martes, agosto 11, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto XII)

Día en la Ciudad Luz

A la mañana siguiente después de haber rescatado al pequeño hijo de Mina, el grupo completo tenía que ponerse en marcha, pues la siguiente escala de la misión era París. Al final de la noche anterior, todos habían llegado bastante cansados a la casa de Pendragon, por lo cual se retiraron rápidamente a los aposentos destinados para ellos. Chia se fue a dormir acompañada de Karamaneh, debido a lo cual en esa alcoba se escucharon algunos ruidos poco decorosos, cosa que el resto de los que se encontraban en la casa eligieron ignorar. Por su lado, a Mina le importó muy poco lo que pasará en el resto de la casa, pues ella se quedó feliz viendo como su pequeño dormía profundamente su lado. Pero no todos descansaron, siendo Jack el único que se quedó un rato más planeando y tomando ciertas precauciones para la misión que debían emprender.
A primera hora de ese día, dos coches esperaban en la puerta del domicilio de Pendragon, uno en el que la señora Butler esperaba a su rebelde hija con cara de pocos amigos, mientras en el otro se encontraba el señor Harker haciendo exactamente lo mismo. A pesar del obvio malestar de ambos padres, aunque por razones totalmente distintas cada uno, a ambos se les fue entregado su hijo, partiendo de inmediato a sus respectivos hogares. Sin embargo, desde la vereda frente a la casa de Jack, Mina miraba desconsolada como su ex marido se alejaba llevándose su pequeño quizá para no dejárselo ver nunca más.
Pendragon, quien entendía perfectamente el dolor que estaba sufriendo esa mujer, se acercó y le dijo:
- No se preocupe, señorita Murray. Me tomé la libertad de encargarle al señor Cratchit que vea todo el papeleo necesario para que usted pueda tener derecho a estar cerca de su hijo.
Mina por un momento se quedó mirando fijamente a Pendragon, tratando de ver que secretas intenciones estaban detrás de ese ofrecimiento de ayuda. Sin embargo, le fue imposible ver algún doblez en la actitud de Jack, cosa que la desconcertó. Al final agregó:
- No entiendo por qué me quiere ayudar, señor Pendragon, pero se lo agradezco.
Por su lado, Jack, sonriendo, le dijo:
- La verdad lo hago porque detesto a los sujetos como su ex marido… además, pude ver el amor que usted profesa por ese pequeño. No es justo que no pueda verle.
Mina sólo sonrió amargamente, subiendo nuevamente a la habitación que estaba ocupando para terminar de empacar.


Para las 10 de la mañana el grupo completo se encontraba en los campos donde habían dejado el Albatross, listos para emprender el viaje a la Ciudad Luz. Ahí también se encontraban el antipático señor Bond, al señor Mycroft Holmes y su asistente Watson, quienes les pusieron al corriente de lo que les esperaba al otro lado del Canal. Holmes, quien se encontraba al mando de la comitiva, fue el que explicó:
- Por la información que recibimos ayer, los franceses han tenido problemas con el agente que eligieron para esta misión. Se trata de un prófugo de la justicia al cual se le ha ofrecido amnistía, siempre y cuando colabore con esta misión. Al parecer es un asesino peligroso, un sujeto desfigurado que sembró el terror hace unos años en uno de los teatros de ópera de París. Las autoridades francesas descubrieron su último escondite y, debido a sus aptitudes especiales, los galos pusieron en la mesa un trato para que nos ayudara y evitara secarse en la cárcel. No obstante, hace unos días desapareció y tenemos miedo de que pueda poner en peligro el secreto de esta misión, por lo cual le hemos pedido ayuda al señor Dupin, un viejo conocido de la señorita Murray.
Con esta información, el grupo volvió a abordar el Albatross y emprendieron el viaje con dirección hacia el sur.
Mientras sobrevolaban las turbulentas aguas del Canal de la Mancha, todos miraban desde el puente de la nave el hermoso y poco usual panorama que les proveía viajar por los aires. En ese momento Chia, que parecía estar algo aburrida y para nada sorprendida por esa enorme barca con hélices que hacía un ruido infernal, se acerca a Pendragon y le dice:
- Pensé que traería con nosotros a esa chica guapa de las pistolas; creo que era americana. Posiblemente hubiera sido de gran ayuda con el asunto que tenemos entre manos.
Jack levantó una ceja al escuchar lo que la mujer china le decía. Luego, algo incómodo, contestó:
- Katie es solo una niña que se metió en un asunto en el que no debería. Lo mejor es que se quede con su madre en Londres.
Por su lado, Mina, que escuchó la conversación, le dijo a Pendragon:
- Me dio la impresión de que esa chica estaba muy interesada en usted, señor Pendragon. Quizá no debió haberla despachado tan rápido.
Jack, quien siempre parecía afable, con su sonrisa encantadora y el brillo burlón de su mirada, en esta ocasión se le descompuso el gesto, sólo agregando antes de retirarse:
- Soy demasiado viejo para esa chica. Lo que más le conviene a ella es olvidarse de eso.
Hasta ahí llegó la conversación de ese tema.
Aburrida y con ciertas interrogantes en la mente, Chia decide retirarse a su camarote, siendo acompañada por Karamaneh. Una vez a solas, la chica de atuendo mongol pensó que nuevamente sería sometida a la dulce tortura con la que Chia la castigó la noche anterior. No obstante, esa no era las intenciones del Dragón Negro en ese momento; sino que la había traído para que preparara un poco de té y la acompañara mientras meditaba. Así, tratando de abstraer su mente del zumbido continuó de las hélices y los motores de ese barco volador, Chia se sentó en posición de loto y trató de equilibrar su chi para poder proyectar su conciencia más allá de los límites de su cuerpo. Gracias a sus técnicas tantra, Chia al poco tiempo se encontraba en un profundo trance mientras era observada atentamente por Karamaneh.
Más allá del reino de lo material, donde las abstracciones del pensamiento toman forma y la mente navega con libertad entre ellas, el Dragón Negro buscaba el rastro espiritual del chi de su hermano, lo cual mostraría si era correcto seguir el camino con esos occidentales o no. Entonces los ojos de su mente se agudizaron, viendo a lo lejos las tierras del marfil, con sus primitivas tribus de cazadores y los occidentales que les esclavizaban. Luego voló a través de la visión y como el viento llegó a una aldea en medio de la Sabana, y un poco más allá, ominosas aunque cubiertas de maleza, las antiguas e impías ruinas de un templo de tiempos antiguos. Trató de mirar al interior, pero sintió algo que la repelía, aunque alcanzó a atisbar a sectarios con el cuerpo cubierto de barro y horribles máscaras. Entonces, un enorme monstruo se erigió frente a ella, horrible e informe, con una cabeza larga como una lengua que chasqueaba cual látigo.
- ¡Tú no deberías estar aquí, pequeña! – le dijo.


Entonces Chia volvió de su trance como quien despierta de una pesadilla, con el sonido de esa voz horripilante retumbando su cabeza. Por su lado, Karamaneh, preocupada, la rodeo con sus brazos e intentó contenerla.
En ese mismo instante, un tímido golpe a la puerta sacó a las mujeres de la situación en que se encontraban. Chia, sacando fuerzas de la flaqueza, se incorporó y fue la puerta, viendo que se trataba de Mina, que muy nerviosa y avergonzada al notar lo sudorosa que se encontraba la mujer china, le dijo rápidamente:
- Me pidieron que le avisara que ya arribamos a París. Nos esperan a todos en la parte de abajo para que vayamos juntos a la ciudad.
La señorita Murray se retiró con el rubor arreciendo en sus mejillas, pues su mente se imaginó un montón de cosas no apropiadas para una dama.
Cuando el Albatross se posó en los campos fuera de París, de su interior se bajó uno de esos nuevos vehículos que estaban haciendo furor entre los más acomodados. Se trataba de un automóvil diseñado por el mismo Robur, con un motor que funcionaba de manera mucho más silenciosa que los que comúnmente se veían pulular por las calles de las principales ciudades del mundo. Además era mucho más grande, cabiendo perfectamente unas 8 personas en su interior. Así, montados en ese carruaje sin caballos, Mina, Chia, Pendragon, Frankenstein y Strogoff se dirigieron a París.
La comidilla en las calles por las cuales pasaba era acerca de que muchos vieron pasar por el cielo un extraño navío, cosa que otros tildaban de patraña. Como todas las discusiones en París, esta era del todo apasionada y estaba presente tanto en el café como en la pescadería, lo cual parecía ser de mucho agrado para Pendragon, quien se mostraba del todo feliz de estar de visita en la Ciudad Luz.


Pronto llegaron a la casa del famoso detective francés, siendo recibidos en la puerta por un jovencito que apenas se empinaba por los 20 años, con un fino bigote e impecablemente peinado. El muchacho, que se presentó con el nombre de Hercule Poirot, les condujo a todos al estudio de Dupin, donde encontraron al anciano con la ropa que cualquier caballero usa para estar en su casa y acompañado por dos sujetos; un occidental y otro que parecía de la India.
Dupin saludó con cierto afecto a Mina, cosa que sorprendió a Poirot, quien jamás había visto al anciano mostrar sentimientos de ese tipo por nadie. No obstante, algo extraño sucedía en ese lugar, pues los dos hombres que acompañaban a Dupin le miraban tensos mientras este le sonreía casi burlón. No obstante, debido a lo apremiante de la situación, Jack le dijo:
- Es un placer conocerlo, señor Dupin. Mi nombre es Jack Pendragon y hemos venido a hablar con usted debido a un importante asunto que quizá debamos tratar en privado.
Dupin mostró una sonrisa aún más pronunciada y contestó:
- Puede que sea así, monsieur, pero aún tengo algo que tratar con estos caballeros acá presentes. Les presento a los afamados piratas Sandokán y Yáñez de Gomera.
A los dos hombres casi se les cae la cara al suelo cuando el anciano les puso en evidencia frente a esos extraños. Si bien hacía años que habían dejado su actividad pirata, seguía existiendo un precio sobre sus cabezas, por eso es que ese viaje lo habían emprendido de incógnito. Sin embargo, ese viejo socarrón fue capaz de conocer sus identidades valiéndose quién sabe de qué habilidad extraordinaria.
Y Dupin parecía más que feliz con la situación que había generado, pues todos en la habitación lo miraban embobados. Luego les aclaró con cierto aire condescendiente:
- No es para sorprenderse tanto. Fui tutor del joven Walker cuando estudió en esta ciudad. Él me confió las historias acerca del Fantasma Que Camina y de cómo una alianza desesperada evitó que la malvada hermandad Singh se apoderara de los mares de la India. Luego se presentan ante mí dos caballeros, uno malayo y el otro portugués, trayendo consigo una carta de mi viejo pupilo, las edades concordaban, pero no podía estar seguro hasta que dije sus nombres y vi las miradas nerviosas de sus ojos. Por lo tanto, ustedes mismos confirmaron mis sospechas, messieurs.
Y era cierto que el gesto desencajado de Sandokán y Yáñez denotaba que habían sido atrapados. No obstante, antes de que pudieran decir cualquier cosa, Pendragon le tendió la mano a cada uno y les dijo:
- Es un verdadero honor conocerlos, caballeros. Seguí sus aventuras con mucho interés hace algunos años.
Sandokán y Yáñez atendieron al saludo sin saber que esperar de esos hombres, pero por lo visto no tenían nada en su contra, así que quizá sería preferible que abandonaran el lugar lo antes posible. No obstante, Dupin les detiene, diciendo:
- Creo que aún no termino con ustedes, messieurs. Por favor esperen un poco.
Y sin contar con la aprobación de los miembros del grupo de Jack, comenzó a hablar del tema que les traía ahí:
- El sujeto por el cual han venido es un antiguo fugitivo que cometió crímenes mientras se escondía en el palacio de la Opera Garnier. Su nombre es Erik, un sujeto con una deformidad en su rostro y, por lo que he averiguado,  que ha estado moviéndose por Europa y Asia desde su niñez. Es un hombre imprevisible, con grandes habilidades físicas y un don natural para la creación de ingeniosas trampas y máquinas de tortura; pero por sobre todo es un gran músico. Hace un tiempo agentes de la sûreté lo atraparon en el pueblo cerca de Ruan, de donde es originario, y lo trajeron a París, donde le hicieron el ofrecimiento de un trato para salvarse de la cárcel... o de la guillotina. No obstante, ha desaparecido y me pidieron que le encuentre porque ahora sabe demasiado.
Eso de saber demasiado le sonó muy siniestro a Sandokán, pues en ese momento era lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. No entendía a qué estaba jugando Dupin, pero él no sería solo un espectador más.
- Disculpen, señoritas y caballeros – dijo al fin el malayo – pero no entiendo qué tenemos qué ver mi amigo y yo en todo esto. Nosotros sólo veníamos a dejarle una carta al señor Dupin y ahora creo que es mejor que nos retiremos.
Dupin enarcó sus tupidas cejas al escuchar las corteses pero firmes palabras de Sandokán. Luego tomó nuevamente la carta que le habían traído y les dijo:
- Acá el joven Walker me escribió textualmente: “… y dele algo a esos dos viejos para que se entretengan, pues ya llevan demasiado tiempo cultivando nabos en su isla”. Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Los dos piratas se quedaron de una pieza ante lo que decía en la carta. De seguro, eso de darles entretención se trataba de un paseo por París o algo así, no la búsqueda de un loco prófugo de la justicia gala. Además, no entendían nada acerca de quiénes eran esas personas y cuál era su misión ahí. No obstante, Pendragon les aclararía esto último:
- Verán, somos un grupo de agentes de distintas naciones del mundo que estamos en una misión de suma importancia; la señorita Murray viene de Inglaterra, el Coronel Strogoff de Rusia, Chia de China, Frankenstein de… eh… Suiza… y yo de Estados Unidos. El sujeto del que habla el señor Dupin es el representante de Francia en este grupo, pero ha desaparecido y tiene información importante de nuestra misión que no debe caer en malas manos.
- ¿Y cuál es esa misión tan importante como para que todas esas naciones se hayan aliado? – Preguntó Yáñez, sabedor de que debía de ser algo realmente grave como para que países con intereses tan dispares y muchas veces encontrados se alíen.
- Como entenderá, no puedo informarles esto de buenas a primera, pues ya he sido en exceso infidente – les dijo, Jack -. Sin embargo, el señor Dupin ha dejado una idea flotando en el aire. Pienso que ustedes dos serían de gran ayuda para la situación que se nos presenta acá, y para mí representa un honor contar con ustedes.
Como siempre, Pendragon sacaba a relucir ese encanto y cierto talento de embaucador para conseguir que las personas le prestaran su ayuda. Sin embargo, Mina no estaba tan convencida de incluir a esos dos hombres en el grupo, cosa que hizo ver de la forma más sutil que pudo:
- Disculpe, señor Pendragon, pero no sé si deberíamos inmiscuir a estos dos caballeros en nuestro asunto. No tengo nada personal en contra de ninguno de los dos, pero también he leído acerca de ellos y sé que son enemigos declarados de Gran Bretaña y su Imperio.
- Lo mismo que Nemo cuando trabajó con usted; o nuestro querido capitán Robur, que se encuentra enemistado con el conjunto de naciones de la tierra; y a mí tampoco me cae muy bien Victoria, pero acá estamos – le rebate Jack con un sarcasmo que no cae para nada bien a Mina.
No obstante, antes de que Mina reaccione de mala forma, Sandokán le dice:
- Entiendo su desconfianza, miss Murray, pero créame que no todos lo que aparece en los diarios es cierto. Yo no odio intrínsecamente a los ingleses, de hecho mi difunta esposa era británica. Sólo lucho por que mi pueblo no sea vejado por quienes se sienten dueños de la tierra sólo por su color más claro de piel.
La profunda dignidad que mostraba Sandokán al hablar hizo que Mina titubeara, pues parecía más un príncipe que un pirata. Al final no quiso agregar nada y sólo asintió con la cabeza.
Viendo que ni la mujer ni sus compañeros se mostraban contrarios a que los piratas se uniesen a ese grupo, por lo menos en su estadía en París; el malayo miró a Yáñez, esperando a que diera a conocer su punto de vista acerca de este ofrecimiento.
- Suena a una locura meternos en este asunto, además que no tiene nada que ver con nosotros – dice primero el portugués, para luego sonreír y agregar – Creo que nos lo vamos a pasar de maravilla.
Ambos hombres rieron ante la atónita mirada de los otros presentes. Sólo Dupin parecía algo hastiado de todo esto y rápidamente llevó a todos a lo que a él le interesaba:
- Ya es hora de que nos dejemos de tanta parafernalia e ir al grano. Si quieren encontrar a su hombre, tenemos que salir en este mismo momento al cementerio de Pere-Lachaise.
Y sin más de lo que hablar, tuvieron que seguir las instrucciones del anciano detective.

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