miércoles, enero 27, 2016

La Justicia (Acto VII y Final)


Dedicado a los agresores.

A veces la pudrición de un alma se permea al cuerpo, o por lo menos eso le gustaría pensar, en especial en el caso de ese guiñapo que sudaba en la cama los excesos de alcohol que acumuló en su cuerpo durante décadas. Ahora, abandonado, si es que alguna vez tuvo algún tipo de compañía, Jorquera, un hombre que en sus mejores momentos era física y mentalmente soberbio (en el buen y mal sentido de la palabra), estaba reducido a un despojo que gemía continuamente, producto de que los analgésico ya no espantaban el dolor, transformándolo sólo en una sensación nebulosa de constante malestar, como si estuviera siendo cocinado a fuego lento por la fiebre.
En ese estado de conciencia incompleta, Jorquera mira esa figura delgada a través de sus ojos velados, por lo que no puede enfocar a la perfección. La voz de esa presencia también le parece lejana, como si estuviera hablando detrás de un vidrio grueso. Le cuesta entender lo que quiere, pero siente una hostilidad que se le perfora como clavos ardientes en el pecho. Le está recriminando algo, una cosa que hizo o dejó de hacer; pero habían sido tantas ¿Cómo podía saber de qué le hablaba? De pronto su mente pasó por un claro y entendió, subiendo de inmediato que le hablaba de ese chico delgaducho y pequeño, aquel que por su insignificancia siempre le pareció despreciable. Por su lado, esa persona que estaba ahí le bombardeaba con preguntas, relatándole hechos como si él estuviera siendo acusado ante un fiscal. Pudo haber negado todo, haber dicho que sólo eran cosas de niños, pero sabía que eso que él avaló fue una barbaridad, así que lo contó todo.
Como si fuera la confesión frente al cura antes de enfrentarse a la muerte, Jorquera, llorando, aceptó cada uno de los cargos, pidiendo perdón por su actuación en los hechos. Al final, después de toda la confesión, ese remedo de hombre imploró por absolución, pero esta no llegó, ya que la figura que lo acosaba, ya fuera ángel o demonio, sólo se desvaneció, dejándole ahí, en esa cama en que agonizaría por un mes más, acompañado únicamente por su dolor y los remordimientos.

**********

Morales venía echando rayos por los ojos cuando llegó a la oficina de Erik. Toda esta mierda ya le había llegado muy por encima de la coronilla, así que, sin otra opción, se encontraba de nuevo en el despacho de ese cabrón para sonsacarle aunque fuera una pequeña pista para llegar al asesino.
No obstante, encerrado en su oficina, Erik se tomaba el cuarto whisky de la mañana, pues la verdad es que a esas alturas todo le importaba un carajo. A primeras horas de ese día recibió una llamada de su superior en la firma, quien en esos momentos se encontraba en la casa central de Nueva York. Por lo visto, alguien de ahí le había ido con cuentos de que él estaba fuera de control, que lo habían visto consumiendo drogas y alcohol en la oficina, además del engorroso asunto de las constantes visitas de la policía debido a los asesinatos. La cuestión es que lo llamaban para anunciarle que desde mañana ya no pertenecía a la compañía, pues su comportamiento atentaba contra la imagen que ellos deseaban proyectar al público. En vano Erik trató de jugar sus cartas, mostrándose contrariado y reclamando haber dado todo por la empresa, que su gestión había sido intachable y que las utilidades habían subido desde que el estaba en su puesto. No obstante, cuando estas razones no funcionaron, decidió recurrir a los artilugios más oscuros, amenazando con debelar información comprometedora acerca de varios altos funcionarios de alto nivel de la empresa. Pero Erik sobrestimaba demasiado su suerte, ya que sólo consiguió despertar la ira de su jefe, quien le informó que todas sus claves para entrar al sistema interno de la compañía quedaban anuladas, que se le pagaría la indemnización correspondiente y que era mejor que dejara las cosas tal como estaban si no quería salir realmente menoscabado.
Así, en el momento en que Morales entró intempestivamente a su privado, Erik comprobaba cómo su acceso al sistema computacional de la empresa estaba totalmente bloqueado.
Morales, por su lado, vio con sorpresa como ese hombre, hasta hace tan poco dueño total de la situación, se veía totalmente avasallado y errático. Era tal su falta de interés, que no le importó que el policía se percatara del polvo blanco esparcido sobre una charola de plata en su escritorio. No obstante, el inspector no estaba ahí para hablar acerca de sustancias prohibidas, sino para que por fin le dijera qué sabía de los asesinatos.
- Si no está aquí para decirme que atraparon a ese loco, inspector, será mejor que vuelva por donde entró y me deje en paz.
- Y es por eso que vengo de nuevo, o tendrá que descansar en paz permanentemente.
Erik dejó salir una risa amarga y le contestó a Morales:
- Ahora resulta que tiene sentido del humor, Morales ¿Lo usó cuando le dijo a los deudos de los hombres que han muerto que no ha podido descubrir al asesino?
- Lo hubiera descubierto si usted fuera de alguna ayuda para la investigación, pero por lo visto sólo le interesa guardar sus oscuros secretos…
Erik lo miró con odio desde su asiento, pero decidió no morder el anzuelo, desviando la conversación hacia otro tema.
- Acá dice – apuntó a un periódico – que encontraron a una reportera que fue secuestrada vagando en las calles de la ciudad sin rumbo. Hay conjeturas de que estuvo en poder del asesino y que ella sabe quién es ¿No ha podido sacarle nada?
- Ella está internada en una clínica y se encuentra algo afectada.
Morales omitió decir que la verdad es que Sara se encontraba lucida, aunque con algunas secuelas por haber pasado mucho tiempo bajo los efectos de drogas muy fuertes. El problema es que ella dicía no recordar quién era el asesino que en su momento había descubierto, cosa que al detective no le convencía para nada.
- Es usted un inepto, Morales. De seguro esa mujer sabe todo y no es capaz de hacerla hablar.
- Lo siento, pero no soy de los que hacen hablar a las mujeres a la fuerza. De seguro usted puede enseñarme técnicas al respecto.
Erik bufó, pues Morales no fue muy sutil al enrostrarle la golpiza que en su momento le había propinado a Sara. Luego, cansado de tener que soportar la presencia del detective, le espetó:
- Vino sólo por una visita de cortesía, o hay algo más que necesite de mí.
Morales se le quedó mirando a los ojos por un momento, gesto que fue devuelto por Erik, desafiante. Después el inspector le dijo:
- Sé que estos asesinatos tienen que ver con los abusos que ustedes realizaron en su época de escuela a un chico.  Alguien se está vengando por lo que ustedes hicieron, pero hay algo más, pues usted se empecina en guardar silencio y obstruir mi trabajo.
- ¿Cree en fantasmas, inspector? Porque yo no. Eso pasó hace mucho y fueron sólo cosas de niños, travesuras sin importancia.
El policía no pudo evitar que el desprecio que sentía por ese sujeto se permeara a su semblante, pero se remitió a rebatirle.
- Puede que usted lo haya considerado una niñería, pero para quien se está tomando esta revancha es muy serio. Ustedes vejaron a ese chico y quién sabe qué cosas más le hicieron.
Erik , sonriendo de forma burlona, agregó:
- ¿Sabe qué? Ese mocoso sólo recibió lo que se merecía. No era más que otro insecto que se cruzó en mi camino y lo aplasté, como lo he hecho con todos.
- Es usted sólo un bastardo inmoral – replicó Morales, sin contenerse.
- ¿Es que acaso se siente identificado con ese chico, Morales? ¿Quizá a usted también le hicieron bromas en la escuela? ¿Qué papel jugaba usted? ¿El tonto o el afeminado?
Como un abusador avezado, Erik sabía reconocer las reacciones de las personas y cuándo sus palabras crueles producían más escozor. Por ello pudo notar de inmediato cómo lograba romper con el cerco de hierro que Morales mantenía a su alrededor, viendo las verdaderas razones para su indignación que el detective sentía hacía él. Sin embargo, lo que jamás esperó fue la reacción de Morales, quien le descargó un certero puñetazo en la mandíbula, haciendo que su quijada crujiera.
- ¡Cómo se atreve! ¡Me encargaré de hablar con sus superiores para que le quiten su placa!
Morales vio en ese momento a Erik exactamente como era, un cobarde que acostumbraba abusar de víctimas indefensas, pero que sabía dar un paso atrás cuando era contraatacado. Cualquiera otro no se hubiera quedado con ese puñetazo y se hubiera tranzado a golpes con él, pero Erik prefería amenazar, pues sabía que una reacción violenta podía no serle favorable.
- Haga lo que le dé la gana, pero hágalo rápido. Puede que no le quede tanto tiempo.
Morales salió de la oficina dando un portazo ante los atónitos ojos de Rita, quien se encontraba en su escritorio.
Como siempre que estas cosas ocurrían, Rita esperó a que pasara un rato antes de entrar a la oficina de su jefe; más que nada para que él pudiera rearmar su dignidad. Cuando supuso que todo estaba más tranquilo, la mujer entró y, con su mismo tono neutro de siempre, le dijo a Erik:
- Llamó su hija, señor. Preguntó si acaso hoy saldría con ellos como habían acordado. Dijo que tenía muchas ganas de visitar la pastelería a la que siempre van.
A Erik le costó por un momento volver a la realidad y descifrar lo que le estaba informando su secretaria. Luego le dice que no va a poder ir, que las cosas no están saliendo bien ese día. Por su lado, Rita le dice:
- ¿Le parece que compre unos pasteles y se los mande a sus hijos? Conozco ese lugar del que me habló su hija.
Erik, aún con su mandíbula resentida, asintió a la sugerencia de su secretaria. No obstante, algo despertó la curiosidad del ejecutivo, quien se quedó por un momento mirando a Rita y no se aguantó de preguntarle:
- ¿Sabe que me despidieron? ¿No?
La mujer asintió con un leve movimiento de su cabeza.
- Ya no es necesario que se muestre tan competente y servicial conmigo.
Ni un musculo se movió en la cara de ella cuando le contestó:
- Usted es mi jefe hasta las seis de la tarde de hoy. Mientras eso no ocurra, sigo haciendo mi trabajo como siempre.
Erik estuvo impulsado a agradecerle ese gesto, pero él no era de los que daban las gracias.

**********

Habían pasado un par de semanas desde el ataque en el pasillo de la escuela, el cual por fin trajo represalias a los abusadores, quienes tuvieron que aguantar algunos días de suspensión y la amenaza de un castigo más severo si Patricio era nuevamente molestado. Esto surtió el efecto esperado y durante todo ese tiempo el chico pudo estar en paz, aunque siempre le echaba una mirada a su propia sombra por si en ella encontraba a los monstruos que le perseguían.
Y lo dejaron tranquilo, no por el miedo a los castigos, sino porque Erik deseaba que se sintiera seguro, que se olvidara de ellos, pues así el golpe que venía sería el definitivo.
Sucedió luego de una clase de gimnasia que fue de lo más agradable, pues incluso hasta el profesor Jorquera parecía tener una nueva actitud con el chico. Así, Patricio terminó las actividades y se dirigió a las duchas. Era el último en llegar, ya que debido a su endeble físico se demoró más en hacer las rutinas. Por eso en los camarines sólo quedaban algunos de sus compañeros que ya se estaban vistiendo cuando él entró a la ducha.
Mientras se encontraba bajo el chorro de agua caliente, Patricio se olvidó de todo y se relajó. Estaba cansado, pues había trabajado duro ese día. Quizá era buena idea hacer algún deporte que refuerce su enclenque contextura y mejoré su confianza en sí mismo. También estaba pensando en hablar con su madre para cambiarse de escuela el próximo año y empezar de nuevo, pues a pesar de que por ahora lo habían dejado tranquilo, seguía marcado, teniendo que soportar las risas de los demás cuando andaba por los pasillos.
Mientras pensaba en esto, no se dio cuenta que de pronto los camarines quedaron en silencio, y que una puerta se abrió y se cerró rápidamente.
Tenía los ojos cerrados para que nos les entrara champú cuando un fuerte golpe en su nuca hizo que su cabeza chocara con la pared que tenía en frente. De inmediato escuchó las risas que poblaban sus pesadillas y supo que la paz era sólo una ilusión. Después vinieron varias patadas que cayeron en desorden sobre su cuerpo indefenso, por lo que atinó a proteger su cabeza y esperar que se aburrieran pronto. No obstante, Erik tenía pensado algo especial para ese día.
Sin ninguna misericordia, Patricio fue alzado de los cabellos del piso y obligado a mantenerse en pie. No quería abrir los ojos y ver el brillo sádico en la mirada de sus atacantes, pero una fuerte bofetada acompañada de la orden de mirar le obligó a hacerlo. Era Erik quien lo sujetaba de los cabellos, haciendo que se tuviera que parar de puntillas mientras lo observaba de pies a cabeza. Luego, con sorna, le dijo a sus compañeros:
- ¡Miren a este gusano! ¡Ni siquiera tiene pelos en las bolas!
Todos rieron y Patricio trato de taparse por pudor, lo que hizo que las burlas fueran peores. No obstante, lo peor estaba por suceder.
- ¿Realmente pensabas que te habías salvado de nosotros, mierdecilla? ¿En especial después que recibí días de suspensión por tu culpa? No, gusano. Nosotros te hemos estado vigilando y esperando el momento para enseñarte de una vez por todas que no hay forma de escapar. Eres mi puta, pedazo de mierda, y pretendo dejártelo muy en claro.
Entonces Erik pone al chico de cara contra la pared, lo sujeta con fuerza y se baja el cierre del pantalón, sacando su miembro y golpeando con él los glúteos de Patricio. Por su lado, los otros se miran extrañados porque eso no era lo que habían planeado. No obstante, Julio ríe muy fuerte y anima con palabras soeces a Erik, mientras que Sergio se queda como una piedra, sin saber cómo reaccionar. Es Rafael quien tiene un momento de lucidez y toma a Erik del brazo y le dice:
- ¡Qué estás loco! Dijimos que le daríamos un susto, pero esto es demasiado.
Erik se zafó del agarre de Rafael y le espetó:
- ¡Yo decido que se hace! Si se me place que esta mierda sea mi puta, así será. Así que si no te gusta, te puedes ir al carajo, maricón.
Rafael buscó con la mirada a sus otros amigos, pero todos ellos le temían demasiado a Erik como para enfrentarlo, así que no le quedó otra que irse de ahí.
Sólo unos instantes después Patricio sintió un dolor que lo desgarró completamente, tanto el alma, el corazón, la mente y su esfínter. Esa agonía estaba acompañada por sus suplicas desesperadas que al final fueron engullidas por sus propios alaridos de dolor, así como por los la respiración agitada de Erik al lado de su oído, las risas de Julio y el silencio cómplice de Sergio. Todo esto duró una eternidad hasta que se escuchó una airada voz que gritó “¡Hijo de puta!”, al mismo tiempo que Erik era empujado violentamente contra la pared.
Se trataba de Jorquera, quien avisado por Rafael irrumpió en los camarines y puso fin a ese espectáculo horrible. No obstante, Erik, con la adrenalina por los aires, se puso de pie y quiso abalanzarse sobre el profesor, pero este le descargó un golpe con el dorso de la mano derecha que le volvió a tirar al suelo, al mismo tiempo que hacía sangrar su nariz.
- ¡Son un montón de imbéciles! Les dije que podían venir y machacarlo un poco, pero no… ¡esto! ¿Saben lo que nos puede pasar si él los denuncia?… Ahora quiero que todos se vayan de aquí no le hablen de lo ocurrido a nadie, porque todos y cada uno estaríamos jodidos. Yo me encargo de arreglar esta mierda.
Julio y Sergio pusieron de pie a Erik y se lo llevaron casi a la fuerza, mientras que Rafael le echó una última mirada a Patricio, que temblaba convulsivamente en el suelo, y agachó la cabeza avergonzado para luego salir.
Una vez a solas con el pobre chico, el bruto de Jorquera lo obligó a pararse y sin miramientos lo bañó nuevamente, borrando cualquier rastro superficial de su martirio. Luego, como si fuera un muñeco de trapo, lo secó y vistió, tomándole al final del cuello de la camisa y diciéndole:
- Mira, mocoso, quiero que te quede claro que no le puedes decir a nadie lo que ha pasado acá, porque créeme que yo en persona me encargaré de que algo aún peor te pase y no habrá absolutamente nadie capaz de protegerte ¡Entendido! Hoy no pasó nada.
Y Patricio repitió eso último como si fuera un mantra. Luego fue acompañado por el profesor hasta la salida de la escuela y embarcado en la locomoción que lo llevó a su casa. Una vez ahí, no comió ni dijo nada, sólo se acostó y al otro día no fue capaz de levantarse, ni al siguiente. Patricio no volvió nunca más a la escuela y entre los alumnos corrió el rumor de que algo muy malo le había pasado a manos de Erik y su pandilla.
El tiempo pasó y esto fue sólo una anécdota más. Erik mantuvo a su grupo de amigos unido hasta que se graduaron, aunque siempre mostró un encono hacia Rafael, no olvidando que fue él quien puso en alerta a Jorquera. Tiempo después, cuando Rafael se decidió por la carrera sacerdotal, Erik se alejó aún más de él.
Julio y Sergio fueron exitosos en los respectivos caminos que siguieron, borrando de sus mentes ese extraño suceso de los camarines, no hablando nunca más de ello, incluso cuando Rafael quiso compartir su culpa con ellos. Simplemente se tomaron al pie de la letra que eso jamás pasó.
Jorquera cometió varios errores que lo llevaron a ser despedido de la escuela, siendo el más grave mantener relaciones sexuales con alumnas, que aunque consentidas, no terminaban de ser un delito. Intentó buscar apoyo en sus ex-pupilos, en especial en Erik, que ya para ese entonces era un prometedor ejecutivo. No obstante, éste jamás olvidó esa vez en que el profesor le había golpeado, así que se cobró su venganza negándole cualquier tipo de ayuda. El destino de Jorquera fue sellado por su adicción al alcohol y un cancer que lo llevó a la tumba.
De Patricio no se supo nada… hasta ahora.

**********

Sara recibía en esos momentos la visita de unos amigos y familiares, por lo cual se le notaba bastante animada. No obstante, cuando inevitablemente salía el tema acerca de los días en que estuvo desaparecida, ella sencillamente repetía que no se acordaba de nada, pues pasó todo el tiempo drogada.
Esa tarde le llevaron flores, chocolates y varias tarjetas con buenos deseos. De seguro le darían de alta a la mañana siguiente, así que ella se dejó querer, teniendo la oportunidad de ver a aquellas amistades que sólo puedes ver cuando pasan cosas muy extraordinarias. Sin embargo, una de las caras que menos deseaba ver apareció al final de la hora de visitas, aunque traía flores. Morales esperó a que todos se fueran con mucha paciencia, y una vez que se quedó a solas con la reportera, le preguntó:
- ¿Cómo te encuentras, reportera? ¿Ya no sientes los efectos de las drogas?
- Me siento bien, Morales. Gracias por preguntar.
El inspector sonrió y sacó unos papeles doblados de dentro de su chaqueta y lo dejó sobre la cama, quedándose mirando fijamente a Sara.
- ¿Qué es eso?
- Un completo informe de los estudios toxicológicos que te hicieron cuando ingresaste al hospital. Pelo, sangre, orina, etc. Es interesante que no encontraran residuos de tantos días, como tú has declarado, sino que parece que fuiste drogada sólo momentos antes de que te encontráramos deambulando por la calle.
- No hagas esto Morales. No me lo merezco – Dijo Sara, incómoda.
- Supongo que una periodista inteligente como tú conoce el concepto de Síndrome de Estocolmo.
Sara se cruzó de brazos y le dirigió una mirada asesina al detective. Si se creía muy inteligente con todo esto, la verdad es que únicamente se estaba comportando como un fantoche insufrible. Al final le dijo:
- Si quieres que hable, lo haré con mi abogado presente.
- Esperaba no tener que llegar a eso, Sara. Debes entender que, por muy terrible que sea la historia de este asesino, lo que está haciendo no es correcto, y si tú no cuentas lo que sabes, deberé considerarte como su cómplice.
Ella dejó salir un gemido de desesperación, luego miró al detective implorante y le dijo:
- Es que lo merecían. Tú no sabes lo que ellos hicieron.
- Eso no es asunto mío, reportera. Yo sólo necesito un nombre.
Ella, con los ojos llorosos y los dientes apretados echó la cabeza para atrás con impotencia. Luego volvió a mirar a Morales y un nombre salió de su boca, dejando al policía pálido.
- ¿Có… Cómo? – pudo articular al fin.
- Ese es tu trabajo, detective. Yo ya te di la pista principal.
Entonces, como impulsado por un resorte, Morales se puso de pie y se dirigió a la puerta, pues sabía que no había tiempo que perder. No obstante, antes de salir, Sara le detuvo y dijo:
- ¡Morales! Créeme que espero de todo corazón que no llegues a tiempo.
El policía no dijo nada y salió raudo de ahí.
Una vez a solas, Sara se volvió a fijar en los supuestos resultados que Morales le había dejado doblados sobre la cama. Cuando los tomó y abrió una amarga sonrisa se dibujó en su rostro. Sólo eran papeles en blanco.

**********

Todo estaba oscuro y confuso, como si el humo negro de un incendio sofocara su mente. Haciendo un esfuerzo titánico, Erik trató de recordar lo que estaba haciendo antes de estar ahí:
“Había una caja, y yo guardaba mis cosas personales en ella. Me había tomado ya dos botellas de whisky y me aprontaba a ahogar las penas en cualquier club nocturno. Quizá hubiera una puta con tetas grandes… Entonces sentí ese dolor en el cuello, como un pinchazo. Todo se volvió negro y yo caí eternamente en el abismo hasta aho…”
Los recuerdos fueron espantados en ese momento por un dolor lacerante que empezaba en sus entrañas y se extendía a todo su cuerpo. Erik de pronto abrió mucho los ojos, tomando conciencia de golpe de que aún se encontraba en su oficina, aunque esta estaba a oscuras. Su cuerpo desnudo se cubrió de un sudor frió cuando sintió esa cosa que le horadaba el culo, dura y fría, con protuberancia que hacían el suplicio más insoportable. Entonces gritó, maldiciendo y amenazando, removiéndose con desesperación pero imposibilitado de moverse. Le habían atado a un sillón enorme que estaba en su despacho de tal manera que su culo quedaba al aire, sin forma de evitar el humillante trato que le estaban dando.
- ¡Eres un cobarde Hijo de puta! ¡Desatame y veremos si eres capaz de meterme algo por el trasero! – dice desafiante Erik, aunque con los ojos rojos e hinchados por las lagrimas.
- ¿Tú pretendes darme clases de hombría? Eso sí que sería digno de verse.
La voz que le contestó era gruesa y gastada, como la de un cuervo o algo así, por lo que Erik supuso que se trataba del asesino. No obstante, se olvidó de todo cuando le sacaron de golpe lo que le habían puesto en el trasero.
- ¿Dime que se siente que te humillen en lo más íntimo, Erik? ¿Qué siente un macho alfa como tú cuando es la puta de otro?
Aún reponiéndose del dolor, Erik vuelve a revolverse desesperado, pero era imposible zafarse. Entonces siente el toque de algo metálico detrás de su oreja y el chasquido de un revólver amartillado. Con el sudor corriendo por su rostro como nunca, se atreve a decir al fin:
- Por lo menos podrías dispararme mirándome a la cara.
La punta del cañón del arma hizo el recorrido desde detrás de su cabeza hasta su frente, pudiendo ver por fin al asesino que se había encargado de terminar con la vida de sus tres amigos. No obstante, cuando afinó la vista a pesar del sudor y las lágrimas, no pudo evitar exclamar impresionado:
- ¿Rita?
- ¿Sorprendido, jefe? – Replicó la mujer con su voz de graznido debido a los 30 cigarros que fumaba diariamente – De segura tu obtusa mente de simio se estará preguntando en este momento cómo y por qué.
En efecto era cierto, en mente de Erik la pregunta imperante era cómo esa vieja de mierda, que apenas superaba el metro cincuenta, pudo cometer crímenes como los ocurridos hasta ahora. Aquello del porque de seguro se lo explicaría a continuación.
Pero en ese momento hubo todo un alboroto afuera, lo cual hizo que Rita cargara más el cañón en la frente de Erik, advirtiéndole que si hacía cualquier cosa, le volaba los sesos. Por su lado, echando abajo la puerta, entran a la oficina media docena de detectives encabezados por Morales y apuntan con sus armas a Rita, ordenándole arrojar su revólver. No obstante, la mujer hasta ese momento había demostrado tener suficiente sangre fría como para no sentirse asustada por un grupo de policías.
- Nada de eso, señores. Acá la que manda soy yo, y si alguno de ustedes quiere pasarse de listo, me cargo a este bastardo. Créanme que no tengo miedo a morir si me llevo a éste conmigo.
Morales, sabiendo que ella tenía el sartén por el mango, le hizo una seña a sus compañeros para que esperaran. No obstante, justo en ese momento comenzó a sonar el teléfono de la oficina, cosa que sobresaltó a todos, pero que no llegó a causar una debacle. Con el teléfono aún sonando, Morales habló:
- Señora, sé lo que sufrió, lo que estos sujetos le hicieron a su hijo, pero esta no es la forma de hacerlos pagar.
- ¡Déjate de hablar, Morales, y métele un balazo a esta puta!
La interrupción de Erik fue cortada por un certero golpe en su boca con el mango de la pistola de Rita, lo cual hizo que se le soltara un diente. Luego, la mujer le contestó al policía:
- Veo que ha descubierto mis razones inspector, pero la verdad es que nadie sabe lo que sufrí. Nadie puede siquiera pretender entenderme.
Sabiendo que si la hacía hablar, ganaba tiempo, Morales contraataca:
- Debo reconocer que sólo fue suerte descubrir que usted estaba detrás de todo, y en verdad no pretendo trivializar su dolor, pero me gustaría entender por qué tomó este camino y no otro.
Rita vio con desconfianza al detective, luego memorizó exactamente la posición de cada uno de otros policías y, cuando estuvo segura, comenzó a contar:
- Luego de lo que estos bastardos le hicieron a mi hijo, él sufrió un colapso nervioso. No quería levantarse de su cama, ni mucho menos salir de la casa, cada vez hablaba menos, hasta que un día simplemente dejó de hacerlo. Yo no tenía apoyo de su padre, que nos había abandonado hace algunos años, así que con gran esfuerzo lo llevé a médicos, pero sólo obtuve el diagnostico del trauma, pero no la razón ni la posibilidad de un tratamiento. Mi hijo era un chico amable y muy cariñoso, pero de la noche a la mañana se transformó en un zombi que ni siquiera soportaba que le acariciara. Pasó años así, a veces en casa, otras internado, hasta que no lo soportó más y se suicidó con una sobredosis de medicamentos. No obstante, antes de morir me dejó una carta pidiéndome perdón y en la que me contaba todas las monstruosidades que estos hijos de puta le hicieron.
“Necesito más tiempo”, pensó Morales al momento de volver a hablar.
- Pero el parte de defunción dice que su hijo murió de un ataque al corazón.
- Eso fue un favor que conseguí de uno de los médicos que lo trataba. Le dije que quería que mi hijo tuviera un entierro cristiano, pero si se sabía que se suicidó eso era imposible. Al final accedió y puso lo del infarto.
Morales estaba en todo momento atento a los movimientos de la mujer y, según su experiencia, independiente de lo que ellos hicieran, ella le dispararía a Erik sin ningún miramiento. Debía seguir hablándole y esperar el momento oportuno.
- Entonces, debido al suicidio de su hijo, decidió vengarse ¿No?
- Primero quise guardar los buenos recuerdos de mi hijo y seguir adelante, pero esas imágenes de abuso me atormentaban. Un día vi en la página de sociales del periódico como los torturadores de mi hijo eran catalogados de “Jóvenes promesas”, cuando a mi pequeño se le negó la posibilidad de una vida feliz, y no pude más. Comencé a investigar y di con ese profesor, Jorquera, el que les alcahueteaba todo a estos malnacidos. El tipo estaba en un hospicio, siendo devorado lentamente por el cáncer, y pensé que era justo. Él al final confesó todo, admitiendo lo que había ocurrido con Patricio, así que decidí que todos debían tener más temprano que tarde un final tan atroz como el de ese profesor de mierda.
“Así, con mi experiencia de secretaria, pude entrar a la compañía en que trabajaba este adefesio para poder vigilarlo, conocer su debilidades. Me di cuenta de que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para triunfar, por lo que me transformé en la perfecta secretaría del ejecutivo ambicioso, despreciada, pero demasiado indispensable para ser desechada. Pronto tenía mis manos metidas en todos los aspectos de su vida, pudiendo descubrir también las debilidades de sus cómplices. Cuando todas las piezas estuvieron en posición, yo hice mi jugada. Me confesé con el cura, contándole lo mismo que le digo a usted ahora, inspector, así que por eso el pobre padre Rafael estuvo tan errático sus últimos días, pero no lo hice por que piense que me redimiré, sino sólo para que supieran que algo se avecinaba, una tormenta que barrería con toda su mierda.
“Debo reconocer que nunca estuve segura de llegar tan lejos; que tarde o temprano alguien ataría los cabos y se descubriría mi relación con Patricio. Ninguno de ustedes fue capaz de ver en mí nada más que una anciana amargada a punto de jubilarse, incapaz de cometer esos cruentos asesinatos. Sólo esa periodista dio con la pista y se acercó a mí, queriendo saber mi historia para entender. Tuve que mantenerla unos días en mi casa, para asegurarme que no pondría en peligro mis planes; no obstante, ella entendió pues había atisbado la calaña de monstruo con el que trataba. Por ello la solté con la esperanza de que no hablara antes de tiempo.
“Así llegamos a este momento, con el gran señor, el hombre que hacía temblar a todos a su paso, con el cañón de mi pistola en la cabeza, sodomizado y apunto de orinarse por el miedo. Pronto mi hijo podrá descansar en paz”.
El teléfono seguía sonando cuando Rita terminó de hablar y Morales seguía sin saber cómo evitar la ejecución que estaban a punto de presenciar. Sólo tenía la vana esperanza de hacerla entender con palabras:
- Su hijo no descansará tranquilo sabiendo que su madre estará tras las rejas debido a una locura. Esta venganza no le dará paz ni a él ni a usted, Rita. La muerte de ese hombre, por muy bastardo que sea, no pasará de ser un fogonazo en la oscuridad. Ya ha matado a tres, pero muestre un poco de cordura y no lo haga de nuevo.
Rita miraba a Erik mientras el inspector le hablaba. Tenía una sonrisa indescifrable en los labios, como si disfrutara de un chiste privado que ninguno de los presentes entendía. Luego agregó:
- ¿Sabe algo, inspector? Tiene razón. La muerte de este gusano no es un castigo apropiado. Él se merece vivir y sufrir las consecuencias de sus actos. Eso es en definitiva la justicia ¿No?
No esperó la respuesta a su pregunta. Rita dejó de apuntarle a la cabeza de Erik, metiendo el cañón en su boca y disparando antes que cualquiera de ellos pudiera hacer algo. La sangre de sus sesos se esparció por la habitación, salpicando todo, incluido su ex jefe.
Aún choqueados por lo que acababan de presenciar, los policías comenzaron a moverse con torpeza para hacerse cargo de la situación. Por su parte, Erik exigía que le soltaran de una vez, acusando a todos los detectives, y en especial a Morales, de ser unos incompetentes. No obstante, el inspector le ignoró y se concentró en ese teléfono que extrañamente seguía sonando. Al final, lo descolgó.
- ¿Si?… con el inspector Morales… espere un momento ¿con quién hablo?… entiendo… si… ¡Por Dios!… esto es… sí, se lo paso inmediatamente.
Le tendió el auricular a Erik, quien había sido soltado por los otros detectives. Cuando tomó el teléfono, miró extrañado cómo Morales estaba pálido como el papel, pero no preguntó nada y contestó.
- ¿Hola?… pero… no entiendo nada. Deja de llorar y vociferar y explícamelo con calma… ¡Qué!… ¡Me estás mintiendo! ¡Eso no puede ser!… ¡Yo no fui! ¡No envié nada a los… ¡Oh por Dios!.
Erik abre mucho los ojos, como si en ese momento todo el mundo se le viniera encima. Luego mira a Morales, quien le observaba con atención, dejando caer el auricular del teléfono, le dice desesperado:
- ¡No es mi culpa! ¡Yo no sabía! ¡No es mi culpa!…
Entonces cae de rodillas, aplastado por el dolor. Morales pudo haberle mostrado algo de gentileza e intentar reconfortarlo en ese momento, pero no lo hizo, pues muy a su pesar, el inspector sentía que ese sujeto se merecía lo que le estaba pasando. Así fue que Morales prendió un cigarro, le echó una última mirada a Erik para percatarse que no tuviera nada a mano para atentar contra su vida y le dejó ahí, de rodillas, desnudo y llorando desconsoladamente.
El asunto es que quién llamaba compulsivamente al teléfono de la oficina era la esposa de Erik. Como no quiso llevar a sus hijos de paseo, Rita envió unos pasteles a nombre suyo a ambos chicos. Lo que nadie esperaba es que estos pasteles fueron envenenados por la secretaria. Los niños, quienes confiaban ciegamente en Rita, comieron de ellos. Cuando la madre llegó a casa por la tarde, se encontró a sus dos hijos moribundos, por lo que llamó con desesperación a la ambulancia. Isidora, la hija mayor de Erik, había muerto en la clínica hace sólo un par de horas, mientras que el pequeño que se llamaba igual que su padre pudo ser salvado, aunque era seguro que quedaría con severas secuelas de por vida.

Rita le había quitado a Erik lo mismo que él a ella. Al final, se había hecho justicia.

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