martes, agosto 04, 2015

La Justicia (Acto I)


Los pasos sonaban en el pasillo central de la nave de la iglesia, fuerte y claros, como los tiempos marcados por el tambor a los galeotes. No quería darle el gusto a ese espectro, pero estaba asustado y desesperado, como nunca en su vida pensó que llegaría a estar… aquello que alguna vez le guntó producir en otros ahora lo estaba sintiendo y no le agradaba. Ahora se enfrentaba a algo totalmente nuevo, la falta absoluta de control; que las cosas estuvieran más allá de lo que él pudiera decidir.
Y todo esto por una estúpida jugarreta de niños.
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Todo comenzó con la reunión de los ex alumnos de la exclusiva escuela a la que habían asistido durante toda su educación. Se trataba de uno de los establecimientos más reputados de la ciudad cuando ellos estudiaron en él, y hoy seguía siéndolo, contando entre sus ex alumnos con personajes destacados en todas las áreas, como artistas, políticos, hombres de ciencia y empresarios.
Erik trabajaba para una empresa del rubro de la tecnología como gerente en la filial local, lo cual le hinchaba el pecho de orgullo. Había trabado amistad durante sus años de escuela con otros tres chicos que hoy eran hombres exitosos… bueno, casi todos, según lo que Erik entendía por éxito. Sergio era un reputado doctor en oncología, Julio se dedicó al deporte y era un hábil piloto de rallye, mientras que Rafael… él sintió el llamado de Dios y se hizo cura, siendo párroco en uno de las iglesias del barrio acomodado de la ciudad; además salía constantemente en televisión pues estaba encargado de hacer esos mini programas de reflexiones en un canal católico. Para Erik eso de ser cura no le terminaba de convencer, pues su padre siempre dijo que los hijos maricones de buenas familias iban a parar al seminario, y sólo para que les curaran de su desviación rezando; por ello nunca estuvo de acuerdo con la decisión de Rafael, pensando que confirmaba algo que siempre sospechó: que era un marica débil de carácter.
No obstante, hacía mucho tiempo que no estaban juntos los cuatro amigos, debido principalmente a que la vida que llevaban sólo les permitía juntarse en contadas ocasiones, y nunca los cuatro a la vez. Esa noche, la generación de 1990 celebró su reunión con una cena en uno de los restaurantes más finos de la ciudad, rieron de sus recuerdos y se pusieron al día en cuanto a lo que habían hecho en los últimos 4 años. El lugar había sido decorado con fotos de los distintos años en que estuvieron estudiando y verlas despertaba más recuerdos de anécdotas. Mientras repasaban las fotografías, Julio, el piloto, vio una donde salía todo el curso posando cuando estaban un año antes de terminar la primaria. Repasó las caras de todos los compañeros, algunos de los cuales no terminaron de estudiar junto a ellos, entonces se dio cuenta del más pequeño de todos en la clase, con sus anteojos enormes de grueso marco y cara de niño. Una sonrisa malévola se dibujó en la cara de Julio y les dijo:
- ¡Miren! Recuerdan a este… si no me equivoco le decíamos mierdecilla.

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Era 1985 cuando a mitad de año el pequeño Patricio ingresó a la escuela. Era más bajo que los chicos de su edad y sin los rasgos propios del cambio del cuerpo infantil al de un hombre, sólo denotando el alboroto de sus hormonas en las espinillas que poblaban su rostro. Además, se trataba de un chico algo opacado, muy callado, quizás afectado por el abandono paterno. Regularmente sacaba libros de la biblioteca de la escuela y los leía en el recreo; le gustaba la poesía y las historias de aventura. No tenía amigos, por su misma personalidad, y pasaba desapercibido incluso en la sala de clases.
Pero un día el pequeño se hizo notar y de la peor forma que pudo.
Erik y su grupo eran conocido como los “cuatro fantásticos”, pertenecientes a familias adineradas, buenos deportistas, apuestos y con un futuro prometedor, eran la popularidad personificada, pero muchos sabían que en realidad ellos formaban un grupo de matones a los que el déspota de Erik lideraba. El típico grupo que hoy llamaríamos bullies, pero para esa época era un concepto totalmente desconocido.
Todo sucedió un día en la clase de gimnasia, en el gimnacio de la escuela, donde la mayoría de los púberes galanes se pavoneaban frente a sus compañeras tratando de mostrar cuál de todos tendría el plumaje más multicolor. Por desgracia, Patricio no era nada más que un polluelo cegatón al lado de los otros chicos de su edad. Pero lo que jugaba más en su contra era su constante despiste, lo cual lo hacía olvidarse por completo del mundo que lo rodeaba; divagando su mente por los hermosos parajes de sus novelas de aventuras, u obnubilado por los sentimientos que le embargaban debido a la belleza de los poemas que leía. Todo esto importó un carajo cuando tontamente se cruzó en el camino de Erik, él cual tampoco advirtió la presencia del pequeño niño, chocando con él y rodando ambos por el suelo, mientras la mayoría de los presentes se reía por la ridícula situación.
Erik, un gigante al lado de Patricio, se puso de pie de inmediato y, con la mirada desencajada, recorrió las caras llenas de risa de los compañeros que les rodeaban. Entonces, buscando al responsable de haberlo transformado en el bufón de la clase, advierte a ese pequeño animalejo que se estaba poniendo de pie a su lado. La verdad es que hasta ese momento ni se había percatado de la existencia de chico desgarbado e insignificante; pero en ese preciso instante el pequeño Patricio se transformó en el centro alrededor del cual gravitó toda su ira. Como quien levanta un muñeco de trapo del suelo, Erik tomó del pescuezo al pequeño y lo alzó hasta que su cara quedó frente a frente a la suya, descargándole un puñetazo que hizo que sus gruesos anteojos volaran por los aires, siendo un milagro que no se quebraran los cristales a chocar con el suelo de cemento.
-¡Qué acaso no te fijas por dónde caminas, pequeña mierda! ¡Acaso crees que puedes dejarmes en ridículo y salir bien parado de eso!
Erik descargó otro golpe en el estómago del chico, sacando todo el aire de sus pulmones y produciendo que el desayuno de esa mañana subiera por su esófago y saliera explosivamente por la boca.
Por su lado, el profesor encargado de la clase de gimnasia miraba sentado en una banca todo lo que ocurría, sin intervenir hasta que vio que la situación podía volverse que grave. Al profesor le caían bien Erik y su grupo de amigos, siendo ellos un recuerdo de lo que él fue juventud, por lo que les dejaba hacer sus tropelías, pues sabía que sólo eran cosa de niños. Además, quizá una buena golpiza a ese chiquillo medio tonto le obligaría a despabilar y a caminar por más cuidado por ahí. No obstante, en ese momento el vómito de Patricio cayó sobre la cara de Erik, escurriendo luego por su sudadera blanca, volviéndola de un color verde. Al ver que lo que se vendría sería mucho peor de lo que ya había pasado, por fin el profesor se dignó a intervenir, tomando a Erik del cuello y llevándolo un lado, mientras que Patricio caía casi inconsciente al suelo.
-¡Ya es suficiente! Ve a las duchas y aséate, Erik. Que alguno de ustedes se lleve a ese mocoso a la enfermería; y digan que se cayó haciendo alguna pirueta. Lo que aquí ocurrió queda entre nosotros.
Los amigos de Erik se llevaron  éste casi arrastrando a los vestidores, mientras gritaba:
-¡Esto no ha terminado! ¡Nos veremos nuevamente, mierdecilla!
El calvario de Patricio sólo había comenzado.

**********

Habían pasado dos semanas desde la reunión de ex alumnos.
Eric llegó esa mañana al trabajo de mal humor, porque a su mujer de nuevo le había dado por celarlo, cosa que le estropeó el desayuno. En la oficina, su cara de pocos amigos y ese aire de importancia que mostraba al caminar hacia que todos en la empresa le dejaran el paso libre. A su relativamente corta edad, ostentaba un cargo muy alto en una multinacional que vendía millones de dólares mensuales en tecnología, desde chip hasta avanzados sistemas de tomografía para la medicina; y eso había aumentado su arrogancia natural hasta lo insufrible. Entre sus subalternos era de conocimiento público que el jefe sabía exactamente a quiénes besarles el culo y a quiénes pisotear para escalar en su camino al éxito, así que nadie se metía con él para no desatar su ira, la cual ya se había cobrado del empleo de varios ahí.
Al entrar a la antesala de su oficina, Erik se encontró con sus dos secretarias. Primero estaba la chica de piernas largas de turno, la cual iba cambiando según se aburría de dejarla hacer horas extras en algún exclusivo motel; “su reserva de carne fresca” como solía pensar. Por otro lado estaba Rita, una mujer ya mayor de trato seco, a la cual Erik soportaba porque era quien de verdad hacía que las cosas se movieran en esa oficina. Rita se había transformado en su mano derecha, manejando su vida con la precisión de un reloj y nunca tomándose ninguna libertad en el trato; siempre un seco "buenos días", luego un repaso de las cosas importantes del día y nada más hasta que la mujer se despedía con un frío "hasta mañana" al final de la jornada. La verdad es que Erik detestaba a esa mujer, con su olor nauseabundo y sus dientes amarillos debido a su incurable tabaquismo, pero la necesitaba y había demostrado ser de total confianza, cubriéndole incluso en sus escapadas con las otras secretarias.
Con la minuta del día tipiada sobre su mesa por Rita, Erik se entregó a sus labores, aunque pidió que le enviaran unas flores a su mujer aquella mañana, pues quería cortar lo antes posible con ese problema de los celos.
Inmerso en la revisión de los balances mensuales, un inesperado y molesto anuncio por parte de la secretaria de piernas largas le hizo torcer el gesto:
- Señor, le busca el padre Rafael.
¿Qué mierda quería Rafael? Nunca le había visitado en su trabajo, pues sabía que detestaba las visitas de cortesía. Erik en la oficina no trataba temas personales, sólo trabajo, así que tendría que ser algo muy importante lo que Rafael deseaba hablar o, por muy cura que fuera, le mandaría con una patada en el culo directo a la calle.
Rafael entró a la oficina en el momento en que la chica de piernas largas le abría la puerta, mientras ésta le decía que se veía igualito en la televisión, cosa que el cura agradeció con una sonrisa incómoda. Una vez que se quedaron a solas, Erik invitó a sentarse a Rafael y pidió que le trajeran unos cafés. El saludo entre ambos fue tenso, ya que Erik tenía cara de cabreado. Por ello, se saltó cualquier protocolo y le pidió a su amigo que fuera al grano, pues tenía demasiado trabajo.
Lo anterior dejó algo descolocado a Rafael, quien esperaba un intercambio de información de cortesía, por lo menos para romper el hielo. Pero en el fondo sabía que Erik no había cambiado en nada desde la escuela, siendo el mismo arrogante que se creía dueño del mundo.  Ante esta falta de tacto, el padre Rafael se paró y miró con aire distraído por la ventana, cosa que puso aun más impaciente al dueño de esa oficina. Pero si Erik fuera un poco más observador, menos concentrado en sí mismo, se hubiera dado cuenta de la palidez y de las ojeras de Rafael, en el leve temblor en sus manos y en cómo una gota de sudor corría por su frente. La verdad es que el sacerdote miraba por la ventana porque estaba eligiendo sus palabras cuidadosamente, aunque al final lo que salió de su boca fue una frase del todo estúpida:
- Vine a saber cómo estabas.
Erik levantó una ceja al escuchar esto, conteniendo sus ganas de echarlo en el acto y agregando:
- Si sólo vienes a hacer una de tus visitas pastorales, será mejor que te devuelvas por donde llegaste. Estoy trabajando en algo importante en este momento y no tengo tiempo para desperdiciarlo.
Rafael era un hombre de Dios, pero no estaba acostumbrado a poner la otra mejilla, por lo menos no últimamente. Los desplantes con los cuales solía tratarlo Erik, en especial desde que había elegido tomar el camino del Señor, seguían sacándole de quicio.
- No vine para que seas majadero conmigo, Erik. Sólo lo hago porque me preocupo por ti y por ser mis amigo.
A Erik le importaba un carajo los sentimientos que el cura guardará hacia él, sencillamente deseaba que lo dejara trabajar tranquilo y que se llevara toda su mierda santurrona, pues ya tenía suficiente con tener que acompañar a su mujer todos los domingos a misa. No obstante, quizá providencialmente, tocan a la puerta en ese momento; se trataba de Rita, quien traía los cafés. La mujer, silenciosa como siempre, depositó la bandeja con dos tazas, azúcar, endulzante, galletas y un par de cucharillas y se retiró, aunque antes de irse le dirigió una inexpresiva mirada al sacerdote, lo cual produjo que éste se pusiera aún más nervioso.
Cuando Rita los dejó solos, Erik le tendió el café al cura, cosa que Rafael agradeció, sentándose en el lugar frente al escritorio de su amigo y tomando la taza con manos temblorosas. Esto no pasó desapercibido por Erik, quien con su acostumbrado tono directo y algo bruto, interrogó a su amigo acerca de lo que en verdad le ocurría.
-No pasa nada – dijo Rafael, titubeante - es sólo que desde la reunión de ex alumnos, viejos recuerdos vinieron a mi memoria, y algunos no eran del todo agradables… ¿Recuerdas a ese chico de lentes del cual nos reímos cuando vimos su foto? ¿Todo lo mal que le hicimos pasar?
Traer eso a colación en ese momento a Erik le pareció un chiste ¿Qué importancia tenía un mocoso estúpido a esas alturas de su vida? De seguro después que se fue de colegio tuvo una vida de mierda y hoy era uno de esos tantos fracasados que pululaban por el mundo; alguien que ha Erik traía sin cuidado. Sin embargo, ahí tenía a su viejo amigo, que ahora era un influyente e importante clérigo, recordándole niñerías que hace tiempo había olvidado y haciéndole perder un precioso tiempo. Por ello, siendo tan desagradable como pudo, le dijo:
-¿Por qué habría de preocuparme por esa mierdecilla? Tengo 1 millón de cosas más importantes de las que preocuparme como para comenzar a sentirme culpable por algo que ocurrió hace muchos años. Y si pretendes que te confiese mis sentimientos de culpa, créeme que tú eres el último cura en mi lista para sincerarme y tranquilizar mi conciencia.
Rafael se quedó mirando por un buen rato a Erik a los ojos, cosa que esté imitó desafiante. Después el sacerdote apuró el último trago de su café, se puso de pie, alisó su chaqueta y con aire grave, volviendo a agregar:
-Sigues siendo igual de insufrible que cuando estudiábamos, intentando demostrarle a todos que tú siempre estás al mando. Pero a pesar de todo, te sigo considerando mi amigo, así que por favor toma mi consejo: deja por un tiempo la ciudad junto a tu mujer e hijos. Tomate unas vacaciones en algún lugar bonito, piensa en lo que hicimos y trata de ser por una vez en tu vida empático con el dolor de otros.
Erik se echó para atrás en su asiento y dejó salir una carcajada burlona que fue más irritante que cualquier insulto para el sacerdote. Luego, a manera de mofa, le dijo:
-¿Algún otro mandato que su santidad tenga para mí?
Rafael no cayó en el juego del ejecutivo, simplemente le hizo un pequeño gesto con la cabeza a manera de despedida, saliendo de ahí tan rápido como pudo. Por su lado, Erik se quedó por un momento pensando a qué venía todo eso de acordarse de esa mierdecilla justo en ese momento. Está bien; hace dos semanas había sido la reunión de ex alumnos y se habían reactivado memorias y culpas en la mente del cura, pero sus nervios daban a entender que había algo más detrás de todo esto. No obstante, intentar entender las intenciones de otros o sus sentimientos era algo totalmente ajeno para Erik; por lo cual decidió dejar pasar esto y seguir con los suyo.
Cuál sería su sorpresa cuando este asunto volvería a atormentarlo en los siguientes días.

**********

Fue después del almuerzo que todo se volvió surrealista. Como todos los días, Erik fue a su casa pasado mediodía, comió con su familia, hizo una pequeña siesta de 20 minutos y a las tres de la tarde ya estaba de vuelta al trabajo. No obstante, sentado en la antesala de su oficina se encontraba un sujeto bajo, de cara morena, pelo entrecano y gafas de vidrios extremadamente gruesos. Llevaba un traje gris, barato, algo gastado y de una talla más grande de lo adecuado. De seguro no se trataba del tipo de persona que solía reunirse con Erik para tratar algún negocio importante, así que fuera lo que fuera, lo despacharía rápido sin importarle nada. No obstante, una reluciente placa de policía fue lo que el sujeto le mostró cuando le dijo:
-Soy el inspector Morales de la brigada de homicidios. Me gustaría hacerle un par de preguntas.
Erik miró con cara de pocos amigos a sus dos secretarios, pero la morena de piernas largas estaba muy nerviosa y Rita sencillamente se encogió de hombros. Al final, incómodo, invitó al inspector a que entrara a su oficina.
Una vez que ambos se encontraron a solas, Morales, quien paseaba con descuido la vista por cada cosa que había en ese lugar, dijo al fin:
- Disculpe que deba quitarle tiempo precioso, pero ha ocurrido una terrible desgracia y estamos buscando información para resolver un crimen.
Erik no entendía de qué forma él podía ser de ayuda para la investigación de un asesinato, pues dedujo que de eso se trataba en el mismo momento en que ese extraño sujeto se identificó como inspector de la brigada de homicidios. Esto lo hizo ver de la manera más altanera posible, como siempre había acostumbrado.
- No sé si usted sabe exactamente quién soy yo, inspector. No creo que un importante ejecutivo tenga mucho que ver con los crímenes que ocurren en esta ciudad.
A Morales no le impresionaban esas ínfulas de señor importante; estaba más que acostumbrado a tratar con esa clase de tipos que se creen dueños del mundo y que todos están ahí para servirlos. Así que, para que el señor entendiera por qué era de importancia su ayuda, sacó de dentro de su chaqueta unas fotografías y se las extendió a Erik.
Por un momento pensó que se trataba de una broma, pues en las fotos aparecía un sujeto que tenía unos ganchos clavados en la espalda, los cuales estaban unidos a cadenas, las que a su vez colgaban del techo, muy similar a como se guarda la carne en un frigorífico. Sin embargo, cuando pasó a la siguiente foto y pudo ver el rostro del sujeto, a pesar del rictus de dolor no le fue difícil reconocer al padre Rafael. Sin decir nada, Erik dirigió su mirada al detective esperando una explicación.
- Las mujeres encargadas del aseo de su parroquia encontraron al padre Rafael esta mañana en la nave central de la Iglesia. No sabemos cómo, pero una persona le metió esos ganchos en los músculos de la espalda de tal manera de que produjera un copioso sangrado y que quedará firme mente afianzados. Luego, haciendo uso de un sistema de poleas que hay en el techo de la Iglesia para elevar una araña de luz, colgaron al sacerdote y lo dejaron ahí para que se desangrara en el transcurso de la noche.
Por muy duro que se creyera Erik, la descripción de la tortura que le hizo Morales produjo que un escalofrío le recorrió la espalda. A pesar de que la última vez que habían hablado no fue una conversación en sí amistosa, ningún ser humano podía no sentirse sobrecogido ante esto. No obstante, más allá de que eran buenos amigos desde la escuela, Erik no entendía por qué el detective venía a hablar con él. Esto fue dilucidado por Morales en seguida:
- De la rectoría de la parroquia logramos rescatar la agenda de su amigo. En ella tiene marcada tres visitas hechas hace unos pocos días, siendo una de esas personas usted. Cuando el padre Rafael estuvo acá ¿no notó nada raro?
Con la frialdad de un mentiroso avezado, Erik le dijo al inspector que no se había percatado de nada; ellos sólo habían hablado de cosas triviales, del tipo de las que tratan viejos amigos, nada más. Por su lado, Morales tomó nota de esto, dándole una tarjeta a Erik y pidiéndole que cualquier detalle que recordara se lo hiciera saber. Luego lo dejó solo en su oficina.
No era que tuviera miedo de ser sospechoso, lo cual era totalmente ridículo, pero Erik no estaba dispuesto a contarle cosas personales a ese detective.
Con las manos temblorosas, se acercó al pequeño bar de su oficina donde siempre guardaba una botella de whisky; sirviéndose uno doble. Mientras bebía saboreando cada sorbo, Erik se acercó a la misma ventana por la cual Rafael miró la última vez que estuvo ahí; su mente estaba trabajando a todo dar, buscando alguna explicación para la atrocidad que acababa de ver en esas fotos, seguro de que había algo que estaba pasando por alto… y entonces recordó.
Con los ojos muy abiertos giró sobre sus talones con una mezcla de ira y sorpresa en su cara. Luego, entre dientes, masculló:
- ¡Esa mierdecilla! ¡Cómo pudo atreverse!

Leer acto II

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