viernes, octubre 16, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto XIV)



Pactar con el Diablo

Luego de dejar el cementerio, el grupo siguió el viaje en silencio, pues eso de los vampiros era más de lo que se esperaban… o más de lo que podían manejar. Obviamente, la que estaba más afectada era Mina, quien ya se enfrentó antes a esas criaturas, había sufrido y disfrutado del frío beso de los no muertos, salvando a penas del destino de estar maldita por toda la eternidad. Ahora nuevamente debía luchar contra esos seres malditos, lo cual hacía que sintiera algo de escozor en las cicatrices que marcaban su cuello.
Nadie sabía a ciencia cierta a qué lugar de París los llevaba Pendragon, pero la mayoría se sintió extrañada cuando arribaron a una pequeña y antigua iglesia en el barrio del Temple. Sólo pidiendo que le esperaran un momento, Jack les dejó ahí mientras el entraba a la iglesia. No pasaron más de diez minutos cuando salió acompañado por un monje del que se despidió con un abrazo. Luego volvió con el resto de sus compañeros y les dijo que aún les quedaba otro lugar por visitar. no obstante, mientras se retiraban, a muchos les pareció extraña la expresion de profundo miedo con que el monje los contemplaba desde la puerta de la iglesia.
La siguiente parada fue en un barrio cercano al Sena.  Se trataba de casas antiguas, con callecillas estrechas y serpenteantes, muy diferente a la remozada ciudad por la cual paseaban elegantes damas y caballeros. Este era el típico lugar de gente taciturna, con miradas oscas y un tufo a alcohol, grasa frita y excremento.
Al final, el automóvil en que se movían se detuvo frente a lo que parecía ser una tienda, con la pintura de su frontis descascarada y rayados de todo tipo por fuera llamando a la revolución. Cuando bajaron, lo primero que les llamó la atención fue el cartel de la entrada, que con grandes letras en tipografía gótica, anunciaba: “Articles Nécessaires”.
Por un momento, Jack se quedó mirando con desconfianza el frontis de esa tienda, tanteando con sus dedos algo que llevaba en su bolsillo y mascullando unas palabras inentendibles. El resto de grupo, preocupados por la actitud de Pendragon, le consultó si se sentía bien, a lo que éste contestó:
- Sé que no lo entenderán, pero será mejor que me esperen acá; este es un lugar peligroso… diaboli maxime diabólica cum honestis ostensio secretorum.
Las últimas palabras de Jack, fueron a penas susurradas. Era latín, pero la mayoría tenía bastante oxidado su manejo de la lengua de Ovidio como para entenderle. Ahora bien, era común que muchas personas de alcurnia dijera citas en latín para demostrar lo cultos que eran; pero en este caso no hubo ostentación, pues Jack pronunció la sentencia como si fuera una letanía, parte de una oración.
Jack se adentró en la tienda con el sudor perlando su frente, lo que hizo que sus compañeros sólo se miraran entre sí sin entender nada. Sólo Dupin abrió la boca para traducir las palabras en latín:
- El diablo es más diabólico cuando se muestra respetable.
Mina cada vez estaba más fastidiada. No le gustaba que de pronto aparecieran vampiros, no le gustaba que incluyeran piratas en el grupo, no le gustaba estar en esa misión ni mucho menos que Pendragon se creyera que podía dejarlos ahí y jugar a ser el héroe. Por ello, sin consultar a nadie, entró en el interior de esa tienda, cosa en que fue seguida por Chia y Frankenstein. Por su lado, los otros que se quedaron afuera se debatían entre seguir ahí o entrar, pero al final decidieron hacer caso a Jack.
El interior era un lugar abarrotado de cosas raras y algunas espeluznantes. En un estante se veían cabezas reducidas de Sudamérica, libros llenos de polvo, cofres, frascos, y cosas tan raras que eran imposibles de identificar. Pero tanto Chia como Frankenstein podían percibir cosas más sutiles, captando la primera la presencia de un poderoso y maligno chi, mientras que el monstruo sentía un olor leve pero característico a sulfuro.
Pendragon estaba tocando la campanilla para llamar al encargado de la tienda, pero al escuchar que la puerta se abría, se volteó y vio a sus compañeros parados ahí, lo que le puso los nervios de punta. Se acercó para recriminarles el no haberle escuchado, pero justo en ese momento se escuchó un carraspeo. Se trataba del tendero que había atendido al llamado.
- Bienvenue, Monsieur Pendragon ¿En qué puedo ayudarle?
Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, con una elegante chaqueta de terciopelo color granate, un fez del mismo color en la cabeza y un cuidado bigote con las puntas rizadas hacía arriba. Era un sujeto delgado, de sonrisa afable, movimientos elegantes y manos con dedos especialmente largos; cosa que notaron muy bien, pues jugaba con un extraño cubo dorado ricamente decorado entre ellas.
- ¿Les gusta? – Consultó mostrando el artilugio dorado – se llama Configuración del lamento o Caja de Lamarchand. Es una exquisita obra de ingeniería y un hermoso rompecabezas… algo que cualquier coleccionista adoraría poseer.


Su tono de voz era melódico y varonil, con dejos en su entonación que demostraban cierto estilo aristocrático, algo que casi no se veía en ningún vendedor de antigüedades. Por otro lado, nadie escucho abrir una puerta o pasos, así que pareció haberse materializado allí nada más. No obstante, ignorando eso y con cara de mal humor, Jack giró sobre sus talones y le dijo:
- ¡Interesante! Parece que te has aburrido de embaucar a ingenuos vendiéndoles pieles de zapa mágicas.
El sujeto levantó la ceja, mostrando un rictus de falsa ofensa. Luego agregó:
- Soy un comerciante totalmente honesto, Monsieur, y mis productos son cosas variadas y de probada calidad… por ejemplo esto, que cualquier estudioso de la vida animal desearía analizar.
De debajo del mostrador sacó un enorme frasco, en cuyo interior se encontraba flotando algo realmente repulsivo. Era semejante a una araña, pero sus patas parecían largos dedos huesudos; su cuerpo era aplanado, con una marcada columna dorsal que terminaba en una larga cola. No obstante, al girar el frasco relleno con un líquido oleoso, vieron que ese bicho tenía una especie de apéndice de apariencia impúdica que sólo hacía que la cosa fuera más repulsiva.
- Es una verdadera belleza encontrada cerca de donde calló un meteorito en las zonas tropicales – les explicó el tendero.
- Es una monstruosidad que ofende a Dios – rebatió Mina.
El hombre iba a replicar, pero Pendragon le interrumpió:
- No estamos acá para ver bichos. Vine por información.
El sujeto enarcó sus cejas y por un momento dejó de mostrarse como el hombre amable que había sido hasta ese momento, sino que un fuego de malignidad se encendió en su mirada. Entonces replicó:
- Tú sabes cuál es el precio, señor Oso.
- Tengo algo mejor para ti, demonio – Jack sacó una moneda de oro de su bolsillo y se la mostró al tipo, quien ante ello no parecía si estar contento y decepcionado. Pendragon, sintiéndose vencedor, le dijo:
- Un autentico óvalo de Salomón… algo que un coleccionista no se resistiría a poseer.
El tendero tomó con avidez la moneda, pasando con trémula delicadeza los dedos por los extraños grabados de su superficie dorada, momento en que pareció escucharse un lamento lejano. Luego, sin apartar la vista del objeto, el hombre les dijo:
- Hay un teatro de vampiros en la ciudad que se quemó hace algunos años, pero que ha sido refaccionado. Lo que los asistentes al espectáculo no saben es que los actores son vampiros de verdad. Busca en sus catacumbas y encontrarás a tu hombre enmascarado.
Jack sólo asintió con la cabeza y luego le hizo una seña a sus compañeros para que salieran de ahí cuanto antes. No obstante, Mina no entendía lo que había presenciado y eso le sacaba de quicio, por lo que reclamó:
- No tan rápido, señor Pendragon. No sé qué se trae usted con este hombre, pero quiero respuestas.
El tendero, que había guardado la moneda que le entregó Jack, volvió a mostrarse afable y agregó:
- Por supuesto que merece respuestas, Mina… aunque no a estas cosas nimias, sino a las que en verdad le atormentan.
Se dirigió al estante que estaba a sus espaldas y, canturreando, comenzó a mover trastos hasta que dio con lo que buscaba. Luego volvió a mirar a todos y les mostró un pequeño vial transparente con un líquido azul en su interior:
- La magia contenida en este recipiente purifica el alma más vil. Imagine un pequeño niño, inocente pero manchado por la maldad de su padre ¿No estaría dispuesta a darlo todo por salvarlo? Y no tan sólo puede salvar a un niño, sino también a alguien que ha tenido que lidiar con sus demonios toda la vida, la cual ha durado siglos. Aunque también está quien desea ser humano, pues fue traído como un monstruo a este mundo por la irresponsabilidad de un loco ¿Cuál de ellos merece más este elixir? ¿Quién me ofrecería más por él? Sólo tengo suficiente para un interesado.
Los tres aludidos por las palabras del sujeto se quedaron mirando la pequeña botellita como si estuvieran hipnotizados. Ahí, ante ellos, estaba la solución a aquello que tanto les atormentaba. La posibilidad de Mina para salvar al pequeño Quincey del legado de su verdadero padre; Chia se despojaría del legado monstruoso con el que ha cargado por siglos y Frankenstein podía aspirar a ser considerado parte de la raza humana. El problema es que los intereses de cada uno eran excluyentes entre sí.
De pronto, el trío se miró entre sí como si estuvieran rodeados de enemigos, midiendo las posibilidades para poder ganar esa puja. Miles de planes y estrategias pasaron por sus mentes, pues en ese momento lo único que deseaban poseer era la bendita o maldita botellita, independiente de lo que solucionara. La verdad es que ahora todo pasaba a segundo plano, pues la tenencia de ese artefacto se justificaba por el hecho en sí de poseerlo.
Entonces algo como un graznido de cuervo disipa el sortilegio. Jack estaba recitando una letanía en latín con fuerza, de la cual sus compañeros alcanzaron a escuchar algo:
-… audi ergo, et time, Satanas. Inimíce fidei, hostis géneris humáni, mortis abductor, vitae raptor, justitiae…
Tanto Mina, Chia como Frankenstein parpadearon como si estuvieran despertando de un sueño. El hombre desvió su atención hacia Pendragon y, con una ceja levantada, le dijo con desdén:
- ¿Recurres a sortilegios para los cuales no tienes suficiente fe, señor Oso? Esperaba más de ti.
Pendragon le devolvió una mirada flamígera, aunque sonrió.
- No pretendía nada, sólo desconcentrarte.
Luego, casi a empujones, Jack comenzó a sacar a sus compañeros de ahí, los cuales salieron como sonámbulos, cosa que al hombre detrás del mesón pareció ser gracioso, pues hasta afuera se escucharon sus carcajadas.
Una vez en el exterior, todos miraron a Pendragon buscando alguna respuesta respecto a lo que había pasado ahí adentro, pero éste sólo se remitió a informar lo que el hombre de la tienda le había dicho acerca de ese teatro de vampiros.
- Recuerdo ese teatro – dijo Dupin – Se quemó hace algunos años en extrañas circunstancias. Fue un incendio de madrugada y quienes fueron a apagarlo dijeron que escucharon gritos desgarradores en su interior, pero que cuando apagaron el fuego no encontraron ningún cadáver, sólo un montón de ataúdes chamuscados en las catacumbas de abajo.
Ahora ya sabían dónde dirigirse, y tenían que moverse rápido, pues el sol ya comenzaba a ocultarse;  así que todos se montaron nuevamente en el automóvil y siguieron con la marcha. Jack no le dijo nada a Mina ni al resto de los que le habían seguido al interior de la tienda acerca de lo ocurrido ahí. Por su lado, ellos estaban todavía confundidos, pues estaban casi seguros de saber con qué se habían enfrentado y lo que estuvieron a punto de hacer. Y lo que más les desconcertaba eran los recuerdos que poseían del hecho, ya que la imagen de la estampa de elegante caballero que les mostró el tendero se mezclaba con las de una enorme serpiente negra con brillantes escamas e hipnóticos ojos amarillos.
Continuará…


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