miércoles, noviembre 02, 2016

Mictlantecuhtli (Epílago de Octubre)






No tenían muy claro cómo se habían topado con “eso”, pero ahí estaban, casi meándose en los pantalones.

Esa noche pensaron que se divertirían como nunca. Con sus disfraces de payasos aterradores llevaban rondando las calles de su ciudad por las noches desde Halloween, asustando a transeúntes, golpeando a algunos mendigos, cometiendo vandalismo y realizando cualquier tipo de desmadre que se les viniera en gana. Total, esas pelucas y el maquillaje deslucido evitaban que pudieran ser reconocidos; aunque eso les importaba un carajo, ya que sus papis pagarían lo que fuera necesario para evitar que fueran castigados por sus tropelías.
Por ello, nunca esperaron que nada malo les pasara cuando vieron ese bulto oscuro que se acurrucaba al lado de unos basureros en un sucio callejón. Se miraron entre sí y sus falsas sonrisas de payaso se acentuaron en un gesto siniestro, pues en esta ocasión habían traído un nuevo elemento para aumentar la diversión: un bidón de gasolina.
Así, dejando salir de sus gargantas unas risas psicóticas, los tres crápulas se lanzaron sobre esa masa negra que parecía temblar por el frío de la noche otoñal, dándole de puntapiés como si estuvieran poseídos por una furia animal. No obstante, pronto se dieron cuenta de que algo no estaba bien, pues sus pies no parecían chocar contra carne, sino contra algo mucho más duro. Entonces del interior del bulto que pensaron era un vagabundo salieron miles de moscas que se abalanzaron contra ellos. No se trataba de moscas cualquieras, sino unos bichos grandes y gordos, como si fueran frijoles negros que volaban y producían un zumbido horrible. Obviamente, los tres payasos se hicieron atrás, maldiciendo, pues pensaron que eso sólo se trataba de unos trapos sucios envolviendo los restos de algún animal, pero pronto se darían cuenta de que en verdad habían golpeado a alguien.
Lentamente, se irguió con antinaturales movimientos. Mediría unos dos metros y medio, humanoide, cubierto con una piel grisácea, llena de manchas como las que se producen por la vejez. Esa piel, tirante y en algunos lados agrietada, se pegaba a su esqueleto, sin  que mediara entre ellos ni el más mínimo vestigio de músculos. Pero lo que en verdad les llenó de pánico fue la cara de ese ser, igual a de una calavera, pero con más dientes de los normales, formando una horrenda e inhumana sonrisa. En la parte superior del cráneo poseía una gran mata de pelo negro, chamuscada y humeante. Y los ojos, que no eran otra cosa que dos cuencas vacías y oscuras, pero en cuyo interior ardían dos estrellas de brillante resplandor rojo que acojonaban.
Ese ser observaba al trío como si disfrutara de esta paradójica situación, con su antinatural sonrisa como una burla a esos mequetrefes que se dedicaban a hacer tropelías vestidos como bufones. Entonces, sin ningún esfuerzo, la criatura estiró brazo y tomó a uno de esos chicos del cuello, levantándolo casi treinta centímetros del suelo. Cuando el payaso pataleaba por liberarse, el ser esquelético sacó de entre sus harapos un hermoso cuchillo tallado en obsidiana y, sin mediar aviso, hizo un preciso corte a la presa que tenía entre sus garras desde el pecho al vientre.
Los aterradores gritos de Hernán (así se llamaba ese chico) le helaron la sangre a sus amigos, quienes de inmediato giraron sobre sus talones y buscaron la salida de ese callejón para escapar lo antes posible. Sin embargo, cuando voltearon se encontraron que su paso estaba cortado por una multitud de perros callejeros de todos los tamaños quienes mostraban sus dientes y gruñían de forma amenazante.
Sin saber qué hacer, por un momento los ojos luminosos de un búho y su canto les distrajeron hasta que comenzaron a escuchar gritos aún más aterradores que venían de la garganta del compañero que estaban a punto de dejar atrás. Con mucho miedo volvieron a mirar a la criatura que ahora se afanaba en la tétrica tarea de despellejar a Hernán. Con sus enormes garras de hueso, el monstruo esquelético iba separando la piel de la carne, dando en ocasiones fuertes tirones que sonaban como si estuviera desgarrando una tela, lo cual al rato hizo que Hernán perdiera el conocimiento definitivamente y que sus otros dos amigos devolvieran lo que habían cenado antes de salir a la calle.
Con el cuidado y la maestría de un peletero, el monstruo arrancó centímetro a centímetro la piel del muchacho, terminando al cabo de más o menos 10 minutos en que los otros chicos fueron testigos atónitos de esa tarea. Al final, el callejón estaba manchado de rojo hasta en las paredes, el cuerpo desollado de Hernán fue lanzado a un lado por la criatura, colocándose luego la piel al hombro como si se tratara de un manto.
Luego, esa cosa se acercó un poco a donde estaban los otros dos chicos, quienes ya no se veían atemorizantes en sus disfraces de payasos, sino como un par de críos que lloraban aterrados, a punto de sufrir un ataque de histeria. Entonces la criatura los miró a cada uno y ellos pudieron ver con claridad las incrustaciones de jade que tenía en la piel; el pectoral de oro, piedras preciosas y huesos humanos que cubría su pecho y sus aretes ónice, todo enmarcado por una nube de moscas que revoloteaban alrededor de su cabeza. Esto hizo que algo en lo profundo de sus mentes intentara salir a la superficie; quizá el recuerdo de vidas pasadas, una plegaria que les hubiera granjeado el perdón del dios, pero que no pudieron pronunciar.
Por su lado, el dios no olvidaba las viejas costumbres, y si ya no había fieles que le aplacaran como antaño, él lo haría por sí mismo. Su esquelético dedo al final apunto a uno de los dos chicos, Francisco, el cual comenzó a llorar con más intensidad y a recitar el padrenuestro.
- Caulli miquizilhuitl – dijo el dios con una voz profunda y cavernosa, a lo que, como respuesta, los perros aullaron y una bandada de murciélagos emprendió el vuelo en el cielo nocturno en medio de chillidos.
Francisco era el siguiente, lo cual sólo hizo más larga la agonía del último chico, llamado Cristobal.

Feliz Día de Muertos

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