viernes, diciembre 04, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto XV)

Los Oscuros Pasadizos bajo la Ciudad de la Luz

Cuando el cielo de la Ciudad Luz se volvía de color gris, el grupo salía de una céntrica morada que Jack Pendragon poseía en París con las cosas necesarias para enfrentar a las criaturas de la noche. El primer lugar al que irían a buscar era el Teatro de Vampiros en el barrio de Pigalle, el mismo en que se encuentra el Divan du Monde o Moulin Rouge. Un lugar bastante adecuado para que un grupo de chupasangres cacen y pasen inadvertido entre la multitud.


Así, tomaron el vehículo y se dirigieron a este barrio lleno de gente que buscaba diversión. Por ello, el oscuro grupo que iba montado en el automóvil contrastaba ostensiblemente con el entorno.
Cuando llegaron frente al teatro, la función ya había empezado. En la cartelera, con el vistoso arte que era comúnmente usado en los locales de esa parte de la ciudad, se anunciaba que Madame de Karstein tenía el agrado de presentar la obra original “El Rapto del Efebo”, contando más abajo: “Un hermoso joven es elegido por una criatura de la noche como su amante, pero unos monstruos lo capturan para que conozca los horrores de un cementerio parisino”.
Haciendo el quite a la marea de gente que caminaba por esos lares, el grupo se dirigió a un callejón aledaño al Teatro de Vampiros, en la cual se encontraba la puerta trasera por la cual salían los artistas o sacaban la basura. Por un momento todos pensaron que forzarían la pesada puerta metálica que les impedía la entrada al Teatro, pero Jack y Dupin le dijeron a Frankenstein que levante una tapa de alcantarilla.
Un aroma ácido llegó a las narices de todos, pero no les quedaba más que acostumbrarse, porque pronto estarían dentro de esos túneles subterráneos. Antes de bajar, Jack les advirtió:
-Sé que la mayoría ha escuchado cuentos acerca de vampiros en sus propios países, pero la mayoría se basan sólo en leyendas. Deben tener presente que existe una gran variedad de estas criaturas, no teniendo todas las mismas características ni poderes. Por lo general, las estacas de madera en el corazón a lo menos los paralizados, así que asegúrense cortarles la cabeza o prenderles fuego. Incluso el sol no es un arma segura, así que cuidado.
Todos bajaron conteniendo la respiración a las alcantarillas de la ciudad, que no por ser la urbe más hermosa de Europa, tenía unas cloacas menos nauseabundas de cualquier otro lugar. Una vez abajo, Pendragon con una linterna de carburo en su mano y un crucifijo en la otra, les explicó:
- Las alcantarillas están conectadas con las antiguas catacumbas que fueron escabadas cuando este lugar era la Lutecia de los romanos. Desde muy antiguo este lugar ha servido de guarida para los vampiros, igual que el cementerio de los Inocentes. Por lo general son lo suficiente inteligentes como para no hacer aspavientos de sus actividades, pero hay veces en que se exceden.
Iban caminando por un pequeño corredor que estaba paralelo al torrente de aguas negras, por lo que la mayoría había tapado sus bocas y narices con las manos. No obstante, cuando llegaron al principio de un pasillo que llegaba en perpendicular, Dupin les detuvo y dijo:
- Según mis cálculos, por acá llegaremos a las estancias subterráneas del teatro.
Por un momento, todos sintieron una brisa fría proveniente del oscuro fondo de ese corredor, además de la inquietante sensación de que les estaban observando. Sin embargo, tomaron aire y siguieron su camino.
Avanzaron con cuidado, alerta a cada pequeño sonido a su alrededor, todos en silencio y con los músculos agarrotados por la tensión. De pronto, escucharon a algo deslizándose a su derecha, viendo que con alivio que se trataba de una rata; por lo menos hasta que Jack observó:
- Es buena señal. Siempre donde hay vampiros hay ratas.
No supieron si Pendragon hizo gala de su oscuro sentido del humor, pero para ninguno fue una buena señal.
Siguieron avanzando, sintiendo a cada paso aún más la sensación de intranquilidad, hasta que de la nada escucharon el llanto. Al principio pensaron que era producto de su imaginación, ya para ese momento tenían los nervios de punta. No obstante, cuando se miraron entre sí, se dieron cuenta tácitamente de que todos escuchaban lo mismo. Pendragon, con la frente perlada por el sudor, estiro el brazo hacia delante para que la lámpara iluminara aún más lo que se encontraba más allá, viendo lo que parecía ser la silueta de una niña pequeña.
Cubierta con harapo y con el cabello sucio y lacio cayéndole sobre la cara,  la chica no debía tener más de unos cinco años, lo que de inmediato disipó los miedos. Sandokán, quien era padre, se sintió enfermo de tan sólo imaginar las penurias que esa pobre criatura había pasado como para llegar a ese lugar, por lo que en ese momento trató de acercarse para ayudarla. Pero cuando pasó al lado de Mina, ella le retuvo con su brazo y le dijo:
- ¡Tranquilo! No creo que sea lo que parece.
Y bien sabía la señorita Murray de los trucos de los no muertos.
Pendragon y Dupin, quienes parecían tener la misma desconfianza de Mina, usaron sus crucifijos y se los mostraron a la chica, consiguiendo de inmediato una reacción adversa. Sin mostrar completamente el rostro, entre las greñas sucias, todos pudieron ver la infantil boca llena de colmillos y unos ojos con un brillo rojo antinatural. Entonces, con un siseo y una voz que mezclaba el tono infantil y con malicia de varios siglos, les dijo:
- ¡Al amo sabe que vienen y sus sortilegios sacrílegos no servirán de nada!
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la niña comenzó a volverse insustancial, adquiriendo la consistencia del humo, deslizándose raudamente al fondo del pasillo.
A pesar del miedo, todos salieron corriendo detrás del esa especie de vapor hasta  que llegaron a una enorme puerta que les cortaba el paso. Por entre la rendijas que quedaban entre los maderos de esa puerta, el humo se escabulló, dejándoles ahí sin saber muy bien qué hacer.
Frankenstein, al ver la pesada puerta de roble, intentó empujarla, cosa en lo que le secundó Chia; pero a pesar de que sus fuerzas sobrepasaban las de un humano normal, no pudieron moverlas ni un milímetro. Entonces, mientras sus compañeros intentaban forzar la entrada, Mina comenzó a sentirse mareada, como si de pronto todo lo que la rodeaba se volviera nebuloso. Luego, en su mente, comenzó a escuchar:
- Mina… Mina… la calavera… la calavera.
Ella se despabiló un poco, tratando de salir de esa especie de ensoñación en la que se vio inmersa, y se percató de la imagen de una calavera tallada en la roca de la pared a un lado de la puerta. Con una seguridad de la que ella misma se sorprendió, metió los dedos en las cuencas de la calavera y presionó un mecanismo que liberó la pesada puerta.
Pendragon y Dupin se quedaron mirando con extrañeza a Mina, pero fue Yáñez el que observó:
- ¿Cómo supo que así se abría la puerta, señorita Murray?
Mina le quedó mirando como si no alcanzara a entender lo que le preguntaban, pero al final dijo sin mucha convicción:
- Yo sólo… creo que fue suerte.
- ¿Se siente bien, Mina? – le consultó Pendragon.
- No se preocupe, señor Pendragon. No me ocurre nada – contestó la mujer secamente.
Sin más, el grupo entra en otra galería, pero en esta ocasión se nota que es mucho más antigua que la anterior, pudiendo verse símbolos dibujados en las paredes, nichos con huesos en su interior que se habían vuelto quebradizos por el paso del tiempo y epitafios en cuadradas letras latinas. Sin duda se trataba de una de las catacumbas de la época de los romanos.


Siguieron caminando por ese pasillo hasta que vieron con una puerta abierta. Al traspasar la entraron en una estancia cuadrada amplia e iluminada con lámparas de aceite. En el medio de la habitación había cuatro camillas con una persona recostada en cada una de ellas, mientras que las paredes estaban cubiertas por estantes en los que se podían ver grandes botellas llenas de un líquido oscuro, además de varios alambiques y otros elementos típicos de un laboratorio.
Con cuidado, los miembros del grupo comenzaron a examinar a los que estaban acostados; con un natural miedo a la posibilidad de que pudiera tratarse de algún chupasangre. Sin embargo, se dieron cuenta de que todos estaban vivos, aunque parecían estar sumergidos en un profundo sueño. Dupin, quien se dio al trabajo de examinar con mayor detención, tomó el olor de sus alientos y pudo asegurar de que se les había administrado algún fuerte somnífero en base a opio. Por su lado, Pendragon reconoció a uno de ellos, diciéndoles:
-He visto este hombre varias veces durante mi vida. Siempre he notado que tiene la misma edad cuando nos hemos encontrado, así que supongo que se trata de una especie de inmortal, aunque nunca he sabido a qué se deba esto. Su nombre es Joseph Cartaphilus.
Con esto en mente se pusieron revisar al resto de los cuatro, cayendo en cuenta de que todos llevaban un brazalete que los identificaba. Había una hermosa mujer de rasgos exóticos en cuyo brazalete se leía el nombre Ayesha, mientras que un hombre joven era identificado como Dorian Grey; el último de ellos, aparte del ya nombrado Cartaphilus, era un hombre maduro que respondía al nombre de Mort Cinder.
Por su lado, Sandokán y Yáñez se dieron a la tarea de revisar lo que contenían las botellas, encontrándose con que se trataba de sangre. Una vez que le informaron esto al resto del grupo, Pendragon se dio una palmada en la frente y les dijo:
-¡He sido un tonto! ¡Cómo no me di cuenta antes! Lo que estos chupasangres están haciendo es ordeñar inmortales. Con ellos acá pueden tener una fuente de alimento inagotable.
El problema era que ahora existía la posibilidad de que sus fuentes de sangre inmortal aumentaran en número. No había que olvidar que el señor Pendragon había soportado daños realmente terribles sin siquiera quedar con alguna magulladuras en el momento en que despertaron Frankenstein. Por su lado, este último monstruo había sobrevivido durante varias décadas en el hielo y ahora se encontraba con ellos caminando por el subsuelo de París. Y por último estaba Chia, quien llevaba varios milenios recorriendo este mundo sin que la edad o la muerte hicieran mella de ella.
Estaban pensando en esto cuando se escucha una risa femenina a espaldas de ellos. En el momento en que voltearon vieron a una hermosa mujer que los miraba con ojos seductores. Todos (Incluidas a Mina y, especialmente, a Chia) sienten inmediatamente el magnetismo que ella irradia, como si les susurrara palabras sugerentes en sus propias mentes. Entonces sonrió y mostró sus colmillos largos como los de un gato, que en vez de afearla, la hacen ver aún más deseable. Ella les dijo con un acento que marcaba las erres:
- Bienvenidos a mi hogar. Soy la condesa Carmilla de Karnstein. Me siento honrada de tener visitas tan... extraordinarias.
Por muy irreal que parezca, todos atienden al saludo, siendo casi imposible ser descortés ante esa mujer, quien con su vestido rojo vaporoso se movía con la gracia de esas musas de los cuadros renacentistas, haciendo que sus corazones se llenaran de deseo por ese níveo cuerpo que podía adivinarse perfectamente bajo la tela.
No obstante, la voz de Pendragon se impuso al encanto y sonó como un graznido de cuervo al decir:
- Estamos acá porque ustedes raptaron a alguien importante del cementerio Pêre-Lachaice. Queremos que nos lo entreguen y nos iremos sin causarles problemas; pero si se niegan, les prometo que para cuando termine la noche todos ustedes serán cenizas.
A la mujer le pareció divertida la amenaza de Jack, por lo que soltó una musical carcajada que no hizo más que sacar de sus cabales Pendragon, quien sacó una estaca de dentro de su chaqueta y se lanzó sobre la no-muerta. Sin embargo, algo los detendría.
Desde que se presentó, la vampira estaba usando una especie de embruja que embotaba los sentidos y afectaba a la mente de quienes la miraran, sintiéndose subyugados por su presencia y deseándola con locura. Por ello, cuando vieron que el objeto de su pasión iba a ser dañado, tanto Chía como Sandokán no pudieron aguantarse al embrujo y reaccionaron. El pirata se interpuso entre sus compañeros y Carmilla para evitar que cualquiera la dañara, mientras que Chia, usando su descomunal fuerza, le da un golpe a Jack que lo hace saltar varios metros y caer al suelo de roca.
Inesperadamente, ahora el grupo se había dividido en bandos enfrentados. Y para más gravedad, Chia había caído en el embrujo, siendo ella quizá la ser más poderosa de todo el grupo. No obstante, pudiendo quizá ser de contrapeso, Frankenstein se interpuso entre sus compañeros encantados y el resto, diciendo:
- No me agrada la idea de hacerles daño, pero si es necesario, tendré que hacerlo.
Pero ni Chia o Sandokán parecieron reaccionar, incluso cuando a este último Yáñez trató de convencer acerca de que estaba siendo manipulado. El pirata no escucho ninguna razón y se mantuvo firme, empuñando su alfanje, presto para defender a la condesa.
Entonces sintieron el ruido de huesos que crujían al ponerse en su lugar, se trataba de Jack, a quien le sonaban los costillas que seguramente Chia le había hundido. No obstante, haciendo caso omiso del dolor, Pendragon sacó de dentro de su chaquete lo que parecía ser un papel con algo escrito y comenzó a recitar:
- Tiānkōng zhège dǎogào zhǐnán hé yù zhòngfēng zhēngfú móguǐ.
Sólo Chia entendió lo que Jack recitaba, lo cual la puso frenética. Con los ojos encendidos con un demoniaco brillo rojo, la mujer china se arroja rápidamente sobre Pendragon sin que ninguno de los otros miembros del grupo pudiera reaccionar. No obstante, Jack le lanza ese papel a Chia antes de que le ataque, el cual parece volar guiado por un poder sobrenatural, pues se pega a la frente de la china, desatando de inmediato una especie de descarga eléctrica que la sacude violentamente.
Por un momento parecía que el extraño sortilegio que Pendragon había invocado funcionó, pero a pesar de que le humeaba el cuerpo, Chia volvió a ponerse de pie y, amenazante, dijo:
- Eres inteligente, hombrecillo, pero no comprendes completamente los secretos de la alquimia espiritual.
Y sin más, Chia le hace una demostración de poder y concentra chi en su puño para descargarlo de un golpe en el pecho de Pendragon, provocando que este saltara por los aires, chocara contra una de las paredes y callera nuevamente sobre el piso de piedra.
Y ahí estaban, enfrentados los unos contra los otros debido a la magia impía de una no muerta. Es por ello que Frankenstein se plantó cerca de Chia, listo para descargar su fuerza sobre ella de ser necesario. Por su lado, Yáñez intentaría contener a Sandokán valiéndose de cualquier treta; aunque con un guerrero avezado como su hermano, era difícil no tener que recurrir a la violencia. Strogoff, mostrando el proverbial estoicismo de las tierras del este, sólo cargó una bala en la recamara de su rifle y esperó. Por último, Mina con desgano saca su revólver y espera poder tener la oportunidad de ver cómo estaba Pendragon, pues el ataque de Chia fue devastador, incluso para alguien como Jack.
Pero había una persona a quien no habían echado de menos en ningún momento: Dupin. El anciano, sigiloso como una sombra, se escabulló por detrás de la condesa y, en el momento en que esta se solazaba por lo que estaba provocando, la toma del cuello y le coloca una cruz de plata en su frente mientras dice:
- La puissance du Christ peut vous mettre! La lumière de Dieu et de son sang sacré sera mon bastion.
Hay ira en las palabras del anciano detective y la condesa se retuerce de dolor mientras su cara se deforma horriblemente por la quemadura que le provoca el contacto con la cruz. Pero lo más importante es que su embrujo decae por un momento, por lo que Sandokán y Chia tienen una chance para liberarse.
Sandokán estaba a punto de arremeter contra el gigantesco Frankenstein (porque aún bajo el embrujo no se hubiera atrevido a dañar a Yáñez)  cuando el anciano Dupin irrumpió en escena, practicando un exorcismo contra la condesa. El pirata malayo parpadeó confundido, y enseguida recobró el sentido común.
- ¡Maldita bruja! - exclamó girándose contra la, hasta entonces, objeto de su pasión - ¡No te lo perdonaré! ¡Yáñez, a mí!
Por su lado, el Dragón Negro se vio libre de esa lujuria que la embargaba, se giró sobre los talones y miró con furia a Carmilla, quien viendo que las tornas estaban en su contra, se transformó en una nube de vapor y salió raudamente de ahí antes de que las cosas se pusieran más feas.
Como era de esperarse, Chia y Sandokán estaban locos de furia por haber sido manipulados por esa no muerta, por lo que querían salir de inmediato en pos de ella. Sin embargo, Mina les detuvo y les hizo ver que en ese momento Pendragón se encontraba muy mal, así que debían preocuparse primero por su bienestar.
Y era totalmente cierto lo que la inglesa dijo, pues Jack se encontraba inconciente, parecía no respirar, su piel se había puesto cenicienta y, al tomar su mano, Mina se dio cuenta de que estaba frío. Entonces Chia, quien se sintió culpable por lo que había hecho, se arrodilló junto al cuerpo y concentró nuevamente su chi, pero en esta ocasión pretendía realizar un portento mucho más complejo que una ataque terrible, sino que animar el flujo de chi de Pendragon. Como era de esperarse, curar es mucho más difícil que matar.
- Esto va a ser complicado, Mina. Por favor, aléjese – fue lo único que Chia dijo.
Pero en el momento en que estaba por descargar su chi, algo la repelió con fuerza. Entonces la china agudizó sus sentidos y se dio cuenta de que el chi de Pendragon continuaba fluyendo, estando él en un estado de estasis, como lo hacen los monjes de su tierra. No obstante, había algo extraño en su chi, pues parecía estar reconstruyendo todo su cuerpo de una manera imposible para un mortal.
- No debemos preocuparnos. Va a estar bien.
Las palabras de Chia le parecieron un disparate a Yáñez, quien no entendía cómo alguien podía sobrevivir a semejante ataque; pero Mina le hizo ver que el señor Pendragon tenía ciertas habilidades especiales para engañar a la muerte. En vista de todo lo que le había tocado presenciar, el portugués prefirió no preguntar.
Ahora les quedaba seguir con el plan e ir a rescatar al sujeto que buscaban, pero ahora teniendo más cuidado con los poderes de ese vampiro. Por ello, Frankenstein les dijo que él no se sintió afectado por los poderes de la vampiresa, que se la dejaran a él.
Pero aún quedaba el asunto de Jack, quien no daba señales de volver en sí. Dejarlo ahí solo era arriesgado, pero podían estar perdiendo un tiempo valioso esperando a que despertara. En vista de esto, Mina les dice a sus compañeros que ella se quedará esperando a que Pendragon despierte, que no se preocupen y que ellos les seguirán en cuanto Jack se ponga bien.
No muy convencidos de esto, pero a sabiendas de que estaban perdiendo un tiempo valiosísimo, todos asintieron y, como era de esperar, Sandokán se puso a la cabeza del grupo, aunque a Chia no le agradaba para nada recibir órdenes de ese malayo.
Así, Mina se quedó a solas esperando a que Jack despertara, cosa que ocurrió al rato, ya que éste abrió mucho los ojos y tomó con fuerza una bocanada de aire.
-¡Harrrgh! ¡Mierda!… disculpe Mina, pero siento como si me hubiera pasado una locomotora por encima.
- Y de seguro usted sabe cómo se siente eso.
Mina lanzó su observación con haciendo gala de un agudo sentido del humor británico, cosa que a le sacó una risa a Jack muy a su pesar, porque esto avivó mucho más su dolor.
A pesar de que en algunas ocasiones Jack le sacara de quicio, Mina había comenzado a apreciarlo, pues en todo momento se había comportado correctamente con ella, incluso prestándole su ayuda en el asunto de su hijo. Fue por ello que se quedó a su lado; se lo debía.
- No debió dejar ir al resto solos, Mina. Ellos podrían necesitar de su buen juicio si es que van a enfrentarse a esas sanguijuelas.
- No soy niñera de nadie, señor Pendragon. De seguro que sabrán desenvolverse perfectamente sin mí.
A Jack parecía divertirle la constante tozudez de la mujer, por lo que esbozó una sonrisa, la cual de pronto se volvió un rictus de horror. Sin que Mina entendiera muy bien que pasaba, tomó la mano de Pendragon y éste le dijo:
- ¡Salga de aquí, Mina! ¡No estamos sol…
Y no terminó la frase, porque una fuerza invisible le levantó del suelo, lo zarandeó como si fuera un muñeco de trapo y lo lanzó nuevamente contra una de las paredes.
Mina, quien sólo pudo contemplar con horror lo que ocurría, tuvo el impulso de salir corriendo, pero algo la detuvo, quedándose como una estatua de sal parada en medio de esa estancia. Entonces le pareció que las luces de las lámparas bajaban de intensidad y que un frío que calaba los huesos se enseñoreaba a su alrededor. El problema que estas sensaciones es que eran demasiado familiares.
- Mi hermosa Mina. Nuevamente has venido a mí.
Cuando escuchó esa voz, un escalofrío le subió por la espalda a Miss Murray y lo único que pensó fue: “¡No puede ser! ¡Es él! ¡Ha regresado!”.

Continuará...

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