miércoles, septiembre 30, 2015

La Justicia (Acto IV)


Erik estaba furioso sentado en esa habitación con sólo una mesa y sillas. Había visto varias películas y sabía que los policías lo observaban desde el espejo que tenía en frente, lo cual lo ponía aún más enojado. No le cabía en la mente cómo ese inspector de pacotilla se había atrevido a detenerlo como sospechoso a él, que era un hombre de un comportamiento intachable. Si de verdad esos policías hicieran su trabajo, no lo tendrían a él ahí, sino al verdadero culpable de esos asesinatos.

Y como sospechaba Erik, del otro lado del espejo le observaba Morales, quien trataba de escudriñar en la cara de enfado del ejecutivo alguna señal que le ayudara a dilucidar cuál era el papel de ese sujeto en todos estos crímenes. Le habían detenido en su oficina esa mañana para ser interrogado como sospechoso, aunque la verdad era poco lo que tenía como para sustentar una acusación, a parte de la duda razonable. Lo iba a mantener en ese lugar un rato más antes de interrogarle; pues quizá lo que contenía la carpeta que llevaba bajo el brazo, más la irritabilidad de Erik, le servirían para acabar con sus defensas.
Media hora después, Morales ingresó a la sala de interrogatorios.
- Espero que tenga una muy buena razón para tratarme de esta manera - reclamó Erik.
- Antes que todo, buenas tardes… La verdad es que dos de sus mejores amigos han muerto y ambos fueron a visitarlo antes de ser asesinados de forma horrenda ¿Usted cree que no tengo razones para traerlo aquí?.
Mientras le hablaba Morales, Erik se echó para atrás y miró la mesa como si la estuviera tasando; ignorando deliberadamente las insinuaciones del inspector. Cuando este terminó, Erik alzó la vista con gesto de estar esperando algo más, para luego agregar con una sonrisa despectiva:
- Creo que deberá entenderse con mi abogado, inspector.
- La verdad es que no es necesario, pues lo traje aquí para que pueda ayudarnos en la investigación de forma voluntaria. He intentado lo mismo con su amigo Julio, pero no hemos tenido éxito en ubicarlo ¿sabe usted algo de él?
Erik miró a los ojos de Morales, desafiante, aún con la sonrisa en los labios. Luego agregó:
- No he visto Julio en varias semanas. Ahora, si también pretende acusarme de su desaparición, insisto en que traiga a mi abogado.
Esa era una pelea de voluntades en que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Así que, tratando de ganar ventaja, el inspector puso sobre la mesa la carpeta de cartón que traía consigo y se la extendió a Erik. Este último, al verla, levantó la ceja con desconfianza, pero Morales insistió en que la abriera. Cuando Erik lo hizo se le borró la sonrisa de la cara.
Luego de la última conversación con Sergio, Erik quiso tomar el toro por las astas y buscó ayuda profesional. Pensó en contactar a uno de esos detectives privados que se anuncian en los diarios, pero se dio cuenta de que la mayoría sólo se dedicaba a conseguir pruebas de infidelidad conyugal, mientras que lo que él necesitaba era encontrar a un asesino. Así que, práctico como siempre y sin ningún escrúpulo, Erik decidió buscar ayuda en ciertos contactos que ha usado varias veces para otro tipo de trabajos. Alguien con su posición en la empresa siempre tenía que atender a las visitas de más de algún importante ejecutivo del extranjero; ocurriendo que a muchos de ellos les gustaba irse de juerga cuando el trabajo terminaba, y la verdad es que sus diversiones solían ser extremas. Por ello tenía contactos con gente que le podía proveer drogas y chicas para las fiestas privadas con esos extranjeros, lo cual a él le servía para seguir escalando en la empresa, ya que contaba con la complicidad de sus superiores o con pruebas acerca de comportamiento indecoroso. No obstante, lo que en ese momento necesitaba era a alguien que buscara a ese asqueroso microbio que conoció en la escuela y darle el escarmiento que necesitaba… uno definitivo.
Pero ahora, frente a él había un set de fotos que lo mostraban hablando con unos narcotraficantes en una plaza a pleno mediodía. A nadie le debía llamar la atención que personas de su tipo frecuentaran esos barrios en busca de mercancías prohibidas, pero a él lo habían seguido la misma policía y le tomaron fotografías, lo cual obviamente significaba que existían sospechas serias acerca de su persona. Ahora, con el seño fruncido, la mandíbula apretada la mirada dura, Erik le dijo a Morales:
- ¿Cree usted que esto prueba algo? En vez de seguirme, deberían buscar al psicópata que comete estos crímenes. Como le dije, soy un hombre de negocios con una reputación intachable, y con muy buenos contactos; así que si no tiene nada para inculparme, le exijo que me deje ir.
Morales, siempre muy controlado, recogió las fotos una a una, las puso dentro de la carpeta y contestó:
- Mire, estoy tratando de armar un rompecabezas y las piezas que he obtenido me indican que los asesinatos tienen que ver con algo que usted y sus amigos hicieron. Sería más fácil si me lo cuenta ahora; pero de no ser así, igual llegaré a la verdad tarde o temprano. La decisión es suya.
Erik sostuvo en todo momento la mirada del inspector, altivo y desafiante, sin parpadear y con un marcado dejo de desprecio en los ojos. Cuando el policía terminó de hablar, Erik se arregló el nudo de la corbata, revisó que las colleras de sus puños estuvieran bien enganchadas, alisó un poco su pelo y agregó majadero:
- Si no tiene ninguna acusación real, quiero irme de inmediato. Tengo que asistir al funeral de mi amigo.
Morales soltó un suspiro, se puso de pie y abrió la puerta de la sala. Por su lado, Erik, como un pavo real, se puso de pie luciendo su traje hecho a la medida y se dispuso a salir de ese lugar. No obstante, cuando cruzaba la puerta, el inspector le dijo:
-Puede que necesite de nuevos ayuda, así que voy a estar en contacto con usted. Si desea salir de la ciudad o del país, por favor avíseme.
Erik no dijo nada; sólo miró con un rictus de desagrado al inspector y salió a toda prisa de ahí.

**********

Macarena llevaba casi cinco años sin poner un cigarro en sus labios; sin embargo, esa tarde, luego de la llamada que la trajo a ese lugar, no pudo resistir la presión y pasó a comprar una cajetilla en una de las tantas tienditas en la que venden revistas.
Sentada en una de las mesas que se encuentran al aire libre en una elegante cafetería de la ciudad, ya había fumado cinco cigarrillos e iba a encender el sexto en el momento en que la mujer llegó. Lo educado hubiera sido saludarla de beso, pero la verdad es que la situación no daba para el cumplimiento de esos protocolos; sólo un frío saludo de mano y un largo silencio incómodo, el cual fue roto por el mozo cuando les trajo la carta. Ambos pidieron café cortado y nada para comer, pues la verdad es que la taza de infusión era nada más que una treta; algo que llevar a los labios cuando éstos no querían proferir palabras.
Esperaron en silencio a que trajeran su orden, mirándose de reojo, como si cada una estuviera sopesando la otra. El típico ambiente distendido que suele darse en un lugar como ese era totalmente ajeno a lo que ocurría en esa mesa, donde un aura de tensión que podía cortarse con un cuchillo rodeaba a ambas mujeres.
Pero como si el café fuera un catalizador mágico, después el primer sorbo la mujer que había citado allí a Macarena dejó que sus palabras fluyeran como un río. Le contó cómo había conocido su marido, lo cual ocurrió en la empresa, siendo ella una de las secretarias de los tantos departamentos que en ella había. Le dijo que la invitó a salir varias veces, pero ella se resistió pues sabía que se trataba de un hombre casado. No obstante, la preocupación por mantener su trabajo y las mejores expectativas que esto le presentaban, la llevaron definitivamente aceptar. La relación duró como un año y medio, y le da  cómo prueba de ello ciertos detalles íntimos de su marido que sólo puede saberlo alguien que se haya costado con él. Le habló también acerca de su embarazo, el cual apenas duró un mes, pues el marido de Macarena se encargó de todo para que se hiciera un aborto. Al final, él encontró otra amante, desechándola a ella como ya lo había hecho antes con muchas otras.
Macarena escuchó todo el relato sin siquiera parpadear, sorbiendo apenas el café como si esto fuera una reacción reflejo, algo que le ayudaba a mantener una estampa de normalidad. No obstante, su mente bullía dentro de su cabeza, analizando cada una de las cosas que esa mujer le contaba, cotejándolas y haciendo relaciones con lo que ocurría en su matrimonio en el momento de este supuesto affaire; llegando a la inequívoca conclusión de que todo lo que estaba escuchando era cierto.
Al mismo tiempo que se tomaba el último trago de café, la historia de la mujer había llegado a su fin;  por lo cual ésta se puso de pie, saco de su cartera un billete que cubría lo que había consumido y lo dejó arriba de la mesa. No obstante, antes de que se retirara, Macarena por fin abrió la boca sólo para preguntarle:
- ¿Por qué me cuenta esto ahora?.
- Porque usted es una buena mujer y no se merece que su marido la engañe.
"Podría haber pensado en eso antes de acostarse con él" pensó Macarena, mas no lo dijo.
Nuevamente sola en la mesa, Macarena sacó al fin el sexto cigarro, encendiendo con sus manos temblorosas. Al calar la primera bocanada de humo, dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas; pero a pesar de ello la mujer se contuvo. Rebuscó nerviosa entre las cosas de su cartera, vaciando todo su contenido sobre la mesa. Entre esas cosas encontró una foto de su esposo con sus dos hijos, cosa que nuevamente puso a prueba su temple, pero que logró controlar. Al final dio con su celular y marcó el número de una de sus amigas, la cual era abogada. Cuando ésta le contestó, le dijo:
-Ya me cansé de ser una tonta. Quiero divorciarme de Erik.

**********

Morales encontraba trabajando en su laptop, cotejando la información que poseía acerca del crimen del oncólogo. Una de las cámaras de seguridad había grabado el momento en que un extraño se acercó por detrás cuando el doctor iba a abordar su auto. La resolución de la grabación no era muy buena, pero con los movimientos de ambos podía deducirse que esa pequeña figura negra le inyectó algo a la víctima en el cuello, produciendo que luego éste se desplomara. Después, con algo de trabajo, el encapuchado metió al doctor en su propio auto y salió de allí conduciéndolo.
Aparte de esto, nadie se encontraba en ese momento en el estacionamiento, por lo que no habiendo testigos oculares. El guardia encargado de revisar las cámaras de seguridad dijo no haberse dado cuenta de lo que ahora Morales estaba observando en su computador. Por ello, mantuvieron detenido por un par de horas al guardia para sonsacarle la verdad, la cual no era otra que la de haberse quedado dormido por un momento en su puesto de trabajo.
El resto de la historias la conocía por las pruebas que encontraron luego. A una dos horas de haber ocurrido secuestro, un incendio en un viejo local de artículos de fotografía hace que se movilicen los bomberos. El local había cerrado hacía unos seis meses, estando ya programada su demolición, pero aún en su interior se encontraban varios muebles, una sala de revelado y bodegas con insumos químicos. La sorpresa de los bomberos fue que al apagar el incendio encontraron los restos calcinados de un hombre que parecía haber estado sujetado a una silla. Además, a unas cuantas manzanas de allí se encontró el auto del doctor, con todos sus documentos y sin ningún daño. Aunque tuvieron que hacerse estudios a placas dentales para reconocer el cadáver, cuando le informaron de todas esas pistas a Morales no le quedó duda de que se trataba del oncólogo.
Más allá de todo esto, el inspector no contaba con ninguna pista que le llevará al asesino que realizó esto; a pesar de que era obvio que éste trataba de enviar un mensaje al dejar todo a mano para la rápida identificación del doctor. Debido a esto, muchos pensarían se trata de esos criminales exhibicionistas, que dejan pistas la policía como un reto a que intenten atraparlos; pero en esta ocasión a Morales le parecía que había algo diferente, que las señales no iban dirigidas a la policía, sino a los restantes miembros del grupo de amigos.
El policía miró nuevamente una pizarra de corcho en la cual había puesto todas las pistas que había encontrado hasta ese momento, algunas de las cuales fueron facilitadas por Sara, la periodista, que también le había sacado las fotografías Erik cuando estaba hablando con sus amigos los traficantes.
¡Cuánto odiaba y despreciaba Morales a ese sujeto! Erik representaba para él todo lo deleznable se le puede achacar a una persona con poder. Además, con sólo cruzar un par de palabras con el ejecutivo, al inspector se le llenaba la cabeza de recuerdos de otros que había conocido y que eran exactamente igual a Erik. Por unos instantes Morales volvía a ser ese niño tímido y diferente al resto, aunque muy en el fondo nunca había dejado de serlo. Todavía, a pesar de que rondaba los 50, debía esconder algo de su persona sólo para evitar ser discriminado. Eso fue lo que aprendió de los abusivos del patio de la escuela; a acallar sus verdaderos sentimientos y vivir siempre encerrado en un clóset que se sentía cada día más estrecho.
En ese momento, el sonido del teléfono celular devolvió al inspector Morales a la realidad. Se trataba de la periodista, la cual entre sollozos logró decirle:
- ¡Ese hijo de puta me ha golpeado! ¡Me descubrió cuando lo estaba siguiendo y se acercó a mí, rompió mi cámara y me golpeó! ¡Bastardo hijo de puta!

**********

Sara miraba desde su auto el frontis de la enorme casa en la que vivía Erik. Llevaba varios días siguiéndole, investigando acerca de su día a día; y estaba segura que algo grave le estaba ocurriendo al ejecutivo, pues de un tiempo a esta parte Erik se notaba tenso y algo errático. Por la información que había recopilado, ese sujeto es un verdadero tiburón dispuesto a comerse a cualquier pececillo estúpido que nade lo suficientemente cerca de él. No obstante, desde la muerte de sus dos amigos se había vuelto descuidado, pues citarse con unos narcotraficantes a plena luz del día no era precisamente la cosa más inteligente que puede hacer alguien de su posición.
Y en ese momento parecía que las cosas iban de mal en peor, pues a pesar de la distancia, hasta el lugar en que se encontraba Sara se escuchaban los gritos de Erik. Algo muy malo estaba pasando dentro de esa casa, aunque no de la índole de lo que le había sucedido a los amigos del ejecutivo, sino más bien una fuerte discusión de pareja.
Sara estaba pensando eso cuando vio salir a Erik iracundo de su casa portando una maleta. El sujeto, transformado en un energúmeno, lanza la maleta dentro del maletero de su Mercedes, se monta en él, y se dispone a salir de su hogar, gritándole a su mujer que tarde o temprano se arrepentiría de lo que le había hecho. Por su lado, la periodista, sabiendo que ninguna información puede ser menospreciada, registró todos estos hechos con su cámara fotográfica de gran alcance, incluso cuando el Mercedes pasó a un lado de su barato automóvil asiático.
Por un momento Sara pensó que el frenazo que dio el automóvil de Erik tenía que ver con que éste se había olvidado de algo en su casa, por lo que quedó lívida cuando lo vio acercarse a donde se encontraba ella. Sin mediar palabra alguna, Erik abrió la puerta del auto de Sara, la tomó del pelo y la obligó a salir a la rastra a la vereda. El ejecutivo, transformado en un simio, fue  totalmente ajeno a los reclamos y al pataleo de la periodista, arrastrándola un par de metros para arrancarle su cámara del cuello, la que estrelló contra el suelo de cemento, rompiéndola.
- ¡Crees que no te reconozco, puta! ¡Eras una de las periodistas que estaba en el funeral de Rafael! ¡No te metas conmigo, cerda, o te lo haré pasar mal!.
Furiosa, Sara se estaba poniendo de pie para encarar a Erik, pero este le descargó un golpe con el dorso de su mano, evitando que se levantara y dejándola atontada. Pero no contento con esto, y cebándose de su víctima, Erik descargó dos certeros puntapiés en el vientre de la periodista, quien por un momento no pudo hacer otra casa más que retorcerse de dolor en el suelo.
Pudo haber seguido golpeándola, pero ya era suficiente escarmiento por ahora. Erik se alisó el pelo, le quitó las arrugas a su traje de marca a la medida y volvió a subir a su Mercedes. Mientras conducía se dio cuenta de que se sentía bien después de darle su merecido a esa periodista, desahogado y dueño nuevamente de la situación. Incluso la verga se le había puesto dura, así que esa noche se iría de putas.

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