jueves, enero 07, 2016

La Justicia (Acto VI)


Isidora era una adolescente encantadora, con una linda sonrisa y muy guapa, cuyo cuerpo ya estaba adquiriendo las formas de la madurez, mostrando que ella sería una mujer muy atractiva en el futuro. Además, le gustaban los animales, por lo que cuando terminara la secundaria quería ir a la universidad a estudiar veterinaria. A su edad aún no tenía novio, pero no era por falta de interés del sexo opuesto, sino porque los chicos de su escuela le parecían superficiales e infantiles.

Isidora tenía un hermano, llamado Erik igual que su padre, menor que ella por 10 años. De su padre no sólo había heredado el nombre, sino también su personalidad, siendo un niño arrogante y poco considerado de los sentimientos de los demás. Si no fuera por las constantes reprimendas maternas acerca de su forma de ser, el chico sería un pequeño monstruo que llegaría en la adultez a ser aún más despiadado que Erik, pero por ahora se encontraba bajo control.
A pasar de todo, Isidora y su hermano disfrutaban de una especial relación con su padre, pues este adoraba en sobremanera a sus hijos. Quizá el único amor verdadero que Erik sintió en toda su vida fue por esos dos chicos, porque ni siquiera su esposa (a la cual había elegido porque se amoldaba perfectamente al concepto de lo que una esposa de un hombre exitoso debía ser) suscitaba más allá de una tibia simpatía.
Ahora, Isidora estaba muy triste, porque parecía que el quiebre entre sus padres era definitivo. Su madre nunca les dijo nada malo acerca de su padre, sólo que las cosas no iban bien y que seguramente no seguirían juntos. Su madre trataba de que esta situación fuera lo menos traumática posible, pero todo estaba demasiado enrarecido como para eso. Su padre se fue de la casa entre gritos y portazos, amenazando a su madre con que se arrepentiría, así que era casi imposible tomarse la separación de ellos de forma civilizada. Además, estaban las muertes de los amigos de Erik, todas horribles ¿Cómo alguien podía ser capaz de cometer esas atrocidades?  Isidora agradecía no tener respuesta para ello.
 En ese momento ella y su hermano se encontraban a la espera de su padre fuera de su oficina. Ya que ese día saldrían a almorzar. Mientras su padre se demoraba, Isidora conversaba con Rita, la veterana secretaria de su padre, quien en su eficiencia había asumido tareas especiales que pocas asistentes realizan. Un de ellas era conocer fechas importantes y los cumpleaños de la familia, recordándoselas a Erik y comprando el regalo adecuado.
Por alguna razón extraña, la seca y antisocial secretaria de Erik sentía aprecio por Isidora, quien siempre se mostró dulce y respetuosa con ella. Quizá se tratara de un instinto maternal tardío, o quién sabe qué cosa, pero cuando hablaba con la chica, Rita se volvía una persona totalmente diferente a lo que era comúnmente, incluso pudiendo escuchársele reír de buena gana. No obstante, esta relación tan cercana con su secretaria no agradaba para nada a Erik, que no consideraba apropiado que su hija tuviera esos roces con alguien a su servicio. Por su lado, Isidora no hacía caso de reprimendas de su padre, pues ella consideraba a Rita como una buena persona y le tenía un sincero cariño.
En ese momento la espera se término, pues del interior de su despacho salió Erik acompañado por Julio, quienes se despidieron de forma algo distante, aunque Julio se dio un momento para saludar y hablar tanto con Isidora como con Erik Jr. Sin embargo, el padre de ellos cortó rápidamente la conversación, apurándolos para que fueran a comer a su lugar favorito, ya que más tarde debía dejarlos en casa según había pactado con su madre.
Mientras se retiraban, Rita les miró irse con una extraña expresión en sus cansados ojos. Luego volvió a poner atención en su trabajo.
**********

Morales y los forenses habían realizado cada uno de los rincones de ese departamento, apenas encontrando algo que les ayudara a dar con el paradero de Sara. Desde hacía ya tres días que la mujer llevaba desaparecida, siendo Morales la última persona a la cual llamó, quien en ese momento no había creído lo que ella estaba diciendo. La periodista, por su lado, no quiso dar mayores detalles acerca de su descubrimiento al detective; sencillamente se comunicaba con él para demostrarle que ella había sido más inteligente al momento de echar luz al misterio acerca de quién era el asesino en serie al que estaban persiguiendo.
Pero Sara, en su deseo de tener la primicia, fue torpe y atolondrada, actuando precipitadamente. Morales no estaba seguro, pero suponía que la periodista se había acercado al asesino para encararlo, cosa que seguramente la llevó a un final terrible, lo cual pesaba en la conciencia del detective tanto como si él mismo la hubiera empujado de una cornisa para que cayera al pavimento.
Una y otra vez Morales revisó la libreta con direcciones y números de teléfono que Sara tenía en su mesa de noche, sin conseguir algún resultado positivo. También dieron vuelta el lugar buscando el computador personal de la reportera, el cual tan poco se encontró; aunque no había rastros de que alguien hubiera entrado a la fuerza, por lo que supusieron que se lo había llevado consigo la última vez que salió de su hogar. Al final, ahora no tan sólo tenían a dos sujetos asesinados por un supuesto fantasma, sino también a una periodista desaparecida, lo cual podría poner aún más nerviosa a la gente si se conocía la historia. Por lo anterior, el jefe de policía de la ciudad y el director del diario en que trabajaba la reportera llegaron a un acuerdo acerca de mantener en secreto por lo menos por algunos días la desaparición de Sara, dando el tiempo necesario para poder atrapar al asesino.
Sin embargo, en ese momento estaban tan cerca de capturar a ese loco como en un principio. Cada una de las pistas que habían seguido se había transformado en un callejón sin salida, ya no sabiendo a qué más recurrir. El nexo que los llevaba a ese chico que fue mortificado en la escuela murió en una tumba que se encontraba en el cementerio de la ciudad y que daba cuenta de una muy corta vida. Además, los dos sobrevivientes del grupo de amigos no tenía ni la más mínima intención de cooperar con la policía, entregando cuarteadas perfectas que indicaban que, poco menos, los asesinatos les habían afectado a ellos sencillamente por mala suerte. No obstante, Morales sabía perfectamente que estaban escondiendo algo, una cosa muy sucia que habían mantenido escondida durante muchos años y ahora había vuelto a devorarlos.
Sin conseguir nada que le permitiera encontrar a la periodista, el inspector hizo que todo el personal se retirara y él también lo hizo, yendo esta vez a su casa, pues se encontraba en extremo cansado.
El apartamento en que vivía el inspector Morales no era muy grande, aunque para un hombre solo parecía enorme. El policía, como siempre, dejaba la llave en un pequeño pocillo que estaba sobre una mesa al lado de la puerta y colgó su chaqueta en un perchero, justo al lado de la gorra que Roberto jamás se llevó. Para cualquiera parecería ridículo y patético, pero Morales no había tocado ni cambiado de lugar ninguna de las cosas que su ex pareja había dejado en el departamento. No es que pensara que en algún momento él volvería, pues ya había perdido la esperanza; era sencillamente una forma de sentirse menos solo y de hacer de cuentas de que el tiempo no corría en su contra.
Como si se tratara de una especie de ritual, el detective se preparó una taza de café y se sentó en la mesa de su cocina frente al sitio que continuaba vacío, el mismo donde antes se sentaba el compañero con el cual compartía sus penas y alegrías. A veces, aplastado por la soledad y la monotonía del día a día, Morales se daba la licencia por un momento de ser humano y lloraba en silencio sentado en ese lugar frente a nadie. Y era ese el sentimiento que lo embargaba en ese momento, mezcla amarga entre impotencia, culpa, pena y soledad; cosas que hubieran aflorado a la superficie de no ser por el sonido del teléfono que rompió el silencio sepulcral que rodeaba al inspector.
Al descolgar, por un momento en la boca del estómago de Morales se hizo un nudo, como si presintiera que escucharía algo malo. Luego se dijo asimismo: "¿Qué más malo podría pasar?". Pronto se arrepentiría de haber pensado eso.
-Inspector, soy López. Llamaron desde un control policial de carreteras informando que encontraron a dos mujeres en estado de shock caminando por ahí. Al parecer fueron testigos de un asesinato en una cabaña en las montañas. Se trata del tercero del grupo de amigos, el piloto de rally.
En efecto, todo podía volverse realmente mucho peor.

**********

Era un día como cualquier otro en el colegio, aunque para uno de esos chicos ese lugar se había transformado en algo amenazador, como esas casas malditas que se ven en las películas de terror.
Patricio vivía con los nervios de punta, no sabiendo de dónde vendría el próximo golpe, que tan humillante resultaría la siguiente burla o cuán grave sería el daño que le dejen los abusos. En esos momentos se preguntaba cómo su vida podía haberse transformado en un infierno tan de pronto; cómo una simple torpeza le había granjeado el odio irracional de esos monstruos. Sencillamente había sido marcado por el capricho de la fatalidad.
Aunque le trajera problemas, Patricio optaba por llegar atrasado a todas sus clases, y así evitar el agolpamiento de alumnos en los pasillos y patios, pues sabía que esos malditos buscaban público para sus fechorías. Así, obviando las reprimendas de sus maestros y las citaciones a hablar con el director, Patricio se había transformado en una sombra solitaria que se movía furtivamente por el colegio.
Pero no pasaría mucho tiempo hasta que sus perseguidores se dieran cuenta de este detalle, cosa que ocurrió un día jueves a eso de las 11 de la mañana.
El pasillo se encontraba vacío y sólo las voces de profesores que impartían sus clases rompían el silenció. Patricio asomó la cabeza por la puerta de la pequeña sala de servicio en la cual había pasado escondido todo el recreo y, con cuidado, precavido en todo momento, intentó recorrer la distancia de 15 metros que le separaban de su salón de clase; pero algo lo detuvo, pues de pronto el pelo se le erizó, sabiéndose observado. Quieto, con los músculos agarrotados y un sudor frio corriéndole por la frente y espalda, agudizó el oído. Lo primero que escuchó fue una respiración fuerte, como de alguien que está excitado o cansado, luego gruñidos y risas bajas. Entonces, desde detrás de un estante en el que se encontraban en exhibición trofeos deportivos, salió un monstruo enmascarado que gritaba como loco y con lo que parecía un cuchillo en la mano.
Era obvio que se trataba de una broma, pero en ese momento, después de haber soportado tantos abusos, los nervios de Patricio no dejaban que su mente funcionara con un mínimo de cordura, así que llevado por el miedo, corrió de manera desbocada por el corredor para alcanzar la salida que daba al patio. No obstante, otros dos monstruos enmascarados salieron a cortarle el paso, gritando y con cuchillos en sus manos. Como un animal acorralado, Patricio miró a su alrededor y buscó otra alternativa de escape, dándose cuenta de que había una puerta que se encontraba entre abierta, por lo que rápido se intentó escabullir por ahí.
Fue en ese momento que siente como si le hubieran disparado en el pecho, dejándole sin respiración. Su cuerpo pequeño voló por los aires y se golpeó contra la pared contraria a la puerta muy fuerte, cayendo al suelo, mientras lo rodeaban esos monstruos. Sabiéndose perdido, lo único que hace el chico es asumir posición fetal y temblar a la espera de lo peor.
Entonces hubo un silencio de apenas unos segundos, en que no sabía qué podía estar pasando. Sintió algo cálido en la parte baja de su vientre, pero no entendió nada hasta que escuchó una explosión de carcajadas y alguien que grita:
- ¡Miren! ¡Se ha meado de miedo!
Cuando los que se encontraban en las salas de clase escucharon el alboroto que había en el pasillo, todos salieron, alumnos y profesores, a ver de qué se trataba. Entonces se encontraron con Erik y sus amigos, que llevaban mascaras de monstruos del cine y cuchillas de juguete, y que rodeaban a Patricio, quien se encontraba en tirado en el piso. Cuando se acercaron más, se dieron cuenta de la mancha que el chico tenía en el pantalón y sintieron ese olor característico a amoniaco. Entonces Julio, sacándose la máscara avisa a viva voz que el pobre se ha orinado de miedo, produciendo la explosión de risas y burlas generalizada.
Quizá hubieran sido mejor los golpes, o que esas cuchillas fueran de verdad y se las hubieran enterrado; pero las burlas sencillamente le desgarraron el corazón al chico de una forma más lacerante que cualquier herida. Al final, avergonzado, él sólo se dobló más sobre sí mismo y deseo con todas sus fuerzas que esto terminara de una vez por todas.
Entonces, acallando los gritos y risas de todos los estudiantes que presenciaban ese espectáculo cruel, un grupo de profesores se abrió paso entre ellos y dieron órdenes de que todos volvieran a sus salas. A regañadientes todos vuelven a sus clases, intentándose escabullir con el resto Erik y su grupo, pero fueron detenidos. Una profesora, apiadándose de Patricio, lo ayudó a levantarse y le llevó a enfermería. Por su lado, el maestro de matemáticas, quien había sido uno de los primeros en darse cuenta de los abusos a los que estaba siendo expuesto ese pobre chico, encaró Erik y su grupo, diciéndoles que por lo que habían hecho se iban a ganar a lo menos unos días de suspensión, a lo que Julio responde con desfachatez:
- No es para tanto, profesor. Le hicimos sólo una broma. No creíamos que se lo fuera a tomar tan en serio.
Si hubiera podido, el profesor hubiera soltado una bofetada en la cara a Julio, pero sólo le quedó apretar los dientes y contenerse. Por otro lado, en ese momento se apersonó el profesor de gimnasia, quien de inmediato se puso del lado de sus protegidos:
- El chico tiene razón. No es para tanto. Ese mocoso es un poco nervioso y sobrerreaccionó.
Pero en esa ocasión el profesor de matemáticas no se amilanó, diciendo que esto era muy grave, por lo cual el director se encargaría de decidir qué hacer. Jorquera entonces intentó imponerse por su prestancia física y hablando fuerte, pero nada de esto funcionó, pues el otro profesor no estaba dispuesto a ser amedrentado y, si no lograba infundir miedo, Jorquera quedaba desarmado.
Al final, Erik y sus amigos se ganaron unos días de suspensión y Jorquera fue amonestado por el director debido a su actitud frente a estos abusos. Por desgracia, esto sólo selló el futuro de Patricio.

**********

La directora del viejo colegio de Erik terminó de contar esta historia mientras el Inspector Morales escuchaba mirando por la ventana a los chicos que jugaban en el patio de la escuela. A la docente le pareció muy extraño recibir nuevamente la visita del detective, en especial cuando le preguntó si se acordaba de un algún suceso que tuvieran que ver con Erik y sus secuaces, y en el que además estuvieran implicadas mascaras de monstruos.
- ¿Cree que es Patricio el que de adulto se está vengando de los abusos que sufrió de niño?
Morales se demoró en contestar, sacó de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos y le preguntó a la mujer si le molestaba el humo. Por lo general la directora no dejaba que nadie fumara en su presencia, pero vio al inspector tan demacrado, que creyó que no habría problema en dejarle relajarse por un momento.
- Era muy imposible que ese chicocreciera para transformase en un asesino vengador. Por ello le buscamos para descartar pistas, resultando que murió a los años de haber dejado el colegio. El parte de defunción dice que tuvo un ataque al corazón.
La directora se quedó pensando por un rato, procesando esta información. No obstante, había un detalle que no se podía ignorar, pues era evidente y Morales se lo planteó sin tapujos:
- De igual forma, todo indica que los crímenes están inspirados en alguna de las penurias que ese chico pasó a expensas de ese grupo de amigos en este colegio. Eso quiere decir que alguien se está vengando por él ¿Sabe si tenía algún cercano? ¿Un amigo o algo parecido?
Antes de que el policía terminara sus preguntas, la directora mueve la cabeza negativamente y agrega:
- Ese muchacho era muy tímido, cosa que se agudizó debido a lo que le hicieron esos energúmenos. Sencillamente no hubo nadie que lo acogiera y que le apoyara… de hecho, recordarlo me hace sentir culpable… me hace pensar que pude haber hecho algo más para sacarlo de ese infierno.
Morales se quedó mirando muy fijo a la directora, en especial cuando la voz se le quebró en sus últimas palabras. No obstante, ya era tarde para hacer esas declaraciones de buenas intenciones, cosa que muy bien sabía el inspector, pues si una mano amiga se le hubiera tendido a él en su momento, cuántos malos ratos y lágrimas se hubiera ahorrado.
Sin embargo, por deferencia, el inspector le dedicó unas palabras de consuelo a la directora y se despidió, pues tenía que seguir con su trabajo. Nuevamente quedaron de ponerse en contacto si ella recordaba algo más o si el policía quería dilucidar alguna duda.
Lo que Morales no le contó a la directora es que fue el testimonio de las dos mujeres que encontraron vagando por la carretera en estado de shock lo que le llevó a presentarse ante ella. Las mujeres habían caminado varios kilómetros hasta que de casualidad dieron con un puesto de control carretero. Una venía cubriéndose con una chaqueta térmica, mientras la otra lo hacía con una manta, pero ambas abajo sólo llevaban ropa interior e iban descalzas. Se les prestó atención médica, pues se encontraban con síntomas de hipotermia y algunas heridas menores debido a que se habían caído un par de veces mientras bajaban de una cabaña que se encontraba en las montañas, pues venían escapando de algo.
Fue algo difícil hacer que ambas chicas, una de 20 años y la otra de 23, contaran lo qué habían presenciado sin sufrir ataques de histeria. La cuestión es que ambas trabajaban como modelos; no de aquellas que salen en televisión o en desfiles de alta costura, sino que trabajaban en discotecas, clubes nocturnos y bares. Ahí habían conocido un exitoso y muy generoso piloto de rally y empresario llamado Julio, que las invitó a ambas a pasar un fin de semana en las montañas, lo que aceptaron gustosas. Cuando se les preguntó, ambas reconocieron haber mantenido relaciones sexuales con Julio, incluso realizando un trío, aunque negaron ejercer la prostitución. El asunto es que habían pasado una noche muy movida, cuando el sistema eléctrico de la cabaña, alimentado por un generador exterior, se apagó. Para ellas fue un poco rara la actitud de Julio, quien parecía estar muy nervioso por esa falla, yendo a uno de los gabinetes del mueble que tenía en un pequeño estudio de la cabaña y sacando una pistola. Las chicas sólo se miraron entre ellas cuando él les dijo que lo esperaran mientras salía a encender de nuevo el generador. No habían pasado ni tres minutos cuando desde el exterior sintieron un grito de dolor y un disparo, por lo que salieron para ver si Julio se encontraba bien. En el exterior, recortada por la luz de la luna que se reflejaba en la nieve, vieron a Julio de rodillas, con la mano en que llevaba la pistola aún alzada, pero sin fuerzas para sostenerla con firmeza. El piloto se quejaba de dolor, pues tras de él se encontraba una figura negra de pie que, con un enorme cuchillo, apuñalaba una y otra vez su espalda.
Ambas coincidieron en su historia al decir que el asesino cubría su cara con una de esas mascaras de goma que se usan para las fiestas de disfraces, pero no se pusieron de acuerdo de si se trataba de una de Frankenstein o de zombi. Tampoco pudieron dar una descripción más acabada del asesino, sólo que era delgado, pues ni en una estimación de la estatura concordaban, porque una decía que medía entre 1.60 y 1.70 metros, mientras la otra hablaba de 1.50 más o menos. Lo que si se les quedó gravado fue el ritmo acompasado de las puñaladas y el sonido húmedo que estas producían al penetrar en la carne. Por su lado, antes de expirar, Julio trató de voltear a ver a quien le estaba matando y alcanzó a decir.
- No era para tanto… sólo te hicimos algunas bromas en la escuela… sólo…
Luego cayó boca abajo, mientras un charco de sangre oscurecía la nieve bajo su cuerpo.
Fue en ese momento que el asesino advirtió a las dos mujeres y mirándolas, les dijo:
- Si aprecian en algo su vida se quedarán acá y no me seguirán.
Cuando Morales preguntó acerca de si la voz era la de un hombre joven, un adulto o incluso una mujer, dijeron que no podrían asegurarlo, porque estaban muy asustadas y la máscara que llevaba puesta distorsionaba el sonido. Aunque si tuvieran que jugársela por una opción, ellas creían que se trataba definitivamente de un hombre, pues la voz sonó muy grave.
Después de eso, el asesino se fue caminando rápido hacia el bosquecillo que se encontraba más abajo y le perdieron de vista.
Las dos chicas se quedaron un buen rato al lado del cadáver sin saber qué hacer. Para cuando reaccionaron, quisieron usar la todoterreno de Julio para bajar en pos de ayuda, pero las yantas habían sido pinchadas. Por ello al final se cubrieron con lo que pudieron y bajaron a pie, caminando como cinco horas hasta que llegaron al control de carreteras a punto de desfallecer.
Cuando Morales y sus colegas llegaron a la escena del crimen se encontraron exactamente con lo que le habían descrito las dos chicas. Por las huellas que aún podían verse en la nieve el atacante se escondió bajo el porche de la cabaña y esperó a que Julio bajara de éste para salir y atacarlo por la espalda. El arma que llevaba Julio fue disparada una vez, seguramente como un reflejo al ataque que estaba sufriendo. El piloto sufrió 24 puñaladas en la espalda con un cuchillo de unos 20 cm de hoja. También estaban las huellas de los pies descalzos de las mujeres cuando dejaron el lugar y otras que debían ser las del asesino, las cuales se internaban en el bosque y daban un largo rodeo para llegar al camino que bajaba de la montaña, donde seguramente había aparcado el vehículo con que había subido hasta ahí. Por lo menos, las mediciones de las huellas dieron el resultado de que pertenecían a una persona entre 1.6 y 1.5 m de estatura.
Debido a las palabras que pronunció Julio antes de morir es que Morales volvió sobre la pista del chico abusado, la cual había descartado cuando se descubrió que éste había muerto. Así que esa mañana visitó la escuela, sin obtener aún nada que fuera realmente útil para su investigación, sólo la seguridad de que alguien estaba vengando a un tímido chico muerto hace varios años.
El inspector estaba pensando en eso cuando sonó su celular y atendió de inmediato al ver que se trataba de uno de sus subordinados.
- Inspector. Encontramos a la reportera… el problema es que no se encuentra bien.
En ese momento el corazón de Morales le subió a la garganta, imaginando lo peor.

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