, en un movimiento muy rápido, se zafa del tipo que lo encañonaba y le quita el arma, apuntando con ella a Fah-Lo-Sue.
- Será mejor que todos bajen sus armas si no quieren que le vuele los sesos a esta hermosa psicópata. - Dice Pendragon en chino, para asegurarse de ser entendido.
Por su lado, Katty se acerca a auxiliar a Mina y con cuidado le palmea un poco las mejillas para que reaccione. Cuando Mina abre los ojos siente un fuerte dolor en el pecho, aunque al tocarse se da cuenta de que no hay sangre ni heridas; sólo había sido un fuerte golpe de puño. En tanto, el pequeño Quincey  grita por su madre desde los brazos del chino que lo ha cogido.
La amenaza de Jack no surte los efectos deseados, pues en vez de bajar las armas todos le apuntan a él, creando un tenso ambiente. Entonces Fah mira por el rabillo del ojo al matón que tiene al pequeño en sus brazos y, con una sonrisa siniestra, dice y en inglés:
- Si el señor Pendragon no baja su arma ahora, mata al niño.
Mina alcanza a escuchar y emite un chillido desgarrador y, sacando fuerzas de lo más hondo de su ser, se abalanzó sobre el sujeto que tenía a su hijo. Con el puño golpeó tan fuerte la nariz del chino que se la quebró, produciendo que este soltara al chico en un acto reflejo. Luego ella, como una loba que cuida de su cachorro, lo tomó en brazos y lanzó una mirada asesina a quien se atreviera a ponerle un dedo encima a su bebé. Sin embargo, uno de los chinos se atrevió a tratar de quitarle al chico, cosa que fue evitada por Katty, quien le puso certeramente un balazo en medio de los ojos.
En ese momento, cuando parecía que el derramamiento de sangre sería aún peor, por la puerta de la fábrica aparece Karameneh, Nayland Smith y un anciano en una silla de ruedas que sólo Chia conocía y se trataba del tío de Karameneh que las acompañó en el viaje desde China. Ese anciano, al ver lo que pasaba, se pone de pie y dice con una voz potente que deja a todos descolocados:
- ¡Ya es suficiente! Esto se ha transformado en un despropósito. No tiene ningún sentido esta venganza estúpida que sólo ha debilitado al Si-Fan.
Ante los ojos sorprendidos de los presentes, el anciano se lleva las manos a la cara y saca el maquillaje que llevaba y que lo hacían verse mayor,  mostrando que era en realidad un hombre de rasgos afilados y duros, ojos de un verde penetrante y un dejo de crueldad en el rictus de su boca. Al verlo, los chinos se ponen de rodillas y hunden la cabeza en el suelo, mientras que Fah-Lo-Sue parece estar muerta de miedo. Entonces Karamaneh proclama con solemnidad.
- Humíllense ante lord Fu-Manchú, Señor del Sello de Jade y único líder del Si-Fan.

Fu-Manchú

Todos estaban sorprendidos por la irrupción de Fu-Manchú, en especial porque se le pensaba muerto. Pero ahí estaba, parado ante todos con la impronta de un gran señor oriental, mirando con despreció a su hija para luego decirle:
- No tengo animosidad en contra de la señorita Murray. Si ella y sus compañeros tuvieron algún problema con nosotros, eso ya pasó, pues la venganza es sólo para los débiles que no tienen claros sus objetivos. Prohíbo cualquier daño a esta mujer o a quien se encuentre con ella.
Los ojos de Fah se encendieron, pero no tenía el poder para oponerse a la voluntad de su padre, por lo que se puso de rodillas y bajó la cabeza con rabia.
Pero alguien tenía un asunto pendiente con el Si-Fan. Chia, se abrió camino pateando a esos esbirros humillados ante su señor y le dijo a Fu-Manchú:
- Veo que me han utilizado para devolverte tu lugar en tu banda de mafiosos, Fu-Manchú. Tiendo a pensar que lo de mi hermano fue una mentira y eso me hace enojar. Te aseguro que el Emperador, tú y la puta de tu hija pagarán por ello.
- En efecto, Dragón Negro, has de sentirte engañada, pero no todo lo que te dijo el Emperador fue falso. Tu hermano estuvo aquí y ahora se dirige a África con un cargamento de explosivos. El y mi hija se aliaron con unos americanos para proveerles de grandes cantidades de polvora… una de las tantas faltas por la cual mi primogénita ha de ser castigada – Fu-Manchú dirigió una fría y cruel mirada a Fah-Lo-Sue, pero luego continuo - Has sido de gran ayuda para que yo vuelva a mi lugar, así que pide lo que quieras para compensarte.
Chia estaba enfadada, pero sabía que no era sano empezar de nuevo la pelea. Por ello, buscó desquitarse de la mejor forma:
- La quiero a ella.
Con el dedo apuntaba a Karamaneh, la cual abrió los ojos sorprendida y luego miró a su amo con la esperanza de que este se negara. No obstante, Fu-Manchú dijo:
- Puedes llevarte a Karamaneh para que te ayude a encontrar a tu hermano. Una vez que eso haya ocurrido, ella volverá a mí.
No era lo que Chia tenía en mente, pero por el momento bastaría. Ahora sólo quedaba ver la forma de llegar a África.
Por su lado, alarmado por la última conversación, Jack le pregunta a Fu-Manchú.
- Un momento ¿A qué americanos les han vendido explosivos y por qué los trasladan África?.
El jefe mafioso chino levantó una ceja, pero el resto de su rostro se mantuvo impávido. Luego miró a su hija, quien solo debido a este gesto, explicó:
- Nyak era el que tenía negocios con esos americanos. Se trata de la empresa North Polar Practical Association; uno de sus barcos estaba cargando hace un rato pero escapó debido a las explosiones. Sin embargo, ellos nos son los únicos en el negocio; Nyak decía que todo lo estaba haciendo por encargo de su padre.
Las caras de Pendragon y Chia se descompusieron, por razones distintas pero hermanas. No obstante, ninguno dijo nada.
Hasta ese momento parecía que todos hubieran olvidado que el lugar se estaba quemando, por lo que Fu-Manchú organizó a sus hombres para que realizaran las tareas de apagado del fuego, al mismo tiempo que ordenaba que su hija fuera retirada de su vista.
Viendo que ya la situación se había apaciguado y no queriendo tentar en exceso a la suerte, Pendragon les indica que era hora de retirarse. Sin embargo, Nayland Smith, molesto, le espetó.
- ¿Es acaso imbécil, Pendragon? Tenemos al mayor criminal chino al alcance de nuestras manos y no podemos dejarlo irse así como así.
Jack se mostró bastante asteado en el momento en que le contestó:
- Nosotros veníamos por el pequeño de la señorita Murray y ya lo tenemos acá, Smith. Si quiere seguir con esto, hágalo; pero créame que tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos.
El agente de Scotland Yard miró a todos con una mezcla de ira y frustración, pero no hizo nada. Sencillamente se fue calle abajo mascullando su rabia.
Al mismo tiempo que Nayland Smith se iba, de uno de los callejones salió un carruaje en el que venía de cochero Strogoff con una carabina posada en sus faldas. El ruso saludó a todos alegremente y les invitó a subir, cosa que hicieron de inmediato; aunque todos no cabían en el interior, por lo que Frankenstein decidió acompañar a Strogoff.
Ya en camino y mucho más relajados, Jack les contó acerca de cómo les fue con lo del rescatar a Quatermain, quien fue sacado sano y salvo del fumadero de opio donde le tenían y ya estaba instalado nuevamente en la casa de Pendragon. También aprovechó de reñirle seriamente a Katty por haberse metido en esto y por tener a su madre con los nervios de punta, cosa que la chica no acepto, pues Jack no era su padre y ella no era una niña. La discusión no pasó a mayores porque Mina les hizo bajar la voz ya que su pequeño se había dormido.
Siguieron el viaje en silencio por rato. No obstante, Mina, con cierta culpa por su falta de delicadeza, le dice a Jack:
- Perdone, pero no le he agradecido por ayudarme. 
- No se preocupe, Mina. Lo importante es que su hijo se encuentra a salvo.
Y Jack le corrió de la frente un mechón de cabello al chico con delicadeza, mirando con atención la cara del niño mientras dormía. Mina se quedó alertada ante la expresión de preocupación con que Pendragon contemplaba a su pequeño Quincey y le consultó de inmediato si había encontrado algo extraño en su hijo. Jack le dijo bajando la voz:
- No quiero ser impertinente, Mina, pero miraba a su pequeño y pude darme cuenta que heredó mucho de usted, como el color del cabello y la forma de los ojos; pero no veo nada de Harker en él. De hecho, su nariz y la forma de los labios son muy características de la gente del centro de Europa.
En cualquier otra circunstancia Mina hubiera reaccionada airada por lo que Pendragon estaba insinuando con sus palabras. No obstante, no vio malas intenciones en los ojos de Jack, por lo que dijo al fin casi con un hilo de voz:
- Usted leyó en mi expediente lo que me pasó hace cinco años… como estuvo a punto de cambiar. Fue una época oscura para mí, pero algo bueno salió de ello. No importa quién sea el padre de mi pequeño, el es un ángel que no ha sido tocado por la oscuridad.
Pendragon no quiso agregar más, pero Chia, que podía escuchar la conversación aunque susurraran, se concentró en el chico y vio que había algo que no era humano en él, pero tampoco dijo nada.
Llegaron al final a la casa de Pendragon, pero a penas paró el coche escucharon los gritos de alguien que exigía ver a su hijo. Obviamente se trataba de Jonathan Harker, quien había sido informado que del rescate exitoso de Quincey. Por su lado, Mina, descorazonada, no deseaba entregar a su pequeño, pero sabía que debía hacerlo, pues la ley amparaba a su ex marido. Mientras ella se debatía, Jack bajó y fue a donde estaba Harker. Ninguno supo de qué hablaron, pero Jonathan movía mucho las manos gesticulando, mientras Jack parecía muy calmado. No obstante, de un momento a otro Harker se quedó quieto y pálido como el papel. Después, completamente descompuesto, subió a su coche y se retiró.
Cuando Pendragon volvió donde Mina, le dijo:
- Mañana continuamos con nuestra misión, Mina, pero hoy el chico se queda con usted. Harker ha accedido y vendrá después del desayuno a buscarlo.
No era mucho, pero Mina agradeció el gesto con una sonrisa y abrazó con más fuerza a su pequeño. 
Ya era tarde y todos estaban rendidos, por lo cual Pendragon les invitó a quedarse a pernoctar, ya que al día siguiente partirían a la siguiente escala que le presentaba su misión: París.

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Un poco más tarde, Chia y Jack han estado hablando en su estudio. Él le explicaba por qué había formado ese grupo de personas extraordinarias y cómo parecía que los objetivos de Chia se complementaban con los de la liga.
- ¿Entonces me ofreces formar parte de tu grupo?- dice Chia.
- Lo quieras o no, estamos en el mismo bando, Chia. Si tu hermano y tu padre están metidos en esto, entonces la cosa es mucho más grande y grave de lo que pensábamos.
- No soy buena trabajando con otras personas, pero acepto. Está en juego el futuro de toda la humanidad y no me voy a quedar con los brazos cruzados.
Dicho esto se retiró. Había dejado a Karamaneh en la habitación preparando un baño y todo lo necesario para hacerle un masaje… quizá después de eso se anime y se entretenga un rato con su nueva sirvienta.
Por su lado, Jack se quedó pensativo. Chia era un aliado importante, pero también un riesgo debido a su naturaleza demoniaca. Entonces se puso de pie, buscó en los cajones todo lo necesario y lo llevó a su escritorio. Tiras de papel de arroz, un pincel, tinta negra e incienso era lo que había encontrado. Con cuidado, comenzó a dibujar los caracteres chinos en el papel mientras pronunciaba las oraciones y quemaba el incienso. Siempre era mejor estar preparado.

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