domingo, noviembre 29, 2015

Stairway to Heaven

Por Luthien Akallabêth 

Nota: Antes de empezar, dale play al video y escucha la canción a medida que vas leyendo.


Quizás nunca lo había notado. Quizás nunca me tomé el tiempo de hacerlo. Siempre ocupado, siempre sin tiempo. Llevaba casi toda mi vida viviendo en esa ciudad, caminando entre sus calles, codeándome con sus personajes, pero nunca lo había Visto realmente.

Tiempo. El tiempo siempre era lo que me había escaseado.
Ahora era lo que más me atormentaba.

Una vez fui un importante hombre de negocios en una importante empresa, que ya ni siquiera vale la pena mencionar. Trajes caros, autos lujosos, hermosas mujeres cada noche, en resumen una buena vida. Todo de lo que alguna vez me sentí orgulloso se había evaporado, de mis manos y bajo mis pies. La economía andaba mal, decían, pero tú no lo crees realmente; porque esas cosas no te suceden a ti, esas cosas pasan lejos, a las otras personas, a los pobres, a los tontos, no a ti.

Exitoso y adinerado.

Ahora estaba en la calle. Un mal movimiento empresarial y todo se había ido a la mierda. Bancarrota y responsable por no haber previsto un movimiento arriesgado. Todo se había ido, todo se había perdido. Ahora me veía obligado a trabajar en lo que encontrara, si es que lo encontraba. Realmente la economía había mandado al carajo a todos, pero desde mi nube no había podido sentirlo, no había podido vivirlo.
Me vi forzado a cambiar de barrio, y a vivir con lo mínimo, pues casi no me alcanzaba para comer, apenas si subsistía, estaba obligado a codearme con los pobres que vivían en el mismo barrio que yo, aquellos que antes nunca me interesaron ahora eran mis vecinos.

Fue así que la conocí. Se llamaba Sara, nunca supe su apellido. Nunca pregunté tampoco.
Era una extraña mujer, que siempre se paseaba por el barrio, buscando ayudar a las personas, y entre todos ellos, a mí. Me ayudó en una ocasión que no pude pagar por un poco de pan, cuando enfermé y no tenía para medicina, y en un sin número de otras ocasiones. Sin dudas era una mujer que buscaba asegurar su lugar en el Cielo. Era la buena samaritana en el barrio. Todos la conocían, todos la necesitaban, todos la respetaban. Con una sola palabra ella conseguía lo que necesitaba para los demás, su palabra era válida, confiable.
Sara era una mujer religiosa, no había duda de ello, cada vez que prestaba su ayuda contaba historias de Dios, más nunca intentó convencer a los demás con su fe, sus palabras no tenían un doble discurso, algo de lo que me sorprendía ya que por lo general es lo que sucede, sobre todo entre los sacerdotes que dan sermones en la televisión y apuntan con el dedo a todo aquel que no crea en Dios. Yo nunca fui particularmente religioso, pero no puedo negar que las palabras de Sara me reconfortaban aun cuando me hablaba de Dios. Quizás dudaba, pero mi lamento era por lo material, no lo espiritual.

Oh, pero ella me maravillaba. Pues le tendía la mano a todo quien lo necesitase. Iba construyéndose su escalera al cielo poco a poco. En el fondo la admiraba, que ella se viese rodeada por toda la mierda y pobreza y aun así fuese fiel a sus convicciones y creencias. No como yo, que me sentía cada vez más asqueado de todos y de mí.

El lado oeste de la ciudad era un asunto diferente, habitaban los pobres, los ladrones, los drogadictos y todos aquellos que lo habían perdido todo. Era un lugar pestilente y desagradable, sin ningún tipo de servicio básico, cuando llegabas a ese lugar es porque estabas realmente jodido, si tus deudas no te habían llevado ahí, probablemente la droga y el alcohol lo habían hecho. El solo pasar cerca de ese pútrido lugar me hacía deprimirme más, sentirme asqueado con lo que era ahora, un hombre pobre sin un futuro ni posibilidades. Pero la tentación siempre es mayor, y por tratar de olvidar de lo que era me vi caminando por las callejuelas y pasajes de ese antro de perdición buscando algo que me hiciera olvidar por unos momentos.

Cuando caminabas por ese lugar, podías escuchar las voces sufrientes de los drogadictos y borrachos que dormían en los callejones, muchas veces sobre su propio vómito o demasiado idos en algún mal viaje. Lamentos que llenaban tu cabeza, llamando por la ayuda de Dios o de Sara. Buscando quien los libere de sus malditas adicciones.
Pero también estaban los que se carcajeaban de su inmundicia y desgracia. Los que ya no tenían nada más que lamentar pues lo habían perdido todo. Aquellos que estaban tan alejados del mundo real que se reían de todo lo que les rodeaba y hablaban incoherencias. El eco colectivo, que mezclaba lamentos y carcajadas, las risas de los adictos y los gimoteos de los arrepentidos.

Todo eso me parecía terrible, hasta que me cruzaba con el Gaitero, el sujeto que podía hacer que toda esa mierda tuviera sentido con tan solo unas pocas palabras y unas cuantas líneas.

Los viejos adictos al alcohol le decían de esa forma porque el sujeto siempre traía consigo un morral, bastante malogrado y sucio hecho con piel de cabra que tenía siempre un olor particularmente desagradable, en donde traía la mercancía diaria (o nocturna, dependía un poco de su ánimo), su acento marcado y brusco se asemejaba al habla de los escoceses, por lo que de mote le llamaban así.  El Gaitero siempre te decía lo justo y necesario, aquello que te hacia darle la razón y aceptar su basura. Y entre el bosque de lamentos y risas, te imbuías de su prédica maquillada y caías en sus redes.

Y así te olvidabas de todo lo horrido que te rodeaba, luego de una charla con el Gaitero, todo a tu alrededor parecía irreal. No te importaba ver cadáveres de los idiotas a los que se les pasó la mano, a las prostitutas que se vendían por líneas o botellas, a los adolescentes en los huesos. O cuando llegaban estas extrañas personas de ropa blanca y se llevaban a los caídos en bolsas plásticas sin mirar ni hablar con nadie, era como si dejaran espacio para nuevos idiotas que presionaran sus límites, como una limpieza de primavera para poner muebles nuevos.
Sí, toda esa inmundicia se te olvidaba con una charla con el Gaitero.

Siempre tienes sólo dos caminos que elegir. Aquí no era la excepción, podías ir con Sara o con el Gaitero, intentar cambiar tu camino en cualquiera sea la dirección que quisieras dirigirla daba igual, al final siempre terminabas atrapado en ese antro. Con nosotros. Eso me sorprendía.

Así estaba yo en ese instante. El Gaitero ya había hecho lo suyo conmigo y ese incesante zumbido en mi cabeza me agobiaba, un zumbido que no se marcharía nunca. El Gaitero y el sonido de sus gaitas en mi cabeza me enloquecían, pero mi cuerpo yacía inerte en donde quiera que estuviera, ya no importaba, donde fuera me encontraba en la inmundicia del infierno en el que yo mismo me metí. Era el llamado del Gaitero hacia todos nosotros para que nos uniéramos a él. Era como una paranoia compartida.
Pero en mis alucinaciones, a veces veía a Sara. Hermosa, etérea y radiante. Ajena a toda esa suciedad que éramos nosotros. Ella siempre aparecía lejos, como si escuchara al viento susurrar.

Me concentré en su figura esbelta y curvilínea, enmarcada por esos vestidos mojigatos que le gustaba usar, como si fuese un pecado enseñar su cuerpo a basuras como nosotros.
Oh pero la vi acercarse, las sombras a mi alrededor se hacían más altas, como si me rodearan solamente a mí, mientras que Sara se hacía cada vez más brillante… iluminada por una luz blanquecina, casi espectral, que la hacía verse más bella y etérea que nunca antes.
Y vi sus ojos… ¡Oh! Sus ojos color miel que brillaban como el oro para mí.

Pero entonces, volví a escuchar las gaitas a lo lejos, esta vez como un susurro. Miré a Sara con horror, pero sentía mi cuerpo pesado como roca anclada al piso. Todo a mí alrededor se movía de forma vertiginosa, los sonidos como el susurro de mil voces se apresuraba en mis oídos y me volvía loco. Mi corazón… ¡Mi corazón iba a explotar en mi pecho!

Pero todo paró bruscamente… Cuando Sara toco mi frente y modulo algo que no pude escuchar, pero pude entender al ver sus labios moverse…

Ve con Dios…

Y mis ojos se cerraron.
Ella me había comprado la escalera al Cielo… quizás.

Se me había pasado la mano finalmente.
Pronto vendrían por mí esos sujetos vestidos de blanco. Y mi paso por ese lugar habría importado lo mismo que importaron los demás. Supongo que era lo mejor.


Esperaba al menos que alguien de la familia que me quedaba recordara poner en mi epitafio “Exitoso y adinerado”

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