jueves, julio 09, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto XI)


El Pirata y el Detective


París, finales de agosto de 1899.

Tanto Sandokán como Yáñez miraban el panorama con cara de sorpresa, pues jamás se hubieran imaginado las maravillas de la Ciudad Luz. Si bien el malayo conocía las urbes de la India y los alrededores, que en nada tenían que envidiar a la capital de los franceses, esto era muy diferente, con tranvías recorriendo las calles, carruajes mezclados con esos nuevos y ruidosos automóviles, hombres elegantes y mujeres guapas exquisitamente coquetas.

Habían viajado desde Malasia en la goleta que El Fantasma les cedió, contrataron a marinos profesionales en Madrás de distintas nacionalidades, ya que Sandokán no quiso alejar a sus hombres de sus familias, y cruzaron el Índigo, llegaron a Suez, penetraron en el Mediterráneo y visitaron Alejandría, Constantinopla, Atenas, Nápoles y Roma antes de llegar a Marsella y cumplir la última voluntad de Edmond, lanzando sus cenizas entre la costa de la ciudad y el islote donde se erguía el siniestro Castillo de If. Luego de esto, como deseaban aprovechar el viaje y tenían otro encargo que los llevaría a París, siguieron camino a Barcelona, luego a Málaga, cruzaron el estrecho de Gibraltar, conocieron Lisboa y Porto, donde Yañez le mostró el lugar en que había nacido y visitaron a alguno de sus familiares. Luego siguieron la marcha hacia el norte, parando en La Coruña, Bilbao, La Rochelle y Le Havre. Ahí despidieron a sus marinos con una buena paga en los bolsillos, vendieron la goleta en muy buen precio y siguieron el viaje por tierra hasta París.
Desde la estación de trenes gare du Nord tomaron un taxi que los llevara a la dirección escrita en el sobre que les entregó El Fantasma. Así, pudieron disfrutar de un paseo por la ciudad, recorriendo varias zonas de interés. Fue entonces cuando pasaron al lado de una enorme torre de metal, con los remaches a la vista y las vigas de acero sin pintar. Ante la curiosidad de Sandokán, el conductor del taxi le explicó:
- Es la torre que construyeron para la Exposición Mundial del 89, le bautizaron le tour de 300 mètres, pero todos la llaman torre Eiffel por el tipo que la construyó.
- ¿Y por qué no la han terminado?.
La nueva pregunta de Sandokán dejó por un rato descolocado al conductor, pero luego explotó en una sonora risa, diciendo que el señor era muy gracioso. No obstante, Sandokán miró desconcertado a Yáñez, pues su pregunta fue del todo seria; el portugués sólo le sonrió y le hizo una seña para que supiera que luego le explicaría.
Al final llegaron a la dirección que buscaban, pagaron el taxi y tocaron a la puerta de una bonita casa de tres pisos con hiedra creciendo en su fachada. Al instante, un joven de fino bigote y peinado engominado salió a abrir, por lo que Yáñez fue el que dijo:
- Buenos días. Verá, buscamos a Monsieur Dupin.
El joven abrió su boca para contestar, pero desde el interior de la casa se escuchó una voz rasposa y con un tono claro de enojo que fijo:
- ¡Es Chevalier Dupin! ¡Chevalier Auguste Dupin!… ¡Estoy esperando visitas importantes, así  que vuelvan mañana!.
El portugués y el malayo se miraron entre sí con desconcierto. La verdad es que ese tipo era muy mal educado, pues por último hubiera salido a recibirlos a la puerta para disculparse y no gritarles desde adentro. Por ello, Yáñez se atrevió a decir fuerte:
- Chevalier Dupin, sólo le quitaremos unos minutos. Venimos de parte de William Walker, le traemos una carta de su parte.
Por un momento hubo silencio, hasta que se escucharon los pasos de alguien que se ayudaba de un bastón para caminar. Al rato salió a la puerta un anciano de unos setenta años, calvo en la parte superior de su cabeza y con mechones de blanco pelo que salían de sus sienes. Llevaba bigote y barba en el mentón y sus fríos ojos marrones parecieron analizar a ambos viajeros. Luego, con un gesto de la mano, les invitó a entrar a la casa.
El interior de la casa era un lugar bastante desordenado, con olor a viejo y moho. Había montones de periódicos apilados por todas partes, libros y cosas que parecían muy antiguas. En las paredes las pinturas estaban ennegrecidas y el papel mural manchado. No obstante ni al anciano o al chico que les abrió la puerta parecía importarles, pues con naturalidad les llevaron a un estudio en que podían verse cuadros con recortes de diarios donde contaban acerca de las proezas de Dupin como detective y la medalla de la Legión de Honor en un lugar especial sobre la chimenea.
- Puedo ver lo que me han traído.
Sandokán saca de dentro de su abrigo – pues había accedido a usar ropas occidentales, sin quitarse el turbante – el sobre y se lo extendió al anciano. Luego esperó a que Yáñez hablara, pues todos esos occidentales asumían que él era un sirviente hindú. El portugués, por su lado, dijo:
- Mi nombre es Vasco da Sousa y mi sirviente se llama Aryam, el señor Walker nos…
No pudo terminar de hablar, porque Dupin le detuvo con la mano y abriendo el sobre, leyó lo que contenía ignorando a los viajeros. Por su lado, el joven que estaba con ellos les sonrió y les tendió la mano para presentarme:
- Es un placer. Mi nombre es Hercule Poirot y vengo de Bruselas a estudiar los métodos de investigación del Chevalier Dupin.
El muchacho se veía bastante simpático, al contrario de su profesor, quien leía la carta enarcando una ceja y con un rictus en sus labios que le daba un aire pedante. Entonces, clavando nuevamente la mirada en los dos piratas, Dupin les dijo:
- Ustedes me mienten. No son quienes dicen ser.
La forma en que lo dijo fue rotunda e inapelable, sonriendo socarronamente como quien ha captado una broma. No obstante, a Yáñez y Sandokán esto no les parecía chistoso, pues los ingleses aún ofrecían un precio por sus cabezas, a pesar de que hace años que no atacaban un barco con la bandera británica.
Justo en ese momento tocan a la puerta, pero a pesar de ello la tensión en esa habitación no baja. Poirot pide permiso al dueño de casa para ir a abrir y Dupin asiente sin dejar de mirar con la ceja levantada y una media sonrisa a Sandokán y Yáñez. Por su lado el Joven belga sale presto a ver quién llama y se escuchan voces mientras el aire podía cortarse con una cuchilla en esa habitación. Al rato, al estudio entró una media docena de personas, algunos con una pinta bastante extraña, pero fue una mujer la que salió adelante y saludó a Dupin, cosa que este respondió:
- Estoy feliz de verla nuevamente, mademoiselle Murray. Ha llegado justo a tiempo para que le presente a los caballeros acá presentes.
Entonces todas las miradas se dirigieron a los dos piratas, los cuales esperaron a ver cuál era el juego del viejo.

Rosas color Sangre (1)

Catacumbas de París, finales de agosto.

La prostituta ya no tenía ninguna fuerza. Al principio había intentado luchar, luego el placer la arrebató y se retorció mientras la vida se le escapaba de las venas. Al final, su cuerpo quedó tirado sobre el frio suelo de piedras, mientras el monstruo que la abrazaba se erguía dejando escapar un siseo de éxtasis antinatural de su garganta.
Con un leve empujón, el cadáver de la chica cayó a las aguas negras que corrían por las catacumbas, así que el vampiro siguió su camino como si nada. No obstante, al avanzar unos metros se detuvo en seco, pues sintió un escalofrío subirle por la espalda. Se giró antinaturalmente rápido, sabiendo que lo observaban y entonces vio ese par de puntos rojos en la oscuridad y oyó ese castañeteo irritante. Al final, una voz cavernosa le dijo con un marcado  acento teutón:
- No quise interrumpirte mientras te alimentabas, viejo amigo. Venía a ver cómo iban nuestros planes.
El vampiro no pudo evitar sentirse incomodo ante esa presencia, cosa que le molestaba en demasía, estando acostumbrado a ser él el que infundía miedo. Sin embargo, manteniendo la compostura, contestó:
- Todo va bien Kurt. Tenemos al músico en nuestro poder y no se le ha hecho ningún daño, como me dijiste.
De entre las sombras salió la cosa a la que el vampiro tanto temía. Tenía la piel pegada a los huesos, reseca y marchita, la boca llena de colmillos, los ojos inyectados en sangre y castañeteaba sus garras a sabiendas que eso le hacía más repulsivo. Ni siquiera se esforzaba por esconder su naturaleza monstruosa.
- Quiero ver al músico a solas, Vlad. Asegúrate de que nadie nos espíe y yo me encargaré de que por fin tengas a esa mujer… y puede que te regale también la criatura y al inmortal que vienen con ella.
El vampiro se sentía humillado por el trato que la cosa le daba, en especial cuando parecía que le otorgaba dádivas como quien le lanza un hueso a un perro, pero no le quedaba más que esperar y usarlo para poder tener nuevamente a la mujer que deseaba con pasión insana. Tenerla entre sus brazos y poder corromperla.
“Pronto, mi hermosa Mina, Pronto”- Pensaba mientras caminaba detrás de Orlok.

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